DBSNL // Capítulo 314: El retorno del Rey

 DBSNL // Capítulo 314: El retorno del Rey

“A lo mejor se os ha olvidado a quién tenéis delante…”

En un páramo tranquilo en mitad de la jungla, Okure y Turles, en sus formas más monstruosas, se abalanzan contra Broly, que sale a su paso, vestido solo con el pantalón y botas de la patrulla, con el resto de su ropa rota por la batalla.

Turles adelanta a Okure y es el primero en encontrarse con Broly, intentando propinarle un puñetazo.

Broly se agacha y evade el golpe para contraatacar con un puñetazo en el costado de Turles… pero el saiyajín magenta lo mira con una macabra sonrisa en su rostro.

– “Tsk…” – lamenta Broly.

En ese instante, Okure salta por encima de los dos y lanza un poderoso ataque verde directo hacia ellos.

El impacto genera una gigantesca explosión.

Broly sale de la humareda y se desliza mientras retrocede sin perder de vista a sus adversarios.

Turles ha recibido el impacto del ataque de Okure sin inmutarse y sale de la polvareda caminando hacia Broly.

Turles apunta a Broly y dispara una ola de ki morado.

Broly se envuelve en una barrera de energía verde y el ataque de Turles impacta contra ella, desvaneciéndose. 

El saiyajín de Vampa hace estallar su barrera, que se convierte en un centenar de esferas de ki que llueven sobre la zona, levantando una intensa polvareda.

Broly aprovecha para escabullirse y aparecer sobre Okure.

La mujer se da la vuelta, pero Broly ya está preparado.

– “¡¡RIOT JAVELIN!!” – exclama el saiyajín, usando la clásica técnica del escuadrón Bardock.

El ataque impacta de lleno contra la herajín, que es empujada hasta el suelo y engullida por la explosión azulada.

Mientras tanto, Turles ya vuela hacia Broly con el puño en alto.

Broly encaja el puñetazo de Turles, protegiéndose con ambos brazos frente a su rostro, pero es empujado un centenar de metros hacia el cielo por la gran potencia de su adversario.

Broly intenta estabilizarse en el aire cuando su contrincante ya está volando hacia él.

– “Tsk…” – refunfuña Broly.

El saiyajín de Vampa activa su barrera de energía, pero Turles también lo hace. Las dos burbujas de ki chocan y acaban estallando, haciendo que lluevan pequeñas esferas de energía verde y morada sobre la jungla.

Turles agarra de rostro a Broly y se dispone a estrellarlo contra el suelo, descendiendo a toda velocidad. 

Broly intenta soltarse, propinando patadas a su contrincante, pero es inútil.

Reitan puede ver como los dos saiyajín, se precipitan contra el suelo como si estuvieran envueltos en una bola de fuego morada.

El impacto es devastador y sacude el terreno de combate.

En el centro del cráter formado, Turles sigue apretando la cabeza de Broly contra el suelo.

De repente, Turles levanta el puño, listo para dar el golpe de gracia a su adversario.

Pero de repente, una lanza rebota en la espalda de Turles.

– “¿Eh?” – mira el saiyajín por encima del hombro.

Dabra sonríe con prepotencia desde el borde del cráter.

Broly aprovecha el momento y apunta con ambas manos a Turles.

– “¡HAAAA!” – dispara el guerrero de Vampa.

La explosión hace que un nuevo cráter se forme en el interior del anterior.

Broly recula.

Pero al disiparse la polvareda, Turles aparece de nuevo en el centro del cráter, ileso.

Dabra lo mira con cierto desprecio.

– “Usar el poder de los demonios para algo así…” – refunfuña Dabra.

Turles, enfadado, ahora clava su mirada airada en el diablo.

– “Je…” – sonríe Dabra.

Turles carga contra él.

– “¡CUIDADO!” – advierte Broly.

El demonio parece seguro de sí mismo, esperando a que su adversario se plante frente a él, puño en alto.

Al propinar el golpe, Dabra lo detiene con una mano.

– “¡¡¿EH?!!” – se sorprende Broly.

El mismísimo Turles parece no comprender lo sucedido.

Dabra mantiene su pícara sonrisa.

– “A lo mejor se os ha olvidado a quién tenéis delante…” – dice Dabra.

El aura de Turles se apaga de repente.

– “¿EH?” – murmura un confuso saiyajín.

De repente, el aura de Dabra se prende como si de un fuego se tratara, con un terrible color rojo y destellos negros.

Turles pretende golpear al demonio, pero éste lo empuja con su ki usando la misma mano con la que había detenido el primer golpe.

Trules sale repelido hasta el otro extremo del cráter, estrellándose a los pies de Broly.

Dabra se mira las manos con cierta nostalgia.

– “Ha pasado mucho tiempo…” – dice el demonio, apretando los puños.

En ese instante, Okure se abalanza sobre Dabra por la espalda, pero el diablo se gira y extiende su mano, atrapando a la herajín en el aire con un agarre invisible, apretándole el cuello.

La herajín patalea al aire y se rasca el cuello con desesperación, intentando liberarse.

– “Mientras el Makai corra por vuestras venas…” – sonríe el demonio. – “Yo soy vuestro Rey.”

En un lugar oculto del bosque, Kamakiri cae de rodillas al sentir la presencia del diablo en su mente.

– “Tsk…” – protesta el doctor.

Turles ha perdido la transformación y yace inconsciente en el suelo.

Broly se acerca a él.

– “Sigue vivo…” – murmura el saiyajín al sentir su pulso.

Okure pierde también su transformación. Dabra la suelta para dejarla caer al suelo de rodillas.

– “Maldita sea…” – gruñe ella.

Reitan corre hacia su vieja amiga.

– “¡OKURE!” – exclama él, preocupado.

Pero cuando se acerca, la mujer lo rechaza con manotazo al aire, haciendo que se detenga.

– “Okure…” – murmura Reitan. – “Me alegro de que hayas…”

– “No me toques.” – responde ella, frustrada.

Okure sale volando, alejándose a toda velocidad del lugar.

Dabra ignora la conversación y mira a través de la jungla.

– “Je…” – sonríe antes de desaparecer.

Kamakiri, arrodillado, siente la presencia de Dabra de pie frente a él.

El demonio invoca una espada que levanta sobre el doctor.

– “¿Alguna vez has querido cambiar el pasado, demonio?” – pregunta Kamakiri.

– “Ser un demonio tiene sus ventajas.” – respondo el diablo. – “No recuerdo mi pasado.”

Dabra propina el espadazo… pero alguien se interpone, agarrando la espada entre sus manos.

– “¡ESPERA!” – exclama Ub, sujetando el arma.

– “¿EH?” – se sorprende Dabra.

– “Conozco su historia…” – dice Ub.

– “¿Otra vez con esas ñoñerías terrestres?” – refunfuña Dabra.

– “No es malvado.” – dice el terrícola. – “Solo está desesperado.”

– “Está en mi camino.” – responde Dabra. – “Sus motivos no me importan.”

Broly aterriza junto a ellos.

– “¿Se lo quieres explicar tú, saiyajín?” – dice Dabra.

Pero Broly se acerca para agarrar el brazo del demonio.

– “Le debo una.” – dice el saiyajín.

Kamakiri se queda perplejo al ver que cuenta con dos aliados.

Dabra baja el arma.

– “Haced lo que queráis…” – protesta.

Ub y Broly comparten una mirada y una sonrisa cómplices.

El terrícola se agacha frente a Kamakiri.

– “Gracias, muchacho…” – dice el doctor. – “No lo merezco…”

– “Agradece a Kale.” – responde Broly.

– “Dígame, doctor.” – dice Ub, bastante serio. – “¿Qué le ha hecho unirse a Raichi? ¿Qué le ha prometido?”

– “Un nuevo mundo…” – dice el doctor. – “En el que podré vivir en paz con mi familia.”

– “¿Un nuevo mundo?” – se extraña Broly.

– “Las Dragon Ball ya no existen…” – murmura Ub. – “¿Qué pretende ese demonio?”

En el laboratorio oculto de Raichi, una proyección del tsufur y el verdadero Shido observan un gran ventanal por el que entra una cegadora luz que nace del choque de dos torrentes de ki, uno verde y uno morado.

– “Pronto estará listo.” – sonríe Shido.

– “Eones de investigación…” – añade Raichi. – “Y voy a conseguirlo.”

A cada lado del laboratorio, Champa y Zamas, se encuentran apresados en cilindros de metacrilato conectados a un centenar de cables, donde los baña un torrente de energía luminosa ascendente, morada la del gotokoneko y verde la del ira-aru. Ambos gritan en claro sufrimiento, pero sus voces a penas se oyen a través del cristal.

ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte III: Super 8

Red World / Parte III: Super 8

 “¿Qué vamos a hacer, Octavio?”

En el hielo, Guanai ataca de nuevo a Ten Shin Han, pero éste esquiva sus golpes con facilidad.

– “¡¡YAAAAAH!!” – grita el mixxileo, frustrado.

Con un rápido movimiento, Guanai desaparece, pero Ten lo sigue con su tercer ojo y propina una patada hacia un lado para cazar al lagarto, que se cae de espaldas al suelo.

– “No importa lo rápido que seas.” – dice Ten. – “Tus movimientos no escaparán a mi vista.”

El lagarto tiembla de rabia y miedo.

Ten Shin Han alza su dedo índice.

– “Me has aburrido.” – dice el asesino. – “Tengo otras cosas que hacer.”

– “¿EH?” – se sorprende el enemigo al ver como el dedo de Ten empieza a brillar.

El lagarto retrocede a gatas, renqueante.

– “No… No, espera…” – titubea con miedo. – “Puedo… puedo ayudarte… tengo información…”

– “¿Qué tipo de información?” – pregunta Ten.

– “Verás…” – dice Guanai. – “Yo… Mi compañero y yo… Somos solo soldados a sueldo…”


Ten Shin Han lo mira con seriedad.

– “Vuestro planeta es considerado un planeta de categoría D… Sus habitantes no son aptos para el reclutamiento ni para el adiestramiento…” – explica el mixxileo. – “Pero su atmósfera y biodiversidad sí que llaman la atención… y podrían ser preciados en el mercado intergaláctico…”

Guanai se lame la sangre de un dedo mientras hace una pausa dramática.

– “¿Y a mí qué?” – pregunta Ten con cierto hastío. 

– “¡Escúchame!” – replica rápidamente Guanai, aterrado. – “Aunque nosotros no conquistemos el planeta, alguien más vendrá…  ¡Enviarán a alguien más fuerte! ¡Seguro! Nuestro señor está muy interesado… ¡No parará hasta conseguirlo!”

Ten Shin Han recapacita durante un instante.

– “¿Tienes forma de comunicarte con él?” – pregunta Ten.

– “Ahora no…” – responde el mixxileo. – “He perdido… he perdido mi comunicador…”

– “Entonces no me sirves.” – sentencia el asesino.

El rostro de Guanai es embargado por el pánico.

– “¡NO!” – exclama el lagarto asustado. – “¡NO! ¡NO! ¡ESPERA!”

– “¡DODONPA!” – exclama Ten al proyectar el ki acumulado en su dedo.

El ataque impacta en el pecho del mixxileo y el hielo se resquebraja bajo sus pies. Su cuerpo se hunde en el agua.

Ten Shin Han se aleja unos pasos cuando se da cuenta de que tiene un pequeño corte en la pierna del pantalón.

– “Hmm…” – murmura Ten.


El asesino mira a su alrededor, donde no hay absolutamente nada. Solo hielo.

Mientras tanto, en la ciudad, un avión de carga sobrevuela la zona.

– “Estamos listos, Coronel Green.” – anuncia la megafonía.

En la bodega esperan sentados el Coronel y el robot Número 8. Green se pone en pie y anima a su compañero.

– “¡Vamos, Octavio!” – dice el Coronel. – “¡Nos toca defender la Tierra!”

El Número 8 se pone en pie. Los dos avanzan hacia la compuerta, que empieza a abrirse lentamente. Con cada pisada del número 8, todo el avión tiembla.

– “¿Tú me acompañas?” – pregunta el robot, colocándose una gran mochila.

– “Por supuesto.” – asiente Green, equipado ya con la suya.

La compuerta se abre por completo y una luz roja se torna verde. Los dos corren hasta el límite del avión y saltan al vacío.

– “Activo Número 8 desplegado.” – anuncia por radio el piloto.

Los dos personajes van en caída libre.

– “¡Ahora!” – exclama Green.


Ambos activan sus paracaídas. El del Número 8 es triple.

Green y el androide aterrizan.

– “¿Estás bien, Octavio?” – pregunta el Coronel.

– “Sí.” – asiente el androide. – “Un poco nervioso.”

Una explosión tiene lugar a pocas manzanas.

– “Ese debe ser nuestro objetivo.” – dice el Coronel, que desenfunda una escopeta de gran calibre. – “¿Estás listo?”


El Número 8 asiente.

Los dos avanzan hacia el lugar de la explosión.

Cerca de allí, Kaizo avanza entre los disparos de dos Battle Jackets, esquivando los disparos.

Detrás de una esquina, Green carga su escopeta con un cartucho especial de los que lleva en una cartuchera de su pantalón.

– “Es el momento, Octavio.” – dice el Coronel.

– “Vamos a salvar el mundo.” – asiente el Número 8.

Kaizo alcanza al primer Battle Jacket y atraviesa el cristal de la cabina de un puñetazo, matando al piloto.

El segundo, con miedo de ser el siguiente, dispara a discreción, pero solo logra alcanzar a su compañero.

Kaizo salta sobre el segundo Battle Jacket con los pies por delante y de nuevo atraviesa la pantalla de cristal, asesinado a su conductor.

El extraterrestre se aparta del dañado aparato y aterriza en el suelo.

En ese momento, una granada de humo cae a su lado. En unos segundos la humareda impide su visión. 

De repente, Kaizo oye unas fuertes pisadas acercándose.

El extraterrestre se da la vuelta y puede ver la silueta del Número 8 corriendo hacia él.

El invasor apunta con la mano al androide, pero su ordenador fue dañado en su pelea con el Sargento Metallic y solo chispea, fallando.

– “Maldita sea…” – refunfuña Kaizo.

El Número 8 lo alcanza y le propina un puñetazo. Kaizo se cubre, pero sale repelido por el impacto y da una vuelta por el suelo antes de levantarse.

El androide carga de nuevo con otro puñetazo, pero Kaizo lo esquiva y ya prepara su contraataque.

Mientras tanto, Green ha corrido y escalado ágilmente con dos pasos por encima del Número 8 y dispara una descarga sónica a al extraterrestre con su escopeta.

Kaizo retrocede aturdido. Su parche electrónico se resquebraja.

El Número 8 aprovecha para propinarle un puñetazo al alienígena mientras Green salta hacia un lado y carga otro cartucho.

El androide golpea de nuevo, pero Kaizo detiene el puñetazo con ambas manos.

Green apunta al enemigo y dispara de nuevo, esta vez una descarga de fósforo blanco.

Kaizo se retuerce mientras su ropa y su piel se queman.

– “¡¡AAAH!!” – grita el alien.

Octavio da otro puñetazo a Kaizo y lo lanza al suelo de espaldas.

Green acaba de cargar una nueva bala y dispara, esta vez electrocutando al enemigo, impidiendo que se levante.

El Número 8 se sienta sobre él y le propina un puñetazo en la cara, quebrando el cemento bajo su cabeza. Otro golpe más, que lo incrusta en el pavimento.

Kaizo parece aturdido. El Número 8 se detiene.

– “Ah…” – sufre el alien, con medio rostro quemado. – “Ah…”

El Coronel Green carga de nuevo su arma y apunta a Kaizo.

El alienígena pierde el conocimiento.

Green y Octavio se miran de reojo. Ninguno da el golpe de gracia.

En una azotea cercana, el Coronel Silver observa la escena con unos binoculares de alta tecnología.

– “¿Qué hacen…?” – se pregunta Silver.

Por radio, Green escucha la voz de Silver.

– “Lo tienen a su merced.” – dice el Coronel Silver. – “Acaben con el objetivo.”

Green mira a su compañero, que tiene su mirada triste fija en el enemigo.

– “¿Qué vamos a hacer, Octavio?” – pregunta Green.

– “Ya no puede pelear.” – responde el Número 8.

– “Ha matado a mucha gente.” – dice Green.

– “¿Y si solo cumplía órdenes…?” – pregunta el androide. – “¿…como nosotros?”

El Coronel Green observa el puño ensangrentado de su amigo y decide bajar el arma.

– “Está bien.” – dice Green.

Silver se impacienta.

– “¿Qué se supone que están haciendo?” – pregunta el Coronel. – “¡Acaben con el objetivo! ¡Son órdenes! ¡AHORA!”

El Número 8 mira a su compañero.

– “Puedes decidir, Octavio.” – sonríe Green.

El Número 8 asiente y se levanta.

Green saca su radio.

– “Negativo, Coronel Silver.” – anuncia el Coronel Green. – “Objetivo neutralizado con vida.” 

– “Coronel…” – refunfuña Silver.

– “Solicito extracción.” – continúa Green.

Green lanza una granada de humo verde para señalizar su posición.

El Número 8 se acerca a Green y chocan los cinco.

– “¡Buen trabajo, Octavio!” – lo felicita Green.

– “¡Jejeje!” – ríe el androide.

Pero de repente, el brazalete de Kaizo se reactiva con un pitido.

– “¿Eh?” – lo miran Octavio y Green.

El extraterrestre se reincorpora y lo usa para emitir un empujón electromagnético.

El androide es lanzado a más de veinte metros de distancia, cayendo de espaldas al suelo.

Green no es afectado por el empujón, pero sí su arma, y él cae al suelo intentando retenerla, sin éxito.

Silver observa desde la azotea y corre a cargar su lanzacohetes.

– “Idiotas…” – refunfuña. – “Malditos inútiles…”

Kaizo, malherido, se pone en pie.

– “Bastardos…” – gruñe el invasor. – “Os mataré… ¡OS MATARÉ!”

El Número 8 se levante y corre hacia el enemigo.

Kaizo usa de nuevo su brazalete y detiene al instante al Número 8, levantándolo del suelo. 

El cuerpo del androide empieza a crujir hasta que un brazo le es arrancado.

– “¡¡OCTAVIO!!” – exclama Green, preocupado por su amigo.

Green, a pesar de estar desarmado, corre hacia el enemigo, haciendo que Kaizo detenga su ataque sobre el androide, que cae al suelo de rodillas.

Green intenta golpear al invasor, pero éste detiene su puñetazo con una mano.

– “No importa lo débil que esté…” – dice Kaizo. – “¡Solo eres un insecto para mí”

Kaizo retuerce el brazo de Green y se lo rompe.

– “¡¡AAAH!!” – exclama el soldado.

Luego lo empuja con una patada, dejándolo en el suelo, lamentándose.

Kaizo, débil, se tropieza y cae al suelo.

– “Malditos…” – protesta Kaizo entre dientes.

Green intenta ponerse en pie, sujetándose el brazo.

Silver apunta al invasor con su lanzacohetes y pone su dedo en el gatillo, observando la escena… pero decide esperar.

Kaizo intenta levantarse, pero cae de nuevo.

– “¡OS MATARÉ!” – exclama furioso.

Kaizo reclama con su poder una docena de barras de hierro de unos escombros cercanos y la lanza contara Green.

El Coronel, esperando lo peor, cierra los ojos.

Pero tras un estruendo metálico, Green sigue con vida.

Frente a él, el Número 8 con su brazo extendido lo ha protegido del ataque, siendo empalado en su lugar. El torso del androide ha sido atravesado por las barras de hierro.

– “Octavio…” – se sorprende y preocupa Green.

El androide cae de cara contra el suelo, ensartándose aún más los hierros, que salen por su espalda.

– “¡OCTAVIO!” – intenta socorrerlo Green.

Kaizo sonríe.

– “Ja… jaja…” – ríe el invasor. 

Green se esfuerza para arrancar las barras del cuerpo del androide.

De repente, un bloque de hielo cae del cielo contra el pavimento, estallando en mil pedazos.

– “¿Eh?” – se extrañan todos.

Antes de que Kaizo pueda comprender lo que ocurre, Ten Shin Han cae del cielo con una rodilla sobre su cuello, partiéndoselo y acabando con él en el acto.

Con la muerte de Kaizo, los robots de la nave se apagan.

El asesino echa un vistazo a su alrededor. La ciudad está en ruinas.

Silver ve a través de su mirilla a Ten Shin Han.

– “Ahí está el salvador a sueldo…” – refunfuña mientras deja de apuntar y suelta su arma en el suelo.

Green sigue arrancando barras de metal del cuerpo de Octavio.

– “Lo siento…” – dice Octavio. – “Me he equivocado…”

– “No…” – dice Green, con los ojos llorosos. – “No hables… No gastes energía…”

Con la última barra arrancada, Green hace palanca para dar la vuelta a su amigo y ponerlo boca arriba.

– “Octavio…” – se arrodilla junto a su cabeza. – “Mi padre te reparará… Ya lo verás…”

Al darle la vuelta, Green se da cuenta de que una de las barras pasó rozando la cabeza del robot y tiene la mitad de sus circuitos expuestos y dañados.

– “Pino…” – sonríe el robot.

– “Dime, Octavio…” – le pone una mano en el pecho.

– “Eres un buen hombre…” – dice el robot. – “Gracias por darme un nombre… y por ser mi amigo… Me hiciste sentir humano.”

Los circuitos se apagan y el androide se desactiva con una sonrisa en su rostro.

– “Octavio…” – llora Green. – “¡¡OCTAVIO!!” – grita al cielo antes apoyar su cabeza sobre el pecho del androide y llorar su pérdida.

Ten Shin Han mira de reojo al Coronel y durante un segundo parece empatizar con él.

Pero de repente, algo cae sobre Ten Shin Han a una velocidad de vértigo. Un brazo verde escamoso lo estampa contra el suelo mientras es arrastrado por el pavimento, dejando un surco tras él.

– “¡¿EH?!” – se sorprenden Green.

Al detenerse, Ten Shin Han se da cuenta de que le ha atacado Guanai.

– “¿Él otra vez?” – se pregunta Ten, sorprendido. – “¡Creía que lo había derrotado!”

Guanai acerca su rostro al de Ten, aún en el pavimento.

– “Te dije que no comprendías nuestras diferencias…” – se relame el lagarto.

Ten Shin Han se da cuenta de que ahora Guanai tiene un tercer ojo en su frente.

– “¡¿QUÉ?!” – se sorprende Ten.

El lagarto agarra la cabeza del asesino y lo levanta del suelo para después lanzarlo contra un edificio cercano.

Ten da una voltereta en el aire antes de chocar para rebotar con los pies contra la fachada y así volver al suelo grácilmente.

Su ropa ha sido dañada, así que Ten se arranca la parte rosada de su gi, revelando el gi morado y blanco que lleva debajo.

Guanai sonríe con prepotencia. 

DBSNL // Capítulo 313: Iracundos

DBSNL // Capítulo 313: Iracundos

“Se acabó la cacería.”

En la jungla, Turles carga contra Liquir.

El kurama, ahora imbuido por el poder del ki divino, salta grácilmente por encima del saiyajín, dejándolo pasar de largo, para luego caer sobre su espalda y propinarle una rápida combinación de patadas que estampan a Turles contra el suelo.

El saiyajín se levanta y se gira furioso, y abre su boca para emitir un torrente de ki verde.

Liquir corre rodeando al saiyajín, que persigue al kurama con el rayo de energía que emana de su boca.

De repente, Liquir usa sus cuatro patas para correr y así acelerar el ritmo, logrando acortar distancias con Turles y propinarle un fuerte puñetazo en el pecho que lo lanza a través de la jungla.

Mientras tanto, Okure se ha levantado tras el golpe del recién llegado Broly.

Broly está magullado por su combate con el tsufur.

– “Broly…” – dice Reitan. – “¿Qué haces aquí?”

– “No lo sé.” – responde Broly. – “He despertado en este lugar.”

La herajín reaviva su aura, furiosa y corre hacia el saiyajín.

Antes de que Reitan y Broly puedan reaccionar, Okure ya se encuentra frente a ellos.

Broly reaviva su aura verde, con su cabello del mismo color, y agarra las manos de Okure.

– “Esa ira…” – piensa Broly, recordando escenas propias en Vampa. – “Sé cómo se siente…”

Broly da un cabezazo a Okure y luego la empuja con una patada.

– “No tenías que intervenir…” – protesta Reitan.

– “Tu amiga está consumida por la ira y el odio.” – dice Broly. – “Nada la detendrá.”

– “Pero…” – duda Reitan.

Mientras tanto, Dabra sigue el rastro de sangre hasta el tronco de un árbol. 

El demonio toca la sangre del dokuchi con sus dedos y los lame. El rastro asciende por el tronco.

– “Hemos tenido suerte…” – sonríe Dabra. – “Una hembra habría sido mucho más difícil de cazar…”

Dabra inspira y luego aspira una gran llamarada hacia la copa de los árboles.

– “¡¡GYAAAAAH!!” – grita la criatura.

Dibujado por Ipocrito

El dokcuhi cae al suelo, con quemaduras en varias partes del cuerpo que le impiden tornarse invisible.

Dabra camina hacia él, con su espada en la mano.

El camaleón se arrastra intentando alejarse del demonio, intentando también camuflarse de nuevo, pero su cuerpo no se lo permite. Varios cambios de color recorren su piel sana, pero ninguno logra hacerlo invisible.

– “Ah… ah…” – se arrastra quejoso.

Dabra cambia su espada por una lanza, que apoya sobre su hombro.

– “Se acabó la cacería.” – sentencia el demonio con una sonrisa pícara en su rostro. – “Una pena que no voy a poder venderte por piezas…”

– “Edes… edes un monstduo…” – dice el reptil con dificultad para hablar, sin lengua, que sigue intentando alejarse.

– “Soy un demonio.” – dice Dabra, pisándole la cola para que no huya.

El dokuchi, desesperado, abre sus fauces y se lanza contra Dabra, pero en un instante el demonio le atraviesa la mejilla con la lanza, desde el interior de su boca hacia fuera, clavándolo en el suelo.

– “¡Aaah!” – se queja el camaleón. – “¡¡AAH!!”

Dabra se agacha frente al rostro del dokuchi.

– “Sois una raza fascinante… Verdaderos depredadores.” – dice el demonio. – “No sé qué te prometieron aquí… pero ha sido un error.”

– “Ahh…” – se sigue quejando el camaleón. – “Yo… quedía…”

– “¿Sabes una cosa?” – le interrumpe Dabra con una cruel sonrisa. – “Mi saliva también es bastante especial…”

El demonio se lame el pulgar y luego lo acerca lentamente hacia la frente del dokuchi, que lo mira confuso y con horror.

Lejos de allí, Turles recibe un duro castigo de Liquir. 

El kurama se mueve ágilmente alrededor del saiyajín, esquivando todos sus golpes y contraatacando.

Turles intenta darle un puñetazo, pero Liquir se cuela entre sus piernas y da una patada por la espalda. El saiyajín se tambalea hacia delante e intenta revolverse para lanzar otro golpe, pero cuando lo hace, Liquir ya ha saltado por encima de él y le ataca por la espalda de nuevo con un fuerte puñetazo.

Turles, se tambalea de nuevo y, furioso, se da la vuelta para cargar contra su enemigo.

Liquir alza su mano, apuntando con su palma al saiyajín.

– “¡HA!” – exclama el zorro, que empuja a Turles con una andanada de ki invisible.

El saiyajín es lanzado contra una gran pared de roca en la que queda incrustado.

Liquir camina lentamente hacia el saiyajín, que parece aturdido.

– “Lo siento.” – dice el kurama. – “Pero como aprendiz de Hakaishin, he comprendido que a veces no hay lugar para la misericordia…” – anuncia. –“A veces solo cabe la destrucción.”

Liquir carga contra Turles, con su puño en alto, que se ilumina de color naranja con destellos morados.

Pero en el momento del impacto, algo sucede. Turles ha extendido su brazo y ha detenido el golpe con una mano. El impacto emite una onda expansiva de sacude la jungla.

– “¿EH?” – se sorprende el kurama.

Turles lo mira con los ojos en blanco. El aura verde del saiyajín se aviva como una llama sacudida por el viento, para reavivarse de color magenta.

– “No es posible…” – piensa el kurama. – “Su ki… es…”

El aura de Turles estalla en una explosión de energía que repele al zorro.

Mientras tanto, Okure carga contra Reitan y Broly.

El saiyajín se adelanta al hearjín y detiene el puñetazo de Okure cruzando los brazos frente a su pecho.

Broly agarra el brazo de la herajín y la proyecta contra el suelo con una técnica de judo.

El saiyajín alza la mano y se materializa en ella una esfera de ki verde.

Pero cuando Broly va a lanzarla contra Okure, Reitan se interpone y sujeta el brazo del saiyajín.

– “¡NO!” – exclama Reitan. – “¡ESPERA!”

Broly frunce el ceño y aparta al herajín empujándolo hacia un lado, justo cuando Okure ya se ha levantado y carga contra él.

Okure se abalanza contra Broly, agarrándolo por la cintura y empujándolo a través de los árboles.

El saiyajín golpea la espalda de Okure con los codos repetidas veces, pero la ira de la herajín hace que ésta no se detenga.

El aura verde de Okure aumenta su intensidad y, de repente, emite un pulso de energía, como si de una onda expansiva se tratara, que repele a Broly y lo lanza a través de la frondosa jungla.

Broly sale de la jungla a toda velocidad, chocando contra el suelo y rondando sobre un claro hasta detenerse.

Aturdido, el saiyajín se levanta.

En el interior bosque puede oír los pasos del enemigo.

Pero para su sorpresa, quien aparece frente a él es Turles, transformado por el poder que le ha otorgado Raichi, con su cabello y aura magentas.

Broly enseguida tiene recuerdos de su pasado. Su ira desatada en Vampa. Su lucha contra Goku y Vegeta. Su segundo enfrentamiento contra Goku en Monmaas.

– “Ese poder…” – murmura el saiyajín.

Turles lleva a Liquir arrastrado por una de sus colas. El zorro ha perdido el conocimiento.

Broly se pone en guardia, listo para pelear.

Pero en ese instante, la herajín también sale de entre los árboles.

Los dos titanes, Turles y Okure, se encuentran frente a Broly. 

El saiyajín, lejos de amedrentarse, reaviva su aura.

Las exageradas expresiones de los dos, de rabia y locura, con los ojos en blanco, contrastan con la mirada calmada pero determinada de Broly.

Turles suelta a Liquir, que queda tirado en el suelo.

Una gota de rocío recorre una gran hoja hasta que parece que va a derrama por su extremo, pero acaba evaporándose.

Turles y Okure a corren hacia Broly. A su paso la jungla arde.

Broly responde de la misma forma y carga hacia ellos.

ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte II: Guerra por el Mundo

Red World / Parte II: Guerra por el Mundo

“¿Debería estar impresionado?”

La Capital del Norte sigue en llamas. Los invasores, gracias a la aparición en el campo de batalla de Kaizo, están retomando el control de la ciudad.

Kaizo camina por la avenida, llena de socavones y edificios caídos, cuando un puño metálico volador se aproxima a él por un callejón a su derecha.

Pero como ocurrió con el misil del Battle Jacket, el puño se detiene en el aire a pocos metros de impactar, atrapado por el campo electromagnético de Kaizo, emitido por la pequeña computadora que lleva en su antebrazo derecho.

– “¿Un robot de combate?” – murmura el extraterrestre. – “Puede que no estén tan atrasados como creía…”

El gigante llamado Sargento Metallic sale del callejón, inexpresivo, y mira desafiante al invasor.

Kaizo mira el puño de metal y éste colapsa, convirtiéndose en un amasijo de chatarra.

– “Pero siguen siendo una civilización primitiva.” – sonríe el extraterrestre.

El invasor remite el ataque, pero Metallic lo intercepta con un misil lanzado por su boca.

La explosión sacude la zona y derriba los edificios que constituían el callejón.

Mientras tanto, levitando sobre el mar, a miles de kilómetros de distancia, Guanai se encuentra frente a un humano.

– “¿Quién eres tú?” – pregunta el extraterrestre. – “No sabía que los humanos pudieran volar… ¿O acaso no eres humano?” – lo mira detenidamente.

– “Es refrescante encontrarme con alguien que no me conoce.” – responde el terrícola. – “Soy el asesino más famoso de todos los tiempos, con permiso de mi maestro, ahora que también van a conocerme más allá de la Tierra.”

– “¿Cómo dices?” – murmura Guanai, confuso ante la prepotencia de su contrincante.

– “Me llamo Ten Shin Han.” – revela el asesino de tres ojos.

Guanai ríe a modo de burla.

– “¡Jajaja!” – se mofa el lagarto. – “Puede que al final esto resulte divertido.”

El lagarto golpea sus puños, intentando intimidar al terrícola. Ten Shin Han, muy serio y sereno, no responde.

Guanai muestra los dientes.

– “¡A ver de qué eres capaz!” – exclama abalanzándose sobre Ten con el puño en alto. – “¡YAAH!”

Ten Shin Han no reacciona cuando el extraterrestre lanza su puñetazo, que atraviesa la silueta intangible del terrícola.

– “¡¿Qué?!” – se sorprende Guanai, al ver que era tan solo una imagen residual.

Ten Shin Han propina una patada por la espalda al lagarto y lo lanza contra el mar, en el que se hunde con una gran salpicadura.

Mientras tanto, en el despacho del Rey, el Comandante Red da otra calada a su puro.

– “¡¿El asesino Ten Shin Han?!” – se sobresalta Su Majestad. – “¿Por qué no me sorprende…?” – refunfuña apretando los puños. – “La Red Ribbon siempre se asocia con gente de la peor calaña.”

– “Usted ha jugado según las reglas…” – dice Red con prepotencia. – “Y para salvar la Tierra ha tenido que recurrir a mí.”

– “Ten Shin Han cumplirá su misión.” – dice Tao Pai Pai, sobresaltando al Rey con su presencia, pues está a unos pocos centímetros de él y ha entrado a la habitación sin hacer ruido. 

– “¡Ah!” – se aparta Su Majestad, tropezando y casi cayendo al suelo, teniendo que sujetarse con una silla.

El histórico asesino camina hasta situarse detrás y a la derecha del Comandante Red. Tao viste un elegante gi morado de estilo chino con el kanji “SATSU” en rojo en el pecho.

– “Le presento a mi guardaespaldas personal.” – anuncia Red. – “Me acompañará una temporada mientras llevamos a cambio la transición de poder…” – sonríe. – “Me fio de su palabra, Majestad, pero ¿quién sabe lo que pude ocurrir…? ¿verdad?”

– “Puede estar tranquilo, señor.” – asevera Tao Pai Pai. – “Siempre y cuando cumpla su parte y sea generoso con mis honorarios.”

– “¡Jajaja!” – ríe Red. – “Por supuesto.” – dice haciendo un gesto con la mano, quitando importancia al dinero. – “Eso no será un problema. ¿Le gusta el traje nuevo?”

– “Es muy elegante y muy cómodo.” – responde el asesino. – “Tiene usted buen gusto.”

– “Me alegro.” – sonríe Red. – “Lo ha hecho mi sastre personal.”

En la Ciudad del Norte, Kaizo y sus robots siguen avanzando. 

En la nave espacial, los robots recopilan datos cuando, de repente, algo impacta sobre la nave. El techo se les viene encima. 

– “¡¡AAAAH!!” – gritan.

Kaizo recibe la comunicación por un pinganillo y se da la vuelta para ver su nave humeante.

– “¿Qué ha pasado?” – se pregunta.

Un robot superviviente se acerca al cráter que se ha formado en la nave y mira en su interior.

– “¡¿Qué ha sido eso?!” – pregunta otro robot. – “¡¿Por qué no lo hemos detectado?!”

– “Es… solo… ¿un cilindro de piedra?” – responde confuso el primero.

Una columna rosada ha atravesado el casco por completo hasta incrustarse en el suelo, bajo la nave.

En el mar helado, la zarpa de Guanai se agarra a un bloque de hielo.

– “Maldito…” – gruñe el lagarto, saliendo del agua.

Al alzar la mirada, se encuentra con Ten Shin Han delante de él, con las manos en la espalda.

– “Parece que no solo soy el más fuerte de este mundo.” – dice Ten con prepotencia, pero también con cierta decepción.

El lagarto se pone en pie, frustrado.

– “¡No te lo creas tanto!” – exclama Guanai.

El mixxileo intenta comunicarse con la nave mediante un pinganillo, pero se da cuenta de que lo ha perdido.

Guanai, frustrado, se abalanza sobre Ten y le propina un fuerte puñetazo. El asesino se protege con ambos antebrazos frente al pecho. 

El golpe hace que Ten se deslice varios metros sobre la resbaladiza superficie de hielo.

– “Je, je, je…” – presume el extraterrestre.

Ten se frota el antebrazo derecho, luego el izquierdo.

– “Eres fuerte.” – dice el terrícola. – “Eso lo admito.”

– “¿Que soy fuerte?” – repite Guanai, sintiéndose ninguneado. – “¡¿Lo dices tú con 100 unidades?!”

– “¿100 Unidades?” – se extraña Ten. – “¿Qué significa eso?”

Guanai sonríe.

– “Ni siquiera sabes tu nivel de combate…” – dice el mixxileo. – “Pues deja que te informe. Nuestros sistemas de radar pueden sentir el poder de combate de cada individuo y calcularlo… Y en tu caso, te fueron asignadas 100 unidades.”

– “Ya veo…” – murmura Ten.

– “El poder de combate de este planeta es tan débil que nuestros radares tienen problemas para detectaros.” – se mofa Guanai.

– “Eso es todavía más interesante.” – dice el terrícola.

En la nave invasora, un robot observa una pantalla del radar, que con dificultad aún funciona.

– “Señor Kaizo.” – comunica al extraterrestre. – “Parece que el señor Guanai se ha detenido en mitad del mar.”

– “¿Acaso está peleando?” – pregunta Kaizo.

– “Es posible…” – dice el robot. – “Viendo los datos recopilados de su log de viaje desde nuestra posición, parece que se ha topado con un sujeto que ronda las 200 unidades.”

– “¿200 unidades?” – se extraña Kaizo.

– “Aunque luego ha desaparecido…” – sigue hablando el robot, un poco confuso. – “Seguramente el señor Guanai lo haya derrotado.”

Guanai sonríe y se relame.

– “Siento comunicarte que no tienes nada que hacer.” – presume el lagarto. – “Mi fuerza de combate es de 320.”

– “¿Debería estar impresionado?” – pregunta el asesino.

– “Qué insolente…” – gruñe Guanai. – “Pero supongo que aún no entiendes el significado de esa diferencia…”

– “Pues explícamelo.” – lo provoca Ten, con una serenidad que hace que le hierva la sangre a su adversario.

Guanai muestra los dientes, furioso.

– “¡NO TE BURLES DE MÍ!” – exclama al cargar contra el asesino.

Ten Shin Han intercepta al alienígena con una veloz combinación de golpes con la mano abierta que derriba a su contrincante, de espaldas al suelo. Ten se queda en pose de combate.

Guanai sangra por el labio.

– “¿Qué significa esto…?” – gruñe el mixxileo. – “¿Por qué eres tan fuerte…? Solo tienes 100 unidades…”

– “Deberías dejar de pensar en esas cifras y centrarte en el combate.” – responde Ten.

En la nave alienígena, el radar muestra de nuevo una alarma.

– “¿Eh?” – se sorprende un robot. – “¿Será otro fantasma?”

– “¿Qué ocurre?” – pregunta Kaizo. – “El radar ha detectado una nueva anomalía junto al señor Guanai.”

– “¿Otra anomalía?” – se extraña Kaizo. – “¿Cuánto indica?”

– “Una fuente de energía que roza las 270 unidades.” – confirma el robot.

Kaizo frunce el ceño.

– “No es un fantasma…” – se preocupa. – “Es posible que algunos individuos de este planeta puedan modificar su fuerza de combate durante la batalla…”

– “¿Es eso siquiera posible?” – pregunta el robot.

– “He oído rumores de que algunas razas capaces de hacerlo.” – responde Kaizo.

– “Si es así…” – se preocupa el robot. – “El señor Guanai…”

– “Ese idiota se ha metido en un lío…” – refunfuña el invasor.

En la azotea de un edificio, un soldado vestido con una gabardina morada y un pañuelo rojo en el cuello dispara con un lanzacohetes a Kaizo.

Como era de esperar, el cohete se detiene al entrar en el campo electromagnético del extraterrestre.

El soldado esboza una pícara media sonrisa.

El misil lanzado tiene un pequeño contador que alcanza el cero y estalla a poco más de un metro de distancia de Kaizo, empujándolo a través del campo de batalla.

El extraterrestre es interceptado por el Sargento Metallic, que le propina un puñetazo al vuelo y lo lanza de nuevo contra el suelo.

Kaizo, magullado, se reincorpora mientras maldice a sus enemigos, que lo han cogido desprevenido.

Metallic corre hacia él, listo para darle una patada, pero al acercarse a unos pocos metros el robot se detiene repentinamente, como si una fuerza invisible lo sujetara con fuerza.

Kaizo acaba de levantarse.

– “Has tenido suerte una vez.” – sentencia el invasor.

Con un gesto, el extraterrestre hace que la cabeza del robot empiece a girar sobre sí misma hasta que es arrancada de su cuerpo.

El robot se queda inmóvil de pie. Kaizo le da la espalda.

En ese instante, el robot se abalanza por sorpresa sobre el invasor y lo abraza por la espalda.

– “¡¿QUÉ?!” – se sorprende el alienígena. – “Tsk…” – protesta mientras es estrujado por Sargento. 

El dispositivo electrónico que lleva Kaizo en el antebrazo se resquebraja bajo la presión y empieza a chispear.

– “Maldito…” – gruñe el extraterrestre.

Pero con su propia fuerza empieza a hacer retroceder los brazos de Metallic.

Finalmente, el Sargento cede y Kaizo se libera.

El pirata se revuele y propina un puñetazo en el pecho del enemigo que rompe su armazón y se introduce en su cuerpo. 

Kaizo saca el puño del interior de Metallic, arrancando así un amasijo de cables.

El gigante robótico se desploma de rodillas al suelo y luego cae de espaldas como si fuera un muñeco de trapo.

En el despacho del Rey, Red es informado de los últimos sucesos.

– “¿Qué?” – empieza a impacientarse. – “¿Y dónde está Ten Shin Han?” – pregunta.

– “No lo sabemos, señor.” – responde el soldado informante, con miedo visible en todo su cuerpo.

El Comandante usa el teléfono rojo para hacer una llamada.

En un despacho del Cuartel General de la Red Ribbon alguien coge el teléfono.

– “Oficial del Estado Mayor Black.” – anuncia quien descuelga, un hombre trajeado de piel negra.

– “Aquí el Comandante Red.” – responde el líder. – “¿Dónde está Ten Shin Han?”

– “¿El asesino?” – se extraña Black. – “Salió de aquí a la hora prevista…”

– “¿Quién le acompañaba?” – pregunta Red. – “¿El Capitán Yellow?”

– “No señor.” – dice Black. – “Se fue solo.”

– “¿Solo?” – se extraña el Comandante. – “¿Le dejaste un jet?”

– “No exactamente…” – dice Black, mirando de reojo como en el balcón falta una columna.

Red cuelga el teléfono, malhumorado.

– “¿Qué explicación me das, Tao Pai Pai?” – pregunta el Comandante, inquisitivo.

– “Algo lo habrá entretenido.” – responde el asesino.

– “Más le vale llegar pronto…” – protesta Red. – “O voy a descontar cada unidad perdida de vuestros honorarios.”

El Comandante da otra calada a su puro y exhala el humo mientras mira a un punto fijo en la nada, pensativo.

– “¡Soldado!” – llama la atención del informador.

El soldado se pone firmes de un salto.

– “¡SÍ, SEÑOR!” – exclama tenso.

– “Avise al General White.” – ordena Red. – “Dígale que tiene permiso para poner a prueba su monstruo. Autorización RR-A08.”

– “¡Sí, señor!” – exclama el soldado, saludando.

En unos minutos, el despacho más alto de la Muscle Tower recibe una llamada que responde el General White en persona.

– “Dígame.” – responde el General. – “De acuerdo. Confirmo RR-A08.”

El General cuelga el teléfono y enseguida marca otro número.

En el interior de una oscura celda, alguien espera sentado en el suelo en una esquina cuando suena un teléfono.

Al otro lado de los barrotes, un soldado pelirrojo que estaba sentado en un taburete junto a la puerta, se levanta para coger el teléfono.

– “¿Está seguro, señor?” – pregunta el soldado, con sorpresa y cierta pena. – “No, señor. No pretendía.” – se disculpa. – “Confirmo RR-A08.”

Unos ojos tristes observan desde la oscuridad de la celda.

El soldado cuelga el teléfono y suena una alarma que anuncia la apertura de la verja.

– “Nos han llamado, Octavio.” – anuncia el soldado. – “Hay que moverse.”

– “¿Tenemos que pelear, Coronel?” – pregunta el gigante mientras se pone en pie.

– “Así es, grandullón.” – responde el soldado pelirrojo de ojos tristes, forzando una sonrisa. – “Nos toca salvar la Tierra.”