ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte III: Super 8

Red World / Parte III: Super 8

 “¿Qué vamos a hacer, Octavio?”

En el hielo, Guanai ataca de nuevo a Ten Shin Han, pero éste esquiva sus golpes con facilidad.

– “¡¡YAAAAAH!!” – grita el mixxileo, frustrado.

Con un rápido movimiento, Guanai desaparece, pero Ten lo sigue con su tercer ojo y propina una patada hacia un lado para cazar al lagarto, que se cae de espaldas al suelo.

– “No importa lo rápido que seas.” – dice Ten. – “Tus movimientos no escaparán a mi vista.”

El lagarto tiembla de rabia y miedo.

Ten Shin Han alza su dedo índice.

– “Me has aburrido.” – dice el asesino. – “Tengo otras cosas que hacer.”

– “¿EH?” – se sorprende el enemigo al ver como el dedo de Ten empieza a brillar.

El lagarto retrocede a gatas, renqueante.

– “No… No, espera…” – titubea con miedo. – “Puedo… puedo ayudarte… tengo información…”

– “¿Qué tipo de información?” – pregunta Ten.

– “Verás…” – dice Guanai. – “Yo… Mi compañero y yo… Somos solo soldados a sueldo…”


Ten Shin Han lo mira con seriedad.

– “Vuestro planeta es considerado un planeta de categoría D… Sus habitantes no son aptos para el reclutamiento ni para el adiestramiento…” – explica el mixxileo. – “Pero su atmósfera y biodiversidad sí que llaman la atención… y podrían ser preciados en el mercado intergaláctico…”

Guanai se lame la sangre de un dedo mientras hace una pausa dramática.

– “¿Y a mí qué?” – pregunta Ten con cierto hastío. 

– “¡Escúchame!” – replica rápidamente Guanai, aterrado. – “Aunque nosotros no conquistemos el planeta, alguien más vendrá…  ¡Enviarán a alguien más fuerte! ¡Seguro! Nuestro señor está muy interesado… ¡No parará hasta conseguirlo!”

Ten Shin Han recapacita durante un instante.

– “¿Tienes forma de comunicarte con él?” – pregunta Ten.

– “Ahora no…” – responde el mixxileo. – “He perdido… he perdido mi comunicador…”

– “Entonces no me sirves.” – sentencia el asesino.

El rostro de Guanai es embargado por el pánico.

– “¡NO!” – exclama el lagarto asustado. – “¡NO! ¡NO! ¡ESPERA!”

– “¡DODONPA!” – exclama Ten al proyectar el ki acumulado en su dedo.

El ataque impacta en el pecho del mixxileo y el hielo se resquebraja bajo sus pies. Su cuerpo se hunde en el agua.

Ten Shin Han se aleja unos pasos cuando se da cuenta de que tiene un pequeño corte en la pierna del pantalón.

– “Hmm…” – murmura Ten.


El asesino mira a su alrededor, donde no hay absolutamente nada. Solo hielo.

Mientras tanto, en la ciudad, un avión de carga sobrevuela la zona.

– “Estamos listos, Coronel Green.” – anuncia la megafonía.

En la bodega esperan sentados el Coronel y el robot Número 8. Green se pone en pie y anima a su compañero.

– “¡Vamos, Octavio!” – dice el Coronel. – “¡Nos toca defender la Tierra!”

El Número 8 se pone en pie. Los dos avanzan hacia la compuerta, que empieza a abrirse lentamente. Con cada pisada del número 8, todo el avión tiembla.

– “¿Tú me acompañas?” – pregunta el robot, colocándose una gran mochila.

– “Por supuesto.” – asiente Green, equipado ya con la suya.

La compuerta se abre por completo y una luz roja se torna verde. Los dos corren hasta el límite del avión y saltan al vacío.

– “Activo Número 8 desplegado.” – anuncia por radio el piloto.

Los dos personajes van en caída libre.

– “¡Ahora!” – exclama Green.


Ambos activan sus paracaídas. El del Número 8 es triple.

Green y el androide aterrizan.

– “¿Estás bien, Octavio?” – pregunta el Coronel.

– “Sí.” – asiente el androide. – “Un poco nervioso.”

Una explosión tiene lugar a pocas manzanas.

– “Ese debe ser nuestro objetivo.” – dice el Coronel, que desenfunda una escopeta de gran calibre. – “¿Estás listo?”


El Número 8 asiente.

Los dos avanzan hacia el lugar de la explosión.

Cerca de allí, Kaizo avanza entre los disparos de dos Battle Jackets, esquivando los disparos.

Detrás de una esquina, Green carga su escopeta con un cartucho especial de los que lleva en una cartuchera de su pantalón.

– “Es el momento, Octavio.” – dice el Coronel.

– “Vamos a salvar el mundo.” – asiente el Número 8.

Kaizo alcanza al primer Battle Jacket y atraviesa el cristal de la cabina de un puñetazo, matando al piloto.

El segundo, con miedo de ser el siguiente, dispara a discreción, pero solo logra alcanzar a su compañero.

Kaizo salta sobre el segundo Battle Jacket con los pies por delante y de nuevo atraviesa la pantalla de cristal, asesinado a su conductor.

El extraterrestre se aparta del dañado aparato y aterriza en el suelo.

En ese momento, una granada de humo cae a su lado. En unos segundos la humareda impide su visión. 

De repente, Kaizo oye unas fuertes pisadas acercándose.

El extraterrestre se da la vuelta y puede ver la silueta del Número 8 corriendo hacia él.

El invasor apunta con la mano al androide, pero su ordenador fue dañado en su pelea con el Sargento Metallic y solo chispea, fallando.

– “Maldita sea…” – refunfuña Kaizo.

El Número 8 lo alcanza y le propina un puñetazo. Kaizo se cubre, pero sale repelido por el impacto y da una vuelta por el suelo antes de levantarse.

El androide carga de nuevo con otro puñetazo, pero Kaizo lo esquiva y ya prepara su contraataque.

Mientras tanto, Green ha corrido y escalado ágilmente con dos pasos por encima del Número 8 y dispara una descarga sónica a al extraterrestre con su escopeta.

Kaizo retrocede aturdido. Su parche electrónico se resquebraja.

El Número 8 aprovecha para propinarle un puñetazo al alienígena mientras Green salta hacia un lado y carga otro cartucho.

El androide golpea de nuevo, pero Kaizo detiene el puñetazo con ambas manos.

Green apunta al enemigo y dispara de nuevo, esta vez una descarga de fósforo blanco.

Kaizo se retuerce mientras su ropa y su piel se queman.

– “¡¡AAAH!!” – grita el alien.

Octavio da otro puñetazo a Kaizo y lo lanza al suelo de espaldas.

Green acaba de cargar una nueva bala y dispara, esta vez electrocutando al enemigo, impidiendo que se levante.

El Número 8 se sienta sobre él y le propina un puñetazo en la cara, quebrando el cemento bajo su cabeza. Otro golpe más, que lo incrusta en el pavimento.

Kaizo parece aturdido. El Número 8 se detiene.

– “Ah…” – sufre el alien, con medio rostro quemado. – “Ah…”

El Coronel Green carga de nuevo su arma y apunta a Kaizo.

El alienígena pierde el conocimiento.

Green y Octavio se miran de reojo. Ninguno da el golpe de gracia.

En una azotea cercana, el Coronel Silver observa la escena con unos binoculares de alta tecnología.

– “¿Qué hacen…?” – se pregunta Silver.

Por radio, Green escucha la voz de Silver.

– “Lo tienen a su merced.” – dice el Coronel Silver. – “Acaben con el objetivo.”

Green mira a su compañero, que tiene su mirada triste fija en el enemigo.

– “¿Qué vamos a hacer, Octavio?” – pregunta Green.

– “Ya no puede pelear.” – responde el Número 8.

– “Ha matado a mucha gente.” – dice Green.

– “¿Y si solo cumplía órdenes…?” – pregunta el androide. – “¿…como nosotros?”

El Coronel Green observa el puño ensangrentado de su amigo y decide bajar el arma.

– “Está bien.” – dice Green.

Silver se impacienta.

– “¿Qué se supone que están haciendo?” – pregunta el Coronel. – “¡Acaben con el objetivo! ¡Son órdenes! ¡AHORA!”

El Número 8 mira a su compañero.

– “Puedes decidir, Octavio.” – sonríe Green.

El Número 8 asiente y se levanta.

Green saca su radio.

– “Negativo, Coronel Silver.” – anuncia el Coronel Green. – “Objetivo neutralizado con vida.” 

– “Coronel…” – refunfuña Silver.

– “Solicito extracción.” – continúa Green.

Green lanza una granada de humo verde para señalizar su posición.

El Número 8 se acerca a Green y chocan los cinco.

– “¡Buen trabajo, Octavio!” – lo felicita Green.

– “¡Jejeje!” – ríe el androide.

Pero de repente, el brazalete de Kaizo se reactiva con un pitido.

– “¿Eh?” – lo miran Octavio y Green.

El extraterrestre se reincorpora y lo usa para emitir un empujón electromagnético.

El androide es lanzado a más de veinte metros de distancia, cayendo de espaldas al suelo.

Green no es afectado por el empujón, pero sí su arma, y él cae al suelo intentando retenerla, sin éxito.

Silver observa desde la azotea y corre a cargar su lanzacohetes.

– “Idiotas…” – refunfuña. – “Malditos inútiles…”

Kaizo, malherido, se pone en pie.

– “Bastardos…” – gruñe el invasor. – “Os mataré… ¡OS MATARÉ!”

El Número 8 se levante y corre hacia el enemigo.

Kaizo usa de nuevo su brazalete y detiene al instante al Número 8, levantándolo del suelo. 

El cuerpo del androide empieza a crujir hasta que un brazo le es arrancado.

– “¡¡OCTAVIO!!” – exclama Green, preocupado por su amigo.

Green, a pesar de estar desarmado, corre hacia el enemigo, haciendo que Kaizo detenga su ataque sobre el androide, que cae al suelo de rodillas.

Green intenta golpear al invasor, pero éste detiene su puñetazo con una mano.

– “No importa lo débil que esté…” – dice Kaizo. – “¡Solo eres un insecto para mí”

Kaizo retuerce el brazo de Green y se lo rompe.

– “¡¡AAAH!!” – exclama el soldado.

Luego lo empuja con una patada, dejándolo en el suelo, lamentándose.

Kaizo, débil, se tropieza y cae al suelo.

– “Malditos…” – protesta Kaizo entre dientes.

Green intenta ponerse en pie, sujetándose el brazo.

Silver apunta al invasor con su lanzacohetes y pone su dedo en el gatillo, observando la escena… pero decide esperar.

Kaizo intenta levantarse, pero cae de nuevo.

– “¡OS MATARÉ!” – exclama furioso.

Kaizo reclama con su poder una docena de barras de hierro de unos escombros cercanos y la lanza contara Green.

El Coronel, esperando lo peor, cierra los ojos.

Pero tras un estruendo metálico, Green sigue con vida.

Frente a él, el Número 8 con su brazo extendido lo ha protegido del ataque, siendo empalado en su lugar. El torso del androide ha sido atravesado por las barras de hierro.

– “Octavio…” – se sorprende y preocupa Green.

El androide cae de cara contra el suelo, ensartándose aún más los hierros, que salen por su espalda.

– “¡OCTAVIO!” – intenta socorrerlo Green.

Kaizo sonríe.

– “Ja… jaja…” – ríe el invasor. 

Green se esfuerza para arrancar las barras del cuerpo del androide.

De repente, un bloque de hielo cae del cielo contra el pavimento, estallando en mil pedazos.

– “¿Eh?” – se extrañan todos.

Antes de que Kaizo pueda comprender lo que ocurre, Ten Shin Han cae del cielo con una rodilla sobre su cuello, partiéndoselo y acabando con él en el acto.

Con la muerte de Kaizo, los robots de la nave se apagan.

El asesino echa un vistazo a su alrededor. La ciudad está en ruinas.

Silver ve a través de su mirilla a Ten Shin Han.

– “Ahí está el salvador a sueldo…” – refunfuña mientras deja de apuntar y suelta su arma en el suelo.

Green sigue arrancando barras de metal del cuerpo de Octavio.

– “Lo siento…” – dice Octavio. – “Me he equivocado…”

– “No…” – dice Green, con los ojos llorosos. – “No hables… No gastes energía…”

Con la última barra arrancada, Green hace palanca para dar la vuelta a su amigo y ponerlo boca arriba.

– “Octavio…” – se arrodilla junto a su cabeza. – “Mi padre te reparará… Ya lo verás…”

Al darle la vuelta, Green se da cuenta de que una de las barras pasó rozando la cabeza del robot y tiene la mitad de sus circuitos expuestos y dañados.

– “Pino…” – sonríe el robot.

– “Dime, Octavio…” – le pone una mano en el pecho.

– “Eres un buen hombre…” – dice el robot. – “Gracias por darme un nombre… y por ser mi amigo… Me hiciste sentir humano.”

Los circuitos se apagan y el androide se desactiva con una sonrisa en su rostro.

– “Octavio…” – llora Green. – “¡¡OCTAVIO!!” – grita al cielo antes apoyar su cabeza sobre el pecho del androide y llorar su pérdida.

Ten Shin Han mira de reojo al Coronel y durante un segundo parece empatizar con él.

Pero de repente, algo cae sobre Ten Shin Han a una velocidad de vértigo. Un brazo verde escamoso lo estampa contra el suelo mientras es arrastrado por el pavimento, dejando un surco tras él.

– “¡¿EH?!” – se sorprenden Green.

Al detenerse, Ten Shin Han se da cuenta de que le ha atacado Guanai.

– “¿Él otra vez?” – se pregunta Ten, sorprendido. – “¡Creía que lo había derrotado!”

Guanai acerca su rostro al de Ten, aún en el pavimento.

– “Te dije que no comprendías nuestras diferencias…” – se relame el lagarto.

Ten Shin Han se da cuenta de que ahora Guanai tiene un tercer ojo en su frente.

– “¡¿QUÉ?!” – se sorprende Ten.

El lagarto agarra la cabeza del asesino y lo levanta del suelo para después lanzarlo contra un edificio cercano.

Ten da una voltereta en el aire antes de chocar para rebotar con los pies contra la fachada y así volver al suelo grácilmente.

Su ropa ha sido dañada, así que Ten se arranca la parte rosada de su gi, revelando el gi morado y blanco que lleva debajo.

Guanai sonríe con prepotencia. 

ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte II: Guerra por el Mundo

Red World / Parte II: Guerra por el Mundo

“¿Debería estar impresionado?”

La Capital del Norte sigue en llamas. Los invasores, gracias a la aparición en el campo de batalla de Kaizo, están retomando el control de la ciudad.

Kaizo camina por la avenida, llena de socavones y edificios caídos, cuando un puño metálico volador se aproxima a él por un callejón a su derecha.

Pero como ocurrió con el misil del Battle Jacket, el puño se detiene en el aire a pocos metros de impactar, atrapado por el campo electromagnético de Kaizo, emitido por la pequeña computadora que lleva en su antebrazo derecho.

– “¿Un robot de combate?” – murmura el extraterrestre. – “Puede que no estén tan atrasados como creía…”

El gigante llamado Sargento Metallic sale del callejón, inexpresivo, y mira desafiante al invasor.

Kaizo mira el puño de metal y éste colapsa, convirtiéndose en un amasijo de chatarra.

– “Pero siguen siendo una civilización primitiva.” – sonríe el extraterrestre.

El invasor remite el ataque, pero Metallic lo intercepta con un misil lanzado por su boca.

La explosión sacude la zona y derriba los edificios que constituían el callejón.

Mientras tanto, levitando sobre el mar, a miles de kilómetros de distancia, Guanai se encuentra frente a un humano.

– “¿Quién eres tú?” – pregunta el extraterrestre. – “No sabía que los humanos pudieran volar… ¿O acaso no eres humano?” – lo mira detenidamente.

– “Es refrescante encontrarme con alguien que no me conoce.” – responde el terrícola. – “Soy el asesino más famoso de todos los tiempos, con permiso de mi maestro, ahora que también van a conocerme más allá de la Tierra.”

– “¿Cómo dices?” – murmura Guanai, confuso ante la prepotencia de su contrincante.

– “Me llamo Ten Shin Han.” – revela el asesino de tres ojos.

Guanai ríe a modo de burla.

– “¡Jajaja!” – se mofa el lagarto. – “Puede que al final esto resulte divertido.”

El lagarto golpea sus puños, intentando intimidar al terrícola. Ten Shin Han, muy serio y sereno, no responde.

Guanai muestra los dientes.

– “¡A ver de qué eres capaz!” – exclama abalanzándose sobre Ten con el puño en alto. – “¡YAAH!”

Ten Shin Han no reacciona cuando el extraterrestre lanza su puñetazo, que atraviesa la silueta intangible del terrícola.

– “¡¿Qué?!” – se sorprende Guanai, al ver que era tan solo una imagen residual.

Ten Shin Han propina una patada por la espalda al lagarto y lo lanza contra el mar, en el que se hunde con una gran salpicadura.

Mientras tanto, en el despacho del Rey, el Comandante Red da otra calada a su puro.

– “¡¿El asesino Ten Shin Han?!” – se sobresalta Su Majestad. – “¿Por qué no me sorprende…?” – refunfuña apretando los puños. – “La Red Ribbon siempre se asocia con gente de la peor calaña.”

– “Usted ha jugado según las reglas…” – dice Red con prepotencia. – “Y para salvar la Tierra ha tenido que recurrir a mí.”

– “Ten Shin Han cumplirá su misión.” – dice Tao Pai Pai, sobresaltando al Rey con su presencia, pues está a unos pocos centímetros de él y ha entrado a la habitación sin hacer ruido. 

– “¡Ah!” – se aparta Su Majestad, tropezando y casi cayendo al suelo, teniendo que sujetarse con una silla.

El histórico asesino camina hasta situarse detrás y a la derecha del Comandante Red. Tao viste un elegante gi morado de estilo chino con el kanji “SATSU” en rojo en el pecho.

– “Le presento a mi guardaespaldas personal.” – anuncia Red. – “Me acompañará una temporada mientras llevamos a cambio la transición de poder…” – sonríe. – “Me fio de su palabra, Majestad, pero ¿quién sabe lo que pude ocurrir…? ¿verdad?”

– “Puede estar tranquilo, señor.” – asevera Tao Pai Pai. – “Siempre y cuando cumpla su parte y sea generoso con mis honorarios.”

– “¡Jajaja!” – ríe Red. – “Por supuesto.” – dice haciendo un gesto con la mano, quitando importancia al dinero. – “Eso no será un problema. ¿Le gusta el traje nuevo?”

– “Es muy elegante y muy cómodo.” – responde el asesino. – “Tiene usted buen gusto.”

– “Me alegro.” – sonríe Red. – “Lo ha hecho mi sastre personal.”

En la Ciudad del Norte, Kaizo y sus robots siguen avanzando. 

En la nave espacial, los robots recopilan datos cuando, de repente, algo impacta sobre la nave. El techo se les viene encima. 

– “¡¡AAAAH!!” – gritan.

Kaizo recibe la comunicación por un pinganillo y se da la vuelta para ver su nave humeante.

– “¿Qué ha pasado?” – se pregunta.

Un robot superviviente se acerca al cráter que se ha formado en la nave y mira en su interior.

– “¡¿Qué ha sido eso?!” – pregunta otro robot. – “¡¿Por qué no lo hemos detectado?!”

– “Es… solo… ¿un cilindro de piedra?” – responde confuso el primero.

Una columna rosada ha atravesado el casco por completo hasta incrustarse en el suelo, bajo la nave.

En el mar helado, la zarpa de Guanai se agarra a un bloque de hielo.

– “Maldito…” – gruñe el lagarto, saliendo del agua.

Al alzar la mirada, se encuentra con Ten Shin Han delante de él, con las manos en la espalda.

– “Parece que no solo soy el más fuerte de este mundo.” – dice Ten con prepotencia, pero también con cierta decepción.

El lagarto se pone en pie, frustrado.

– “¡No te lo creas tanto!” – exclama Guanai.

El mixxileo intenta comunicarse con la nave mediante un pinganillo, pero se da cuenta de que lo ha perdido.

Guanai, frustrado, se abalanza sobre Ten y le propina un fuerte puñetazo. El asesino se protege con ambos antebrazos frente al pecho. 

El golpe hace que Ten se deslice varios metros sobre la resbaladiza superficie de hielo.

– “Je, je, je…” – presume el extraterrestre.

Ten se frota el antebrazo derecho, luego el izquierdo.

– “Eres fuerte.” – dice el terrícola. – “Eso lo admito.”

– “¿Que soy fuerte?” – repite Guanai, sintiéndose ninguneado. – “¡¿Lo dices tú con 100 unidades?!”

– “¿100 Unidades?” – se extraña Ten. – “¿Qué significa eso?”

Guanai sonríe.

– “Ni siquiera sabes tu nivel de combate…” – dice el mixxileo. – “Pues deja que te informe. Nuestros sistemas de radar pueden sentir el poder de combate de cada individuo y calcularlo… Y en tu caso, te fueron asignadas 100 unidades.”

– “Ya veo…” – murmura Ten.

– “El poder de combate de este planeta es tan débil que nuestros radares tienen problemas para detectaros.” – se mofa Guanai.

– “Eso es todavía más interesante.” – dice el terrícola.

En la nave invasora, un robot observa una pantalla del radar, que con dificultad aún funciona.

– “Señor Kaizo.” – comunica al extraterrestre. – “Parece que el señor Guanai se ha detenido en mitad del mar.”

– “¿Acaso está peleando?” – pregunta Kaizo.

– “Es posible…” – dice el robot. – “Viendo los datos recopilados de su log de viaje desde nuestra posición, parece que se ha topado con un sujeto que ronda las 200 unidades.”

– “¿200 unidades?” – se extraña Kaizo.

– “Aunque luego ha desaparecido…” – sigue hablando el robot, un poco confuso. – “Seguramente el señor Guanai lo haya derrotado.”

Guanai sonríe y se relame.

– “Siento comunicarte que no tienes nada que hacer.” – presume el lagarto. – “Mi fuerza de combate es de 320.”

– “¿Debería estar impresionado?” – pregunta el asesino.

– “Qué insolente…” – gruñe Guanai. – “Pero supongo que aún no entiendes el significado de esa diferencia…”

– “Pues explícamelo.” – lo provoca Ten, con una serenidad que hace que le hierva la sangre a su adversario.

Guanai muestra los dientes, furioso.

– “¡NO TE BURLES DE MÍ!” – exclama al cargar contra el asesino.

Ten Shin Han intercepta al alienígena con una veloz combinación de golpes con la mano abierta que derriba a su contrincante, de espaldas al suelo. Ten se queda en pose de combate.

Guanai sangra por el labio.

– “¿Qué significa esto…?” – gruñe el mixxileo. – “¿Por qué eres tan fuerte…? Solo tienes 100 unidades…”

– “Deberías dejar de pensar en esas cifras y centrarte en el combate.” – responde Ten.

En la nave alienígena, el radar muestra de nuevo una alarma.

– “¿Eh?” – se sorprende un robot. – “¿Será otro fantasma?”

– “¿Qué ocurre?” – pregunta Kaizo. – “El radar ha detectado una nueva anomalía junto al señor Guanai.”

– “¿Otra anomalía?” – se extraña Kaizo. – “¿Cuánto indica?”

– “Una fuente de energía que roza las 270 unidades.” – confirma el robot.

Kaizo frunce el ceño.

– “No es un fantasma…” – se preocupa. – “Es posible que algunos individuos de este planeta puedan modificar su fuerza de combate durante la batalla…”

– “¿Es eso siquiera posible?” – pregunta el robot.

– “He oído rumores de que algunas razas capaces de hacerlo.” – responde Kaizo.

– “Si es así…” – se preocupa el robot. – “El señor Guanai…”

– “Ese idiota se ha metido en un lío…” – refunfuña el invasor.

En la azotea de un edificio, un soldado vestido con una gabardina morada y un pañuelo rojo en el cuello dispara con un lanzacohetes a Kaizo.

Como era de esperar, el cohete se detiene al entrar en el campo electromagnético del extraterrestre.

El soldado esboza una pícara media sonrisa.

El misil lanzado tiene un pequeño contador que alcanza el cero y estalla a poco más de un metro de distancia de Kaizo, empujándolo a través del campo de batalla.

El extraterrestre es interceptado por el Sargento Metallic, que le propina un puñetazo al vuelo y lo lanza de nuevo contra el suelo.

Kaizo, magullado, se reincorpora mientras maldice a sus enemigos, que lo han cogido desprevenido.

Metallic corre hacia él, listo para darle una patada, pero al acercarse a unos pocos metros el robot se detiene repentinamente, como si una fuerza invisible lo sujetara con fuerza.

Kaizo acaba de levantarse.

– “Has tenido suerte una vez.” – sentencia el invasor.

Con un gesto, el extraterrestre hace que la cabeza del robot empiece a girar sobre sí misma hasta que es arrancada de su cuerpo.

El robot se queda inmóvil de pie. Kaizo le da la espalda.

En ese instante, el robot se abalanza por sorpresa sobre el invasor y lo abraza por la espalda.

– “¡¿QUÉ?!” – se sorprende el alienígena. – “Tsk…” – protesta mientras es estrujado por Sargento. 

El dispositivo electrónico que lleva Kaizo en el antebrazo se resquebraja bajo la presión y empieza a chispear.

– “Maldito…” – gruñe el extraterrestre.

Pero con su propia fuerza empieza a hacer retroceder los brazos de Metallic.

Finalmente, el Sargento cede y Kaizo se libera.

El pirata se revuele y propina un puñetazo en el pecho del enemigo que rompe su armazón y se introduce en su cuerpo. 

Kaizo saca el puño del interior de Metallic, arrancando así un amasijo de cables.

El gigante robótico se desploma de rodillas al suelo y luego cae de espaldas como si fuera un muñeco de trapo.

En el despacho del Rey, Red es informado de los últimos sucesos.

– “¿Qué?” – empieza a impacientarse. – “¿Y dónde está Ten Shin Han?” – pregunta.

– “No lo sabemos, señor.” – responde el soldado informante, con miedo visible en todo su cuerpo.

El Comandante usa el teléfono rojo para hacer una llamada.

En un despacho del Cuartel General de la Red Ribbon alguien coge el teléfono.

– “Oficial del Estado Mayor Black.” – anuncia quien descuelga, un hombre trajeado de piel negra.

– “Aquí el Comandante Red.” – responde el líder. – “¿Dónde está Ten Shin Han?”

– “¿El asesino?” – se extraña Black. – “Salió de aquí a la hora prevista…”

– “¿Quién le acompañaba?” – pregunta Red. – “¿El Capitán Yellow?”

– “No señor.” – dice Black. – “Se fue solo.”

– “¿Solo?” – se extraña el Comandante. – “¿Le dejaste un jet?”

– “No exactamente…” – dice Black, mirando de reojo como en el balcón falta una columna.

Red cuelga el teléfono, malhumorado.

– “¿Qué explicación me das, Tao Pai Pai?” – pregunta el Comandante, inquisitivo.

– “Algo lo habrá entretenido.” – responde el asesino.

– “Más le vale llegar pronto…” – protesta Red. – “O voy a descontar cada unidad perdida de vuestros honorarios.”

El Comandante da otra calada a su puro y exhala el humo mientras mira a un punto fijo en la nada, pensativo.

– “¡Soldado!” – llama la atención del informador.

El soldado se pone firmes de un salto.

– “¡SÍ, SEÑOR!” – exclama tenso.

– “Avise al General White.” – ordena Red. – “Dígale que tiene permiso para poner a prueba su monstruo. Autorización RR-A08.”

– “¡Sí, señor!” – exclama el soldado, saludando.

En unos minutos, el despacho más alto de la Muscle Tower recibe una llamada que responde el General White en persona.

– “Dígame.” – responde el General. – “De acuerdo. Confirmo RR-A08.”

El General cuelga el teléfono y enseguida marca otro número.

En el interior de una oscura celda, alguien espera sentado en el suelo en una esquina cuando suena un teléfono.

Al otro lado de los barrotes, un soldado pelirrojo que estaba sentado en un taburete junto a la puerta, se levanta para coger el teléfono.

– “¿Está seguro, señor?” – pregunta el soldado, con sorpresa y cierta pena. – “No, señor. No pretendía.” – se disculpa. – “Confirmo RR-A08.”

Unos ojos tristes observan desde la oscuridad de la celda.

El soldado cuelga el teléfono y suena una alarma que anuncia la apertura de la verja.

– “Nos han llamado, Octavio.” – anuncia el soldado. – “Hay que moverse.”

– “¿Tenemos que pelear, Coronel?” – pregunta el gigante mientras se pone en pie.

– “Así es, grandullón.” – responde el soldado pelirrojo de ojos tristes, forzando una sonrisa. – “Nos toca salvar la Tierra.”

ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte I: Contacto

Red World / Parte I: Contacto

“¿He llamado en mal momento?”

Año 759. En la Capital del Norte, la vida transcurre pacíficamente. La gente disfruta en la plaza de un centro comercial al aire libre. Un padre observa a su hija montada en el tiovivo. Una pareja comparte un helado, sentados en un banco. Una madre pasea con su hijo agarrado de la mano mientras habla por teléfono y mira un escaparate de electrodomésticos “Corporación Cápsula.” El pequeño lleva un globo rojo en la mano.

En un instante, el niño se distrae al ver un cachorro de labrador en otro escaparate y suelta la mano de su madre para correr a verlo. 

El pequeño se pega a cristal de la tienda y deja de prestar atención al globo, que se escurre entre sus dedos. 

El niño intenta agarrarlo saltando, sin éxito, y el globo se eleva hacia el cielo ante la triste mirada del pequeño.

En la Atalaya de Kamisama, una escuálida figura encapuchada, a contraluz, sentada al lado de una ventana, se estremece.

– “¿Se encuentra bien, señor?” – pregunta Mr. Popo.

La madre termina la llamada y presta de nuevo tención al pequeño.

– “Ya te he dicho mil veces que no te alejes de mi en el centro comercial…” – protesta ella.

Pero se sorprende al ver al niño con la mirada fija en el cielo.

– “¿Eh?” – murmura ella, alzando la mirada.

En el cielo, una nave discoidal de unos 100 metros de diámetro sobrevuela la zona.

En unas horas, la ciudad está en llamas. Soldados cíclopes metálicos de gran envergadura deambulan por las calles, disparando a todo aquel que se interpone en su camino con sus ametralladoras de energía incorporadas en sus antebrazos.

El Ejército Real intenta retomar la ciudad, tanto por tierra como por aire, pero la tecnología alienígena es superior. Los robots parecen inmunes a la munición regular. Solo tanques, misiles y lanzacohetes logran causar daños a los invasores, pero por cada uno que derrotan, decenas de soldados perecen. Los robots cuentan con armamento de algo calibre y cañones de energía.

En el Palacio Real de la Capital Central, el Rey del Mundo es informado de la situación.

– “Su Majestad…” – dice uno de sus Generales. – “Todos nuestros esfuerzos están fracasando. No podemos detener al enemigo.”

El Rey agacha la cabeza y la apoya en sus manos.

– “Nunca imaginé que la raza humana tendría que enfrentarse a demonios venidos de las estrellas…” – murmura el cánido.

– “No nos detendremos hasta el final.” – continúa el General. – “Pero llegados a este punto, es cuestión de horas que…”

De repente, un teléfono rojo sobre la mesa de su despacho empieza a repicar.

El General y el Rey se miran confusos. Su Majestad descuelga.

– “¿Quién es?” – pregunta el Rey, inquisitivo. – “¿Quién tiene este número?”

– “Hola, Su Majestad.” – dice una voz. – “¿He llamado en mal momento?” – añade con retintín.

El Rey se queda petrificado.

La guerra continúa en la ciudad. Los humanos luchan con valentía, pero caen como moscas.

En el centro de mando de la nave alienígena, los radares y controles del aparato son llevados por robots mucho más simples y menudos que los que han sido desplegados en el campo de batalla.

El líder invasor, de aspecto selaquimorfo y tez azulada, luciendo un parche robótico en el ojo, observa cruzado de brazos la representación del campo de batalla en una gran pantalla. Viste botines morados, pantalón negro y una especie de mono de lucha naranja encima. 

– “Qué interesante…” – murmura el líder. – “Usan la tecnología para suplir su patética fuerza… Pero de una forma muy primitiva.” – sonríe con burla.


A su lado, un soldado mixxileo de aspecto reptiliano le acompaña, de piel verde oliva y una lenga larga azul, vestido solamente con el mono naranja.

Un pitido de un radar llama la atención del mixxileo.

– “¿Eh?” – mira de reojo.

No parece que los robots den importancia a la alerta.

– “¿Qué ha sido eso?” – pregunta el mixxileo.

– “Solo un fantasma.” – responde el robot, que sigue atento a su trabajo.

– “¿Un qué?” – no lo entiende el mixxileo.

– “Una falsa fuente de energía detectada por el radar.” – le explica el selaquimorfo.

– “Muy bien explicado, señor Kaizo.” – lo adula el robot.

– “¿Seguro que era un error?” – se interesa el mixxileo.

El robot del radar teclea.

– “La lectura rondaba los 150.” – dice el robot. – “La fuerza de combate media del planeta es de unas 5 unidades. Tiene que ser un fallo en la lectura.”

El lagarto sonríe de forma pícara.

– “Dame la localización.” – dice el mixxileo.

– “Enseguida, señor Guanai.” – teclea de nuevo el robot.

– “Es solo un fantasma.” – insiste Kaizo.

– “Tus métodos de conquista son demasiado sofisticados para mí.” – protesta Guanai. – “Me aburro.” 

En la ciudad, los soldados robot siguen avasallando al Ejército Real. 

Un soldado se esconde en las ruinas de un edificio, agachado tras una viga de hormigón, cuando una sombra se cierne sobre él.

El soldado se arma de valor y se levanta, dándose la vuelta y disparando a discreción con su fusil al titán de metal hasta que se queda sin munición.

Las balas han rebotado en el armazón de su enemigo, que se yergue frente a él como una torre.  

El soldado mira aterrado al cíclope metálico mientras éste le apunta con el cañón ametralladora de su antebrazo.

El soldado cierra los ojos con fuerza, temiéndose lo peor.

Pero en ese instante, un misil impacta contra la espalda del robot, haciéndolo estallar en mil pedazos.

El soldado se queda estupefacto ante lo ocurrido, aún incrédulo por seguir vivo.

La polvareda se disipa lentamente para revelar que un nuevo ejército está entrando en la ciudad.

– “Es… es…” – titubea el soldado, confuso.

Un logotipo rojo en forma de lazo con dos iniciales letras blancas superpuestas identifica a cada una de sus unidades: “RR”.

– “¡LA RED RIBBON!” – exclama el soldado.

Varios cazas de última generación sobrevuelan el espacio aéreo y bombardean las calles, destruyendo una docena robots enemigos.

Los tanques y las armaduras de guerra “Battle Jackets” avanzan por la avenida principal, liderados por un gigantesco soldado de pelo rojo encrespado y desaliñado luciendo gafas de sol.

El Rey del Mundo espera en la azotea del palacio, con pesar en su rostro, mientras un helicóptero sin hélices aterriza.

– “Que Dios me perdone…” – murmura el Rey.

La puerta del vehículo se abre. Una escalerilla se extiende automáticamente. 

Un pequeño hombre pelirrojo trajeado con un parche en el ojo desciende, con un puro en sus labios.

– “Su Majestad…” – saluda con retintín.

– “Comandante Red…” – asiente el Rey.

Poco a poco, la ciudad está siendo retomada gracias a la llegada del Ejército de la Red Ribbon, cuyos avances tecnológicos superan con creces a los del anticuado Ejército Real.

Los Battle Jacket pueden enfrentarse cara a cara a los robots invasores, pues otorgan a sus pilotos de una fuerza sobrehumana, además de la capacidad de volar gracias a un propulsor en su espalda y una gran variedad de armamento de alto poder destructivo.

El Comandante Red ya está de pie sobre la silla del despacho del Rey.

Su Majestad mira con recelo al Comandante ocupando su mesa. 

Red sonríe satisfecho mientras acaricia los reposabrazos del asiento.

– “Me gusta…” – dice con orgullo. – “Aunque voy a tener que redecorar un poco…” – añade mientras hace un pequeño gesto con la cabeza a uno de sus hombres.


El soldado enseguida empieza a descolgar los cuadros de los antepasados del Rey del Mundo.

En la nave extraterrestre, los ánimos han cambiado. Los robots reciben informes desfavorables sobre su invasión.

– “¡Estamos perdiendo muchos efectivos!” – alerta uno.

– “¡¿De dónde han salido sus refuerzos?!” – se pregunta otro.

Kaizo resopla.

– “Y ese idiota de Guanai ha salido…” – murmura el selaquimorfo. – “Abrid la escotilla. Yo me encargo.”

– “Sí, señor.” – confirma un robot.

La Red Ribbon sigue recuperando terreno. Un Battle Jacket pisa el cuerpo dañado de un robot y luego usa la ametralladora de antebrazo para masacrarlo.

Pero de repente, el Battle Jacket es levantado del suelo por una extraña fuerza. El soldado en su interior intenta tirar de todas las palancas que tiene a su alcance, pero no tiene control sobre su máquina.

La armadura robótica empieza a colapsar lentamente como si estuviera soportando una alta presión, ante el horror de su piloto, para finalmente quedar reducida a un amasijo de metal del que se derrama aceite y sangre.

Kaizo reclama la bola de hierros que controla gracias a un brazalete-computadora en su antebrazo derecho.

Otro Battle Jacket corre hacia Kaizo y ya le apunta con su cañón, pero el extraterrestre lanza el amasijo de hierros contra él y ambos explotan.

Un tercer Battle Jacket, desde la azotea de un edificio, apunta a Kaizo con el misil de su espalda.

– “A todas las unidades de infantería.” – anuncia el piloto. – “Despejen la zona. Voy a disparar.”

El misil sale propulsado desde su espalda y se dirige directamente contra el extraterrestre, que parece no haberse percatado de la presencia de su enemigo.

Pero de repente, el misil se detiene en el aire. Un campo electromagnético protege a Kaizo.

El extraterrestre remite el misil, que estalla contra la azotea, provocando una terrible explosión en el cielo de la ciudad, cuya onda expansiva sacude las calles.

Mientras tanto, en el despacho del Rey, el Comandante Red y Su Majestad son informados de lo sucedido.

– “¿Qué va a hacer ahora, Comandante Red?” – pregunta el Rey, con sus sentimientos en conflicto.

Red da una calada a su puro, muy tranquilo, y acerca la silla a la mesa para poder poner los pies sobre ella.

– “No se preocupe, Su Majestad.” – dice el Comandante. – “Todo está bajo control.”

El mixxileo vuela hacia el noreste, sobre el mar, hacia las coordenadas indicadas cuando, de repente, puede ver algo en el horizonte que destaca sobre el cielo azul.

– “¿Eh?” – centra su atención.

Guanai se detiene y se protege del sol para intentar verlo mejor.

– “¿Qué es eso?” – se pregunta.

Poco a poco, un pequeño punto negro revela una silueta humanoide.

La velocidad con la que avanza el objeto sorprende a Guanai, que de repente debe apartarse para no chocar contra el objeto volador.

Guanai lo deja pasara de largo y lo observa seguir su camino.

– “¡¿Qué demonios era eso?!” – se pregunta.

Una voz le responde.

– “Supongo que tú eres uno de los extraterrestres.” – dice alguien a su espalda.

Guanai se sobresalta y al darse la vuelta observa frente a él a una persona levitando en el aire, vestido con un gi rosado de estilo chino con el kanji “SATSU” en el pecho y las palabras “KILL YOU” en la espalda.

ESPECIAL DBSNL /// El que vio // Universos 1, 2, 3, 4, 5, 6 y 7 / Parte II: Zeno

El que vio // Parte II: Zeno
“La oscuridad te consumirá para el resto de la eternidad.” 

El Dai Kaioshin y el Hakaishin se han reunido con los supervivientes de Konats en la plaza de la ciudad. Los representantes del pueblo rodean a los Dioses para escuchar sus peticiones. 

Un joven ira-aru aparece de la nada al lado del Dios. En sus manos lleva una gran espada.

– “Está todo listo.” – dice el recién llegado.

– “Gracias, Toshisei” – responde el Dai Kaioshin. – “Siento las molestias… No he podido sellar la esencia del monstruo por completo…”

El cuerpo del Dios tiembla. La oscuridad que contiene en su interior, el monstruo Hildegarn, lucha por salir.

El joven ofrece la espada al Dios, pero éste la rechaza.

– “Tendrás que hacerlo tú” – fuerza una sonrisa el Dai Kaioshin.

– “Si esas son sus órdenes…” – agacha la cabeza el ira-aru solemnemente.

Mientras tanto, Kawa sale tambaleándose de la gruta. Sus ojos están abiertos como platos, incrédulo ante lo que acaba de ver; un mortal ha derrotado a los Dioses.

Ramushi siente la energía de su pupilo y se teletransporta a su lado.

– “Kawa…” – dice asustado al ver el estado del gotokoneko. – “¿Y los Kaioshin?” – pregunta.

El aprendiz sigue en silencio.

– “Kawa… ¡Respóndeme!” – insiste Ramushi.

Al salir de la cueva, Kawa siente que sus fuerzas se recuperan lentamente.

– “Asesinados…” – revela el gotokoneko. – “…por un mortal.”

– “¿Qué?” – se sorprende el Dios de la Destrucción.

– “Jamás había visto un poder como ese…” – gruñe Kawa. – “Nos doblegó a su voluntad… No pudimos hacer nada…”

– “¿Y dónde está ese mortal?” – pregunta el Hakaishin.

Mientras tanto, en el planeta de Zeno, el pequeño Dios del Todo se encuentra sentado en su trono cuando siente una presencia que le perturba.

En la sala contigua, el brujo encapuchado ha aparecido de la nada.

– “¿Dónde estoy?” – se pregunta el hechicero. – “¿Es este el mundo real?”

El brujo ve unas puertas gigantescas frente a él y se aproxima a ellas. Tras examinarlas, decide empujarlas para abrirlas.

Las puertas chirrían mientras se abren y revelan la sala del trono, donde el Dios del Todo le espera.

– “¿Qué hace un mortal aquí?” – pregunta el Dios.

– “Tú…” – dice asombrado el brujo. – “Eres… ¿Qué significa esto?”

El Dios no responde.

– “Pero… No puede ser…” – titubea el hechicero. – “Es… un niño…”

Zeno se pone en pie y levita para acercarse al brujo hasta quedarse a unos pocos metros de él.

– “Cuida tus palabras, mortal.” – le amenaza el Dios del Todo. – “¿Quién eres?”

– “Me llamo Moro” – se presenta el hechicero.

– “¿A qué has venido?” – pregunta Zeno.

– “Busco respuestas.” – revela el brujo. – “¿Por qué existo? ¿Cuál es el propósito de nuestro mundo? ¿Por qué nos creaste?”

– “No necesito una razón.” – responde el Dios del Todo.

– “¡¿Cómo?!” – se sorprende Moro.

Zeno da la espalda al brujo, ofendiendéndolo.

– “He logrado llegar hasta aquí…” – gruñe el hechicero. – “¡Estoy cara a cara contigo! ¡En tu plano de existencia! ¡Exijo respuestas!”

El Dios del Todo se da la vuelta y clava una mirada de desprecio en el brujo.

– “Eres solo una serpiente que ha salido del terrario.” – dice Zeno.

Los dientes de Moro rechinan. El brujo aprieta los puños con rabia.

– “¿Cómo te atreves…?” – protesta Moro.

– “Un mortal no merece respuestas.” – dice Zeno. – “Ni yo necesito razones.”

Una extraña oscuridad empieza a rodear a Moro como un torbellino de tinieblas.

– “No he llegado hasta aquí para nada…” – amenaza el brujo.

Zeno observa las sombras que nacen de su adversario.

– “¿Qué poder es este?” – murmura el Dios.

– “Es el rencor de tu creación” – responde Moro.

Zeno frunce el ceño, preocupado por lo que está presenciando.

Mientras tanto, en Konats, el Dai Kaioshin ha imbuido el mandoble con su propia técnica de sellado.

– “En caso de que Hildegarn regrese, esto debería detenerle.” – explica el Dios.

El Dai Kaioshin hinca la rodilla, agotado.

Toshisei entrega la espada a los sabios de Konats.

Ramushi y Kawa han regresado a la plaza. Ahora es el Hakaishin quien imbuye dos pequeños instrumentos musicales con su técnica sonora.

– “Esto os ayudará.” – dice el Dios. – “Os dejo una parte de mi poder en estas ocarinas.”

Toshisei es de nuevo quien recoge los instrumentos y los entrega a los sabios.

La gente de Konats agradece los obsequios con una reverencia. Kawa sigue ensimismado, absorto en sus pensamientos.

El Dai Kaioshin fuerza una sonrisa.

– “Es el momento, Ramushi.” – dice el Dios.

– “¿Estás seguro?” – pregunta el Hakaishin.

– “No hay otra opción.” – responde el Kaioshin.

El Hakaishin se coloca frente al Dios.

– “Has salvado a esta gente.” – sentencia el paquidermo.

El Dai Kaioshin mira de reojo a Toshisei.

– “Dejo en tus manos el futuro de los Kaioshin” – dice el Dios.

Toshisei asiente.

Ramushi apunta al Dios protector con la mano derecha.

– “Hakai” – sentencia el Dios de la Destrucción solemnemente.

En el planeta de Zeno, Moro invoca poderes que el mismísimo Dios del Todo desconoce.

– “Mi poder es la respuesta a su desidia.” – gruñe el brujo.

– “No debería existir un poder como ese…” – piensa Zeno. – “El ki divino es puro.”

– “Toda luz genera sombras.” – sonríe Moro. – “¡Soy la encarnación de esa oscuridad!”

La mirada de Zeno se torna severa.

Moro se abalanza sobre el Dios con su mano derecha en alto.

– “Desaparece” – sentencia Zeno.

El brujo es sacudido por una corriente de aire que le frena.

Los dos adversarios se quedan perplejos ante lo ocurrido.

– “¿Qué?” – se preguntan los dos.

Moro observa sus manos atentamente.

– “Ja… jaja… jajaja… ¡JAJAJAJA!” – estalla en una sonora carcajada.

Una gota de sudor recorre la sien de Zeno.

– “¡No puedes detenerme!” – celebra Moro. 

Zeno alza su mano hacia el cielo y un estallido de luz inunda el lugar.

– “¿Qué haces?” – pregunta Moro, confuso.

– “Dejaré que te pudras en tu odio.” – sentencia Zeno.

– “¿Cómo dices?” – se extraña el brujo.

– “La oscuridad te consumirá para el resto de la eternidad.” – dice el Dios. – “Encerrado en este mundo. Tu propio reino de tinieblas.”

Zeno se eleva lentamente.

– “¡¿Intentas escapar?!” – gruñe el brujo.

De repente, los pies del brujo quedan atrapados en hielo.

– “¡¿QUÉ?!” – se asusta Moro. – “¡¿QUÉ ES ESTO?!”

El hielo se extiende por las piernas de Moro. Zeno sigue elevándose.

– “¡¡MALDITO SEAS!!” – grita el brujo. – “¡COBARDE!”

El Dios del Todo desaparece.

Los días pasan y, en el Planeta Sagrado de los Kaioshin, Toshisei presenta a Ramushi y Kawa a los nuevos Dioses

– “Bienvenidos, Kaioshin.” – saluda el Hakaishin.

– “Son débiles.” – gruñe Kawa.

– “¿Qué has dicho?” – protesta Ramushi.

De repente, un nuevo personaje aparece en el cielo del planeta y desciende hasta el suelo.

– “¿Quién es?” – se preguntan los Kaioshin.

El joven personaje de piel celeste, ojos grises y cabello blanco sonríe.

– “Vengo en nombre del señor Zeno.” – revela el ángel. – “Soy el Daishinkan.”

– “¿Sumo Sacerdote?” – frunce el ceño Ramushi.

Kawa aprieta sus puños con rabia.

– “Es una trampa…” – gruñe el aprendiz de Hakaishin. – “¡¡Seguro que es un truco del brujo!!” – exclama.

El gotokoneko se abalanza sobre el Daishinkan.

– “¡¡DETENTE, KAWA!!” – exclama Ramushi.

Un golpe de vara en la frente del felino lo remite de nuevo al suelo.

– “Veo que los ánimos están caldeados…” – sonríe el ángel.

Zeno aparece junto a su consejero.

– “El Daishinkan habla en mi nombre.” – revela Zeno. 

Todos los presentes se quedan asombrados al ver al Dios del Todo.

– “¡Señor Zeno!” – exclaman al unísono antes de arrodillarse.

– “Los eventos recientes han revelado que la creación necesita una mejor supervisión.” – explica el Dios. – “El ángel os ayudará en vuestro cometido.”

– “¿Y el brujo?” – pregunta un magullado Kawa.

– “El señor Zeno se ha encargado del mortal” – responde el Daishinkan.

Los Dioses aceptan las ordenes de Zeno sin rechistar.

En la cárcel de Moro, el brujo se encuentra encerrado en un pilar de hielo. Las sombras se filtran a través de finas grietas y se expanden por la superficie del planeta, corrompiendo todo lo que encuentran a su paso.