DBSNL // Capítulo 409: Parada técnica
“¿Dónde está Ub?”
En el planeta Razan, Pan despierta en un lugar desconocido; una austera cabaña con paredes de madera y barro, y techo de paja, tumbada en el suelo sobre un colchón de paja y tapada con una piel de simio. Un fuerte olor a inciensos llena la vivienda.
– “¿Dónde estoy?” – se pregunta.
La terrícola se pone en pie. Viste su pantalón naranja y sujetador negro sin tirantes. Sus heridas le duelen, pero al tocarlas se da cuenta de que lleva unas grandes hojas ungidas en extraños ungüentos pegadas en la espalda.
– “Pero, ¿qué…?” – se sorprende, un poco asqueada.
Pan abre una puerta de paja y se queda en el umbral. La muchacha se encuentra en mitad de una aldea de zorros de pelaje negruzco vestidos con taparrabos de pelo corto de simio. La mayoría de habitantes hacen su vida con naturalidad, pero puede percibirse cierta tensión en los movimientos de zorros armados con rudimentarias herramientas en la distancia.
– “¿Dónde está Ub?” – se pregunta. – “¡UB!” – exclama.
Uno de los zorros la ve y alerta a los demás.
– “¡KIKIKI!” – exclama el cánido.
Rápidamente, un zorro de mayor envergadura, se acerca a ella. Luce un arma de madera ancha y plana en la espalda con afiladas piedras negras incrustadas a modo de filo alrededor de su hoja. Lleva una cuerda alrededor de su cintura con una mano de simio colgada.
El zorro frena a Pan sin violencia, pero con firmeza, invitándola retroceder y regresar al interior de la cabaña.
– “¿Quién eres?” – pregunta ella. – “¿Dónde estoy?”
Pero no hay respuesta.
Pan regresa al interior de la vivienda y el zorro la sigue, quedándose de pie frente a la puerta.
– “¿No hablas mi idioma?” – pregunta ella. – “Me llamo Pan.” – dice poniéndose la mano sobre el pecho. – “Pan.”
El zorro no dice nada.
Ella afila su mirada, molesta.
– “Tsk…” – protesta, apretando los puños. – “Habéis tratado mis heridas. Entiendo que no sois mis enemigos. Pero si se os ocurre intentar retenerme…”
Pequeñas piedras en la tierra de la cabaña tiemblan a su alrededor y empiezan a levitar.
El zorro levanta las cejas, sorprendido.
Pero en ese instante, alguien toca a la puerta.
Pan se detiene.
El guardián se aparta y un anciano zorro entra en la sala, su pelaje tiene partes blanquecinas alrededor de su hocico y ojos. Está envuelto en una túnica hecha de hojas secas y camina encorvado, apoyándose en un bastón.
– “Ho… Hola…” – saluda el zorro, con dificultad para hablar.
– “¿Eh?” – se sorprende ella. – “Hola…” – levanta la mano con cierta timidez.
El anciano sonríe amablemente y con la mano le indica a Pan que lo siga.
– “¿Y quién eres tú?” – pregunta ella en voz baja.
El anciano abandona de la cabaña.
En la Tierra está anocheciendo. En la Corporación Cápsula, un gato negro y blanco juega en césped del jardín, golpeando algo diminuto con sus patas y saltando de un lado a otro persiguiéndolo.
Bulma, con la bata de laboratorio puesta, se sienta un momento en una hamaca cerca de la piscina, y se toma un café caliente mientras mira el cielo, donde la aurora dejada por Vegeta sigue presente, aunque más tenue cada día que pasa.
El gato sigue jugando, golpeándo y persiguiendo su improvisado juguete hasta la zona adoquinada. El objeto tintinea al rebotar sobre la piedra.
– “¿Eh?” – Bulma levanta la vista de su taza. – “Maru, ¿qué tienes ahí?” – le pregunta al felino.
El gato la ignora, inmerso en su juego, y agarra el diminuto objeto con la boca.
– “¡EH!” – exclama Bulma. – “¡Suéltalo!”
Bulma se levanta y camina hasta él, que al verla venir suelta su juguete se aleja de un salto.
– “¿Con qué estás jugando?” – suspira ella. – “¿No ves que nos vas a dar un disgusto?”
Bulma recoge el objeto. Un tornillo.
– “¿De dónde…?” – cavila ella.
Pero de repente, ata cabos.
– “Oh, no…” – se preocupa. – “¿No será…?”
En una base de la Patrulla Galáctica, Son Goten, Ikose y Pino han tenido que aterrizar de emergencia. Su nave ha sufrido daños, pero ya está siendo recogida en grúa por los técnicos de la Patrulla.
Mientras tanto, los tres viajeros están en un bar local, lleno de individuos alienígenas que parecen pulpos, cada uno con un tono de verde distinto. El Número 16 viste su uniforme de la patrullero. Goten viste su traje de Gran Saiyaman, pero sin casco, e Ikose luce su uniforme Gamma.
– “Planeta Octo.” – dice Goten, leyendo una tableta electrónica en sus manos, de color morado y decorada con el logotipo de Patrulla Galáctica.
Ikose echa un vistazo a su alrededor.
– “Parece adecuado.” – dice con ironía.
Son Goten da un trago a su bebida y sigue leyendo.
– “Aquí dice que el Rey de la Galaxia vive en este planeta.” – dice el hijo de Goku.
– “¿El Rey de la Galaxia?” – se extraña Ikose. – “Yo no había oído hablar de él.”
– “Yo tampoco tengo datos al respecto.” – dice Pino.
– “La Galaxia incluye la Tierra, ¿no?” – cavila Goten.
– “¿Se puede ser Rey de un lugar en el que no te conocen?” – pregunta Ikose.
Goten se da cuenta de que Ikose y el Número 16 no están tomando nada.
– “¿No hay nada que podáis tomar?” – pregunta el mestizo.
– “Estoy bien.” – sonríe Pino.
Ikose suspira.
– “¿Y qué podemos hacer hasta que la nave esté lista?” – pregunta Ikose.
Goten agita la tableta.
– “Esto es muy útil.” – dice el mestizo. – “A ver…” – desliza el dedo sobre la pantalla, buscando.
Un patrullero se acerca su mesa. Es de baja estatura. Su piel es rosada con manchas irregulares verdosas. Su cabeza es redonda, sin cuello, y sus ojos están separados de su cuerpo por dos apéndices musculados que le permiten moverlos independientemente.
– “¿Acostumbrándote al GPad?” – saluda el patrullero.
– “Es fantástico, Bodara.” – sonríe Goten. – “Gracias.”
El patrullero sonríe.
– “He hablado con los mecánicos.” – les comunica. – “La nave estará lista en unas horas.”
– “¿Unas horas?” – se sorprende gratamente Goten. – “¡Eso no está mal!”
– “¿Cuántas horas?” – pregunta Ikose.
– “Unas cinco o seis horas octanas” – responde Bodara.
– “¿Octanas?” – se extraña Goten.
– “¡Ah!” – se da cuenta Bodara. – “Sois de la Tierra, ¿verdad?”
Goten asiente.
– “Entonces…” – cavila Bodara. – “Espera. Tú eres el que tiene el GPad…” – le indica con el dedo que teclee.
– “¡Ah, claro!” – responde el mestizo.
Goten teclea rápidamente.
– “¡¿QUÉÉÉÉ?!” – se asusta. – “¡Son casi 48 horas!”
– “Más o menos.” – asiente Bodara. – “Eso si no hay imprevistos con la reparación…”
El hijo de Goku echa la cabeza para atrás y se escurre en la silla, abatido.
En Razan, el anciano zorro ha llevado a Pan hasta una gruta que se abre bajo tierra a los pies de una gigantesca roca. El guardián los escolta. Ella se ha cubierto el torso con un poncho hecho de hojas.
El anciano se adentra primero y Pan lo sigue. El guardián se queda en la entrada.
– “¿Qué hacemos aquí…?” – se pregunta Pan.
El viejo zorro sigue caminando en silencio.
La cueva no está iluminada. Solo la luz de la entrada evita que no esté completamente a oscuras.
El suelo y las paredes de la gruta están cubiertos de tierra húmeda y mohosa. El techo está conformado por la gigantesca piedra. Insectos de todo tipo recorren las paredes y el suelo, escurriéndose entre el fango.
Pan primero los mira con horror, pero traga saliva y decide ignorarlos con tal de descubrir qué trama su anfitrión.
A medida que siguen avanzando, Pan se acostumbra a la oscuridad y puede ver pequeños hongos con luminiscencia azulada en las paredes y en el suelo.
En el fondo de la cueva se encuentran con dos ancianos más en la cueva, recolectando el fango mohoso del suelo.
– “¿Qué están haciendo?” – se pregunta Pan.
El anciano que la guiaba se detiene.
– “¿Hemos llegado?” – le pregunta Pan. – “¿Qué quieres enseñarme?”
El viejo señala al suelo.
A pocos metros de distancia, Ub está enterrado casi por completo; solo su cara es visible entre el fango.
– “¡UB!” – se asusta Pan.
La muchacha se arrodilla a su lado.
– “¡UB! ¿Estás bien?” – le pregunta.
El chico no responde.
– “Voy a sacarte de aquí.” – dice Pan.
La muchacha empieza a desenterrar a su hombre, pero los ancianos se ponen nerviosos.
– “¡KIKIKI!” – grita uno.
– “¡OOH! ¡OOH!” – grita otro.
El anciano que le hizo de guía se arrodilla frente a ella y le agarra las manos.
– “No.” – dice el viejo. – “No.”
– “¿Qué?” – se extraña ella. – “No voy a dejarlo aquí.”
El viejo llama a uno de los otros, que le acerca un mortero.
El zorro lo agarra y se lo presenta a Pan.
– “¿Qué quieres decirme?” – pregunta ella.
El viejo agarra un poco de la mezcla fangosa y se lo enseña a Pan.
Pan empieza a comprender el mensaje.
Ella se lleva la mano a la espalda, sobre sus heridas.
El anciano asiente.
– “Es medicina.” – dice Pan. – “¿Estáis curando a Ub? ¿Es eso?”
El anciano sonríe amablemente.
Ella suspira aliviada.
– “Me llamo Pan.” – lo intenta de nuevo, colocándose la mano sobre el pecho. – “Pan.” – repite. – “Y él es Ub.” – pone la mano sobre el montón de tierra en el que descansa su marido. – “Ub.”
El viejo cavila durante un instante.
– “Pan.” – señala a la muchacha. – “Ub.” – señala al chico.
– “Eso es.” – asiente ella con una sonrisa.
– “Oztohuah” – se señala a sí mismo.
– “Ozto…” – lo intenta repetir ella.
– “Oztohuah.” – insiste el anciano.
– “Qué complicado.” – pone una mueca ella. – “¿Te sirve Ozto?”
