El Campeón // Parte I: Mark
“Me sigue doliendo la rodilla.”
Mark, un hombre joven de 26 de ojos azules, alto, fornido y peludo, con cabello encrespado, bigote prominente y barba más corta pero descuidada, se despierta con el sonido del despertador; desganado lo apaga y se queda tumbado bocarriba unos instantes, con su mirada fija en el techo, luego cierra los ojos un momento y resopla, cogiendo fuerzas para afrontar el día. En la mesita hay una fotografía de una hermosa mujer de cabellera morena.
Mark se levanta de la cama, vestido solo con un bóxer blanco, y camina con inapetencia hasta el baño; enciende la ducha, espera hasta que sale agua caliente y entra. Tras una breve ducha, se seca y se detiene ante el espejo del lavabo; se rasca su descuidada barba, mira la maquinilla de afeitar de reojo durante unos segundos, pero finalmente se marcha sin afeitarse.
Mark regresa al dormitorio, pasando por delante de la puerta de la habitación de su hija, decorada con pegatinas y dibujos de superhéroes. En el dormitorio se viste; pantalón de chándal rojo y una camiseta de tirantes blanca.
Mark se dirige a la cocina y prepara tortitas para su hija, mientras él se sirve un vaso de bourbon sin hielos y le da un trago. El despertador de la niña suena y él se apresura en dejar el vaso y terminar de preparar el desayuno.
La niña de 5 años aparece vestida con un pijama de la serie de dibujos animados basada en el héroe mitológico Olibu, y escala la silla para poder sentarse a la mesa.
Mark finge una sonrisa mientras le sirve dos tortitas que inunda en jarabe de arce mientas la niña aplaude contenta.
El padre despeina a la chiquilla, que ya ha empezado a devorar el desayuno, y se va al salón, donde encuentra la mochila de su hija, decorada con un dibujo del superhéroe CleanGod, tirada por el suelo y abierta, con lápices de colores esparcidos por todas partes.
Mark los recoge y los mete en un estuche que luego introduce en la mochila y la cierra.
En la cocina, la niña ha terminado de comer y espera a su padre, que le dice que se vaya a vestir o llegará tarde al colegio.
Mark regresa a su vaso de bourbon y le da otro trago.
El timbre suena y Mark va a abrir, pero antes esconde el vaso en una mesa cerca de la puerta de la entrada, donde las visitas no puedan verlo cuando abre. Es su vecina, que ha ido a recoger a la niña para llevarla a clase junto a su hijo, de la misma edad.
Mark, con una tierna sonrisa, se despide de su hija, que cuando ha oído el timbre ha terminado de vestirse rápidamente y sale escopeteada de la casa, contenta de ver a su amigo.
Mark cierra la puerta y su rostro vuelve a ser apático. Recupera su vaso casi vacío y lo apura mientras va a la cocina para servirse otro… pero acaba agarrando la botella antes de ir a sentarse en el sofá del salón para ver la televisión, que al encenderlo muestra KBC News y las últimas noticias sobre la reconstrucción de la Capital del Este. Coloca la botella sobre la mesa, se sirve otra copa y cambia de canal. Una estantería con trofeos de lucha repletos de polvo adorna la habitación. Él sigue haciendo zapping hasta que se topa con un partido de béisbol.
La casa es bonita, pero parece desatendida. No está sucia, pero sí desordenada.
Mark da otro sorbo a su bebida, luego inclina su cabeza hacia atrás y cierra los ojos, pero una llamada a su teléfono móvil, que vibra sobre la mesa, le saca de su trance; es su agente, German. Mark se queda mirando el número un rato, dudando si responder, y finalmente termina haciéndolo.
– “¡Buenos días, Mark!” – exclama el agente. – “¿Cómo está mi campeón?”
No hay respuesta.
– “He hablado con Shota, el tipo de ZTV, y me ha estado vendiendo un combate muy interesante para ti.” – dice el agente. – “Conoce a un tipo con un perfil muy perfecto para tu regreso y que podría estar interesado en…”
Mark lo interrumpe.
– “Me sigue doliendo la rodilla.” – responde con hastío. – “No puedo pelear así. Ya lo sabes.”
– “¡Aún no lo has oído todo!” – exclama el agente. – “¡El combate se celebraría en…!”
Mark no le deja terminar y le cuelga el teléfono para después lanzarlo a la esquina del sofá antes de cerrar los ojos y volver a la posición en la que estaba.
El timbre suena de nuevo y despierta a Mark que, confuso, mira un reloj de pared; son las tres del mediodía. Se levanta con jaqueca, sus movimientos son torpes, choca contra la mesita que hay frente al sofá y la botella de bourbon vacía se tambalea.
Mark abre la puerta; es su vecina, que ha regresado con los niños.
Videl entra corriendo, contenta, tira la mochila sobre el sofá y enciende el televisor.
– “¡YA EMPIEZA CLEANGOD!” – exclama ella.
La mujer mira a Mark detenidamente y enseguida se percata de su estado. Amablemente, se ofrece para invitar a la niña a comer a su casa, diciendo que así los pequeños podrán jugar un rato.
Mark rechaza la oferta y se muestra antipático. Interpreta el gesto de su vecina como un ataque y eso le molesta.
– “Videl comerá en su casa con su padre.” – dice Mark.
La vecina se encoje de hombros.
– “Solo intento ayudar, Mark.” – dice ella con ternura. – “Me preocupa la niña y también tú. Desde que falleció Miguel…”
Mark le cierra la puerta en la cara. La mujer se estremece con el portazo.
Mark se frota la sien con vehemencia, intentando aliviar así su jaqueca.
Videl mira entusiasmada la serie de televisión. CleanGod hace una pose de héroe y una explosión ocurre a su espalda, dejando su silueta a contraluz.
El héroe se abalanza sobre un grupo de enemigos untados en barro y los noquea con facilidad, uno tras otro.
Videl se pone en pie e imita al héroe.
– “¡YA!” – exclama ella. – “¡HYAA!” – da patadas y puñetazos al aire.
Mark, anímicamente agotado, se sienta de nuevo en el sillón y sonríe al ver a su hija contenta.
Las horas pasan y anochece.
Videl ha caído rendida sobre la alfombra, frente al televisor.
Mark la coge en brazos y se la lleva a su habitación.
– “¿Ya es hora de dormir?” – pregunta Videl. – “Estaba viendo la tele…”
Mark la coloca en la cama y la tapa.
– “Qué mentirosa.” – responde su padre, sonriendo. – “Estabas bien dormida.”
– “No es verdad.” – protesta ella mientras se acurruca bajo la sábana.
– “Que descanses, preciosa.” – Mark le besa la frente.
Videl, no responde, pues ya se ha dormido de nuevo.
Mark sale de la habitación y cierra la puerta tras él. Su sonrisa se desvanece.
Mark se dirige a su habitación y abre el armario. Su interior es caótico. Hay ropa colgada, pero la mayoría está amontonada, como si hubiera tenido cierta intención de plegarla, pero lo hubiera hecho sin ningún empeño antes de lanzarla al fondo de los estantes.
Mark se viste con un pantalón negro, una camiseta interior de tirantes blanca, un jersey gris encima y una cazadora de cuero, y se dirige a la puerta.
Mark ha forzado su encrespado cabello hacia atrás con un poco de gomina y antes de salir de su casa, agarra de un perchero cerca de la entrada un sombrero fedora negro.
Mientras se lo coloca frente a un pequeño espejo en la pared, su teléfono móvil suena de nuevo. Esta vez es un número oculto. Mark descuelga.
– “¡Mark!” – dice una voz masculina. – “¿Qué cojones estás haciendo? Deberías estar aquí hace quince minutos.”
– “Estoy de camino.” – responde Mark.
– “He dado la cara por ti, colega.” – responde el tipo. – “No me jodas.”
– “Está bien.” – respondo Mark. – “Está bien.”
Mark guarda el teléfono en el bolsillo de su chaqueta y sale de su casa.
En un callejón de Orange City, Mark entra en un local de dudosa reputación. Es un antro de fiesta. Música alta. Oscuro y con luces de colores iluminando la pista de baile. Algunas mesas rodean la pista, a modo de pequeños reservados, destacando un gran reservado central que preside la sala, opuesto a un pequeño escenario en el que en ese momento está tocando un DJ.
Al entrar, un gigantesco y horondo hombre calvo con perilla que está en la puerta recibe a Mark.
– “Ya creía que no ibas a venir.” – dice el portero.
– “¿Te he fallado alguna vez, Piroshki?” – pregunta Mark.
– “Tío, tienes que tener cuidado.” – responde el grandullón. – “Esta gente no se anda con chiquitas. Yo he dado mi palabra por ti y vas a joderme el tinglado…”
En el reservado presidencial, un tipo bajito y rechoncho, con un traje beige de finas rayas azules, gafas doradas con cristales tintados de marrón y un puro en la boca, está sentado acompañado de dos bellas mujeres.
El hombre levanta la mano y reclama la atención de Piroshki y Mark sin necesidad de palabras.
– “Maldita sea…” – refunfuña el grandullón. – “Nos llama el jefe.”
Los dos hombres se acercan al reservado.
– “¡Al fin aparece!” – se burla el jefe. – “¿Cómo se llamaba tu amigo, Piroshki?”
– “Se llama Mark.” – responde el grandullón.
– “Siento el retraso, señor Cash.” – dice Mark.
– “Lo sientes.” – asiente Cash. – “Esto está bien.” – da una calada a su puro. – “¿Qué opinas, Piroshki?”
– “Mark es un gran tipo.” – respondo el portero. – “Creo que aún no se ha adaptado a este trabajo, pero lo hará bien.”
Fullov Cash da otra calda a su puro.
– “¿Qué tal esa rodilla?” – pregunta Cash.
– “Mejorando, señor.” – responde Mark.
– “Me alegro.” – dice el jefe.
Fullov Cash da otra calada mientras despide a Piroshki con un simple gesto. El grandullón agacha la cabeza y regresa a su puesto.
– “Dile a la chiquilla que me traiga otra copa.” – le dice el jefe a Mark. – “Y luego ponte a trabajar.”
– “Por supuesto, señor Cash” – dice Mark haciendo una pequeña reverencia.
Mark acude a la barra, en el fondo del local.
– “¡Buenas noches, Mark!” – le saluda con alegría una joven muchacha de cabellera naranja y ojos miel, embutida en un vestido rojo ligeramente escotado. – “¿Qué te pongo?”
– “A mí nada.” – suspira Mark, apoyándose en la barra. – “Pero el jefe quiere otra copa.”
– “Supongo que lo de siempre…” – suspira ella.
– “¿No tienes clase mañana?” – pregunta Mark.
– “Ja. Ja. Muy gracioso.” – responde ella con retintín mientras prepara un cóctel.
– “Tienes que tener mejores salidas que esta, Pizza.” – insiste Mark.
– “¿Y tú no?” – pregunta ella.
– “Ahora mismo, tengo prioridades.” – responde Mark.
Mark y Pizza miran de reojo el reservado presidencial, donde Cash pone su cabeza entre los pechos de una las mujeres que lo acompañan.
– “No es gratis.” – dice Pizza.
– “Es un cerdo.” – dice Mark.
– “Un cerdo con mucho dinero.” – responde ella.
Pizza agarra el cóctel recién preparado y sale de detrás de la barra y se dirige al reservado.
Ella coloca la bebida en la mesa de Cash con una sonrisa y se marcha.
El jefe le mira descaradamente el trasero mientras ella regresa a la barra.
Mark observa el gesto y sacude la cabeza con desaprobación.
De repente, una pelea empieza en la sala de baile.
Piroshki da un paso al frente con la intención de intervenir, pero Mark le levanta la mano para que se detenga mientras se dirige hacia la escaramuza.
Un tipo grande y musculado, rubio, vestido con un polo blanco con rajas azules y un pantalón vaquero, parece estar causando problemas. El muchacho lleva unas copas de más y está empujando a los que tiene a su alrededor.
– “Algún problema, caballero.” – dice Mark, agarrando al tipo del hombro.
El muchacho se revuelve y aparta la mano de Mark.
– “Estos tipos están ocupando mi espacio.” – dice el tipo. – “Deberías hacer algo.”
– “Si eso es todo, caballeros, agradecería que zanjáramos el asunto sin armar mucho jaleo.” – insiste Mark.
El tipo se acerca a Mark para intentar intimidarlo. Pese a la estatura de nuestro amigo, el muchacho es aún más alto.
– “¿Y si quiero armar jaleo?” – dice el tipo, que procede a empujar a Mark.
Mark retrocede dos pasos y pierde su fedora.
– “Esta bien.” – suspira antes de ponerse en guardia.
Mark propina un puñetazo directo al abdomen del muchacho, que se dobla sobre sí mismo.
Mark lo agarra del pescuezo y del cinturón y lo lleva hacia la salida. La gente se aparta para dejarles paso.
Piroshki ya espera con la puerta abierta, y Mark lo lanza fuera del local.
– “Cabrón…” – dice el tipo. – “Me las vas a pagar…”
Mark lo ignora. La puerta se cierra. Piroshki se queda fuera.
– “Lárgate, muchacho.” – dice el grandullón. – “No busques más problemas.”
– “Esto no va a quedar así…” – protesta el tipo, que se marcha con el rabo entre las piernas.
Dentro del local, Mark se recoloca la chaqueta.
Cash esboza una media sonrisa desde su reservado, antes de dar otra calada a su puro.
Pizza pasa por al lado de Mark y le devuelve su fedora.
– “Súper Mark al rescate.” – le guiña el ojo. – “Si no te conociera, me darías miedo.”
– “¿Miedo por qué?” – pregunta él.
– “Eres un buen tipo… pero peleas como un demonio.” – responde ella.
