ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte II: Guerra por el Mundo

Red World / Parte II: Guerra por el Mundo

“¿Debería estar impresionado?”

La Capital del Norte sigue en llamas. Los invasores, gracias a la aparición en el campo de batalla de Kaizo, están retomando el control de la ciudad.

Kaizo camina por la avenida, llena de socavones y edificios caídos, cuando un puño metálico volador se aproxima a él por un callejón a su derecha.

Pero como ocurrió con el misil del Battle Jacket, el puño se detiene en el aire a pocos metros de impactar, atrapado por el campo electromagnético de Kaizo, emitido por la pequeña computadora que lleva en su antebrazo derecho.

– “¿Un robot de combate?” – murmura el extraterrestre. – “Puede que no estén tan atrasados como creía…”

El gigante llamado Sargento Metallic sale del callejón, inexpresivo, y mira desafiante al invasor.

Kaizo mira el puño de metal y éste colapsa, convirtiéndose en un amasijo de chatarra.

– “Pero siguen siendo una civilización primitiva.” – sonríe el extraterrestre.

El invasor remite el ataque, pero Metallic lo intercepta con un misil lanzado por su boca.

La explosión sacude la zona y derriba los edificios que constituían el callejón.

Mientras tanto, levitando sobre el mar, a miles de kilómetros de distancia, Guanai se encuentra frente a un humano.

– “¿Quién eres tú?” – pregunta el extraterrestre. – “No sabía que los humanos pudieran volar… ¿O acaso no eres humano?” – lo mira detenidamente.

– “Es refrescante encontrarme con alguien que no me conoce.” – responde el terrícola. – “Soy el asesino más famoso de todos los tiempos, con permiso de mi maestro, ahora que también van a conocerme más allá de la Tierra.”

– “¿Cómo dices?” – murmura Guanai, confuso ante la prepotencia de su contrincante.

– “Me llamo Ten Shin Han.” – revela el asesino de tres ojos.

Guanai ríe a modo de burla.

– “¡Jajaja!” – se mofa el lagarto. – “Puede que al final esto resulte divertido.”

El lagarto golpea sus puños, intentando intimidar al terrícola. Ten Shin Han, muy serio y sereno, no responde.

Guanai muestra los dientes.

– “¡A ver de qué eres capaz!” – exclama abalanzándose sobre Ten con el puño en alto. – “¡YAAH!”

Ten Shin Han no reacciona cuando el extraterrestre lanza su puñetazo, que atraviesa la silueta intangible del terrícola.

– “¡¿Qué?!” – se sorprende Guanai, al ver que era tan solo una imagen residual.

Ten Shin Han propina una patada por la espalda al lagarto y lo lanza contra el mar, en el que se hunde con una gran salpicadura.

Mientras tanto, en el despacho del Rey, el Comandante Red da otra calada a su puro.

– “¡¿El asesino Ten Shin Han?!” – se sobresalta Su Majestad. – “¿Por qué no me sorprende…?” – refunfuña apretando los puños. – “La Red Ribbon siempre se asocia con gente de la peor calaña.”

– “Usted ha jugado según las reglas…” – dice Red con prepotencia. – “Y para salvar la Tierra ha tenido que recurrir a mí.”

– “Ten Shin Han cumplirá su misión.” – dice Tao Pai Pai, sobresaltando al Rey con su presencia, pues está a unos pocos centímetros de él y ha entrado a la habitación sin hacer ruido. 

– “¡Ah!” – se aparta Su Majestad, tropezando y casi cayendo al suelo, teniendo que sujetarse con una silla.

El histórico asesino camina hasta situarse detrás y a la derecha del Comandante Red. Tao viste un elegante gi morado de estilo chino con el kanji “SATSU” en rojo en el pecho.

– “Le presento a mi guardaespaldas personal.” – anuncia Red. – “Me acompañará una temporada mientras llevamos a cambio la transición de poder…” – sonríe. – “Me fio de su palabra, Majestad, pero ¿quién sabe lo que pude ocurrir…? ¿verdad?”

– “Puede estar tranquilo, señor.” – asevera Tao Pai Pai. – “Siempre y cuando cumpla su parte y sea generoso con mis honorarios.”

– “¡Jajaja!” – ríe Red. – “Por supuesto.” – dice haciendo un gesto con la mano, quitando importancia al dinero. – “Eso no será un problema. ¿Le gusta el traje nuevo?”

– “Es muy elegante y muy cómodo.” – responde el asesino. – “Tiene usted buen gusto.”

– “Me alegro.” – sonríe Red. – “Lo ha hecho mi sastre personal.”

En la Ciudad del Norte, Kaizo y sus robots siguen avanzando. 

En la nave espacial, los robots recopilan datos cuando, de repente, algo impacta sobre la nave. El techo se les viene encima. 

– “¡¡AAAAH!!” – gritan.

Kaizo recibe la comunicación por un pinganillo y se da la vuelta para ver su nave humeante.

– “¿Qué ha pasado?” – se pregunta.

Un robot superviviente se acerca al cráter que se ha formado en la nave y mira en su interior.

– “¡¿Qué ha sido eso?!” – pregunta otro robot. – “¡¿Por qué no lo hemos detectado?!”

– “Es… solo… ¿un cilindro de piedra?” – responde confuso el primero.

Una columna rosada ha atravesado el casco por completo hasta incrustarse en el suelo, bajo la nave.

En el mar helado, la zarpa de Guanai se agarra a un bloque de hielo.

– “Maldito…” – gruñe el lagarto, saliendo del agua.

Al alzar la mirada, se encuentra con Ten Shin Han delante de él, con las manos en la espalda.

– “Parece que no solo soy el más fuerte de este mundo.” – dice Ten con prepotencia, pero también con cierta decepción.

El lagarto se pone en pie, frustrado.

– “¡No te lo creas tanto!” – exclama Guanai.

El mixxileo intenta comunicarse con la nave mediante un pinganillo, pero se da cuenta de que lo ha perdido.

Guanai, frustrado, se abalanza sobre Ten y le propina un fuerte puñetazo. El asesino se protege con ambos antebrazos frente al pecho. 

El golpe hace que Ten se deslice varios metros sobre la resbaladiza superficie de hielo.

– “Je, je, je…” – presume el extraterrestre.

Ten se frota el antebrazo derecho, luego el izquierdo.

– “Eres fuerte.” – dice el terrícola. – “Eso lo admito.”

– “¿Que soy fuerte?” – repite Guanai, sintiéndose ninguneado. – “¡¿Lo dices tú con 100 unidades?!”

– “¿100 Unidades?” – se extraña Ten. – “¿Qué significa eso?”

Guanai sonríe.

– “Ni siquiera sabes tu nivel de combate…” – dice el mixxileo. – “Pues deja que te informe. Nuestros sistemas de radar pueden sentir el poder de combate de cada individuo y calcularlo… Y en tu caso, te fueron asignadas 100 unidades.”

– “Ya veo…” – murmura Ten.

– “El poder de combate de este planeta es tan débil que nuestros radares tienen problemas para detectaros.” – se mofa Guanai.

– “Eso es todavía más interesante.” – dice el terrícola.

En la nave invasora, un robot observa una pantalla del radar, que con dificultad aún funciona.

– “Señor Kaizo.” – comunica al extraterrestre. – “Parece que el señor Guanai se ha detenido en mitad del mar.”

– “¿Acaso está peleando?” – pregunta Kaizo.

– “Es posible…” – dice el robot. – “Viendo los datos recopilados de su log de viaje desde nuestra posición, parece que se ha topado con un sujeto que ronda las 200 unidades.”

– “¿200 unidades?” – se extraña Kaizo.

– “Aunque luego ha desaparecido…” – sigue hablando el robot, un poco confuso. – “Seguramente el señor Guanai lo haya derrotado.”

Guanai sonríe y se relame.

– “Siento comunicarte que no tienes nada que hacer.” – presume el lagarto. – “Mi fuerza de combate es de 320.”

– “¿Debería estar impresionado?” – pregunta el asesino.

– “Qué insolente…” – gruñe Guanai. – “Pero supongo que aún no entiendes el significado de esa diferencia…”

– “Pues explícamelo.” – lo provoca Ten, con una serenidad que hace que le hierva la sangre a su adversario.

Guanai muestra los dientes, furioso.

– “¡NO TE BURLES DE MÍ!” – exclama al cargar contra el asesino.

Ten Shin Han intercepta al alienígena con una veloz combinación de golpes con la mano abierta que derriba a su contrincante, de espaldas al suelo. Ten se queda en pose de combate.

Guanai sangra por el labio.

– “¿Qué significa esto…?” – gruñe el mixxileo. – “¿Por qué eres tan fuerte…? Solo tienes 100 unidades…”

– “Deberías dejar de pensar en esas cifras y centrarte en el combate.” – responde Ten.

En la nave alienígena, el radar muestra de nuevo una alarma.

– “¿Eh?” – se sorprende un robot. – “¿Será otro fantasma?”

– “¿Qué ocurre?” – pregunta Kaizo. – “El radar ha detectado una nueva anomalía junto al señor Guanai.”

– “¿Otra anomalía?” – se extraña Kaizo. – “¿Cuánto indica?”

– “Una fuente de energía que roza las 270 unidades.” – confirma el robot.

Kaizo frunce el ceño.

– “No es un fantasma…” – se preocupa. – “Es posible que algunos individuos de este planeta puedan modificar su fuerza de combate durante la batalla…”

– “¿Es eso siquiera posible?” – pregunta el robot.

– “He oído rumores de que algunas razas capaces de hacerlo.” – responde Kaizo.

– “Si es así…” – se preocupa el robot. – “El señor Guanai…”

– “Ese idiota se ha metido en un lío…” – refunfuña el invasor.

En la azotea de un edificio, un soldado vestido con una gabardina morada y un pañuelo rojo en el cuello dispara con un lanzacohetes a Kaizo.

Como era de esperar, el cohete se detiene al entrar en el campo electromagnético del extraterrestre.

El soldado esboza una pícara media sonrisa.

El misil lanzado tiene un pequeño contador que alcanza el cero y estalla a poco más de un metro de distancia de Kaizo, empujándolo a través del campo de batalla.

El extraterrestre es interceptado por el Sargento Metallic, que le propina un puñetazo al vuelo y lo lanza de nuevo contra el suelo.

Kaizo, magullado, se reincorpora mientras maldice a sus enemigos, que lo han cogido desprevenido.

Metallic corre hacia él, listo para darle una patada, pero al acercarse a unos pocos metros el robot se detiene repentinamente, como si una fuerza invisible lo sujetara con fuerza.

Kaizo acaba de levantarse.

– “Has tenido suerte una vez.” – sentencia el invasor.

Con un gesto, el extraterrestre hace que la cabeza del robot empiece a girar sobre sí misma hasta que es arrancada de su cuerpo.

El robot se queda inmóvil de pie. Kaizo le da la espalda.

En ese instante, el robot se abalanza por sorpresa sobre el invasor y lo abraza por la espalda.

– “¡¿QUÉ?!” – se sorprende el alienígena. – “Tsk…” – protesta mientras es estrujado por Sargento. 

El dispositivo electrónico que lleva Kaizo en el antebrazo se resquebraja bajo la presión y empieza a chispear.

– “Maldito…” – gruñe el extraterrestre.

Pero con su propia fuerza empieza a hacer retroceder los brazos de Metallic.

Finalmente, el Sargento cede y Kaizo se libera.

El pirata se revuele y propina un puñetazo en el pecho del enemigo que rompe su armazón y se introduce en su cuerpo. 

Kaizo saca el puño del interior de Metallic, arrancando así un amasijo de cables.

El gigante robótico se desploma de rodillas al suelo y luego cae de espaldas como si fuera un muñeco de trapo.

En el despacho del Rey, Red es informado de los últimos sucesos.

– “¿Qué?” – empieza a impacientarse. – “¿Y dónde está Ten Shin Han?” – pregunta.

– “No lo sabemos, señor.” – responde el soldado informante, con miedo visible en todo su cuerpo.

El Comandante usa el teléfono rojo para hacer una llamada.

En un despacho del Cuartel General de la Red Ribbon alguien coge el teléfono.

– “Oficial del Estado Mayor Black.” – anuncia quien descuelga, un hombre trajeado de piel negra.

– “Aquí el Comandante Red.” – responde el líder. – “¿Dónde está Ten Shin Han?”

– “¿El asesino?” – se extraña Black. – “Salió de aquí a la hora prevista…”

– “¿Quién le acompañaba?” – pregunta Red. – “¿El Capitán Yellow?”

– “No señor.” – dice Black. – “Se fue solo.”

– “¿Solo?” – se extraña el Comandante. – “¿Le dejaste un jet?”

– “No exactamente…” – dice Black, mirando de reojo como en el balcón falta una columna.

Red cuelga el teléfono, malhumorado.

– “¿Qué explicación me das, Tao Pai Pai?” – pregunta el Comandante, inquisitivo.

– “Algo lo habrá entretenido.” – responde el asesino.

– “Más le vale llegar pronto…” – protesta Red. – “O voy a descontar cada unidad perdida de vuestros honorarios.”

El Comandante da otra calada a su puro y exhala el humo mientras mira a un punto fijo en la nada, pensativo.

– “¡Soldado!” – llama la atención del informador.

El soldado se pone firmes de un salto.

– “¡SÍ, SEÑOR!” – exclama tenso.

– “Avise al General White.” – ordena Red. – “Dígale que tiene permiso para poner a prueba su monstruo. Autorización RR-A08.”

– “¡Sí, señor!” – exclama el soldado, saludando.

En unos minutos, el despacho más alto de la Muscle Tower recibe una llamada que responde el General White en persona.

– “Dígame.” – responde el General. – “De acuerdo. Confirmo RR-A08.”

El General cuelga el teléfono y enseguida marca otro número.

En el interior de una oscura celda, alguien espera sentado en el suelo en una esquina cuando suena un teléfono.

Al otro lado de los barrotes, un soldado pelirrojo que estaba sentado en un taburete junto a la puerta, se levanta para coger el teléfono.

– “¿Está seguro, señor?” – pregunta el soldado, con sorpresa y cierta pena. – “No, señor. No pretendía.” – se disculpa. – “Confirmo RR-A08.”

Unos ojos tristes observan desde la oscuridad de la celda.

El soldado cuelga el teléfono y suena una alarma que anuncia la apertura de la verja.

– “Nos han llamado, Octavio.” – anuncia el soldado. – “Hay que moverse.”

– “¿Tenemos que pelear, Coronel?” – pregunta el gigante mientras se pone en pie.

– “Así es, grandullón.” – responde el soldado pelirrojo de ojos tristes, forzando una sonrisa. – “Nos toca salvar la Tierra.”

ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte I: Contacto

Red World / Parte I: Contacto

“¿He llamado en mal momento?”

Año 759. En la Capital del Norte, la vida transcurre pacíficamente. La gente disfruta en la plaza de un centro comercial al aire libre. Un padre observa a su hija montada en el tiovivo. Una pareja comparte un helado, sentados en un banco. Una madre pasea con su hijo agarrado de la mano mientras habla por teléfono y mira un escaparate de electrodomésticos “Corporación Cápsula.” El pequeño lleva un globo rojo en la mano.

En un instante, el niño se distrae al ver un cachorro de labrador en otro escaparate y suelta la mano de su madre para correr a verlo. 

El pequeño se pega a cristal de la tienda y deja de prestar atención al globo, que se escurre entre sus dedos. 

El niño intenta agarrarlo saltando, sin éxito, y el globo se eleva hacia el cielo ante la triste mirada del pequeño.

En la Atalaya de Kamisama, una escuálida figura encapuchada, a contraluz, sentada al lado de una ventana, se estremece.

– “¿Se encuentra bien, señor?” – pregunta Mr. Popo.

La madre termina la llamada y presta de nuevo tención al pequeño.

– “Ya te he dicho mil veces que no te alejes de mi en el centro comercial…” – protesta ella.

Pero se sorprende al ver al niño con la mirada fija en el cielo.

– “¿Eh?” – murmura ella, alzando la mirada.

En el cielo, una nave discoidal de unos 100 metros de diámetro sobrevuela la zona.

En unas horas, la ciudad está en llamas. Soldados cíclopes metálicos de gran envergadura deambulan por las calles, disparando a todo aquel que se interpone en su camino con sus ametralladoras de energía incorporadas en sus antebrazos.

El Ejército Real intenta retomar la ciudad, tanto por tierra como por aire, pero la tecnología alienígena es superior. Los robots parecen inmunes a la munición regular. Solo tanques, misiles y lanzacohetes logran causar daños a los invasores, pero por cada uno que derrotan, decenas de soldados perecen. Los robots cuentan con armamento de algo calibre y cañones de energía.

En el Palacio Real de la Capital Central, el Rey del Mundo es informado de la situación.

– “Su Majestad…” – dice uno de sus Generales. – “Todos nuestros esfuerzos están fracasando. No podemos detener al enemigo.”

El Rey agacha la cabeza y la apoya en sus manos.

– “Nunca imaginé que la raza humana tendría que enfrentarse a demonios venidos de las estrellas…” – murmura el cánido.

– “No nos detendremos hasta el final.” – continúa el General. – “Pero llegados a este punto, es cuestión de horas que…”

De repente, un teléfono rojo sobre la mesa de su despacho empieza a repicar.

El General y el Rey se miran confusos. Su Majestad descuelga.

– “¿Quién es?” – pregunta el Rey, inquisitivo. – “¿Quién tiene este número?”

– “Hola, Su Majestad.” – dice una voz. – “¿He llamado en mal momento?” – añade con retintín.

El Rey se queda petrificado.

La guerra continúa en la ciudad. Los humanos luchan con valentía, pero caen como moscas.

En el centro de mando de la nave alienígena, los radares y controles del aparato son llevados por robots mucho más simples y menudos que los que han sido desplegados en el campo de batalla.

El líder invasor, de aspecto selaquimorfo y tez azulada, luciendo un parche robótico en el ojo, observa cruzado de brazos la representación del campo de batalla en una gran pantalla. Viste botines morados, pantalón negro y una especie de mono de lucha naranja encima. 

– “Qué interesante…” – murmura el líder. – “Usan la tecnología para suplir su patética fuerza… Pero de una forma muy primitiva.” – sonríe con burla.


A su lado, un soldado mixxileo de aspecto reptiliano le acompaña, de piel verde oliva y una lenga larga azul, vestido solamente con el mono naranja.

Un pitido de un radar llama la atención del mixxileo.

– “¿Eh?” – mira de reojo.

No parece que los robots den importancia a la alerta.

– “¿Qué ha sido eso?” – pregunta el mixxileo.

– “Solo un fantasma.” – responde el robot, que sigue atento a su trabajo.

– “¿Un qué?” – no lo entiende el mixxileo.

– “Una falsa fuente de energía detectada por el radar.” – le explica el selaquimorfo.

– “Muy bien explicado, señor Kaizo.” – lo adula el robot.

– “¿Seguro que era un error?” – se interesa el mixxileo.

El robot del radar teclea.

– “La lectura rondaba los 150.” – dice el robot. – “La fuerza de combate media del planeta es de unas 5 unidades. Tiene que ser un fallo en la lectura.”

El lagarto sonríe de forma pícara.

– “Dame la localización.” – dice el mixxileo.

– “Enseguida, señor Guanai.” – teclea de nuevo el robot.

– “Es solo un fantasma.” – insiste Kaizo.

– “Tus métodos de conquista son demasiado sofisticados para mí.” – protesta Guanai. – “Me aburro.” 

En la ciudad, los soldados robot siguen avasallando al Ejército Real. 

Un soldado se esconde en las ruinas de un edificio, agachado tras una viga de hormigón, cuando una sombra se cierne sobre él.

El soldado se arma de valor y se levanta, dándose la vuelta y disparando a discreción con su fusil al titán de metal hasta que se queda sin munición.

Las balas han rebotado en el armazón de su enemigo, que se yergue frente a él como una torre.  

El soldado mira aterrado al cíclope metálico mientras éste le apunta con el cañón ametralladora de su antebrazo.

El soldado cierra los ojos con fuerza, temiéndose lo peor.

Pero en ese instante, un misil impacta contra la espalda del robot, haciéndolo estallar en mil pedazos.

El soldado se queda estupefacto ante lo ocurrido, aún incrédulo por seguir vivo.

La polvareda se disipa lentamente para revelar que un nuevo ejército está entrando en la ciudad.

– “Es… es…” – titubea el soldado, confuso.

Un logotipo rojo en forma de lazo con dos iniciales letras blancas superpuestas identifica a cada una de sus unidades: “RR”.

– “¡LA RED RIBBON!” – exclama el soldado.

Varios cazas de última generación sobrevuelan el espacio aéreo y bombardean las calles, destruyendo una docena robots enemigos.

Los tanques y las armaduras de guerra “Battle Jackets” avanzan por la avenida principal, liderados por un gigantesco soldado de pelo rojo encrespado y desaliñado luciendo gafas de sol.

El Rey del Mundo espera en la azotea del palacio, con pesar en su rostro, mientras un helicóptero sin hélices aterriza.

– “Que Dios me perdone…” – murmura el Rey.

La puerta del vehículo se abre. Una escalerilla se extiende automáticamente. 

Un pequeño hombre pelirrojo trajeado con un parche en el ojo desciende, con un puro en sus labios.

– “Su Majestad…” – saluda con retintín.

– “Comandante Red…” – asiente el Rey.

Poco a poco, la ciudad está siendo retomada gracias a la llegada del Ejército de la Red Ribbon, cuyos avances tecnológicos superan con creces a los del anticuado Ejército Real.

Los Battle Jacket pueden enfrentarse cara a cara a los robots invasores, pues otorgan a sus pilotos de una fuerza sobrehumana, además de la capacidad de volar gracias a un propulsor en su espalda y una gran variedad de armamento de alto poder destructivo.

El Comandante Red ya está de pie sobre la silla del despacho del Rey.

Su Majestad mira con recelo al Comandante ocupando su mesa. 

Red sonríe satisfecho mientras acaricia los reposabrazos del asiento.

– “Me gusta…” – dice con orgullo. – “Aunque voy a tener que redecorar un poco…” – añade mientras hace un pequeño gesto con la cabeza a uno de sus hombres.


El soldado enseguida empieza a descolgar los cuadros de los antepasados del Rey del Mundo.

En la nave extraterrestre, los ánimos han cambiado. Los robots reciben informes desfavorables sobre su invasión.

– “¡Estamos perdiendo muchos efectivos!” – alerta uno.

– “¡¿De dónde han salido sus refuerzos?!” – se pregunta otro.

Kaizo resopla.

– “Y ese idiota de Guanai ha salido…” – murmura el selaquimorfo. – “Abrid la escotilla. Yo me encargo.”

– “Sí, señor.” – confirma un robot.

La Red Ribbon sigue recuperando terreno. Un Battle Jacket pisa el cuerpo dañado de un robot y luego usa la ametralladora de antebrazo para masacrarlo.

Pero de repente, el Battle Jacket es levantado del suelo por una extraña fuerza. El soldado en su interior intenta tirar de todas las palancas que tiene a su alcance, pero no tiene control sobre su máquina.

La armadura robótica empieza a colapsar lentamente como si estuviera soportando una alta presión, ante el horror de su piloto, para finalmente quedar reducida a un amasijo de metal del que se derrama aceite y sangre.

Kaizo reclama la bola de hierros que controla gracias a un brazalete-computadora en su antebrazo derecho.

Otro Battle Jacket corre hacia Kaizo y ya le apunta con su cañón, pero el extraterrestre lanza el amasijo de hierros contra él y ambos explotan.

Un tercer Battle Jacket, desde la azotea de un edificio, apunta a Kaizo con el misil de su espalda.

– “A todas las unidades de infantería.” – anuncia el piloto. – “Despejen la zona. Voy a disparar.”

El misil sale propulsado desde su espalda y se dirige directamente contra el extraterrestre, que parece no haberse percatado de la presencia de su enemigo.

Pero de repente, el misil se detiene en el aire. Un campo electromagnético protege a Kaizo.

El extraterrestre remite el misil, que estalla contra la azotea, provocando una terrible explosión en el cielo de la ciudad, cuya onda expansiva sacude las calles.

Mientras tanto, en el despacho del Rey, el Comandante Red y Su Majestad son informados de lo sucedido.

– “¿Qué va a hacer ahora, Comandante Red?” – pregunta el Rey, con sus sentimientos en conflicto.

Red da una calada a su puro, muy tranquilo, y acerca la silla a la mesa para poder poner los pies sobre ella.

– “No se preocupe, Su Majestad.” – dice el Comandante. – “Todo está bajo control.”

El mixxileo vuela hacia el noreste, sobre el mar, hacia las coordenadas indicadas cuando, de repente, puede ver algo en el horizonte que destaca sobre el cielo azul.

– “¿Eh?” – centra su atención.

Guanai se detiene y se protege del sol para intentar verlo mejor.

– “¿Qué es eso?” – se pregunta.

Poco a poco, un pequeño punto negro revela una silueta humanoide.

La velocidad con la que avanza el objeto sorprende a Guanai, que de repente debe apartarse para no chocar contra el objeto volador.

Guanai lo deja pasara de largo y lo observa seguir su camino.

– “¡¿Qué demonios era eso?!” – se pregunta.

Una voz le responde.

– “Supongo que tú eres uno de los extraterrestres.” – dice alguien a su espalda.

Guanai se sobresalta y al darse la vuelta observa frente a él a una persona levitando en el aire, vestido con un gi rosado de estilo chino con el kanji “SATSU” en el pecho y las palabras “KILL YOU” en la espalda.

ESPECIAL DBSNL /// Los dos grandes Súper Saiyajín // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte XV: Vegeta, el Súper Saiyajín

Los dos grandes Súper Saiyajín / Parte XV: Vegeta, el Súper Saiyajín

“¿Por qué pensé en ella en ese momento…? ¡¿Por qué?!”

En un extraño planeta es de noche y Vegeta ha despertado. Los peculiares habitantes del lugar le han curado las heridas.

– “¿Qué significa esto?” – protesta el saiyajín. – “¡¿Dónde estoy?! ¡¿Y Granola?! ¡¿Y el cometa?!”

Vagos recuerdos de lo sucedido se cruzan por su mente. Entre ellos, Son Goku, transformado en Súper Saiyajín, agarrándole del brazo mientas el planeta vivía sus momentos finales.

– “Kakarotto…” – aprieta sus puños con rabia.

Un pequeño alienígena lo ve alterado e intenta atenderle, pero Vegeta lo aparta de un empujón.

Vegeta sale volando del extraño hospital.

En la Tierra de los Universos 6 y 7, en el Monte Paoz, la familia Son disfruta de un agradable y distendido desayuno antes de que Goku y Gohan salgan a entrenar. Piccolo les espera fuera, apoyado en el marco de la puerta.

En el extraño planeta en el que Vegeta ha despertado, el saiyajín ha volado hasta una remota zona montañosa, lejos de la metrópolis alienígena. El cielo esta completamente cubierto de nubes de tormenta que amenazan con truenos.

Vegeta se encuentra de pie, mirando al suelo, abatido.

– “Kakarotto…” – murmura el saiyajín. – “Incluso en el otro extremo del Universo no puedo librarme de ti… Siempre tienes que estar un paso por delante…” – recuerda al saiyajín salvándole antes de que el planeta estallara. – “¿Es que acaso te gusta humillarme? ¡¿Es eso?!” – aprieta los puños con rabia.

Empieza a llover.

– “Tú… y tus amigos…” – la imagen de Bulma pasa por su mente. – “Esa mujer…”

Recuerda el doble-KO con Granola, y de él poniéndose en pie para el último ataque.

– “¿Por qué…?” – gruñe el saiyajín. – “¿Por qué pensé en ella en ese momento…? ¡¿Por qué?!”

El saiyajín mira al cielo. La lluvia lo empapa.

– “¿Y ahora otro individuo se atreve a retarme? ¿Es que todos creen que pueden humillarme? ¿Al Príncipe de los saiyajín?” – protesta Vegeta. – “¡NO! ¡NO ME QUEDARÉ ATRÁS!” – exclama. – “Ya me arrebataste mi venganza contra Freezer… El saiyajín de la leyenda…” – imágenes de la llegada de Goku contra las Fuerzas Ginyu y de su llegada contra Freezer pasan por su mente. – “Jamás me había sentido tan insignificante…”

Vegeta aprieta los puños cada vez más fuerte.

– “¡A LA PORRA! ¡A LA PORRA LA LEYENDA!” – grita el saiyajín.

Sobre él, la tormenta es cada vez más violenta. Las manos del saiyajín sangran.

– “Este no puede ser mi límite…” – piensa Vegeta. – “No puede ser…”

Un viejo recuerdo sale a la superficie. 

Un pequeño Vegeta observa a Dodoria agarrando por el cuello a su padre y amenazándole antes de soltarlo con desprecio y abandonar la sala.

– “¿Por qué te habla así?” – retumba la voz del pequeño saiyajín. – “Tú eres el Rey… Somos saiyajín…”

– “Así es. Y tú eres el Príncipe de una raza de guerreros extraordinaria.” – responde el viejo Rey. – “Y vamos a trabajar duro para que se den cuenta de eso. Para poder decir con orgullo que somos saiyajín. Lucharemos para que, en el futuro, nadie se atreva a hablarte así a ti.”

El cabello del saiyajín se eriza. Sus ojos brillan de color verde. Un aura dorada nace a su alrededor, como un torbellino que crece desde el suelo.

– “¡¡YAAAAAAAH!!” – clama al cielo Vegeta.

La luz emitida por el Súper Saiyajín ilumina parcialmente la zona.

En la Tierra, en los Universos 6 y 7, la presencia de su compatriota llama la atención de Goku, que se detiene y mira al cielo con una media sonrisa dibujada en su rostro.

En los Universos 3 y 5, Goku yace en su cama, semiinconsciente. En su mente, nuestro amigo está sentado en una roca frente al mar, junto a un chico que viste un gi similar al suyo; el mismo que había visto en un sueño anterior. Un muchacho al que no puede verle el rostro.

Una pequeña luz dorada brilla en el cielo.

– “Vegeta…” – murmura el saiyajín, que dibuja una media sonrisa.

– “Eres un buen chico, Goku…” – dice el muchacho con una voz de anciano que no se corresponde con su aspecto.

Son Goku, confuso y sorprendido, lo mira y ahora reconoce a su nuevo acompañante.

– “Abuelo…” – se sorprende el saiyajín, con ojos llorosos.

Días más tarde, Vegeta llega a la Corporación Cápsula en una nave extraterrestre individual y aterriza en el jardín.

Bulma corre a recibirle.

– “¡Vegeta!” – exclama al verle salir del vehículo.

El saiyajín la ignora, pero Bulma lo abraza.

– “¿Qué haces, mujer?” – se incomoda el saiyajín.

– “Me alegro de verte.” – dice ella.

Vegeta la aparta, algo avergonzado y continúa su camino, dejándola atrás.

Pero tras dar unos pasos, el saiyajín se detiene.

– “Tengo algunas recomendaciones para hacer la armadura más práctica y resistente.” – dice Vegeta.

– “¿La armadura?” – se sorprende Bulma. – “¡¿No me digas que ya la has roto?!”

– “¿Eh?” – se sorprende el saiyajín.

– “¡Mira que eres bruto!” – le riñe ella. – “¡¿No puede tener más cuidado?!”

– “¡Es una armadura!” – replica Vegeta. – “¡Está hecha para recibir golpes!”

Brief observa sonriente la escena desde el balcón.

ESPECIAL DBSNL /// Los dos grandes Súper Saiyajín // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte XIV: Granola, el cereliano

Los dos grandes Súper Saiyajín / Parte XIV: Granola, el cereliano

El Príncipe Vegeta seguirá el mismo destino que su raza…

El suelo se quiebra bajo los pies de Granola y Vegeta. Algunas porciones se hunden mientras otras se elevan. El estruendo es ensordecedor.

Los dos contrincantes se abalanzan el uno contra el otro y se propinan un puñetazo en la cara simultáneamente.

La nave pilotada por Hermila, un humanoide bípedo de piel verde y larga cabellera naranja cuya morfología recuerda a un ave, abandona el sentenciado planeta.

– “¿De verdad vamos a abandonarle?” – pregunta Yuzun.

– “Él lo ha pedido…” – dice Soshiru, con pesar.

En la superficie, el combate continúa.

Vegeta y Granola intercambian puñetazos. El saiyajín, pese a haberse recuperado gracias a las ondas blutz emitidas por el cometa, sigue malherido. El cereliano pelea con todo su empeño.

Granola intenta usar uno de sus certeros golpes, pero Vegeta ha entendido el peligro de la técnica y logra evadirla y contraatacar, propinando un puñetazo al cereliano en el rostro, arrancándole así el visor.

Vegeta pisa el aparato, que se hace añicos. 

– “Sin esto ya no podrás usar esos movimientos tan molestos…” – sonríe el saiyajín.

– “Bastardo…” – gruñe Granola, que se limpia la sangre del labio con su muñeca mientras se pone en pie.

El cereliano aprieta los dientes con rabia, pero una sonrisa se dibuja en su rostro.

– “No importa…” – dice Granola. – “Moriremos aquí los dos… El Príncipe Vegeta seguirá el mismo destino que su raza… Erradicados por un meteorito.”

– “El Planeta Vegeta fue destruido por Freezer.” – le corrige el saiyajín.

– “¿Eh?” – dice el cereliano, confuso. – “Pero… Si trabajabais para él…”

Vegeta escupe sangre al suelo.

– “Y así nos lo pagó…” – dice el saiyajín. – “El gran Freezer temía la leyenda Súper Saiyajín…”

– “Mientes…” – gruñe Granola. – “¡Mientes!”

– “No me importa si no me crees.” – dice Vegeta.

El saiyajín choca sus puños, listo para continuar.

– “¡Vamos!” – exclama Vegeta. – “¡Tengo que convertirme en un Súper Saiyajín antes de que sea demasiado tarde!”

– “¿Convertirte… en un…?” – se sorprende Granola.

Vegeta embiste.

La situación empeora. El meteorito está cada vez más cerca y se ve más grande en el cielo. El clima es alterado y las nubes forman una espiral que solo deja ver el astro sobre sus cabezas. Columnas de lava brotan del suelo.

Vegeta y Granola pelean, pero cada vez con menos fuerzas.

– “¿Por qué…?” – se pregunta el saiyajín. – “Voy a morir… ¡Voy a morir aquí! ¡¿Por qué no me transformo?! ¡¿Por qué no despierta el Súper Saiyajín dentro de mí?!”

– “¿Freezer los traicionó?” – se pregunta Granola. – “¿Son víctimas?” – recuerdos de Vegeta, Nappa y Raditz masacrando Cereal invaden su mente. – “¡NO! ¡Es un asesino! ¡Merece morir!”

Granola intenta golpear a Vegeta, pero el saiyajín le agarra del brazo y tira de él con fuerza para propinarle un cabezazo. La frente de ambos guerreros sangra y caen de espaldas al suelo, semi-inconscientes.

En Cereal, una joven y bella muchacha pasea por las calles del medieval planeta cargando una bolsa de comida cuando tres luces aparecen en el cielo, sobrevolando la ciudad hasta caer en el horizonte, en un núcleo urbano vecino.

La mujer adelante el paso hasta su casa y sube al primer piso, desde el que pretende ver mejor lo ocurrido. Al asomarse a la ventana es sorprendida por un cegador destello seguido de un gran estruendo y una ola expansiva que la empuja hacia atrás con violencia.

Mientras tanto, en la plaza de la ciudad, un grupo de cerelianos forman.

– “¡Es una invasión!” – informa el líder del improvisado escuadrón. – “¡Defenderemos Cereal!”

– “¡¿Quién nos ataca?!” – pregunta un soldado.

– “Estoy seguro de que es el Imperio…” – dice un joven Granola. – “¡Pero los repeleremos!”

– “¿Cuántos hombres habrán traído?” – pregunta un soldado.

– “Es el Imperio… Esperad un ejército…” – responde otro.

De repente, sobre ellos, en el cielo, tres siluetas flotando. Un grandullón calvo, un pequeño de pelo puntiagudo y otro tipo de mediana estatura y larga cabellera.

– “¿Eh?” – se sorprende Granola. – “Son solo tres…”

El grandullón alza su mano derecha y realiza un gesto con sus dedos índice y corazón.

La plaza salta por los aires.

Granola despierta entre los escombros. Silencio absoluto. Humo y polvo en el ambiente. Olor a quemado.

– “Compañeros…” – murmura el malherido cereliano.

Los cuerpos de su escuadrón están semienterrados entre el amasijo de roca.

El cereliano camina por las calles en ruinas.

– “Muesli…” – murmura Granola. – “Oatmeel…”

En el horizonte puede ver su casa en ruinas.

– “No… ¡Muesli!” – exclama casi sin voz, nervioso.

El cereliano intenta correr, pero se cae al suelo. De rodillas sigue avanzando.

– “Por favor… Por favor…” – repite sin cesar. – “Por favor…”

Al acercarse a su casa, entre los escombros puede ver a su esposa atrapada.

– “Muesli…” – sufre él. – “No…”

Granola aparta varios escombros y se arrodilla junto a su mujer, que entreabre los ojos con dificultad.

– “Cariño…” – llora el cereliano.

– “Lo siento…” – dice ella con una mano sobre su abdomen. – “Lo siento mucho…”

– “Tranquila…” – intenta consolarla Granola. – “Todo irá bien…”

Granola pone su mano sobre la de su mujer.

– “Oatmeel…” – llora ella. – “Oatmeel…”

– “Pagarán por esto…” – llora Granola. – “Te lo prometo…”

En su mente, Granola repasa el instante en el que ha visto a sus enemigos; las tres siluetas… y sus colas ondeantes.

– “Saiyajín…” – gruñe Granola.

En el horizonte, una nueva explosión.

– “¡¡Siguen en el planeta!!” – piensa el cereliano.

– “Granola…” – sufre su mujer.

– “Aguanta, Muesli…” – dice Cereliano, haciendo reposar a su mujer en el suelo. – “Yo me encargaré… Descansa.”

– “Granola…” – repite ella, intentando agarrar a su esposo.

Pero Granola no se detiene y sale volando hacia sus enemigos.

En una ciudad cercana, Vegeta, Nappa y Raditz masacran a los habitantes.

– “¡Ya has destruido dos ciudades, Nappa!” – protesta Raditz. – “¡Freezer nos pagaría mejor si te controlaras un poco!”

– “¡Solo me divierto!” – dice el grandullón.

Vegeta se harta de sus compañeros.

– “Acabad de una vez… Me voy a la siguiente ciudad.” – dice el saiyajín antes de alzar el vuelo.

De repente, algo golpea a Raditz, que sale disparado contra un edificio cercano.

– “¿Eh?” – se sorprende Nappa.

Granola, malherido y cansado, se planta frente a ellos

– “Bastardos…” – gruñe el cereliano.

– “Un cereliano…” – dice Nappa. – “¿De dónde sales tú?”

El saiyajín mira de arriba abajo a su enemigo.

– “Pero si estás casi muerto…” – sonríe el saiyajín.

Raditz se levante entre escombros, frotándose la mejilla.

– “Ese imbécil…” – gruñe el hermano de Kakarotto. – “¡Deja que me encargue de él, Nappa!”

Granola mira a su contrincante con asombro.

– “No… no le he hecho nada…” – piensa el cereliano, sorprendido.

Nappa se cruza de brazos.

– “Él te ha golpeado… supongo que es justo.” – refunfuña el saiyajín.

Raditz se sacude el polvo y se cruje el cuello y los puños.

– “Voy a divertirme un poco…” – dice el saiyajín.

Granola se pone en guardia. Una gota de sudor frío recorre su frente.

– “¡¡VOY A MATARTE, SAIYAJÍN!!” – grita, desesperado, antes de embestir.

Raditz le espera con una sonrisa macabra en su rostro.

En unos minutos, el combate ha terminado. Granola está tumbado en el suelo y Raditz le propina una patada tras otra.

Granola escupe sangre.

– “Sois… sois unos monstruos…” – dice el cereliano, magullado y malherido, sin fuerzas.

Nappa se acerca a él, lo agarra del cuello de la camisa y lo levanta sobre su cabeza.

– “Si te has sorprendido con el poder de esta piltrafa, ni te imaginas el poder del Príncipe Vegeta…” – se burla el saiyajín.

– “El Príncipe… Vegeta…” – repite Granola.

Nappa lo lanza a un lado y, antes de que caiga al suelo, le lanza un blast de ki. El cuerpo humeante del cereliano sale despedido.

– “¡Era mío, Nappa!” – protesta Raditz.

– “Tardabas demasiado.” – sonríe Nappa.

El cereliano abre los ojos. El planeta sigue quebrándose. El meteorito está cada vez más cerca.

– “Vegeta…” – murmura Granola.

El cereliano pone todas las fuerzas que le quedan en intentar levantarse.

Pero Vegeta también se está poniendo en pie.

– “No hemos… terminado…” – gruñe el saiyajín.

El cielo está completamente cubierto por el meteorito. Se acaba el tiempo.

Los dos se miran. Determinación en sus ojos.

– “¡¡YAAAAH!!” – gritan los dos a la vez.

El saiyajín y el cereliano se embisten. Un puñetazo simultaneo en el rostro de su contrincante. Doble K.O.

Antes de que los dos caigan al suelo, una luz dorada brilla entre ellos y los engulle.

El meteorito impacta contra el planeta. Una silenciosa explosión en mitad del espacio.

La onda expansiva sacude la nave de Hermila.

– “¡¡AGARRÁOS!!” – advierte el piloto.

Las luces de la nave parpadean. El vehículo tiembla violentamente. Todos se sujetan donde pueden para no caerse.

Cuando la calma regresa, frente a ellos, Granola está tumbado en el suelo.

– “¡¿Qué?!” – se quedan todos sorprendidos.

– “¡¡GRANOLA!!” – corre Soshiru a socorrerlo.

En un planeta remoto con seres pequeños de piel rosada, cabeza redonda y orejas formadas por tres protuberancias unidas entre sí por una membrana, vestidos con túnicas, Vegeta se encuentra tumbado en el suelo entre un grupo de esas criaturas que lo observan.

En la Tierra, Son Goku aparece en una colina cercana a su casa.

En los Universos 3 y 5, son Goku casi se desmaya, pero alguien lo sujeta antes de que caiga al suelo; es Piccolo.

– “Goku…” – dice una voz; es Piccolo. – “¿Por qué lo has hecho?”

Son Goku está sudando. No se encuentra bien.

– “No lo sé…” – sonríe el saiyajín.

– “En tu estado…” – murmura Piccolo, preocupado. – “Ha sido una estupidez.”

– “Es posible…” – Goku fuerza una sonrisa.

Goku cierra los ojos.

– “Gracias, Piccolo.” – dice el saiyajín.

– “¿Eh?” – dice el namekiano, confuso.

– “Cuando mi hermano se llevó a Gohan, me ayudaste.” – dice Goku. – “Gracias.”

– “¿Ahora me sales con eso?” – se burla Piccolo. – “Pensé que sería más fácil eliminar a Raditz si luchábamos juntos. Eso es todo.”

– “Je, je…” – sonríe el saiyajín. – “Claro… A veces se me olvida que eres el Rey de los Demonios…”

– “No bajes la guardia, Son Goku.” – sonríe el namekiano. 

Son Goku pierde el conocimiento.

– “Gracias a ti…” – murmura Piccolo.

En los Universos 6 y 7, Son Goku llega a la Tierra con una media sonrisa en su rostro.

– “Cuando despierte, querrá matarte.” – dice Piccolo.

– “Lo sé…” – sonríe Goku.

Piccolo sonríe de forma cómplice.

– “Puede que en el fondo no seas tan inocente e idiota como otros creen…” – dice el namekiano.

– “Je, je…” – ríe el saiyajín.

En los Universos 3 y 5, Piccolo lleva a Goku hasta su casa. Chichi sale a recibirlo mientras llora a moco tendido. Gohan la acompaña.

– “¡¡GOKU!!” – exclama ella. – “¡¿Qué le has hecho a mi marido?!” – le espeta al namekiano. – “¡¿A dónde te lo has llevado?!”

Gohan puede ver como el namekiano está claramente preocupado. Los cuatro entran en casa.