Planeta maldito / Parte I: La caída de Konats
“Y él segará, pues es su tarea.”
Una vieja bruja se encuentra trabajando en su palacio, en un remoto planeta, cuando una misteriosa imagen aparece en su bola de cristal, que flota en el centro de la habitación.
– “¿Qué diablos es esto?” – se pregunta la anciana.
Al echar un vistazo, el orbe brilla intensamente, como si se hubiera convertido en una bola de fuego, iluminando toda la sala.
– “¡¿Qué significa esto?!” – exclama la bruja.
En el interior de la esfera, la bruja logra ver un extraño símbolo que la perturba; un gran pilar central terminado en un gran ojo, flanqueado por dos columnas laterales más cortas.
De repente, la bola de cristal se resquebraja y se precipita contra el suelo, partiéndose por la mitad.
La bruja, aterrada, se arrodilla intentando recuperar la calma.
– “Eso era… el futuro…” – murmura ella. – “El Universo está en peligro…”
Mientras tanto, en el planeta Konats, la gente disfruta de un día de mercado en la ciudad. La cultura del lugar es próspera y recibe a gente de todos los planetas vecinos, pues es un punto de comercio importante.
En las afueras de la metrópolis, en lo más profundo del viejo templo Yahirodono, en una gigantesca y milenaria sala que recuerda a un laboratorio, pero repleto de objetos mágicos en lugar de tecnología, cinco brujos estudian distintos artefactos. En el centro de la sala, el legendario Amenoukihashi se yergue imponente; una escultura antigua de piedra, repleta de jeroglíficos, que consta de un pilar central terminado en un gran círculo, con dos pilares más pequeños, uno a cada lado.
Entre los magos, Bibidí, que está leyendo un viejo libro cuya portada está adornada con el símbolo que los Kashvar tomaron en honor a \”El que vio\”.
Un guerrero con aspecto de zorro, ciego, vistiendo túnica morada de largas y anchas mangas, y luciendo una \”M\” tatuada en su frente, se acerca a Bibidí.
– “¿Me ha llamado, señor?” – pregunta el feneco.
– “Así es, Majora” – responde el brujo. – “Tengo una misión para ti.”
En el planeta del Hakaishin, Sidra supervisa el entrenamiento de sus pupilos. Champa y Beerus se enfrentan al ángel Campahri.
– “Sois fuertes” – sonríe el ángel, mientras esquiva a los gotokonekos. – “Pero os falta coordinación.”
Los dos felinos se detienen y se miran de reojo, con cierto desprecio.
– “Beerus siempre está en medio.” – se queja Champa.
– “¡Tú eres el que estorba!” – replica Beerus.
Sidra suspira al ver la discusión, algo decepcionado con sus alumnos.
– “Aún no están preparados…” – piensa el Hakaishin, desanimado. – “Son demasiado arrogantes.”
En Konats, en el Templo Sagrado principal, frente a la plaza de la ciudad, una gran estatua del antiguo demonio Hildegarn luce en el altar. Decenas de habitantes rezan ante la figura, mientras un sacerdote pregona.
– “¡Esta estatua nos recuerda los males del pasado!” – exclama el konatsiano. – “¡El dolor de nuestros antepasados y su sacrificio para proteger a las futuras generaciones!”
Desde un rincón, Salabim contempla la gigantesca estatua, acompañado de otro brujo de tez roja y arrugada.
– “Es fascinante…” – murmura el brujo. – “Tanto poder reducido a esto…”
– “Nos falta poco, Salabim.” – dice el recién llegado. – “Una vez consigamos el corazón del Goshinboku, podremos despertarle. Y él segará, pues es su tarea.”
– “Bibidí ha mandado a Majora a encargarse del asunto.” – responde Salabim. – “No tardará mucho. Ten paciencia, Hoi.”
– “Compartir nuestro conocimiento con esta gente me revuelve las entrañas.” – refunfuña el brujo.
– “Pronto podremos abandonar esta pantomima” – sonríe Salabim.
En el planeta Numa, Majora aparece en mitad del pantanoso terreno, teletransportado por la magia de Bibidí.
– “Así que esto es Numa…” – murmura mientras escucha cada sonido que le rodea.
Majora pronto localiza una villa cercana, al poder escuchar a los aldeanos trabajando en el lago.
– “Están cerca.” – sonríe el zorro.
La bruja que ha visto el futuro aparece frente al Puesto Fronterizo, saltándose la cola de almas y corriendo hacia el Rey Enma. Los trabajadores intentan detenerla, pero ella lucha para seguir avanzando.
– “¡REY ENMA!” – exclama la anciana. – “¡ALGO TERRIBLE VA A OCURRIR!”
El juez oye los gritos de la anciana y ordena que la dejen pasar.
La bruja se arrodilla ante el Rey Enma.
– “Su Señoría, tiene que hacer algo.” – dice la anciana. – “¡He visto algo terrible en mi bola de cristal!”
– “¿Qué ha pasado?” – pregunta el juez.
– “¡Era el símbolo de \”El que vio\”!” – dice la bruja. – “¡Lo he visto!”
– “Eso no es posible…” – responde el Rey Enma. – “Además, esas historias no competen a los mortales.”
– “¡Sé lo que se me ha revelado!” – responde ella, muy nerviosa. – “¡Era él! ¡Era el sello de los Kashvar! ¡Era M…!”
El Rey Enma se pone en pie, exaltado.
– “¡NO TE ATREVAS A DECIR SU NOMBRE!” – grita el juez, dejando a toda la sala estupefacta y en silencio.
Enma recupera la compostura y se sienta de nuevo.
– “Es el deber de los Dioses encargarse de esos asuntos.” – dice el juez. – “No se pueden alterar las leyes de la naturaleza. Las predicciones solo crean caos… Y no quiero tener que lidiar con el Hakaishin.”
– “Pero, Rey Enma…” – insiste ella.
– “Lo siento, señora.” – dice el juez. – “No hay nada más que hablar.”
Dos trabajadores se acercan a la anciana y la invitan a abandonar el Puesto Fronterizo.
En Numa, Majora ha arrasado todos lo habitantes que se han interpuesto en su camino hasta encontrar una antigua cueva repleta de jeroglíficos antiguos.
– “Ha costado, pero al final han hablado. Es aquí…” – murmura el feneco. – “Siento una oscura presencia… Después de tantos milenios y aún queda el rastro de su energía… Esos brujos no exageran cuándo alaban a ese tipo.”
El zorro se adentra en la cueva y avanza por el oscuro lugar, siguiendo la energía residual que le sirve de guía.
En el Planeta Sagrado de los Kaioshin, un joven Madas retoza plácidamente bajo un árbol, sin sospechar que, cerca de allí, la bruja le observa escondida tras un arbusto.
– “Tengo que informar a los Kaioshin…” – piensa la anciana. – “Pero lo que estoy haciendo va en contra de las normas… Si no me creen, estaré condenada. Incluso puede que termine frente al Dios de la Destrucción…”
La anciana suspira, intentando reunir el coraje suficiente para tomar la decisión correcta.
– “Si el Universo está en peligro, no puedo ser egoísta.” – murmura la bruja. – “Tengo que arriesgarme. Pero… si hubiera un modo de que entendieran lo que vi…”
De repente, la anciana se fija en los pendientes del Kaioshin.
– “¡ESO ES!” – exclama, al tener una idea.
La anciana sorprende a Madas.
– “Hola, muchacho” – le saluda, intentando ganarse su confianza y acercarse a él.
El Kaioshin del Norte, mira a la bruja confuso, pues sabe que ella no debería estar allí.
– “Qué pendientes tan bonitos…” – dice la anciana, agarrando uno de los Pothala. – “¿Me lo puedo probar?” – añade mientras se lo coloca en la oreja.
– “¡NO!” – grita asustado el Dios. – “¡ESPERA!”
Ya es demasiado tarde. Los cuerpos de los dos personajes son atraídos el uno hacia el otro y chocan en una explosión de luz.
En Numa, Majora ha llegado a lo más profundo de la cueva, donde ha encontrado con un viejo tarro de cerámica cerrado con un tapón de corcho.
El guerrero no duda en abrir el tarro con su afilada uña. En el interior se halla un extraño fruto, que se pudre repentinamente al entrar en contacto con el aire, quedando reducido a dos semillas.
– “Tiene que ser esto.” – sonríe el feneco. – “El corazón del Goshinboku; La semilla del Árbol Sagrado.”
En el Planeta Sagrado, un envejecido Madas ha recurrido al Dai Kaioshin.
– “Madas… ¿Eres tú?” – se sorprende el Dios Supremo que, a pesar de poder identificar el alma de su compañero, el cambio de apariencia lo ha dejado boquiabierto. – “¿Qué ha ocurrido?”
En Konats, Majora ya ha regresado junto a su amo y le ha entregado las semillas.
En unas pocas horas, los Kashvar están listos para comenzar su ritual. Los siete magos, Salabim, Bibidí, Arak, Zunama, Hoi, Iwen y Rota, todos vestidos con sus túnicas encapuchadas, forman un corro alrededor de un círculo rúnico plasmado en el centro de la sala del templo Yahirodomo. En el centro del círculo, un caldero efervescente emana extraños vapores negros y rojos.
Mientras tanto, Madas y el Dai Kaioshin viajan al Planeta del Hakaishin, donde se encuentran con el ángel Campahri, y los discípulos de Dios de la Destrucción.
– “Disculpad nuestra presencia.” – dice el Dai Kaioshin. – “Necesitamos hablar con el Hakaishin.”
– “Se encuentra descansando en el palacio.” – responde Campahri.
– “Podéis informarnos a nosotros” – dice Champa.
– “Es un algo de suma importancia.” – dice el Dai Kaioshin. – “Por favor, informen a Sidra.”
– “Seguro que estos muchachos pueden ayudar.” – dice Campahri.
– “¡Es importante!” – insiste Madas. – “¡No hay tiempo que perder!”
– “No me gusta tu tono, viejo” – dice Beerus.
– “¡El Universo está en peligro!” – responde Madas. – “¡HAKAISHIN SIDRA!” – grita.
Beerus mira al Kaioshin con desprecio.
– “Que pocos modales.” – refunfuña Champa.
– “¡NO HAY TIEMPO PARA MODALES!” – exclama Madas. – “¡ES EL FIN! ¡LO HE VISTO!”
Esa expresión mosquea a Beerus.
– “¿Lo has visto?” – dice el gotokoneko.
Beerus se fija detenidamente en Madas.
– “Ahora lo entiendo…” – dice el felino. – “Eres más de lo que pareces… Una aberración.”
De repente, Sidra sale del palacio.
– “¡BASTA!” – exige silencio del Hakaishin. – “Escuchemos lo que tienen que decir nuestros invitados.”
En Konats, los siente brujos colocan sus manos en el suelo y transfieren su magia al caldero, que proyecta un foco de luz roja hacia el cielo.
La energía emitida viaja hasta el Templo Sagrado y cae sobre la estatua de Hildegarn, haciéndola brillar, por cada una de sus rendijas, sorprendiendo a todos los fieles.
Finalmente, el monstruo Hidelgarn cobra vida de nuevo.
Al moverse, gran parte del templo se derrumba sobre los fieles.
El sacerdote contempla aterrado al monstruo.
– “No… no puede ser…” – titubea el konatsiano.
En el planeta del Hakaishin, Sidra y los demás perciben la terrible energía del monstruo.
– “¿Qué es eso?” – se pregunta Champa.
– “Nunca había sentido algo así…” – murmura Beerus.
– “Qué curioso…” – dice el ángel.
– “Son ellos.” – dice Madas, llamando la atención de los presentes. – “Son los Kashvar; los autoproclamados herederos de las enseñanzas de \”el que vio\”.”
