DBSNL // Capítulo 400: Vacante

DBSNL // Capítulo 400: Vacante

“Sé reconocer una oportunidad cuando se presenta.”

En el crucero espacial, la Patrulla Galáctica ha confiscado la armadura del guardaespaldas de Shamo. Varios agentes tienen que unir fuerzas para poder transportarla por la cubierta hasta una de sus naves.

El verdadero malhechor que se ocultaba en el traje resulta ser un pequeño insecto parecido a una cigarra de unos pocos centímetros de alto. El agente Auta Motto lo traslada en una diminuta jaula. Sheela lo escolta.

– “¿Y este pequeño ha causado tantos problemas?” – lo observa ella.

El pequeño bandido parece indefenso sin su traje y revolotea por su celda.

El metalman, especialmente irritado, lo sacude repentinamente, haciendo que el insecto rebote por las paredes de su jaula y quede aturdido.

Mientras tanto, un grupo de agentes liderado por Katopesla buscan a Shamo por todo el barco.

– “¿Dónde se habrá metido?” – pregunta el toreri, en mitad de la discoteca, con las luces encendidas y rodeado de agentes que investigan todos los rincones.

En cubierta, Meerus recibe una nueva pistola de otro agente; la hace girar varias veces antes de enfundarla.

– “Esa alimaña es de lo más escurridiza.” – responde a su compañero por radio. – “No te confíes.”

– “Recibido.” – asiente Katopesla.

La gente está siendo evacuada. De uno en uno, los pasajeros son escaneados e identificados antes de embarcar en un trasbordador de la Patrulla Galáctica que los llevará al puerto seguro más cercano.

Meerus se fija en una mujer que lleva un carrito de bebé. La señora parece nerviosa, mirando a los lados continuamente, transpirando profusamente.

En el interior del carrito, Shamo está armado y escondido entre las sábanas, con el bebé extraterrestre como rehén.

– “Ni una palabra, ¿me oyes?” – amenaza a la asustada madre. – “Vamos a pasar el control en silencio, y cuando lleguemos al siguiente puerto, me marcharé.” – insiste. – “No os pasará nada si estáis calladitos, ¿de acuerdo?”

La mujer y el niño son escaneados al pasar el control. Shamo se tapa completamente para no ser visto, saca un extraño dispositivo electrónico de sus harapos y aprieta un botón rojo.

El agente que escanea el carrito sufre interferencias en la pantalla de su scanner, pero Meerus se acerca y le arrebata el aparato.

– “Novatos…” – refunfuña Meerus, que escanea él mismo el carrito. – “Todo correcto.” – anuncia. – “Adelante, señora.”

Los pasajeros terminan de embarcar y, finalmente, el transbordador, despega hacia un puerto cercano.

Mientras tanto, en la remota base que vigila la anomalía que resta ahora donde antes se encontraba el planeta oscuro de Raichi, la Patrulla Galáctica observa impaciente los monitores del panel de comandos.

– “¿Aún no se sabe nada?” – pregunta Lemon por radio.

– “Negativo, señor.” – responde el agente, atento a la pantalla.

En el radar, una luz parpadea continuamente en mitad de la oscuridad del espacio.

Más allá de la base y de los límites controlados por el Imperio o la Patrulla Galáctica, en un desconocido planeta rocoso en penumbra, muy lejos de la estrella más cercana, Mirai Trunks y Punch están peleando con unos guerreros insectoides rosados con un duro exoesqueleto y ojos saltones amarillos.

Por cada uno que derrotan, aparecen tres más.

– “¡¿De dónde salen?!” – protesta el hijo de Hit, agobiado. – “Tsk. ¡Son como una plaga!”

El chico usa el salto temporal y acaba con una docena de enemigos en un instante.

– “¡No lo abuses!” – le corrige Trunks, sin dejar de pelear. – “¡Nunca debe ser tu primer recurso!”

– “¡No lo es!” – protesta Punch. – “¡Pero llevamos horas peleando!”

– “¡PUNCH!” – exclama Trunks, en su faceta de figura paterna.

– “Está bien, está bien…” – cede a disgusto el hijo de Hit.

De repente, una ráfaga de certeros disparos a la cabeza de los enemigos crea un perímetro alrededor de los dos luchadores.

– “¡Granola!” – se alegra Punch.

Aprovechando el espacio creado, un anillo de luz se materializa y se expande para da lugar a un portal. Ogilvie los llama desde el otro lado.

– “¡VAMOS!” – exclama el erizo.

Trunks y Punch cruzan el umbral antes de que los insectos se abalancen de nuevo sobre ellos.

Los insectos se chocan los unos contra los otros y se amontonan como hormigas desorientadas buscando el rastro de sus presas.

En una colina cercana, Trunks y Punch están tirados en el suelo, recuperando el aliento.

– “¿Estáis bien?” – pregunta Ogilvie.

– “¡Qué pesadilla!” – lamenta Punch.

– “¿Habéis podido encontrar su guarida?” – pregunta Trunks.

Granola señala hacia el horizonte.

– “Hay una gruta a unos cuantos kilómetros al sur.” – explica el cereliano. – “Pero adentrarse en ella… será complicado.”

– “¿Deberíamos pedir refuerzos?” – pregunta Ogilvie.

Trunks se pone en pie de un salto, listo para volver a la acción.

– “Entraré yo.” – dice el hijo de Vegeta.

– “¿Tú solo?” – se preocupa Punch.

El mestizo asiente.

– “Cubrid mi salida.” – dice el mestizo. – “Intentaré entrar y salir usando el salto temporal.” – reflexiona. – “Es lo más seguro.”

– “Si algo sale mal, esta vez no podremos entrar a buscarte.” – le provoca Granola.

– “Yo sí.” – levanta la mano Punch.

– “Ni hablar.” – responde Trunks. – “Si algo sale mal, quiero que os marchéis de este planeta y aviséis a Jaco y a mi madre.”

– “Pero…” – insiste Punch.

– “Está bien.” – asiente Granola, interrumpiendo al joven.

Mientras tanto, en el trasbordador que ha despegado del crucero, Meerus entra en el camarote en el que se encuentra la madre con su hijo.

La mujer parece aterrorizada al ver al patrullero; teme por su hijo.

– “No se preocupe, señora.” – la tranquiliza Meerus. – “Solo vengo a informarle de que todo está bajo control. Llegaremos al planeta Pital en unas horas.” – explica. – “Allí se ha establecido un nuevo control. Si alguien se esconde en esta nave, lo encontrarán.”

– “Eh… ¿qué?” – se extraña ella, temblorosa. – “Gra… gracias…” – responde.

– “Estaré aquí fuera, si necesita algo.” – añade Meerus antes de salir del camarote.

Meerus cierra la puerta y se apoya en la pared de al lado, de brazos cruzados.

En unos minutos, la puerta del camarote se entreabre.

– “Patrullero…” – dice la voz chirriante de Shamo.

– “Te escucho.” – responde Meerus.

– “Sé quien eres… pero creía que ahora eras un hombre de la ley.” – dice el mercader en tono burlón.

– “Sé reconocer una oportunidad cuando se presenta.” – responde el agente.

– “¿Qué quieres?” – pregunta Shamo.

– “No saldrás de aquí sin ayuda.” – dice Meerus. – “Lo sabes.”

– “Tengo un rehén.” – responde el mercader.

– “No será suficiente.” – dice el agente. – “Tu hombre ha matado a un patrullero. No creo que atraparte con vida sea la prioridad de nadie en estos momentos.”

– “Tsk…” – refunfuña Shamo.

– “Necesitas una salida.” – explica Meerus.

– “¿Y me vas a ayudar?”– sonríe ligeramente Shamo. – “Me he quedado sin mi hombre de confianza, así que tengo una vacante. ¿Quieres negociar?”

– “No es necesario.” – responde el patrullero. – “Con los tipos que consigues, sé que pagas bien.”

– “Muy bien.” – la sonrisa de Shamo es cada vez más grande. – “Sácame de aquí y llévame hasta Dorakiya.”

Meerus se incorpora.

– “Nos iremos en mi nave.” – dice el patrullero. – “Está en el hangar 3.”

– “Jijiji” – ríe Shamo. – “Muy bien…” – dice con una sonrisa de oreja a oreja.

En el remoto planeta, Trunks se adentra en la gruta usando el salto temporal.

El patrullero camina por los túneles entre los insectos congelados en el tiempo, observándolo atentamente a su paso.

– “Nunca había visto criaturas como estas…” – piensa Trunks.

    Cuando llega al final, Trunks encuentra algo inesperado. 

    – “¿C… cómo…?” – titubea el mestizo, horrorizado. – “¿Cómo es posible?”

    Una gigantesca raíz cruza la cueva de lado a lado.

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