ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte II: Guerra por el Mundo

Red World / Parte II: Guerra por el Mundo

“¿Debería estar impresionado?”

La Capital del Norte sigue en llamas. Los invasores, gracias a la aparición en el campo de batalla de Kaizo, están retomando el control de la ciudad.

Kaizo camina por la avenida, llena de socavones y edificios caídos, cuando un puño metálico volador se aproxima a él por un callejón a su derecha.

Pero como ocurrió con el misil del Battle Jacket, el puño se detiene en el aire a pocos metros de impactar, atrapado por el campo electromagnético de Kaizo, emitido por la pequeña computadora que lleva en su antebrazo derecho.

– “¿Un robot de combate?” – murmura el extraterrestre. – “Puede que no estén tan atrasados como creía…”

El gigante llamado Sargento Metallic sale del callejón, inexpresivo, y mira desafiante al invasor.

Kaizo mira el puño de metal y éste colapsa, convirtiéndose en un amasijo de chatarra.

– “Pero siguen siendo una civilización primitiva.” – sonríe el extraterrestre.

El invasor remite el ataque, pero Metallic lo intercepta con un misil lanzado por su boca.

La explosión sacude la zona y derriba los edificios que constituían el callejón.

Mientras tanto, levitando sobre el mar, a miles de kilómetros de distancia, Guanai se encuentra frente a un humano.

– “¿Quién eres tú?” – pregunta el extraterrestre. – “No sabía que los humanos pudieran volar… ¿O acaso no eres humano?” – lo mira detenidamente.

– “Es refrescante encontrarme con alguien que no me conoce.” – responde el terrícola. – “Soy el asesino más famoso de todos los tiempos, con permiso de mi maestro, ahora que también van a conocerme más allá de la Tierra.”

– “¿Cómo dices?” – murmura Guanai, confuso ante la prepotencia de su contrincante.

– “Me llamo Ten Shin Han.” – revela el asesino de tres ojos.

Guanai ríe a modo de burla.

– “¡Jajaja!” – se mofa el lagarto. – “Puede que al final esto resulte divertido.”

El lagarto golpea sus puños, intentando intimidar al terrícola. Ten Shin Han, muy serio y sereno, no responde.

Guanai muestra los dientes.

– “¡A ver de qué eres capaz!” – exclama abalanzándose sobre Ten con el puño en alto. – “¡YAAH!”

Ten Shin Han no reacciona cuando el extraterrestre lanza su puñetazo, que atraviesa la silueta intangible del terrícola.

– “¡¿Qué?!” – se sorprende Guanai, al ver que era tan solo una imagen residual.

Ten Shin Han propina una patada por la espalda al lagarto y lo lanza contra el mar, en el que se hunde con una gran salpicadura.

Mientras tanto, en el despacho del Rey, el Comandante Red da otra calada a su puro.

– “¡¿El asesino Ten Shin Han?!” – se sobresalta Su Majestad. – “¿Por qué no me sorprende…?” – refunfuña apretando los puños. – “La Red Ribbon siempre se asocia con gente de la peor calaña.”

– “Usted ha jugado según las reglas…” – dice Red con prepotencia. – “Y para salvar la Tierra ha tenido que recurrir a mí.”

– “Ten Shin Han cumplirá su misión.” – dice Tao Pai Pai, sobresaltando al Rey con su presencia, pues está a unos pocos centímetros de él y ha entrado a la habitación sin hacer ruido. 

– “¡Ah!” – se aparta Su Majestad, tropezando y casi cayendo al suelo, teniendo que sujetarse con una silla.

El histórico asesino camina hasta situarse detrás y a la derecha del Comandante Red. Tao viste un elegante gi morado de estilo chino con el kanji “SATSU” en rojo en el pecho.

– “Le presento a mi guardaespaldas personal.” – anuncia Red. – “Me acompañará una temporada mientras llevamos a cambio la transición de poder…” – sonríe. – “Me fio de su palabra, Majestad, pero ¿quién sabe lo que pude ocurrir…? ¿verdad?”

– “Puede estar tranquilo, señor.” – asevera Tao Pai Pai. – “Siempre y cuando cumpla su parte y sea generoso con mis honorarios.”

– “¡Jajaja!” – ríe Red. – “Por supuesto.” – dice haciendo un gesto con la mano, quitando importancia al dinero. – “Eso no será un problema. ¿Le gusta el traje nuevo?”

– “Es muy elegante y muy cómodo.” – responde el asesino. – “Tiene usted buen gusto.”

– “Me alegro.” – sonríe Red. – “Lo ha hecho mi sastre personal.”

En la Ciudad del Norte, Kaizo y sus robots siguen avanzando. 

En la nave espacial, los robots recopilan datos cuando, de repente, algo impacta sobre la nave. El techo se les viene encima. 

– “¡¡AAAAH!!” – gritan.

Kaizo recibe la comunicación por un pinganillo y se da la vuelta para ver su nave humeante.

– “¿Qué ha pasado?” – se pregunta.

Un robot superviviente se acerca al cráter que se ha formado en la nave y mira en su interior.

– “¡¿Qué ha sido eso?!” – pregunta otro robot. – “¡¿Por qué no lo hemos detectado?!”

– “Es… solo… ¿un cilindro de piedra?” – responde confuso el primero.

Una columna rosada ha atravesado el casco por completo hasta incrustarse en el suelo, bajo la nave.

En el mar helado, la zarpa de Guanai se agarra a un bloque de hielo.

– “Maldito…” – gruñe el lagarto, saliendo del agua.

Al alzar la mirada, se encuentra con Ten Shin Han delante de él, con las manos en la espalda.

– “Parece que no solo soy el más fuerte de este mundo.” – dice Ten con prepotencia, pero también con cierta decepción.

El lagarto se pone en pie, frustrado.

– “¡No te lo creas tanto!” – exclama Guanai.

El mixxileo intenta comunicarse con la nave mediante un pinganillo, pero se da cuenta de que lo ha perdido.

Guanai, frustrado, se abalanza sobre Ten y le propina un fuerte puñetazo. El asesino se protege con ambos antebrazos frente al pecho. 

El golpe hace que Ten se deslice varios metros sobre la resbaladiza superficie de hielo.

– “Je, je, je…” – presume el extraterrestre.

Ten se frota el antebrazo derecho, luego el izquierdo.

– “Eres fuerte.” – dice el terrícola. – “Eso lo admito.”

– “¿Que soy fuerte?” – repite Guanai, sintiéndose ninguneado. – “¡¿Lo dices tú con 100 unidades?!”

– “¿100 Unidades?” – se extraña Ten. – “¿Qué significa eso?”

Guanai sonríe.

– “Ni siquiera sabes tu nivel de combate…” – dice el mixxileo. – “Pues deja que te informe. Nuestros sistemas de radar pueden sentir el poder de combate de cada individuo y calcularlo… Y en tu caso, te fueron asignadas 100 unidades.”

– “Ya veo…” – murmura Ten.

– “El poder de combate de este planeta es tan débil que nuestros radares tienen problemas para detectaros.” – se mofa Guanai.

– “Eso es todavía más interesante.” – dice el terrícola.

En la nave invasora, un robot observa una pantalla del radar, que con dificultad aún funciona.

– “Señor Kaizo.” – comunica al extraterrestre. – “Parece que el señor Guanai se ha detenido en mitad del mar.”

– “¿Acaso está peleando?” – pregunta Kaizo.

– “Es posible…” – dice el robot. – “Viendo los datos recopilados de su log de viaje desde nuestra posición, parece que se ha topado con un sujeto que ronda las 200 unidades.”

– “¿200 unidades?” – se extraña Kaizo.

– “Aunque luego ha desaparecido…” – sigue hablando el robot, un poco confuso. – “Seguramente el señor Guanai lo haya derrotado.”

Guanai sonríe y se relame.

– “Siento comunicarte que no tienes nada que hacer.” – presume el lagarto. – “Mi fuerza de combate es de 320.”

– “¿Debería estar impresionado?” – pregunta el asesino.

– “Qué insolente…” – gruñe Guanai. – “Pero supongo que aún no entiendes el significado de esa diferencia…”

– “Pues explícamelo.” – lo provoca Ten, con una serenidad que hace que le hierva la sangre a su adversario.

Guanai muestra los dientes, furioso.

– “¡NO TE BURLES DE MÍ!” – exclama al cargar contra el asesino.

Ten Shin Han intercepta al alienígena con una veloz combinación de golpes con la mano abierta que derriba a su contrincante, de espaldas al suelo. Ten se queda en pose de combate.

Guanai sangra por el labio.

– “¿Qué significa esto…?” – gruñe el mixxileo. – “¿Por qué eres tan fuerte…? Solo tienes 100 unidades…”

– “Deberías dejar de pensar en esas cifras y centrarte en el combate.” – responde Ten.

En la nave alienígena, el radar muestra de nuevo una alarma.

– “¿Eh?” – se sorprende un robot. – “¿Será otro fantasma?”

– “¿Qué ocurre?” – pregunta Kaizo. – “El radar ha detectado una nueva anomalía junto al señor Guanai.”

– “¿Otra anomalía?” – se extraña Kaizo. – “¿Cuánto indica?”

– “Una fuente de energía que roza las 270 unidades.” – confirma el robot.

Kaizo frunce el ceño.

– “No es un fantasma…” – se preocupa. – “Es posible que algunos individuos de este planeta puedan modificar su fuerza de combate durante la batalla…”

– “¿Es eso siquiera posible?” – pregunta el robot.

– “He oído rumores de que algunas razas capaces de hacerlo.” – responde Kaizo.

– “Si es así…” – se preocupa el robot. – “El señor Guanai…”

– “Ese idiota se ha metido en un lío…” – refunfuña el invasor.

En la azotea de un edificio, un soldado vestido con una gabardina morada y un pañuelo rojo en el cuello dispara con un lanzacohetes a Kaizo.

Como era de esperar, el cohete se detiene al entrar en el campo electromagnético del extraterrestre.

El soldado esboza una pícara media sonrisa.

El misil lanzado tiene un pequeño contador que alcanza el cero y estalla a poco más de un metro de distancia de Kaizo, empujándolo a través del campo de batalla.

El extraterrestre es interceptado por el Sargento Metallic, que le propina un puñetazo al vuelo y lo lanza de nuevo contra el suelo.

Kaizo, magullado, se reincorpora mientras maldice a sus enemigos, que lo han cogido desprevenido.

Metallic corre hacia él, listo para darle una patada, pero al acercarse a unos pocos metros el robot se detiene repentinamente, como si una fuerza invisible lo sujetara con fuerza.

Kaizo acaba de levantarse.

– “Has tenido suerte una vez.” – sentencia el invasor.

Con un gesto, el extraterrestre hace que la cabeza del robot empiece a girar sobre sí misma hasta que es arrancada de su cuerpo.

El robot se queda inmóvil de pie. Kaizo le da la espalda.

En ese instante, el robot se abalanza por sorpresa sobre el invasor y lo abraza por la espalda.

– “¡¿QUÉ?!” – se sorprende el alienígena. – “Tsk…” – protesta mientras es estrujado por Sargento. 

El dispositivo electrónico que lleva Kaizo en el antebrazo se resquebraja bajo la presión y empieza a chispear.

– “Maldito…” – gruñe el extraterrestre.

Pero con su propia fuerza empieza a hacer retroceder los brazos de Metallic.

Finalmente, el Sargento cede y Kaizo se libera.

El pirata se revuele y propina un puñetazo en el pecho del enemigo que rompe su armazón y se introduce en su cuerpo. 

Kaizo saca el puño del interior de Metallic, arrancando así un amasijo de cables.

El gigante robótico se desploma de rodillas al suelo y luego cae de espaldas como si fuera un muñeco de trapo.

En el despacho del Rey, Red es informado de los últimos sucesos.

– “¿Qué?” – empieza a impacientarse. – “¿Y dónde está Ten Shin Han?” – pregunta.

– “No lo sabemos, señor.” – responde el soldado informante, con miedo visible en todo su cuerpo.

El Comandante usa el teléfono rojo para hacer una llamada.

En un despacho del Cuartel General de la Red Ribbon alguien coge el teléfono.

– “Oficial del Estado Mayor Black.” – anuncia quien descuelga, un hombre trajeado de piel negra.

– “Aquí el Comandante Red.” – responde el líder. – “¿Dónde está Ten Shin Han?”

– “¿El asesino?” – se extraña Black. – “Salió de aquí a la hora prevista…”

– “¿Quién le acompañaba?” – pregunta Red. – “¿El Capitán Yellow?”

– “No señor.” – dice Black. – “Se fue solo.”

– “¿Solo?” – se extraña el Comandante. – “¿Le dejaste un jet?”

– “No exactamente…” – dice Black, mirando de reojo como en el balcón falta una columna.

Red cuelga el teléfono, malhumorado.

– “¿Qué explicación me das, Tao Pai Pai?” – pregunta el Comandante, inquisitivo.

– “Algo lo habrá entretenido.” – responde el asesino.

– “Más le vale llegar pronto…” – protesta Red. – “O voy a descontar cada unidad perdida de vuestros honorarios.”

El Comandante da otra calada a su puro y exhala el humo mientras mira a un punto fijo en la nada, pensativo.

– “¡Soldado!” – llama la atención del informador.

El soldado se pone firmes de un salto.

– “¡SÍ, SEÑOR!” – exclama tenso.

– “Avise al General White.” – ordena Red. – “Dígale que tiene permiso para poner a prueba su monstruo. Autorización RR-A08.”

– “¡Sí, señor!” – exclama el soldado, saludando.

En unos minutos, el despacho más alto de la Muscle Tower recibe una llamada que responde el General White en persona.

– “Dígame.” – responde el General. – “De acuerdo. Confirmo RR-A08.”

El General cuelga el teléfono y enseguida marca otro número.

En el interior de una oscura celda, alguien espera sentado en el suelo en una esquina cuando suena un teléfono.

Al otro lado de los barrotes, un soldado pelirrojo que estaba sentado en un taburete junto a la puerta, se levanta para coger el teléfono.

– “¿Está seguro, señor?” – pregunta el soldado, con sorpresa y cierta pena. – “No, señor. No pretendía.” – se disculpa. – “Confirmo RR-A08.”

Unos ojos tristes observan desde la oscuridad de la celda.

El soldado cuelga el teléfono y suena una alarma que anuncia la apertura de la verja.

– “Nos han llamado, Octavio.” – anuncia el soldado. – “Hay que moverse.”

– “¿Tenemos que pelear, Coronel?” – pregunta el gigante mientras se pone en pie.

– “Así es, grandullón.” – responde el soldado pelirrojo de ojos tristes, forzando una sonrisa. – “Nos toca salvar la Tierra.”

DBSNL // Capítulo 312: Furia de titanes

DBSNL // Capítulo 312: Furia de titanes

“Soy el Dios de vuestro mundo.”

Los aún espectadores observan en las pantallas lo que sucede en la jungla.

– “Tsk…” – protesta Freezer. – “Esa forma…” – recuerda su enfrentamiento con el terrible saiyajín.

– “Ese poder bruto…” – murmura Cooler, recordando el extracto del Fruto Sagrado que él mismo tomó. 

Vegeta y Gohan observan el monitor.

– “Esa transformación va más allá de cualquier límite…” – murmura el mestizo, capaz de llevar al máximo el poder ancestral de los saiyajín.

– “Es una aberración.” – responde Vegeta, tajante.

Shido sonríe.

– “Así es.” – responde el demonio. – “La esencia del Fruto Sagrado lleva las capacidades genéticas de un individuo más allá de sus límites, haciéndolo mutar.”

– “¿Cómo puedes hacer algo así?” – replica Gohan.

– “¿Y qué son los límites?” – se pregunta Shido. – “¿No es a romperlos en lo que basan su vida los grandes guerreros?”

– “Los guerreros nos ponemos a prueba a nosotros mismos.” – responde Vegeta. – “No somos tan cobardes como para adjudicarnos lo que consiguen otros.”

Shido cierra los ojos e intenta controlar su risa.

– “Ja, ja ja…” – ríe por lo bajo. – “¿El orgullo saiyajín?” – pregunta con retintín. – “Todo lo que ha conseguido tu raza de cobayas ha sido gracias a mí.” – mira a Vegeta con desprecio. – “Soy el Dios de vuestro mundo.”

– “Ten cuidado, entonces.” – sonríe Vegeta con picardía. – “No serías el primero que muere a mis manos.”

– “Tsk…” – protesta Shido, que fija su atención de nuevo en las pantallas.

Turles, que poco a poco abre los ojos después de recibir el Taiyoken de Ub, busca su oponente.

Ub se esconde tras un árbol mientras se agarra el costado, dolorido, y respira con dificultad.

– “Maldita sea…” – refunfuña.


Turles se frustra y toma aire, como si estuviera preparándose para gritar… pero lo que emana de su boca es un cañón de ki verde que arrasa todo a su paso. 

Ub, asombrado por la cantidad de energía que emana, se prepara para moverse, pero el saiyajín gira sobre sí mismo para así causar daños en la mayor área posible, acercando su ataque al terrícola, que usa el Shunkanido para evadirlo.

Ub aparece volando a una docena de metros de altura sobre Turles, que está envuelto en una nube de polvo y sigue buscando a su alrededor al muchacho.

– “Es un monstruo…” – murmura el terrícola, asustado ante el poder devastador de su contrincante.

Mientras tanto, Reitan ha llegado hasta Okure.

– “Grrr…” – gruñe la terrible herajín al verlo.

Reitan reaviva su aura de Súper Herajín.

– “¿Qué me dices, Okure?” – sonríe Reitan como reminiscencia de una complicidad que ya no tienen. – “¿Segundo asalto?”

Okure se abalanza sobre él a una velocidad de vértigo, pero el herajín responde de la misma forma y se agacha en el último instante para pasar entre las piernas de la enorme mujer.

Reitan proyecta hilos de ki con sus dedos que se enrollan en las piernas de Okure y luego tira de ellos para derribarla.

Okure se levanta enseguida, dándose la vuelta y preparada para lanzar una onda de ki a su contrincante, pero Reitan sigue proyectando hilos de ki que se enrollan en la mujer, impidiéndole atacar.

– “Grrr…” – gruñe ella, furiosa, intentando liberarse. – “¡¡GRRAAAAAAAAH!!” – emana una onda expansiva de energía que rompe la trampa de Reitan.

– “Tsk…” – protesta el herajín.

Okure apunta a su enemigo con una mano y dispara una ráfaga de ki, pero Reitan desenfunda su arma y con varios movimientos rápidos y certeros desvía las esferas de energía, que estallan en la distancia.

Mientras tanto, Turles ya ha visto a Ub y lo persigue de nuevo.

El terrícola usa el Kaioken para evadir al enloquecido saiyajín a través de los árboles. 

Realizando las elípticas trayectorias de la técnica del Kaio del Norte, Ub intenta contraatacar.

– “¡¡YAAAAH!!” – grita mientras propina una doble patada a Turles por la espalda.

Pero el saiyajín ni se inmuta.

Ub retrocede y respira con dificultad, agotado.

– “No es suficiente…” – gruñe el terrícola. – “¡Voy a tener que ir al límite!” – exclama. – “¡¡YAAAAAAAH!!”

El aura roja del Kaioken se aviva y arde con violencia.

– “¡¡YAAAAAH!!” – grita cargando contra Turles.

El monstruoso saiyajín intenta interceptar a Ub, pero el terrícola esquiva el golpe volando hacia un lado y sorprende de nuevo a Turles por el otro costado, golpeándole las costillas con un fuerte puñetazo.

– “Tsk…” – protesta el saiyajín.

Turles intenta agarrar a Ub, pero éste retrocede.

Turles dispara una ráfaga da ki que persigue al terrícola, que intenta huir hacia el cielo.

Tres esferas de energía persiguen a Ub y pronto le ganan terreno. 

Ub se ve obligado a actuar.

– “¡MASENKO…!” – se prepara el terrícola, apuntando a los ataques de Turles, que casi le han alcanzado. – “¡HAAAA!” – dispara.

Tres explosiones sacuden el cielo y las ondas expansivas empujan a Ub, que cae entre las copas de los árboles, con el cuerpo humeante, y se estampa contra el suelo.

En otro punto del bosque, Dabra se hace el despistado, mirando las explosiones en el cielo.

El dokuchi aprovecha la ocasión y proyecta su viscosa lengua, atacando al demonio por la espalda.

De un solo gesto, el demonio invoca su espada y corta la lengua del enemigo, que sangra y tiñe de azul la zona.

– “¡¡GYAAAAH!!” – grita entre los árboles el camaleón.

– “Je…” – ríe el demonio.

El camaleón huye de nuevo hacia el interior del bosque, dejando atrás varios metros de lengua en movimiento en el suelo, que lentamente se contraen y se detienen, viendo reducido su tamaño.

Turles camina por el bosque, buscando de nuevo a su víctima.

De repente, Liquir salta sobre él, golpeándolo en la espalda y estampando al saiyajín en el suelo.

El kurama retrocede y se coloca a una distancia prudente.

– “Siento un poder oscuro en ti, saiyajín.” – dice Liquir, ondeando dos colas.

Turles se levanta, furioso, con la cara llena de barro, y se da la vuelta para clavar su mirada furiosa en el zorro.

– “Grrrr…” – gruñe el saiyajín.

Liquir frunce el ceño.

– “Entendido.” – sentencia el kurama.

El ki naranja del zorro emana destellos morados.

Mientras tanto, Okure ha agarrado el gigantesco tronco de un árbol y atiza a Reitan, que se protege cortando el tronco con su espada.

Pero Okure da una vuelta sobre sí misma y le lanza el tronco, ahora afilado.

Reitan salta por encima de él, aterrizando sobre el tronco y corriendo sobre él hacia Okure… pero la herajín ya le apunta con ambas manos.

– “¡¡GRAAAAAAAH!!” – dispara un terrible torrente de ki verde.

Reitan se protege con su espada, pero sale disparado hacia el interior de la jungla, incapaz de detener el ataque, que lo desintegra todo a su paso.

Okure ya lo persigue de nuevo, sin darle descanso.

Reitan, con su cuerpo humeante, se pone en pie.

Los árboles que quedaban en pie, quemados y sin hojas, caen al paso de su enemiga, que va tras él.

Al encontrarlo, Okure se detiene y clava su mirada furiosa en Reitan, que ha perdido la parte superior de su vestimenta.

El herajín reaviva su aura.

– “Puede que me odies, Okure.” – dice Reitan. – “Si es así, no te culpo.”

Okure gruñe mientras empieza a avanzar hacia su viejo amigo con paso firme.

– “He venido a salvarte.” – insiste Reitan, con mirada melancólica. – “¡Libera tu odio! ¡Puedo resistirlo!”

Okure empieza a correr hacia Reitan.

– “¡VAMOS!” – exclama el herajín.

La mujer carga contra Reitan y le propina un fuerte puñetazo que el herajín intercepta con la parte plana de su espada.

– “¡Vamos, Okure!” – insiste Reitan. – “¡Sé que estás sufriendo!”

Okure se revuelve y propina una patada en abdomen del herajín, que retrocede varios metros deslizándose sobre el suelo, pero manteniéndose en pie, teniendo que clavar su cimitarra en el suelo para detener su retroceso.

– “Eso es…” – sufre el herajín. 

Okure ataca de nuevo y, en un instante, se encuentra de nuevo frente a él, con el puño en alto.

Esta vez, la mujer propina un puñetazo en la cara de Reitan que lo lanza a través de la jungla, dejando atrás su espada.

Reitan atraviesa varios árboles hasta que se detiene chocando contra una gran piedra, rebotando y cayendo al suelo.

El herajín se levanta de nuevo, con la boca ensangrentada.

– “Si has llegado hasta aquí por mí…” – murmura en voz baja. – “Acabemos con esto… y vuelve a casa…”

Okure carga contra él con toda su ira, invocando una esfera de ki en su mano.

La herajín alcanza a Reitan, que parece aceptar su destino, inmóvil.

Okure extiende el brazo hacia él. La esfera de ki brilla intensamente y dobla su tamaño en un instante. 

Reitan cierra los ojos.

De repente, una pequeña esfera de ki verde impacta contra la de Okure y la desvía hacia un lado, elevándola primero sobre la jungla para que caiga más tarde a varios kilómetros de allí, estallando y creando una fuerte corriente de aire que sacude el lugar. 

Tanto Okure como Reitan se sorprenden, primero mirando hacia la explosión y luego mirando el origen del ataque.

Pero al mirar, Okure recibe un rodillazo en la cara que la lanza a través de la jungla.

Broly aterriza delante de Reitan.

ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte I: Contacto

Red World / Parte I: Contacto

“¿He llamado en mal momento?”

Año 759. En la Capital del Norte, la vida transcurre pacíficamente. La gente disfruta en la plaza de un centro comercial al aire libre. Un padre observa a su hija montada en el tiovivo. Una pareja comparte un helado, sentados en un banco. Una madre pasea con su hijo agarrado de la mano mientras habla por teléfono y mira un escaparate de electrodomésticos “Corporación Cápsula.” El pequeño lleva un globo rojo en la mano.

En un instante, el niño se distrae al ver un cachorro de labrador en otro escaparate y suelta la mano de su madre para correr a verlo. 

El pequeño se pega a cristal de la tienda y deja de prestar atención al globo, que se escurre entre sus dedos. 

El niño intenta agarrarlo saltando, sin éxito, y el globo se eleva hacia el cielo ante la triste mirada del pequeño.

En la Atalaya de Kamisama, una escuálida figura encapuchada, a contraluz, sentada al lado de una ventana, se estremece.

– “¿Se encuentra bien, señor?” – pregunta Mr. Popo.

La madre termina la llamada y presta de nuevo tención al pequeño.

– “Ya te he dicho mil veces que no te alejes de mi en el centro comercial…” – protesta ella.

Pero se sorprende al ver al niño con la mirada fija en el cielo.

– “¿Eh?” – murmura ella, alzando la mirada.

En el cielo, una nave discoidal de unos 100 metros de diámetro sobrevuela la zona.

En unas horas, la ciudad está en llamas. Soldados cíclopes metálicos de gran envergadura deambulan por las calles, disparando a todo aquel que se interpone en su camino con sus ametralladoras de energía incorporadas en sus antebrazos.

El Ejército Real intenta retomar la ciudad, tanto por tierra como por aire, pero la tecnología alienígena es superior. Los robots parecen inmunes a la munición regular. Solo tanques, misiles y lanzacohetes logran causar daños a los invasores, pero por cada uno que derrotan, decenas de soldados perecen. Los robots cuentan con armamento de algo calibre y cañones de energía.

En el Palacio Real de la Capital Central, el Rey del Mundo es informado de la situación.

– “Su Majestad…” – dice uno de sus Generales. – “Todos nuestros esfuerzos están fracasando. No podemos detener al enemigo.”

El Rey agacha la cabeza y la apoya en sus manos.

– “Nunca imaginé que la raza humana tendría que enfrentarse a demonios venidos de las estrellas…” – murmura el cánido.

– “No nos detendremos hasta el final.” – continúa el General. – “Pero llegados a este punto, es cuestión de horas que…”

De repente, un teléfono rojo sobre la mesa de su despacho empieza a repicar.

El General y el Rey se miran confusos. Su Majestad descuelga.

– “¿Quién es?” – pregunta el Rey, inquisitivo. – “¿Quién tiene este número?”

– “Hola, Su Majestad.” – dice una voz. – “¿He llamado en mal momento?” – añade con retintín.

El Rey se queda petrificado.

La guerra continúa en la ciudad. Los humanos luchan con valentía, pero caen como moscas.

En el centro de mando de la nave alienígena, los radares y controles del aparato son llevados por robots mucho más simples y menudos que los que han sido desplegados en el campo de batalla.

El líder invasor, de aspecto selaquimorfo y tez azulada, luciendo un parche robótico en el ojo, observa cruzado de brazos la representación del campo de batalla en una gran pantalla. Viste botines morados, pantalón negro y una especie de mono de lucha naranja encima. 

– “Qué interesante…” – murmura el líder. – “Usan la tecnología para suplir su patética fuerza… Pero de una forma muy primitiva.” – sonríe con burla.


A su lado, un soldado mixxileo de aspecto reptiliano le acompaña, de piel verde oliva y una lenga larga azul, vestido solamente con el mono naranja.

Un pitido de un radar llama la atención del mixxileo.

– “¿Eh?” – mira de reojo.

No parece que los robots den importancia a la alerta.

– “¿Qué ha sido eso?” – pregunta el mixxileo.

– “Solo un fantasma.” – responde el robot, que sigue atento a su trabajo.

– “¿Un qué?” – no lo entiende el mixxileo.

– “Una falsa fuente de energía detectada por el radar.” – le explica el selaquimorfo.

– “Muy bien explicado, señor Kaizo.” – lo adula el robot.

– “¿Seguro que era un error?” – se interesa el mixxileo.

El robot del radar teclea.

– “La lectura rondaba los 150.” – dice el robot. – “La fuerza de combate media del planeta es de unas 5 unidades. Tiene que ser un fallo en la lectura.”

El lagarto sonríe de forma pícara.

– “Dame la localización.” – dice el mixxileo.

– “Enseguida, señor Guanai.” – teclea de nuevo el robot.

– “Es solo un fantasma.” – insiste Kaizo.

– “Tus métodos de conquista son demasiado sofisticados para mí.” – protesta Guanai. – “Me aburro.” 

En la ciudad, los soldados robot siguen avasallando al Ejército Real. 

Un soldado se esconde en las ruinas de un edificio, agachado tras una viga de hormigón, cuando una sombra se cierne sobre él.

El soldado se arma de valor y se levanta, dándose la vuelta y disparando a discreción con su fusil al titán de metal hasta que se queda sin munición.

Las balas han rebotado en el armazón de su enemigo, que se yergue frente a él como una torre.  

El soldado mira aterrado al cíclope metálico mientras éste le apunta con el cañón ametralladora de su antebrazo.

El soldado cierra los ojos con fuerza, temiéndose lo peor.

Pero en ese instante, un misil impacta contra la espalda del robot, haciéndolo estallar en mil pedazos.

El soldado se queda estupefacto ante lo ocurrido, aún incrédulo por seguir vivo.

La polvareda se disipa lentamente para revelar que un nuevo ejército está entrando en la ciudad.

– “Es… es…” – titubea el soldado, confuso.

Un logotipo rojo en forma de lazo con dos iniciales letras blancas superpuestas identifica a cada una de sus unidades: “RR”.

– “¡LA RED RIBBON!” – exclama el soldado.

Varios cazas de última generación sobrevuelan el espacio aéreo y bombardean las calles, destruyendo una docena robots enemigos.

Los tanques y las armaduras de guerra “Battle Jackets” avanzan por la avenida principal, liderados por un gigantesco soldado de pelo rojo encrespado y desaliñado luciendo gafas de sol.

El Rey del Mundo espera en la azotea del palacio, con pesar en su rostro, mientras un helicóptero sin hélices aterriza.

– “Que Dios me perdone…” – murmura el Rey.

La puerta del vehículo se abre. Una escalerilla se extiende automáticamente. 

Un pequeño hombre pelirrojo trajeado con un parche en el ojo desciende, con un puro en sus labios.

– “Su Majestad…” – saluda con retintín.

– “Comandante Red…” – asiente el Rey.

Poco a poco, la ciudad está siendo retomada gracias a la llegada del Ejército de la Red Ribbon, cuyos avances tecnológicos superan con creces a los del anticuado Ejército Real.

Los Battle Jacket pueden enfrentarse cara a cara a los robots invasores, pues otorgan a sus pilotos de una fuerza sobrehumana, además de la capacidad de volar gracias a un propulsor en su espalda y una gran variedad de armamento de alto poder destructivo.

El Comandante Red ya está de pie sobre la silla del despacho del Rey.

Su Majestad mira con recelo al Comandante ocupando su mesa. 

Red sonríe satisfecho mientras acaricia los reposabrazos del asiento.

– “Me gusta…” – dice con orgullo. – “Aunque voy a tener que redecorar un poco…” – añade mientras hace un pequeño gesto con la cabeza a uno de sus hombres.


El soldado enseguida empieza a descolgar los cuadros de los antepasados del Rey del Mundo.

En la nave extraterrestre, los ánimos han cambiado. Los robots reciben informes desfavorables sobre su invasión.

– “¡Estamos perdiendo muchos efectivos!” – alerta uno.

– “¡¿De dónde han salido sus refuerzos?!” – se pregunta otro.

Kaizo resopla.

– “Y ese idiota de Guanai ha salido…” – murmura el selaquimorfo. – “Abrid la escotilla. Yo me encargo.”

– “Sí, señor.” – confirma un robot.

La Red Ribbon sigue recuperando terreno. Un Battle Jacket pisa el cuerpo dañado de un robot y luego usa la ametralladora de antebrazo para masacrarlo.

Pero de repente, el Battle Jacket es levantado del suelo por una extraña fuerza. El soldado en su interior intenta tirar de todas las palancas que tiene a su alcance, pero no tiene control sobre su máquina.

La armadura robótica empieza a colapsar lentamente como si estuviera soportando una alta presión, ante el horror de su piloto, para finalmente quedar reducida a un amasijo de metal del que se derrama aceite y sangre.

Kaizo reclama la bola de hierros que controla gracias a un brazalete-computadora en su antebrazo derecho.

Otro Battle Jacket corre hacia Kaizo y ya le apunta con su cañón, pero el extraterrestre lanza el amasijo de hierros contra él y ambos explotan.

Un tercer Battle Jacket, desde la azotea de un edificio, apunta a Kaizo con el misil de su espalda.

– “A todas las unidades de infantería.” – anuncia el piloto. – “Despejen la zona. Voy a disparar.”

El misil sale propulsado desde su espalda y se dirige directamente contra el extraterrestre, que parece no haberse percatado de la presencia de su enemigo.

Pero de repente, el misil se detiene en el aire. Un campo electromagnético protege a Kaizo.

El extraterrestre remite el misil, que estalla contra la azotea, provocando una terrible explosión en el cielo de la ciudad, cuya onda expansiva sacude las calles.

Mientras tanto, en el despacho del Rey, el Comandante Red y Su Majestad son informados de lo sucedido.

– “¿Qué va a hacer ahora, Comandante Red?” – pregunta el Rey, con sus sentimientos en conflicto.

Red da una calada a su puro, muy tranquilo, y acerca la silla a la mesa para poder poner los pies sobre ella.

– “No se preocupe, Su Majestad.” – dice el Comandante. – “Todo está bajo control.”

El mixxileo vuela hacia el noreste, sobre el mar, hacia las coordenadas indicadas cuando, de repente, puede ver algo en el horizonte que destaca sobre el cielo azul.

– “¿Eh?” – centra su atención.

Guanai se detiene y se protege del sol para intentar verlo mejor.

– “¿Qué es eso?” – se pregunta.

Poco a poco, un pequeño punto negro revela una silueta humanoide.

La velocidad con la que avanza el objeto sorprende a Guanai, que de repente debe apartarse para no chocar contra el objeto volador.

Guanai lo deja pasara de largo y lo observa seguir su camino.

– “¡¿Qué demonios era eso?!” – se pregunta.

Una voz le responde.

– “Supongo que tú eres uno de los extraterrestres.” – dice alguien a su espalda.

Guanai se sobresalta y al darse la vuelta observa frente a él a una persona levitando en el aire, vestido con un gi rosado de estilo chino con el kanji “SATSU” en el pecho y las palabras “KILL YOU” en la espalda.

DBSNL // Capítulo 311: Parásitos

DBSNL // Capítulo 311: Parásitos

“¡Voy a beberme hasta la última gota!”

Algo se mueve en la densa jungla. Ub y Dabra están en guardia, atentos a lo que pueda ocurrir.

De repente, varias hojas caen sobre los dos guerreros, haciendo que miren hacia arriba.

En ese instante, el invisible dokuchi se abalanza sobre ellos con sus potentes piernas por delante, golpeando a ambos en el pecho y empujándolos contra el suelo para desaparecer después entre la frondosidad.

Ub se pone en pie, quejoso.

– “Ese maldito…” – protesta el terrícola, activando su Kaioken.

Ub dispara en la dirección en la que ha huido el camaleón, pero su disparo se escurre entre los árboles y se pierde en el cielo.

– “Tsk…” – gruñe el chico, que se eleva entre los árboles.

Ub sobrevuela la jungla, intentando encontrar al su enemigo… pero nada puede ver. Las copas de los árboles dibujan una gran alfombra verde.

– “No veo nada…” – protesta Ub.

Dabra se levanta con una sonrisa en su rostro. Dos uñas de su garra demoníaca están manchadas de sangre azul.

– “Je…” – sonríe el demonio.

Mientras tanto, no muy lejos de allí, Liquir se ha hartado.

El zorro clava sus zarpas en el suelo y abre sus fauces para proyectar un cañonazo de ki naranja que arrasa con todo a su paso. 

Liquir mueve su cabeza de un lado a otro para eliminar una gran parte de la jungla que le impide encontrar a su enemigo.

Ub puede ver la devastación desde el cielo.

Cuando la polvareda se disipa, Liquir se encuentra frente a una zona desértica.

– “Así aprenderá…” – esboza una media sonrisa.

El zorro se calma y su ki vuelve a la normalidad.

– “Aún no controlo el ki divino…” – piensa el kurama. – “Es mejor no excederme…”

Pero justo en ese instante, el zorro oye una voz en su oído derecho.

– “¿Conoces la expresión “matar moscas a cañonazos”?” – dice una voz aguda con todo de burla.

El zorro se rasca la oreja como si tuviera una pulga.

– “¡¿QUÉ?!” – gruñe el kurama.

Liquir se mira la mano, vacía.

– “Así que era eso…” – protesta el zorro. – “Maldita sea…”

– “¡Sigo aquí!” – se mofa el enemigo.

El kurama no puede verlo, pero un diminuto insecto verde del tamaño de una pulga se ha colado en su conducto auditivo.

El zorro se rasca de nuevo la oreja.

– “Me gusta este lugar.” – continúa el bicho. – “A lo mejor me quedo a vivir.”

Desesperado, Liquir se mete un dedo en la oreja y rasca con su uña.

– “Bastardo…” – gruñe Liquir.

El insecto se ve obligado a retroceder hacia el interior del oído. 

– “¡Tranquilo!” – protesta la garrapata.

El enemigo se encuentra frente al tímpano, que parece un gong gigantesco.

– “Creo que voy a tener que darte una lección…” – sonríe la garrapata con maldad. – “¡¡HYA!!” – golpea el tímpano con su puño.

Liquir se sujeta la oreja con ambas manos.

– “¡¡¡GRAAAAAAAHH!!!” – grita el zorro de dolor.

En lo profundo de la jungla, Okure se ha transformado.

– “Okure…” – se preocupa Reitan.

La herajín lo mira con ira, envuelta en una violenta aura verde.

– “¡¡YAAAAH!!” – carga contra Reitan, dejando un cráter bajo sus pies.

Pese a su tamaño, Okure se planta frente a Reitan en un parpadeo.

– “¡TSK!” – reacciona Reitan, transformándose en un instante y cubriéndose con ambos antebrazos frente a su rostro.

El herajín encaja un puñetazo de su compañera que lo lanza a través de la jungla, atravesando cada tronco que encuentra a su paso.

Cuando el herajín logra reavivar su aura y estabilizarse en el aire, se da cuenta de que una esfera de ki verde de unos 20 centímetros de diámetro se dirige hacia él.

Reitan la esquiva y la esfera cae a varios kilómetros de distancia, generando una explosión desproporcionada teniendo en cuenta su tamaño.

Dos esferas más la siguen y Reitan retrocede de rama en rama para no ser alcanzado por los ataques de Okure.

De repente, Reitan se da cuenta de que Okure se encuentra sobrevolando el bosque, con una sonrisa diabólica en rostro.

– “¡¡YAAAAAAAH!!” – exclama la herajín, apuntando hacia el suelo con su mano derecha y disparando a discreción un centenar de esferas de ki. – “¡¡JAJAJAJAJA!!” – ríe.

Reitan ve la lluvia de esferas verdes que tiñe el cielo de ese color.

– “¡MALDICIÓN!” – exclama el herajín.

Reitan corre de un lado para otro, evadiendo las continuas explosiones que dan lugar.

Pero de repente, una esfera cae frente a él a tan solo cinco metros de distancia.

Reitan se cubre como puede, pero la onda expansiva está a punto de engullirle… cuando aparece Ub con el Shunkanido y lo rescata.

El terrícola aparece en mitad del bosque, junto a Dabra. Las explosiones pueden oírse en la distancia.

– “¡Reitan!” – exclama Ub. – “¿Estás bien?”

– “Deja de recoger cachorros heridos…” – protesta Dabra. – “Cada uno tiene sus propias batallas.”

Reitan suspira al darse cuenta de lo cerca que ha estado.

– “El demonio tiene razón.” – dice el herajín. – “Okure es cosa mía.”

– “Esta prueba es para todos.” – replica Ub. – “¿No os dais cuenta?”

– “Te agradezco la ayuda, chico.” – responde Reitan. – “Pero es personal.”

Reitan se marcha volando.

– “Tsk…” – protesta Ub.

Dabra arruga la nariz, usando su olfato de diablo para buscar al dokuchi, y se adentra en la maleza.

Ub se queda solo.

– “Vaya equipo…” – suspira el terrícola.

Mientras tanto, Turles se ha caído en una pesadilla.

En su mente recuerda sus batallas pasadas y su derrota más humillante ante los hombres de Cooler, como fue una marioneta de M2 durante años, y como tuvo que tragarse su orgullo para salvar a sus semejantes en Sadala.

– “Tsk…” – gruñe el saiyajín.

– “Si tuvieras más poder…” – dice la voz de Kamakiri. – “¿Verdad?”

– “¿Quién eres?” – pregunta Turles.

– “Un Súper Saiyajín…” – dice el doctor. – “Y tan lejos de los demás…”

Turles recuerda su combate con Reitan.

– “Me haré más fuerte…” – responde Turles.

– “Puedes superar tus límites ahora mismo…” – dice Kamakiri.

– “Soy un saiyajín…” – replica Turles. – “No tengo límites…”

– “Demuéstralo…” – insiste Kamakiri.

El saiyajín abre los ojos. Kamakiri le está inyectando algo en el brazo.

Turles lo mira confuso durante un instante y enseguida reacciona intentando golpearlo.

Pero Kamakiri, con un pequeño gesto de su mano, lo detiene.

– “Lo siento, saiyajín…” – dice el doctor.

Los ojos de Turles se ponen en blanco.

El grito del saiyajín puede oírse en toda la jungla. Una columna de ki amarillo se alza en el cielo y pronto se tiñe de verde.

– “¡¿Qué es eso?!” – se sorprende Ub. – “Ese ki…”

Kamakiri retrocede rápidamente mientras se cubre para no ser cegado por el brillo.

Turles se ha transformado. Su masa muscular ha aumentado y su cabello se ha teñido de verde.

– “¡¡GRAAAAAH!!” – brama al cielo.

Ub se encuentra solo en el bosque. Dabra ha seguido el rastro del dokuchi y Reitan ha vuelto a su combate con Okure.

De repente, el terrícola puede oír árboles cayendo cada vez más cerca de él.

– “¿Eh?” – mira Ub en la dirección del estruendo.

Como una locomotora, Turles aparece corriendo a través de la jungla, atravesando los árboles que encuentra a su paso.

– “¡Viene hacia aquí!” – exclama Ub, poniéndose en guardia.

Pero cuando Ub puede reaccionar, Turles aparece frente a él para agarrar su cabeza con una sola mano.

Con Ub atrapado en su mano, Turles sigue avanzando, estampando al terrícola con cada árbol que encuentra, y a veces enterrando su cabeza en el suelo hasta que, finalmente, lo lanza al aire y le propina una violenta patada que lo asciende hacia el cielo.

Turles prepara un ataque de ki en su mano derecha y lo lanza contar Ub, suspendido en el aire.

Justo antes de recibir el impacto, Ub usa el Shunkanido, dejando pasar de largo el ataque.

Ub aparece detrás de Turles, envuelto en el aura del Kaioken, y le propina una patada en la nuca.

Pero el gigantesco saiyajín ni se inmuta.

Turles se revuelve e intenta atrapara a Ub, pero éste usa de nuevo el Shunkanido para escabullirse y aparecer detrás de él.

– “¡¡KAMEHAME…!!” – se prepara el chico.

Turles se revuelve de nuevo.

– “¡¡HAAAAAAA!!” – dispara Ub a bocajarro.

La técnica de la escuela tortuga engulle al saiyajín y genera una fuerte explosión que recorre su camino a lo largo de la jungla.

Pero a través del Kamehameha de Ub sale la mano de Turles, que lo agarra del cuello.

– “¡Tsk!” – exclama Ub, ahogándose.

El terrícola agarra la mano del saiyajín y lucha para liberarse. Propina codazos a su antebrazo e intenta alcanzar su torso con patadas, pero nada parece tener éxito.

Ub pone las manos frente a su rostro.

– “¡¡TAIYOKEN!!” – exclama al usar la técnica de la escuela Grulla, cegando a Turles.

El saiyajín lanza al suelo a Ub y se cubre la cara.

– “¡¡GRAAAH!!” – protesta Turles.

El terrícola siente crujir sus costillas al golpearse contra una piedra.

Mientras tanto, Dabra sigue le rastro de sangre azul.

– “¿Dónde estás…?” – se pregunta el demonio, tocando la gota que encuentra en una rama. – “Aún crees que me estás cazando, ¿eh?” – sonríe.

Entre los árboles, el dokuchi acecha.

En otro punto de la jungla, Liquir se retuerce en el suelo, desesperado.

– “¡¡SAL DE MI OREJA!!” – exclama el kurama.

– “¡Ni hablar!” – replica la garrapata. – “¡Damom no se mueve!”

Un aguijón sale de la cara del minúsculo enemigo.

– “El Doctor Raichi tenía razón cuando me prometió probar ki de la mejor calidad…” – sonríe.

El insecto ensarta la piel del canal auditivo de Liquir.

– “¡Voy a beberme hasta la última gota!” – exclama Damom.

– “¡¿Para qué quieres mi ki?!” – pregunta el kurama. 

– “¡Y luego desovaré en tu conducto auditivo!” – añade la garrapata.

– “¡¡NI SE TE OCURRA!!” – grita Liquir.

– “¡Saldrán unas lavas muy sanas gracias a tu energía!” – continúa Damom.

La garrapata empieza a brillar de color naranja con el ki que absorbe.

– “¡¡RIQUÍSIMO!!” – exclama Damom, exultante ante tan rico elixir.

Liquir cierra los ojos, intentando calmarse y no entrar en pánico.

– “Maldita sea…” – piensa el kurama, que ya se imagina macabros escenarios.

Damon sigue absorbiendo el ki de su huésped, entusiasmado, mientras su barriga se hincha ligeramente.

– “¡ESTO ES INCREÍBLE!” – disfruta Damom.

Liquir sonríe.

– “Si crees que este ki es sabroso…” – pregunta el kurama. – “Es porque aún no has probado el mejor…”

Liquir cierra los ojos y reaviva su aura naranja, que poco a poco se tiñe con destellos morados.

– “¡Prepárate, parásito!” – exclama Liquir. – “¡Porque vas a probar un néctar de los Dioses!”

La garrapata, que brillaba de color naranja, empieza a brillar de forma intermitente de color morado.

– “¡¡OOOOH!!” – se emociona Damon. – “¡¡ESTO ES UNA PASADA!!”

Su barriga empieza a hincharse rápidamente. 

– “¡¡ES FANTÁSTICO!!” – entra en puro éxtasis.

Cuerpo de Damon se hincha tanto que sus extremidades son engullidas por su horondo torso. Sus ojos se salen de las órbitas.

– “¡¡¡EL PARAÍSO!!!” – grita la garrapata, que brilla intensamente.

Liquir puede oír un estallido en su oído derecho – “pfft”.

El zorro disipa su aura e inclina la cabeza hacia la derecha y se golpea la cabeza con la mano izquierda. Los restos de Damon se desparraman al suelo.

– “Estúpido.” – sentencia Liquir.