ESPECIAL DBSNL /// Planeta maldito // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte I: La caída de Konats

Planeta maldito / Parte I: La caída de Konats
“Y él segará, pues es su tarea.”
Una vieja bruja se encuentra trabajando en su palacio, en un remoto planeta, cuando una misteriosa imagen aparece en su bola de cristal, que flota en el centro de la habitación.
– “¿Qué diablos es esto?” – se pregunta la anciana.
Al echar un vistazo, el orbe brilla intensamente, como si se hubiera convertido en una bola de fuego, iluminando toda la sala.
– “¡¿Qué significa esto?!” – exclama la bruja.
En el interior de la esfera, la bruja logra ver un extraño símbolo que la perturba; un gran pilar central terminado en un gran ojo, flanqueado por dos columnas laterales más cortas.
De repente, la bola de cristal se resquebraja y se precipita contra el suelo, partiéndose por la mitad.
La bruja, aterrada, se arrodilla intentando recuperar la calma.
– “Eso era… el futuro…” – murmura ella. – “El Universo está en peligro…”
Mientras tanto, en el planeta Konats, la gente disfruta de un día de mercado en la ciudad. La cultura del lugar es próspera y recibe a gente de todos los planetas vecinos, pues es un punto de comercio importante.
En las afueras de la metrópolis, en lo más profundo del viejo templo Yahirodono, en una gigantesca y milenaria sala que recuerda a un laboratorio, pero repleto de objetos mágicos en lugar de tecnología, cinco brujos estudian distintos artefactos. En el centro de la sala, el legendario Amenoukihashi se yergue imponente; una escultura antigua de piedra, repleta de jeroglíficos, que consta de un pilar central terminado en un gran círculo, con dos pilares más pequeños, uno a cada lado.
Entre los magos, Bibidí, que está leyendo un viejo libro cuya portada está adornada con el símbolo que los Kashvar tomaron en honor a \”El que vio\”.
Un guerrero con aspecto de zorro, ciego, vistiendo túnica morada de largas y anchas mangas, y luciendo una \”M\” tatuada en su frente, se acerca a Bibidí.
– “¿Me ha llamado, señor?” – pregunta el feneco.
– “Así es, Majora” – responde el brujo. – “Tengo una misión para ti.”
En el planeta del Hakaishin, Sidra supervisa el entrenamiento de sus pupilos. Champa y Beerus se enfrentan al ángel Campahri.
– “Sois fuertes” – sonríe el ángel, mientras esquiva a los gotokonekos. – “Pero os falta coordinación.”
Los dos felinos se detienen y se miran de reojo, con cierto desprecio.
– “Beerus siempre está en medio.” – se queja Champa.
– “¡Tú eres el que estorba!” – replica Beerus.
Sidra suspira al ver la discusión, algo decepcionado con sus alumnos.
– “Aún no están preparados…” – piensa el Hakaishin, desanimado. – “Son demasiado arrogantes.”
En Konats, en el Templo Sagrado principal, frente a la plaza de la ciudad, una gran estatua del antiguo demonio Hildegarn luce en el altar. Decenas de habitantes rezan ante la figura, mientras un sacerdote pregona.
– “¡Esta estatua nos recuerda los males del pasado!” – exclama el konatsiano. – “¡El dolor de nuestros antepasados y su sacrificio para proteger a las futuras generaciones!”
Desde un rincón, Salabim contempla la gigantesca estatua, acompañado de otro brujo de tez roja y arrugada.
– “Es fascinante…” – murmura el brujo. – “Tanto poder reducido a esto…”
– “Nos falta poco, Salabim.” – dice el recién llegado. – “Una vez consigamos el corazón del Goshinboku, podremos despertarle. Y él segará, pues es su tarea.”
– “Bibidí ha mandado a Majora a encargarse del asunto.” – responde Salabim. – “No tardará mucho. Ten paciencia, Hoi.”
– “Compartir nuestro conocimiento con esta gente me revuelve las entrañas.” – refunfuña el brujo.
– “Pronto podremos abandonar esta pantomima” – sonríe Salabim.
En el planeta Numa, Majora aparece en mitad del pantanoso terreno, teletransportado por la magia de Bibidí.
– “Así que esto es Numa…” – murmura mientras escucha cada sonido que le rodea.
Majora pronto localiza una villa cercana, al poder escuchar a los aldeanos trabajando en el lago.
– “Están cerca.” – sonríe el zorro.
La bruja que ha visto el futuro aparece frente al Puesto Fronterizo, saltándose la cola de almas y corriendo hacia el Rey Enma. Los trabajadores intentan detenerla, pero ella lucha para seguir avanzando.
– “¡REY ENMA!” – exclama la anciana. – “¡ALGO TERRIBLE VA A OCURRIR!”
El juez oye los gritos de la anciana y ordena que la dejen pasar.
La bruja se arrodilla ante el Rey Enma.
– “Su Señoría, tiene que hacer algo.” – dice la anciana. – “¡He visto algo terrible en mi bola de cristal!”
– “¿Qué ha pasado?” – pregunta el juez.
– “¡Era el símbolo de \”El que vio\”!” – dice la bruja. – “¡Lo he visto!”
– “Eso no es posible…” – responde el Rey Enma. – “Además, esas historias no competen a los mortales.”
– “¡Sé lo que se me ha revelado!” – responde ella, muy nerviosa. – “¡Era él! ¡Era el sello de los Kashvar! ¡Era M…!”
El Rey Enma se pone en pie, exaltado.
– “¡NO TE ATREVAS A DECIR SU NOMBRE!” – grita el juez, dejando a toda la sala estupefacta y en silencio.
Enma recupera la compostura y se sienta de nuevo.
– “Es el deber de los Dioses encargarse de esos asuntos.” – dice el juez. – “No se pueden alterar las leyes de la naturaleza. Las predicciones solo crean caos… Y no quiero tener que lidiar con el Hakaishin.”
– “Pero, Rey Enma…” – insiste ella.
– “Lo siento, señora.” – dice el juez. – “No hay nada más que hablar.”
Dos trabajadores se acercan a la anciana y la invitan a abandonar el Puesto Fronterizo.
En Numa, Majora ha arrasado todos lo habitantes que se han interpuesto en su camino hasta encontrar una antigua cueva repleta de jeroglíficos antiguos.
– “Ha costado, pero al final han hablado. Es aquí…” – murmura el feneco. – “Siento una oscura presencia… Después de tantos milenios y aún queda el rastro de su energía… Esos brujos no exageran cuándo alaban a ese tipo.”
El zorro se adentra en la cueva y avanza por el oscuro lugar, siguiendo la energía residual que le sirve de guía.
En el Planeta Sagrado de los Kaioshin, un joven Madas retoza plácidamente bajo un árbol, sin sospechar que, cerca de allí, la bruja le observa escondida tras un arbusto.
– “Tengo que informar a los Kaioshin…” – piensa la anciana. – “Pero lo que estoy haciendo va en contra de las normas… Si no me creen, estaré condenada. Incluso puede que termine frente al Dios de la Destrucción…”
La anciana suspira, intentando reunir el coraje suficiente para tomar la decisión correcta.
– “Si el Universo está en peligro, no puedo ser egoísta.” – murmura la bruja. – “Tengo que arriesgarme. Pero… si hubiera un modo de que entendieran lo que vi…”
De repente, la anciana se fija en los pendientes del Kaioshin.
– “¡ESO ES!” – exclama, al tener una idea.
La anciana sorprende a Madas.
– “Hola, muchacho” – le saluda, intentando ganarse su confianza y acercarse a él.
El Kaioshin del Norte, mira a la bruja confuso, pues sabe que ella no debería estar allí.
– “Qué pendientes tan bonitos…” – dice la anciana, agarrando uno de los Pothala. – “¿Me lo puedo probar?” – añade mientras se lo coloca en la oreja.
– “¡NO!” – grita asustado el Dios. – “¡ESPERA!”
Ya es demasiado tarde. Los cuerpos de los dos personajes son atraídos el uno hacia el otro y chocan en una explosión de luz.
En Numa, Majora ha llegado a lo más profundo de la cueva, donde ha encontrado con un viejo tarro de cerámica cerrado con un tapón de corcho.
El guerrero no duda en abrir el tarro con su afilada uña. En el interior se halla un extraño fruto, que se pudre repentinamente al entrar en contacto con el aire, quedando reducido a dos semillas.
– “Tiene que ser esto.” – sonríe el feneco. – “El corazón del Goshinboku; La semilla del Árbol Sagrado.”
En el Planeta Sagrado, un envejecido Madas ha recurrido al Dai Kaioshin.
– “Madas… ¿Eres tú?” – se sorprende el Dios Supremo que, a pesar de poder identificar el alma de su compañero, el cambio de apariencia lo ha dejado boquiabierto. – “¿Qué ha ocurrido?”
En Konats, Majora ya ha regresado junto a su amo y le ha entregado las semillas.
En unas pocas horas, los Kashvar están listos para comenzar su ritual. Los siete magos, Salabim, Bibidí, Arak, Zunama, Hoi, Iwen y Rota, todos vestidos con sus túnicas encapuchadas, forman un corro alrededor de un círculo rúnico plasmado en el centro de la sala del templo Yahirodomo. En el centro del círculo, un caldero efervescente emana extraños vapores negros y rojos.
Mientras tanto, Madas y el Dai Kaioshin viajan al Planeta del Hakaishin, donde se encuentran con el ángel Campahri, y los discípulos de Dios de la Destrucción. 
– “Disculpad nuestra presencia.” – dice el Dai Kaioshin. – “Necesitamos hablar con el Hakaishin.”
– “Se encuentra descansando en el palacio.” – responde Campahri.
– “Podéis informarnos a nosotros” – dice Champa.
– “Es un algo de suma importancia.” – dice el Dai Kaioshin. – “Por favor, informen a Sidra.”
– “Seguro que estos muchachos pueden ayudar.” – dice Campahri.
– “¡Es importante!” – insiste Madas. – “¡No hay tiempo que perder!”
– “No me gusta tu tono, viejo” – dice Beerus.
– “¡El Universo está en peligro!” – responde Madas. – “¡HAKAISHIN SIDRA!” – grita.
Beerus mira al Kaioshin con desprecio.
– “Que pocos modales.” – refunfuña Champa.
– “¡NO HAY TIEMPO PARA MODALES!” – exclama Madas. – “¡ES EL FIN! ¡LO HE VISTO!”
Esa expresión mosquea a Beerus.
– “¿Lo has visto?” – dice el gotokoneko.
Beerus se fija detenidamente en Madas.
– “Ahora lo entiendo…” – dice el felino. – “Eres más de lo que pareces… Una aberración.”
De repente, Sidra sale del palacio. 
– “¡BASTA!” – exige silencio del Hakaishin. – “Escuchemos lo que tienen que decir nuestros invitados.”
En Konats, los siente brujos colocan sus manos en el suelo y transfieren su magia al caldero, que proyecta un foco de luz roja hacia el cielo.
La energía emitida viaja hasta el Templo Sagrado y cae sobre la estatua de Hildegarn, haciéndola brillar, por cada una de sus rendijas, sorprendiendo a todos los fieles.
Finalmente, el monstruo Hidelgarn cobra vida de nuevo. 

Al moverse, gran parte del templo se derrumba sobre los fieles.
El sacerdote contempla aterrado al monstruo. 
– “No… no puede ser…” – titubea el konatsiano.
En el planeta del Hakaishin, Sidra y los demás perciben la terrible energía del monstruo.
– “¿Qué es eso?” – se pregunta Champa.
– “Nunca había sentido algo así…” – murmura Beerus.
– “Qué curioso…” – dice el ángel.
– “Son ellos.” – dice Madas, llamando la atención de los presentes. – “Son los Kashvar; los autoproclamados herederos de las enseñanzas de \”el que vio\”.”

ESPECIAL DBSNL /// Cold Chronicles // U3, U5, U6 y U7 / Parte XI: El consejero

Cold Chronicles / Parte XI: El consejero 
“Eres un hombre leal, Kettol.”
Tras un largo viaje, Hit ha llegado al planeta Kabasei. El asesino examina el terreno y pronto se encuentra con los cuerpos de las Fuerzas Especiales del Imperio.
– “Qué raro…” – murmura el asesino. – “Hay signos de lucha por todo el planeta, pero justo en esta zona, donde ellos perecieron, parece que el combate fue breve.”
Hit se acerca al cadáver de Tupper y se agacha para observarlo detenidamente.
– “¿Les cogieron desprevenidos? ¿O es que el rival les superaba ampliamente?” – se pregunta el asesino. – “¿Es eso posible? Al fin y al cabo, son las Fuerzas Especiales…”
Mientras tanto, la nave del Emperador ya ha llegado a Hera. Cold observa el planeta desde el ojo de buey de su nave.
– “No esperaba tener que llegar a esto.” – murmura el demonio del frío.
– “Se lo advertí, señor” – dice Sorbet. – “Los herajín son fuertes y su nuevo líder es peligroso.”
– “Parece que tenías razón.” – suspira Cold.
Un soldado irrumpe en la cámara del Emperador.
– “Hemos recibido un mensaje de Hido, señor” – anuncia el soldado. – “Solicita reunirse con un emisario.”
Sorbet enseguida interviene.
– “Podría ser una trampa, señor” – dice el consejero Imperial. – “No debería premiar a los rebeldes con su presencia.” – añade. – “Permítame asistir a mí a tal encuentro. Acompañado por un soldado de élite, por su puesto…”
Cold valora sus opciones y decide seguir el consejo de Sorbet.
– “Mantenme informado” – dice el Emperador.
– “Por supuesto, señor” – responde el consejero, haciendo una reverencia.
En el planeta de Beerus, Campahri entrena a Shiras, luchando con sus bastones. Beerus duerme plácidamente en su palacio.
El patrullero hace girar su vara con precisión y golpea la mano del ángel, haciendo que pierda su arma, y después coloca el extremo de su bastón a escasos centímetros de su cara.
– “Tus habilidades son extraordinarias, Shiras” – le felicita Campahri.
Shiras baja su arma y sonríe.
– “Me has entrenado bien” – dice el patrullero.
El ángel, satisfecho con los progresos de su alumno, busca entre su ropa un pequeño objeto del que le hace entrega; un anillo.
– “Ha llegado el momento, Shiras” – sonríe Campahri.
Shiras acepta el regalo en la palma de su mano y lo observa detenidamente.
– “Es un anillo Toki” – dice el ángel. – “Su poder permite moldear el tiempo e incluso viajar a través de él.”
– “¿Qué debo hacer?” – pregunta Shiras.
– “Estudia las habilidades que te otorga el anillo.” – dice el ángel. – “Cuando llegue el momento, lo usarás para crear un nuevo mundo.”
El patrullero parece algo confuso.
– “¿Este anillo no debería estar bajo el cuidado de los Kaioshin en Ira-aru?” – pregunta Shiras.
– “Este anillo en particular no pertenece a este universo” – dice Campahri. – “Llegó hasta aquí cuando un Kaioshin se saltó las normas… Así que nadie lo busca.”
En Hera, Sorbet, acompañado de un soldado Imperial, abandonan la nave de Cold en un pequeño vehículo espacial y viajan a la reunión con Hido, que tendrá lugar en el palacio. El soldado es una criatura humanoide de color verde oliva, con orejas puntiagudas, escleras amarillas, pupilas rojas y dos extraños bigotes en su labio superior.
– “Es un honor acompañarle en esta misión, señor Sorbet” – dice soldado.
– “Me han hablado bien de ti, Kettol” – responde el consejero Imperial. – “Parece que has solicitado entrar en las Fuerzas Especiales, ¿no es cierto?”
– “Sí, señor.” – responde el soldado. – “Sería un honor. Todo por servir a al gran Rey Cold y al Imperio.”
– “Eres un hombre leal, Kettol.” – sonríe Sorbet.
– “Gracias, señor.” – dice el soldado, honrado con tal comentario.
Una vez en el palacio, los dos personajes son guiados por una patrulla herajín hasta la sala del trono, donde son recibidos por Hido, que está escoltado por uno de sus hombres.
Los cuatro personajes se quedan a solas.
– “¿Ya está todo listo?” – sonríe Sorbet.
– “La mayoría de soldados han regresado de sus misiones y se encuentran en el planeta.” – dice Hido. 
El líder herajín se pone en pie y con un rápido movimiento propina un golpe con el dorso de su puño al soldado que lo escolta, noqueándolo.
Kettol, sorprendido ante tal acción por parte del líder herajín, se pone en guardia.
– “¡¿Qué ocurre?!” – exclama el soldado. – “¿Qué significa esto?”
Hido hace un gesto para que se mantenga en silencio.
– “Soy el Capitán Ginyu” – dice Hido.
– “¡¿QUÉ?!” – se sorprende Kettol.
– “Así es” – confirma Sorbet.
Kettol, confuso, pero siempre a las órdenes del Imperio, se arrodilla ante el Capitán.
– “Es un honor, señor” – dice el soldado. – “Desconocía…”
– “No te preocupes, Kettol”. – dice Ginyu.
El soldado se sorprende de que el Capitán sepa su nombre.
– “Sorbet y yo hemos leído tu informe y te hemos elegido personalmente para llevar a cabo una misión de vital importancia.” – dice Ginyu.
– “Gracias, señor” – dice Kettol.
– “Ocuparás mi lugar como líder herajín y ordenarás a tus hombres que se preparen para la guerra.” – dice Ginyu. 
– “¿Contra el Imperio?” – se extraña Kettol. – “¿Por qué?”
– “Por el Imperio y nuestro Rey” – dice Sorbet.
Kettol asiente.
– “De acuerdo, señor” – responde el soldado.
– “Bien.” – sonríe Ginyu, mientras coloca sus brazos en cruz.
En Kabasei, Hit continúa la investigación sin encontrar nada relevante.
De repente, un suave pitido alarma al asesino, que enseguida busca su origen.
Cerca de allí, Auta Motrocco, con su estómago abierto y derramando lava, que cada vez es más viscosa porque se está enfriando, lucha para mantenerse con vida.
– “¿Quién os ha hecho esto?” – le pregunta Hit.
Motrocco, con su último aliento, señala un trozo de armadura que se encuentra en el suelo, con el símbolo de la Patrulla Galáctica, que pertenecía al fallecido Torbie.
En Hera, Sorbet y Kettol han regresado a la nave del Rey, con el que se han reunido.
– “No piensan rendirse, señor” – explica Sorbet.
– “Siento mucho que esta sea su decisión.” – dice Cold.
Un soldado entra en la sala e informa al Rey.
– “¡Los herajín han empezado a movilizarse, Su Majestad!” – dice el soldado.
Cold, con sumo pesar, responde a su hombre.
– “Que abran la escotilla superior” – dice el demonio del frío. – “Voy a salir.”
El Rey Cold sale de la nave y contempla el planeta Hera en silencio.
En la superficie del planeta, los soldados se preparan. Una decena de vehículos ya ha alzado el vuelo en dirección a la nave Imperial.
Cold alza su mano, con su dedo índice apuntando hacia arriba.
– “Que esto sirva de lección a los demás planetas” – murmura el Rey. – “No busco guerra, pero no puedo tolerar la insubordinación.”
Una pequeña mota de energía se materializa sobre el dedo del Rey, pero enseguida crece hasta convertirse en una gigantesca esfera que brilla como si de una estrella se tratara.
Los soldados herajín contemplan con horror y fascinación el nuevo astro que ha aparecido en el cielo.
En el balcón del palacio, Hido mira al cielo.
– “Larga vida al Imperio” – murmura el herajín.
Cold lanza su ataque y éste cae sobre Hera arrasando con todas las naves enemigas que encuentra en su camino. Finalmente, la esfera de energía impacta con la superficie del planeta y penetra en su corteza hasta alcanzar el núcleo, cuando estallar, desintegrando Hera en una gigantesca explosión de luz.
Sorbet y Ginyu observan lo ocurrido desde el ojo de buey de la nave.
– “El Imperio ahora es más fuerte. El Universo no olvidará esta lección.” – dice Sorbet. – “Ha cumplido su misión, Capitán Ginyu. Enhorabuena.” – felicita a su hombre de confianza.
– “Gracias, señor” – responde el Capitán.
Mientras tanto, el centro de comunicaciones está recibiendo el parte de Hit, y enseguida informan a Sorbet.

En el planeta del Hakaishin, Campahri alza su mirada al cielo.

– “¿Qué ocurre?” – pregunta Shiras.

En el palacio, Beerus mueve su oreja ligeramente, pero enseguida se agarra a la manta para seguir durmiendo.

En el Planeta Sagrado, Shin y Kibito también sienten lo ocurrido.

– “Hera…” – murmura Kibito.
– “Ya no existe…” – añade Shin.

En un templo sombrío, Sidra y Paikuhan pasean cuando al anciano lo invade una terrible sensación.

– “¿Se encuentra bien?” – pregunta Paikuhan.
– “Cold…” – murmura Sidra, preocupado.

Lejos de allí, el Rey regresa a su cámara, donde le espera su consejero.
– “Ha sido magnífico, señor” – dice Sorbet.
Cold ignora a su hombre.
– “Me han comunicado que su asesino ha averiguado cierta información sobre lo ocurrido en Kabasei.” – dice Sorbet.
– “¿Sabe quién ha eliminado a nuestras Fuerzas Especiales?” – pregunta Cold.
– “Aún desconoce la identidad del individuo, pero parece estar relacionado con la Patrulla Galáctica.” – dice el consejero.

Cold, de mal humor por las represalias que se ha visto obligado a tomar, se sienta en su silla con desgana.
– “Rumbo al Cuartel General de la Patrulla Galáctica.” – ordena Cold. – “Informad a Hit. Nos veremos allí.”
– “De acuerdo, señor.” – dice Sorbet antes de retirarse.
Fuera de la cámara, Ginyu lo espera.
– “Así que la Patrulla, ¿eh?” – murmura el soldado. – “Voy a hacerles pagar la muerte de mis hombres.”
– “No tan rápido” – le interrumpe Sorbet. – “Tengo una nueva tarea para ti.” 
– “¿Qué puede ser más importante que esto?” – pregunta Ginyu.
– “Quiero información sobre ese asesino a sueldo.” – responde el consejero. – “Debemos saber si es una amenaza.”
Sorbet entrega un pequeño dispositivo de memoria al Capitán.
– “Sigue la ruta marcada hasta el planeta Numa.” – dice el consejero.
– “¿Quién es mi contacto?” – pregunta Ginyu.
– “No te preocupes.” – sonríe Sorbet. – “Él te encontrará.”

ESPECIAL DBSNL /// Cold Chronicles // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte X: Rebelión en la sombra

Cold Chronicles / Parte X: Rebelión en la sombra
“Todo va según lo previsto.”


En el planeta Kabasei, las Fuerzas Especiales Imperiales se encuentran descansando tras su combate contra los dos agentes de la Patrulla Galáctica. 
Nink se encuentra sentado en el suelo con las piernas cruzadas, devorando una pierna de kabaijín asada que sujeta con ambas manos, de la que desgarra la carne con sus dientes.
– “¡Este te ha quedado al punto, Motroco!” – felicita a su compañero, que ha usado su caluroso aliento para cocinar la carne.
Auta Motroco responde emitiendo un pitido con el vapor a presión que emana de su cabeza. El metalman descansa sentado sobre una roca cercana.
Mientras tanto, Methiop tiene su cabeza incrustada en el abdomen de un cadáver, devorando sus órganos internos crudos.
Nink, que ahora se limpia los dientes con una costilla del enemigo, mira de reojo a su compañero.
– “No sé como puedes comerte eso…” – dice el soldado Imperial, algo asqueado.
Methiop se detiene un instante y saca la cabeza del cadáver.
– “Tú siempre te dejas lo mejor” – responde el crustáceo humanoide.
Cerca de allí, Tupper se encontraba recibiendo órdenes del centro de operaciones.
– “Parece que la expedición de colonización llegará en unas pocas horas” – anuncia el ishitoko a sus compañeros.
– “¿Hay noticias del Capitán?” – pregunta Nink.
– “No me han dicho nada.” – responde Tupper. – “Su misión parece estar clasificada incluso para nosotros.”
Methiop se pone en pie, mientras se limpia la boca con su antebrazo.
– “Ahora que mencionáis al Capitán… Deberíamos estar practicando nuestras nuevas poses de pelea” – sugiere el nagebi. 
De repente, un extraño individuo aparece frente a ellos. Nadie le ha visto llegar.
– “¿Quién es ese?” – pregunta Nink, levantándose.
Tupper, extrañado, analiza al posible enemigo con su scouter.
– “Su poder de pelea es insignificante.” – dice el ishitoko. – “No será un problema.”
El individuo es un ser de tez blanca, ojos rojos y tentáculos en su cabeza en lugar de cabello, armado con una larga vara negra con dos adornos blancos en los extremos; vestido con pantalón negro, una faja roja, una ajustada camiseta negra y una armadura blanca con el logotipo de la Patrulla Galáctica en su pecho.
Methiop es el primero en darse cuenta del símbolo.
– “Es un patrullero.” – advierte a los demás.
– “Así que es otro de esos idiotas…” – murmura Nink.
El misterioso personaje observa detenidamente a los cuatro soldados.
Mientras tanto, en Hera, el Capitán Ginyu, ahora en el cuerpo de Hido, líder de los herajín, ha anunciado la repentina muerte de su anciano abuelo y ha ordenado organizar una reunión con sus Generales.
Sentado en su despacho, Ginyu no puede dejar de dar vueltas a las últimas palabras del viejo herajín, cuando un pitido le saca de su trance.

El Capitán se quita su scouter y busca entre sus ropas un pequeño auricular que se coloca en el oído. 
– “Adelante” – responde tras apretar el botón rojo de su aparato.
– “Informe, Capitán” – solicita Sorbet.
– “Todo va según lo previsto.” – dice Ginyu.
– “Bien” – responde el consejero Imperial. – “No falle.”
En el planeta Konats, Hit y Slug abandonan el templo. El namekiano, cansado por su avanzada edad, sugiere a su hijo Zeeun que acompañe al asesino hasta un lugar en las afueras al que llama “Yahirodono”.
– “¿Qué encontraré allí?” – pregunta Hit.
– “Ese templo ha permanecido cerrado durante milenios” – responde Slug. – “Ni siquiera yo he podido abrir su puerta. La magia utilizada para sellar el lugar es muy superior a la mía.”
– “¿Cree que está relacionado con el símbolo en la pared?” – pregunta el asesino.
– “No existen las casualidades, hijo” – dice el namekiano. – “Y menos en un lugar como este.”
Hit y Zeeun parten hacia el templo Yahirodono.
En Kabasei, los cuerpos inertes de los cuatro miembros de las Fuerzas Especiales yacen en el suelo. Shiras remata a Tupper, crujiendo su cabeza de roca con un golpe de su vara.
– “Este nuevo Imperio parece ser un problema.” – murmura el patrullero. – “A lo mejor debería visitar su capital…”
De repente, el ángel Campahri aparece a su lado.
– “¿Qué se supone que estás haciendo, Shiras?” – le pregunta el ángel.
– “Justicia” – dice el patrullero.
– “No puedes utilizar tus poderes en el mundo mortal” – dice Campahri. – “Lo sabes.”
– “Yo no puedo mirar cómo el universo arde sin hacer nada” – responde Shiras. – “No soy como vosotros.”
– “Tenemos planes más importantes para ti.” – dice el ángel. – “No los arruines.”
Shiras parece molesto con la actitud pasiva de los ángeles.
– “Vosotros me buscasteis a mí” – dice el patrullero. – “Sabíais cuál era mi punto de vista. Fundé la Patrulla Galáctica para luchar contra la injusticia. No podéis pedirme que me mantenga al margen.”
– “Tienes que aprender a priorizar tus objetivos” – insiste Campahri. – “Si despiertas a Beerus o llamas la atención de Zeno, todo se acabó. No podremos protegerte.”
El patrullero está frustrado y aprieta su vara con fuerza.
– “Volvamos a casa.” – dice Campahri.
– “Seguro que el gato sigue durmiendo” – responde Shiras.
– “Y que siga así…” – sonríe el ángel.
En Hera, Ginyu ha reunido a los líderes herajín.
– “¡El Imperio de Cold ha intentado humillarnos con un trato injusto!” – exclama el Capitán, en el cuerpo de Hido. – “¡No lo toleraremos!
– “No sé si una guerra nos conviene, señor…” – duda uno de sus hombres. – “El Emperador…”
– “¡Mi abuelo, en su lecho de muerte, me pidió que no me arrodillara ante nadie!” – exclama Hido. – “¡Y eso haremos! ¡Nos mantendremos de pie!”
– “¡Sí!” – exclama un soldado. – “¡Lucharemos!”
– “Tendrán guerra…” – sonríe Ginyu.
En la Capital del Imperio, Sorbet ha llegado y se presenta ante el Emperador Cold.
– “Acaban de informarme de que las Fuerzas Especiales han sido abatidas en el planeta Kabasei, señor.” – dice el consejero. – “Una verdadera desgracia.”
– “Maldición…” – lamenta Cold. – “¿Y dónde está Ginyu?”
– “Siento comunicárselo de esta forma, pero ha sido asesinado.” – responde Sorbet.
– “¡¿Qué?!” – se sorprende el Emperador.
– “Fue Hido, señor” – explica el consejero. – “¡Él mató al Capitán Ginyu! Rechazó nuestra propuesta y mató al Capitán para demostrar su fuerza.”
Cold se pone en pie y camina en silencio hacia la ventana de su palacio.
– “No esperaba esto…” – murmura el Emperador.
De repente, un mensajero entra en la sala del trono apresuradamente.
– “¡Señor!” – exclama el sujeto. – “¡Tengo noticias de Hera! ¡Nos han declarado la guerra!”
Sorbet finge estar sorprendido.
Cold agacha la cabeza, entristecido por la noticia.
– “No quería que esto acabara así…” – murmura apenado el Emperador.
El mensajero continúa informando.
– “¡Han atacado nuestras instalaciones en el planeta y están acabando con todos nuestros soldados destinados allí!” – exclama el individuo.
El Emperador suspira.
– “Que preparen mi nave.” – sentencia Cold.
– “Sí, señor” – responde Sorbet, que al dar la espalda al Emperador, no puede evitar esbozar una media sonrisa.
En Konats, Hit y Zeeun sobrevuelan el planeta. En las áreas rurales, decenas de demonios trabajan arando el campo, repartidos en pequeñas aldeas.
– “¿Sois todos hijos de Slug?” – pregunta Hit.
– “Así es” – responde el demonio. – “Slug nos ha dado vida a lo largo de los siglos.”
Hit parece confuso.
– “¿Esperabas namekianos?” – sonríe Zeeun.
– “La verdad es que sí” – responde el asesino.
– “Esa es una habilidad que nuestro padre perdió en el momento de su nacimiento.” – responde el demonio.
Hit parece confuso, pero no tiene tiempo de preguntar, pues los dos guerreros han llegado al templo, que se resume en una entrada similar a un panteón fúnebre, que parece adentrarse bajo tierra.
El asesino se acerca a la gran puerta de piedra repleta de jeroglíficos similares a los del templo de la ciudad, entre los que destaca el mismo símbolo principal.
– “Está cerrado.” – dice Zeeun. – “No puede abrirse.”
– “¿Habéis intentado derribar esta losa?” – pregunta Hit.
– “Es imposible” – dice el demonio. – “Una magia poderosa protege este lugar. Es infranqueable.”
El asesino da un paso atrás, preparándose para intentar golpear la puerta.
De repente, el comunicador que lleva en el cinturón le advierte de un mensaje.
Hit se detiene y echa un vistazo al aparato.
– “El Emperador solicita que eche un vistazo al planeta Kabasei…” – murmura el asesino. – “Parece que las Fuerzas Especiales han tenido problemas.”
Hit se prepara para marcharse.
– “¿Nos dejas, asesino?” – pregunta Zeeun.
– “Debo cumplir con mi contrato” – responde Hit. – “Mi deber es con quién me paga.”
– “Suena triste” – dice el demonio. – “Es como vivir sin alma.”
– “Algo así” – responde el asesino, acostumbrado a su trabajo.
En al templo de la ciudad, Slug puede ver como la nave de Hit desaparece en el cielo.
El namekiano regresa a su trono, en el que se sienta en silencio. Sus hijos, Angila, Wings y Medamatcha, le acompañan.
En ese instante, un un gran bulto asciende por su garganta hasta llegar a su boca, que se abre lentamente para revelar un gran huevo que expulsa de su cuerpo y cae a sus pies.
El viejo namekiano, agotado, cierra los ojos y deja que su vida se desvanezca.
De repente, el huevo empieza a moverse y resquebrajarse, hasta que finalmente se rompe y revela a un pequeño namekiano.
Los hijos de Slug se arrodillan frente a él.
– “Es un placer tenerle de vuelta, padre.” – dice Angila.
Mientras tanto, Zeeun ha llegado al palacio y se presenta ante Slug.
– “El asesino se ha marchado” – dice el demonio. – “Parece que el Emperador ha solicitado sus servicios de urgencia.”
Slug niega con la cabeza, apenado.
– “En su camino le espera mucho dolor.” – murmura el namekiano.

ESPECIAL DBSNL /// Kingdom come // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte VI: El penúltimo combate

Kingdom come / Parte VI: El penúltimo combate
“¡Por el planeta Vegeta!”


Varias semanas después del golpe de estado fallido de Páragus, la nave de Freezer vuela hacia el planeta Vegeta. El tirano, sentado en su trono flotante, disfruta de una copa de vino mientras contempla el espacio profundo. Zarbon le acompaña.
– “Dodoria casi ha llegado, señor” – anuncia Zarbon. – “Nos ha comunicado que ha completado su misión en el planeta Meat con éxito.”
– “Muy bien” – sonríe Freezer. – “No quiero cabos sueltos.” – añade, antes de dar un sorbo a su copa.
En el planeta Vegeta, el hombre de confianza del Rey, Zorn, comunica a Su Majestad que el señor Freezer solicita una reunión y que llegará en tan solo unas horas.
– “¡¿Freezer viene hacia aquí?!” – se sorprende el Rey Vegeta, mientras una gota de sudor frío recorre su frente. – “¿A qué viene esta visita? Es extraño que Freezer se presente aquí personalmente…”
– “Parece importante” – responde Zorn.
– “Que preparen mi nave” – ordena el Rey.
– “El señor Freezer ha solicitado que la reunión se lleve a capo aquí, señor.” – dice el saiyajín. – “En el Palacio Real. Parece que va a anunciar algo importante.”
Vegeta parece confuso. Freezer jamás a pisado el planeta. Las reuniones siempre se han llevado a cabo en la nave imperial, así que su repentino interés por visitar el Palacio Real hace sospechar al Rey. En su mente no dejan de repetirse las advertencias de Páragus.

– “¿Qué trama?” – se pregunta Vegeta. – “Últimamente sus órdenes han sido extrañas. Se ha reducido el número de misiones. Y ahora viene personalmente…” – cavila el saiyajín. –“Acaso…”

Zorn se da cuenta de la preocupación del Rey.
– “¿Ocurre algo, Su Majestad?” – pregunta el saiyajín.
– “Que preparen mi nave de todas formas…” – ordena Vegeta. – “Y reúne a los líderes de escuadrón de mayor rango que se encuentren disponibles.”

– “Enseguida” – responde Zorn.
– “Creo que nuestros peores temores están apunto de cumplirse…” – murmura el Rey.
Tras varias horas de viaje, el tirano se aproxima al planeta Vegeta. Freezer y sus hombres han detectado una nave monoplaza dirigiéndose al astro.
Freezer mira al infinito a través del ojo de buey de su nave, con su mirada perdida en el paisaje. Dodoria, que acaba de regresar de su misión, y Zarbon le acompañan.
– “No hiciste tu trabajo, Dodoria” – le increpa Zarbon.
– “¡¿Qué has dicho?!” – se molesta su compañero.
– “¡Dejaste con vida a un saiyajín en el planeta Meat!” – responde Zarbon.
– “¡No digas tonterías!” – replica el grandullón. – “¡Los eliminé a todos!”
Al mirar al monitor, Dodoria puede ver una cápsula saiyajín en pleno vuelo.
Un sudor frío embarga al soldado. Sabe muy bien que Freezer no tolera el fracaso.
– “Le suplico… Le suplico que me disculpe” – dice Dodoria, con la voz temblorosa. – “¡Enseguida me encargaré de eliminarlo!”
– “No es necesario” – responde Freezer.
Dodoria parece confuso ante la calma de su señor.
– “Todo parece indicar que ese saiyajín está viajando de regreso al planeta Vegeta” – dice el tirano.
– “Fantástico.” – sonríe Zarbon. – “Eso significa que sufrirá el mismo destino que los demás.”
En el Palacio Real, Vegeta ha reunido a mejores hombres y les ha explicado la situación.

– “Eso no es posible…” – se asusta uno de los saiyajín.
– “¿Y porqué nos quiere a todos en el planeta si pretende atacarnos?” – pregunta otro.
– “Porque no pretende librar una batalla” – responde el Rey. – “Va a destruir el planeta Vegeta.”
Todos se quedan en silencio, mirándose unos a otros, asustados.
En ese momento, Zorn llega con los últimos líderes de escuadrón.
– “Nappa no se encuentra en el planeta, señor” – informa Zorn. 
– “¿Y Bardock?” – pregunta el Rey. – “Creía que estaba en la enfermería.”
– “Su escuadrón se marchó al planeta Meat mientras él se encontraba recibiendo atención médica, señor” – responde el saiyajín. – “Pero al despertar los siguió.”
– “He oído que ha nacido su segundo hijo hace poco…” – dice otro.
– “¿Su hijo?” – se sorprende Vegeta.
– “Bardock es un guerrero de clase baja.” – murmura un saiyajín. – “¿Por qué pregunta el Rey por él?”

Vegeta, en silencio, recuerda cómo Bardock y su escuadrón le ayudaron durante la revuelta de Páragus.
En breve, la nave de Freezer se encuentra sobrevolando el planeta Vegeta, en el límite de su atmósfera.
– “¡Señor!” – exclama un soldado a través del comunicador de Freezer.
– “¿Qué ocurre?” – pregunta el tirano. 
– “La nave del Rey Vegeta solicita permiso para aterrizar abordo” – anuncia el soldado.
Zarbon y Dodoria se miran de reojo.
– “Se supone que tenía que esperar en su palacio…” – dice Zarbon. – “¿Acaso sospecha algo?”
– “No me extrañaría…” – murmura el demonio del frío. – “Pero no hay nada que pueda hacer. Concededle permiso.” – sonríe.
La compuerta superior de la nave Imperial se abre y la nave Real aterriza en el hangar. Freezer observa la escena a través de un monitor.
– “Zarbon” – dice el tirano. – “No quiero trifulcas en mi nave. Encárgate de ellos de la forma más rápida posible.”
– “Sí, señor” – responde el soldado.
Dodoria se dispone a seguir a su compañero.
– “Tú no, Dodoria” – dice el tirano. – “Hoy ya has hecho suficiente.”
El grandullón tiembla al darse cuenta de que Freezer no se ha olvidado de su fracaso.
– “Sí, señor” – se limita a responder con voz temblorosa.
En el hangar, la aeronave del Rey abre sus compuertas. Vegeta y una decena de saiyajín salen de la nave gritando; dispuestos a enfrentarse a un ejército.
– “¡Por el planeta Vegeta!” – gritan el Rey.
– “¡Por Su Majestad, el Rey!” – exclaman sus hombres.
Pero la carga es interrumpida repentinamente cuando ven que frente a ellos solamente se encuentra Zarbon, de pie y con los brazos cruzados.
Varios saiyajín empiezan a mostrar dudas cuando se ven cara a cara con uno de los hombres de confianza del tirano.
– “Zarbon…” – murmura el Rey Vegeta.
El guerrero hanschurui no responde. En silencio observa detenidamente a cada uno de sus enemigos.
El Rey Vegeta y los saiyajín se quedan petrificados. Ninguno de ellos se atreve a hacer el primer movimiento.
– “¿Q-qué hacemos, señor?” – pregunta Zorn.
El Rey reúne todo su coraje y su rabia.
– “¡¡SE ACABÓ EL ESTAR BAJO VUESTRO YUGO!!” – grita Vegeta de forma repentina. – “¡¡HOY VOLVEREMOS A SER LIBRES!!”
El grito de Vegeta parece reavivar el espíritu de lucha de sus hombres, que se abalanzan sobre su enemigo.
En un abrir y cerrar de ojos Zarbon desaparece y, sin dar tiempo a sus enemigos para reaccionar, el guerrero de Freezer avanza entre los saiyajín grácilmente, acabando con la vida de cada uno de ellos de un solo golpe.
Finalmente, Zarbon se sitúa detrás del Rey Vegeta.
– “Esperaba más de una raza guerrera tan orgullosa como la vuestra” – sonríe el hanschurui.
El Rey aprieta con rabia sus puños. Sabe que ha fracasado.
Zarbon noquea al Rey golpeándole con el canto de la mano en la nuca.
El soldado de Freezer arrastra a Vegeta hasta la cámara de su señor agarrándole del cabello. Una vez allí, Freezer se acerca y despierta al Rey propinándole un revés.
Al abrir los ojos, el Rey se encuentra arrodillado frente al tirano.
– “Ha demostrado tener agallas, Su Majestad” – se burla Freezer.
– “Maldito bastardo…” – gruñe el Rey.
Freezer da la espalda al Rey y se dirige al gran ojo de buey de su nave, desde donde puede contemplar el Planeta Vegeta.
– “Sois una raza demasiado irascible.” – dice el demonio del frío. – “Habéis trabajado bien, pero empezáis a ser un incordio para el que no tengo tiempo.”
Vegeta, viendo a Freezer de espaldas, siente que no tendrá otra oportunidad como esta. El Rey aprieta los dientes y se abalanza contra el tirano.
– “¡MUERE!” – exclama mientras alza su mano derecha para propinar un puñetazo al demonio.
Freezer, más rápido que un parpadeo, se eleva y propina una patada giratoria en el costado de su adversario, lanzándole contra la pared opuesta de la habitación, noqueándole.
– “Llévate esta basura de mi vista, Dodoria” – ordena el tirano.
– “Sí, señor Freezer” – responde su secuaz.
Mientras Dodoria se lleva el cuerpo del Rey fuera de la sala, Freezer vuelve a poner su mirada en el planeta saiyajín. Zarbon le acompaña.
– “Esta será la última vez que podamos disfrutar de tan bonita vista del Planeta Vegeta, así que hay que aprovecharla.” – sonríe Freezer.
De repente, un soldado interrumpe al tirano.
– “¡Señor Freezer!” – exclama. – “¡Un saiyajín se dirige hacia aquí!”
– “¿Cómo dices?” – se sorprende Zarbon.
Dodoria ha llevado el cadáver del Rey hasta la sala de recogida y eliminación de basuras. La escotilla se abre automáticamente.
– “El señor Freezer ha dicho que saque la basura, así que…” – dice antes de arrojar el cuerpo del Rey en el contenedor. – “Es un final triste hasta para un saiyajín…” – murmura mientras la compuerta se cierra.
Al caer en el contenedor, Vegeta ha recobrado el conocimiento. Entre escombros, malherido e incapaz de moverse, con la espalda rota y en completa oscuridad, el saiyajín no piensa en su hijo mientras su vida de apaga.
– “He fallado…” – llora el Rey. – “Lo siento… Os he fallado.”
De repente, un estruendo en el exterior de la nave llama su atención. Una voz destaca sobre el resto de gritos inteligibles. 
– “¡¡FREEZEEEEER!!” – exclama alguien furioso a pleno pulmón. – “¡¡SAL DE TU NAVEEE!!”
Vegeta cree reconocer esa voz.
– “¿Bardock?” – piensa el Rey.
El alboroto en el exterior continúa.
– “¡¡COBARDE!!” – grita Bardock. – “¡¡JAMÁS TE PERDONARÉ!!”
Entre lágrimas, una sonrisa se dibuja en el rostro de Vegeta. 
– “Mientras quede un saiyajín con vida, seguiremos luchando.” – piensa Vegeta. – “No te librarás de nosotras tan fácilmente, Freezer.”
Pero pronto todo se queda en silencio durante un breve momento. Un silencio que se rompe por con un fuerte temblor que sacude la nave y una gran explosión que ensordece al Rey, que se teme lo peor.
Aún así, las lágrimas del Rey no logran borrar su sonrisa. 
– “Nosotros hemos fracasado…” – murmura Vegeta. – “Pero puede que ellos lo consigan.”
Mientras exhala su último aliento, el Rey recuerda su última acción antes de abandonar el Planeta Vegeta para dirigirse a la nave de Freezer, cuando estaba reunido con los jefes de escuadrón.
– “¿Dices que Bardock ha tenido un hijo?” – le pregunta a Zorn.
– “Así es” – responde el saiyajín. – “Ha sido catalogado como un guerrero de clase baja, igual que su padre.”
El Rey utiliza su comunicador y contacta con el centro médico, donde están cuidando de los pequeños saiyajín.

– “¡Doctor Planthorr! ¿Tiene al hijo de Bardock?” – pregunta el Rey.
– “Un momento, señor” – dice el doctor, mientras lee las etiquetas de las cunas. – “Aquí está; Kakarotto.”
– “Adelantad su misión.” – ordena el Rey. – “Que salga inmediatamente hacia su destino.”
– “¿Cómo dice?” – se extraña Planthorr.
– “¡Ya me ha oído!” – exclama el Rey antes de cortar la comunicación.
El Rey Vegeta esboza una media sonrisa, mientras los demás le miran confusos.
– “Ahora estamos en paz, Bardock.” – murmura el Rey.
En el depósito de basuras, el Rey ha fallecido.
En el exterior de la nave, el planeta Vegeta ya no existe. Los hombres del tirano comunican a todos los supervivientes y al resto del Imperio que el planeta ha perecido tras sufrir el impacto de un meteorito.

Nappa, Ratitz y el Príncipe Vegeta, todos en distintas misiones, son informados.
El Príncipe Vegeta recibe la noticia con indiferencia.
– “Esos idiotas…” – murmura el chico. – “Mira que morir de esa forma tan estúpida…”
Mientras tanto, el pequeño Kakarotto, en una cápsula saiyajín, surca el espacio a toda velocidad hacia la un lejano planeta llamado Tierra.