ESPECIAL DBSNL /// Planeta maldito // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte III: Consecuencias

Planeta maldito / Parte III: Consecuencias 
“Tendremos que pasar desapercibidos durante un tiempo.”


En la metrópolis, Hildegarn se acerca a los tres konatsianos. 
– “¡Si la música podía contrarrestar la magia de los brujos, puede que también funcione contra el monstruo!” – sugiere el sacerdote Yuco.
Tapion y Minosha se encuentran afligidos por la muerte de su padre, pero saben que no hay tiempo para llorar su pérdida.
El monstruo proyecta un torrente de fuego por su boca hacia los konatsianos, que rápidamente saltan por los aires para evitar ser engullidos por el aliento d Hildegarn.
Mientras tanto, en el templo Yahirodono, el Amenoukihashi brilla intensamente, y en el centro de su ojo aparece una luz oscura; un fenómeno único del que emanan rayos negros y rojos.
Sidra y el Dai Kaioshin observan el monumento aterrados. 
– “No es posible…” – titubea Sidra.
Iwen aprovecha la distracción del Hakaishin para lanzarle un conjuro de fuego fatuo que el Dios logra esquivar en el último instante.

– “¡PRONTO OS ARRODILLARÉIS ANTE ÉL!” – exclama el brujo.
El Dai Kaioshin y Bibidí luchan por empujar una gran roca, que cada uno quiere lanzar sobre su rival, pero finalmente ésta estalla en el aire.
Las piedras resultantes son aprovechadas por el Dios y son proyectadas contra Bibidí, que las convierte en polvo de carbón con su magia antes de que puedan tocarle.
– “Dioses engreídos…” – murmura con desprecio el brujo, que se prepara para contraatacar con otro conjuro.
Bibidí lanza una extraña masa viscosa con carga eléctrica sobre el Dai Kaioshin, que queda atrapado y sufre una electrocución.
– “¡JAJAJA!” – ríe el brujo, mientras ve sufrir al Dios.
Cerca de allí, Madas hace brotar del suelo un centenar de raíces que detienen a los dos guerreros de piedra invocados por Arak.
El brujo, lejos de sorprenderse, invoca más guerreros.
– “¡No podrás con todos, viejo!” – se burla el Kashvar.

Cinco nuevos hombres de roca atacan al Kaioshin del Norte.
En ese instante, el Kaioshin del Este y el Kaioshin del Sur aparecen frente a Madas, dispuestos a ayudar.
– “Tienes mala cara, Madas” – se burla el Kaioshin del Sur al ver a su envejecido compañero.
El Kaioshin del Oeste, un orondo Dios con ojos rasgados, aparece frente al Dai Kaioshin, dispuesto a plantar cara a Bibidí.
– “Yo tomaré el relevo, Maestro” – dice el Dios, con una simpática sonrisa.
Champa se encuentra encerrado en una esfera de agua creada por Zunama, luchando por respirar.
Majora intenta protegerse de los golpes de Beerus, pero el gotokoneko, al ver a su hermano en peligro, se enfurece y supera al zorro fácilmente, noqueándolo con un puñetazo en la barbilla.
Beerus se abalanza sobre su hermano, atravesando la esfera de agua y sacándole por el otro lado.
– “No necesitaba tu ayuda” – refunfuña Champa.
Con tres Dioses más en el templo y con Majora fuera de combate, los planes de los Kashvar parece que se tuercen.
En la ciudad, Yuco se abalanza sobre Hildegarn espada en alto, pero el monstruo se convierte en humo, evitando así el ataque. 
– “Maldita sea…” – lamenta el sacerdote.
En el cielo, Campahri observa lo ocurrido.
– “Nunca pensé que pudiera existir una magia tan oscura y poderosa…” – murmura el ser celestial.
En el planeta de Zeno, el Daishinkan contempla la escena a través de los ojos de su ángel.
– “Parece que la leyenda es cierta…” – murmura el Gran Sacerdote.
– “He visto el Amenoukihashi con mis propios ojos” – responde Campahri.
– “Así que hay algo a lo que el señor Zeno tiene miedo…” – sonríe el Daishinkan.
Tapion y Minosha se han colocado sobre un elevado acueducto roto, a la altura de la cabeza del monstruo. Los dos hermanos empiezan a tocar las ocarinas y su melancólica música inunda las calles de Konats. 
El monstruo ruge con fuerza, pero parece que volverse más lento y torpe.
– “¿Está funcionando?” – se pregunta Tapion.
– “¡Podemos lograrlo!” – piensa Minosha. 
Yuco se pone en guardia, preparando la Espada Sagrada.
– “No podemos fallar…” – murmura el sacerdote. – “Nuestros antepasados nos observan.”
El sacerdote empieza a correr hacia el monstruo.
– “¡YAAAAAAAAH!” – grita Yuco, que salta hacia el monstruo y le propina un sablazo horizontal que lo corta por la mitad.
Las dos mitades, en lugar de caer al suelo, se convierten en humo y envuelven a Tapion y Minosha, que siguen tocando mientras éste se introduce en sus cuerpos.
En el templo Yahirodono, el Amenoukihashi ha dejado de brillar, alertando a los Kashvar.
– “¡NO!” – grita Bibidí. – “¡NO ES POSIBLE!”
El Kaioshin del Oeste aprovecha el despiste del brujo para empujarle con su poder mental y lanzarlo contra la pared.
– “Vuestras fechorías acaban aquí” – dice el Dios, que prepara una espada de ki en su mano derecha.
En ese momento, Salabim inunda la sala de oscuridad, mostrando a todos los presentes posibles futuros terribles.
– “¡Ya son nuestros!” – exclama Hoi, al ver a los Dioses doblegarse ante el poder de su compañero.
– “¡NOS VAMOS!” – exclama Salabim.
– “¿Qué?” – se extraña Hoi.
– “¡Con el Amenoukihashi cerrado, pronto recuperaran su poder divino!” – interviene Iwen.
– “Maldita sea…” refunfuña Hoi.
Bibidí, que ha estado a punto de morir a manos del horondo Kaioshin, lo mira con rabia.
– “Juro que me vengaré…” – dice el brujo.
Mientras tanto, en la oscuridad, el malherido Dai Kaioshin y el Kaioshin del Oeste comparten su visión, y pueden ver una extraña silueta infantil con ojos rojos y una sonrisa aterradora.
– “¡JIJIJIJI!” – ríe el fantasma.
Beerus, en cambio, puede ver la silueta de un Kaioshin envuelta en oscuridad. El Dios activa una espada de energía y se abalanza contra el gotokoneko, pero alguien se interpone en su camino. Un hombre envuelto en luz blanca ha aparecido, pero Beerus es incapaz de reconocerlo.
Sidra se ve a sí mismo confrontando a sus dos aprendices, mientras sus manos están manchadas de sangre. Pero de repente, ellos se desvanecen y aparece una silueta que camina hacia él; un demonio del frío capitanea un gran ejército.

Los brujos se reúnen.
– “Hemos fracasado…” – lamenta Arak.
– “Volveremos cuando seamos más fuertes…” – dice Hoi.
– “Ahora será mejor que nos separemos.” – sugiere Zunama. – “Tendremos que pasar desapercibidos durante un tiempo.”
– “Pero debemos proteger este lugar.” – dice Salabim. – “Usaremos la poca energía que ha recogido el Amenoukihashi para sellar el templo.”
Bibidí alza sus manos.
– “¡PAPARAPÁ!” – exclama al teletransportar a los Dioses fuera del recinto.
El poder divino de los Dioses regresa y éstos quedan libres de la oscuridad de Salabim.
– “¿Dónde estamos?” – pregunta Champa, al ver que ya no están en el templo.
– “Nos han echado.” – dice Sidra.
De repente, cuatro paredes de energía negra y roja se alzan alrededor del templo Yahirodomo, y en un instante se tornan invisible.
Beerus lanza una esfera de ki contra la entrada, pero éste se desintegra sin causar ningún efecto.
– “Han sellado el lugar.” – dice el gotokoneko.
– “Con una magia poderosa.” – añade Madas.
– “Aún nos queda un asunto por atender.” – dice el Dai Kaioshin.
En la ciudad, Yuco se acerca a los hermanos, que se encuentran arrodillados y débiles.
– “¿Qué ha ocurrido?” – pregunta el sacerdote.
– “Puedo sentirlo en mi interior” – dice Tapion.
– “Está débil… pero quiere salir.” – añade Minosha.
– “Encontraremos una forma de detenerlo” – dice Yuco. – “Aguantad.”
El Dai Kaioshin y Madas aparecen entre los tres personajes.
– “¿Quiénes sois vosotros?” – pregunta el sacerdote, alzando su espada.
– “Estamos de vuestro lado.” – dice Madas. – “Tranquilos.”
– “Parece que necesitáis ayuda.” – dice el Dai Kaioshin.

Los cinco regresan al templo.
Madas observa detenidamente a los dos hermanos.
– “Si queréis retener a ese monstruo en vuestro interior, necesitáis ser más fuertes.” – murmura el viejo. – “Y creo que puedo ayudaros.” – guiña un ojo.
El Dai Kaioshin pide la Espada Sagrada a Yuco.
– “Es una espada impresionante…” – dice el Dai Kaioshin. – “Un objeto sagrado. Sin duda tiene poderes otorgados por los Dioses; igual que esas dos ocarinas.”
– “Eso dice la leyenda.” – responde el sacerdote.
– “Necesito las espadas de los muchachos.” – dice el Dai Kaioshin. – “Les transferiré este poder, para que puedan enfrentarse al monstruo si fuera necesario.”
Encima del altar, Madas ha empezado a bailar alrededor de los dos hermanos, que permanecen de pie, firmes.
– “¿Cuánto va a tardar, señor?” – pregunta Tapion.
– “Creo que solo serán unas horas.” – responde Madas.
Tras la ceremonia, el Dai Kaioshin reúne a los dos hermanos.
– “¿Sois conscientes de la carga que lleváis en vuestros hombros?” – pregunta el Dios.
– “Sí, señor” – responde los konatsianos.
– “Cargaremos con este pesar, por nuestros hermanos konatsianos.” – dice Tapion.
– “Bien.” – suspira el Dios. – “¿Habéis elegido cada uno un objeto, tal y como os pedí?”
Tapion y Minosha saca dos viejas cajas de música.
– “Son estos.” – dice el mayor de los hermanos.
– “¿Dos cajas de música?” – pregunta el Dios, que al examinarlas empiezan sonar con la melodía de la canción del viejo albor.
– “Nuestro padre las construyó” – dice Tapion. – “Estaba trabajando en la primera cuando nací yo, y consideró que le había dado buena suerte… Así que fabricó otra cuando iba a nacer mi hermano.”
– “Muy bien” – sonríe el Dios, enternecido por la historia.
Los dos personajes se preparan, de pie el uno al lado del otro.
– “Mucha suerte, hermano” – sonríe Tapion.
– “Hasta pronto” – se despide Minosha.
El Dai Kaioshin sella a los dos guerreros en las cajas de música
El Dios entrega las cajas al sacerdote konatsiano.
– “Llévatelas de este planeta” – dice el Dios. – “Escóndelas en un lugar donde jamás puedan ser encontradas.”
– “De acuerdo, señor” – responde Yuco.
El sacerdote entrega su Espada Sagrada al Dai Kaioshin.
– “Ya no la necesito, señor.” – dice Yuco. – “Es un objeto sagrado, así que le pertenece. Llévesela como agradecimiento. Sería un honor.”
– “Acepto tu ofrenda” – sonríe el Dios. – “Mucha suerte, Yuco.”
Los Dioses, tras una victoria agridulce, regresan al Planeta Sagrado, acompañados por Campahri.
Sidra parece preocupado por sus visiones y toma una decisión.
– “Ha llegado el momento de dar un paso al lado.” – dice el Hakaishin. – “Voy a nombrar a mi sucesor.”
– “¡¿Cómo dice?!” – se sorprenden Beerus y Champa.
– “Creo que Beerus ha demostrado estar a la altura de las circunstancias” – dice el Dios. – “Así que él será quien ocupe mi lugar.”
El Hakaishin saca de su cinturón un objeto que ha robado a los Kashvar; la semilla del Árbol Sagrado.
– “Creo que mi deber ahora debe ser otro.” – murmura Sidra. – “Esto no puede caer en malas manos.”
– “¿Cree que estoy preparado?” – pregunta Beerus.
– “Nunca se está preparado para ser un Dios de la Destrucción.” – dice el Hakaishin.
Campahri transfiere los poderes de Hakaishin a Beerus, ante la cara de pocos amigos de Champa.
Sidra le pide a Campahri para que le lleve a otro lugar, en el mundo mortal, donde poder llevar a cabo su nueva tarea. El ángel desaparece con el viejo Dios.
Los Kaioshin parecen sorprendidos por la decisión de Sidra, pero hacen nuna reverencia al nuevo Hakaishin, mostrando sus respetos.
– “Tú…” – dice Beerus, señalando a Madas.
Los Dioses se miran entre ellos, confusos.
– “¿Qué ocurre, señor Beerus?” – pregunta Madas.
– “Tu magia te hace peligroso.” – dice el Hakaishin.
El Dai Kaioshin se interpone entre los dos interlocutores.
– “Él ha intentado advertirnos de la amenaza de los Kashvar.” – dice el Dios.
– “Un brujo es un brujo” – dice Beerus. – “No podemos asegurar que sus alianzas no hayan cambiado. Su magia es poderosa.”
– “Señor Beerus…” – dice Madas. – “Creo que entiendo su postura.”
– “¿Madas?” – se extraña el Dai Kaioshin.
– “Creo ha visto algo en la oscuridad de Salabim.” – dice el Kaioshin del Norte. – “Yo también he visto cosas.”
Beerus extiende su mano hacia el Dai Kaioshin. 
– “Dame la espada.” – dice el gotokoneko.
– “¿Qué?” – se sorprende el Dios.
– “Esa espada.” – dice Beerus. – “Tiene un conjuro de sellado en ella, ¿no es así?”
– “Señor Beerus…” – dice el Dai Kaioshin.
Champa se acerca a su hermano.
– “¿Qué estás haciendo?” – le increpa.
– “No seré yo quien empiece un conflicto eliminando a un Kaioshin…” – dice el gotokoneko. – “Pero no voy a permitir que alguien tan peligroso camine libre.”
Madas hinca una rodilla, aceptando su castigo.
– “Adiós, Madas.” – dice el felino, alzando su espada.
– “Hasta la vista, señor Beerus” – sonríe el anciano.
Beerus asesta el espadazo al Dios, que se desvanece y queda sellado en la espada.

ESPECIAL DBSNL /// Planeta maldito // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte II: Canción del viejo albor

Planeta maldito / Parte II: Canción del viejo albor
“Estos instrumentos están llamados a detener el avance del demonio Hildegarn.”

En Konats, el recién liberado Hildegarn avanza por la ciudad, arrasando las calles con su aliento de fuego, calcinando a todo el que encuentra a su paso.
El sacerdote del templo corre hacia las catacumbas, en busca de unos artefactos guardados en una vitrina: una espada y dos ocarinas. Estos artefactos son considerados un regalo de los Dioses. Los textos antiguos, narrados parcialmente en murales en las paredes de la sala, explican como esos objetos son lo único que puede detener al demonio al que se enfrentan.
Dos guardianes del templo y un pequeño aprendiz han visto al sacerdote y lo persiguen por los pasillos.
– “¡¿Qué podemos hacer para ayudar, padre Yuco?!” – pregunta el mayor de los tres.

El sacerdote se detiene un breve instante y escucha a su compañero.
– “Me alegro de tenerte a mi lado, Madoca” – le dice el sacerdote al mayor de los guerreros. – “¿Cuánto lleváis en la orden, muchachos?” – pregunta el sacerdote a sus acompañantes.
– “Diez años, señor” – responde el mayor.
– “Dos años” – responde el más joven del grupo.
– “Son mis hijos.” – añade Madoca.
– “¿Cómo os llamáis?” – pregunta el clérigo.
– “Tapion” – responde el mayor.
– “Minosha” – se presenta el pequeño. – 
El sacerdote entrega una ocarina Madoca y otra a Tapion.
– “Estos instrumentos están llamados a detener el avance del demonio Hildegarn.” – dice el sacerdote. – “Confío en vosotros.” – añade mientras se coloca la Espada Sagrada en la espalda.
– “¿Y qué hago yo?” – pregunta Minosha.
– “Nosotros nos encargaremos del monstruo, hijo.” – dice Madoca, esbozando una sonrisa para intentar reconfortar a Minosha. – “Tú intenta ayudar a los heridos.”
Mientras tanto, en el templo Yahirodono, los siete brujos observan los acontecimientos desde una gran bola de cristal que adorna la sala del tempo en la que se encuentra en Amenoukihashi.
– “¡COSECHA, HILDEGARN!” – exclama Arak. – “¡COSECHA LAS VIDAS DE ESTOS MISERABLES!”
– “¡SÉ LA LANZA QUE RESQUEBRAJA EL ESPACIO TIEMPO!” – exclama Zunama. – “¡ABRE EL PORTAL PARA QUE REGRESE NUESTRO MAESTRO!”
Con cada vida segada, los jeroglíficos del Amenoukihashi brillan con más intensidad.
En el planeta del Hakaishin, Sidra, Beerus, Champa, el ángel Campahri, el Kaioshin del Norte Madas y el Dai Kaioshin se encuentran observando lo ocurrido a través de la imagen mostrada por la cara del ser celestial.
– “¿Qué es esa cosa?” – pregunta Beerus.
– “Un demonio…” – murmura Champa.
– “Su energía es… desconcertante.” – dice Sidra. – “Nunca había sentido un ki de esas características.”
– “¡Debemos hacer algo!” – exclama Madas.
– “Intervenir en los asuntos mortales no se nos está permitido…” – reflexiona el Dai Kaioshin.
– “¡ESTAMOS HABLANDO DE LOS KASHVAR!” – insiste Madas. – “¡CONOCÉIS LA LEYENDA!”
– “¡Son solo habladurías!” – responde Beerus.
Sidra parece indeciso y busca respuestas en el ángel.
– “¿Qué opinas, Campahri?” – pregunta el Hakaishin.
– “Los ángeles no habíamos sido creados cuando “el que vio” dio problemas en el universo.” – responde ser celestial. – “Creo que no puedo ayudarle, señor Sidra.”
En Konats, el monstruo sigue caminando por las calles, arrasando con todo lo que encuentra a su paso. 
Hoi y Rota sobrevuelan el lugar, disfrutando de los fuegos de artificio.
– “¡Pronto, Rota!” – exclama Hoi. – “¡Nuestro amado maestro volverá!”
En ese instante, Rota se da cuenta de que tres konatsianos corren a contracorriente a través de la multitud, en dirección al monstruo.
– “¿Qué están…?” – se pregunta, antes de darse cuenta de que llevan los tres objetos sagrados. – “Malditos…” – refunfuña.
De repente, los dos brujos aparecen en el camino de Yuco, Madoca y Tapion.
– “¡Sabio Rota! ¡Sabio Hoi!” – exclama el clérigo, aliviado al ver a los dos magos. – “¡Me alegro de que estén aquí!”
– “Nosotros nos encargaremos del monstruo” – dice Hoi. – “Entregadnos los artefactos sagrados.”
Tapion está dispuesto a entregar su ocarina al brujo, pero Madoca le detiene.
– “No me fío.” – dice el guerrero konatsiano.
– “Pero son los Siete Sabios…” – dice Tapion.
– “Siento una presencia extraña en ellos.” – insiste su padre.
Yuco escucha al guardián.
– “Nosotros nos encargaremos.” – dice el sacerdote, atento a la reacción de los brujos.
– “No seáis ingenuos.” – dice Hoi. – “Solo nosotros podemos detener al renacido Hildegarn.”
– “Entregadnos los artefactos.” – insiste Rota.
– “Como guardianes del templo, éste es nuestro trabajo.” – responde Madoca.
Hoi niega con la cabeza.
– “No permitiremos que os entrometáis en nuestros planes.” – sentencia el brujo.
Yuco desenfunda la Espada Sagrada. Madoca y Tapion blanden también sus hojas.
– “¡ATENTOS!” – advierte el sacerdote.
Rota coloca sus manos en el suelo y genera una gran cúpula de fuego que rodea y cubre a los tres konatsianos y a los dos magos.
– “No iréis a ninguna parte.” – dice el brujo.
Cerca de allí, Minosha estaba ayudando a una anciana herida, pero siempre sin perder de vista a su padre y a su hermano.
– “¡PAPÁ!” – grita el pequeño konatsiano. – “¡TAPION!”
En el planeta del Hakaishin, Madas siente una presencia mágica que los demás son incapaces de sentir.
– “¡SE ACABÓ!” – exclama el Kaioshin, que se teletransporta al Konats.
– “¡NO! ¡MADAS!” – intenta detenerle el Dai Kaioshin, pero ya es demasiado tarde.
Madas aparece en Konats, en el templo Yahirodono, en medio de la sala del Amenoukihashi, donde se encuentran los cinco brujos.
– “¡UN KAIOSHIN!” – grita Bibidí, asustado.
– “¡¿Cómo nos ha detectado?!” – se pregunta Salabim. – “¡No debería ser posible! ¡Un conjuro nos protege!”
Madas observa a los cinco brujos detenidamente.

– “Kashvar…” – murmura al ver su símbolo en varias pinturas.
De repente, el Kaioshin se fija en el gran monumento central, que desprende una extraña presencia.
– “¿Qué…? ¿Qué es esto?” – titubea el Dios.
– “¡NO DEBERÍAS HABER VENIDO!” – interviene Arak, apuntando con su mano a Madas y empujándole contra la pared.
El Dios se levanta con dificultad.
– “La fusión ha mermado mis fuerzas…” – murmura Madas. – “Pero me ha otorgado otras habilidades.” – esboza una pícara sonrisa.
El Kaioshin junta sus manos en una palmada y, sin separarlas, alza sus brazos al cielo. El gesto provoca que cientos de raíces broten del suelo e intenten atrapar a los brujos, que se ven obligados protegerse con barreras de energía.
– “Tú no eres un Kaioshin normal…” – murmura Salabim.
– “Mi puesto está comprometido desde que pisado este planeta” – responde Madas.
En ese instante, Majora aparece como un rayo y golpea la palma de su mano el abdomen del Kaioshin, haciendo que caiga de rodillas, dolorido.
– “Yo me encargo, maestros.” – dice el zorro.
Majora alza su mano, listo para dar el golpe de gracia al Dios. 
En el último instante, Beerus aparece y agarra la mano del feneco.
– “¿Cómo te atreves a poner tu mano mortal sobre un Dios?” – le dice el felino con desprecio, antes de propinar un puñetazo a Majora y estrellarle contra la pared del laboratorio.
Un instante después, Sidra, Champa y el Dai Kaioshin aparecen, acompañados por el ángel Campahri.
Los brujos, asustados, retroceden lentamente ante la presencia de los Dioses.
Sidra se arrodilla y coloca su mano en el suelo.
– “Hakai” – murmura el Dios.
Pero nada ocurre.
– “¿Qué significa esto?” – se pregunta el Dios de la Destrucción. – “¡HAKAI!” – repite, con el mismo resultado.
– “Creo que es esa cosa…” – dice un dolorido Madas, señalando el Amenoukihashi.
Los Dioses contemplan horrorizados el monumento.
– “¿Qué diablos es eso?” – se pregunta el Dai Kaioshin.
Los Kashvar se dan cuenta de que el poder destructor del Dios no funciona en su templo.
– “¡JAJAJA!” – ríe Salabim. – “Ya sabéis como se sienten los mortales con los que jugáis.” 
En la ciudad, dentro de la cárcel de fuego, el sacerdote pide explicaciones a los brujos.
– “¿Por qué?” – pregunta Yuco. – “¿Por qué nos traicionáis?”
– “Nunca hemos estado de vuestro lado” – sonríe Hoi.
Madoca se coloca delante de su hijo, dispuesto a protegerlo.
– “¡PAGARÉIS ESTA TRAICIÓN!” – exclama el guardián. – “¡POR KONATS!” – grita al abalanzarse sobre el brujo.
Hoi apunta con sus manos al sacerdote y detiene su avance, haciéndole levitar un breve instante antes de lanzar al guardián contra el muro de fuego, donde muere calcinado en un solo segundo.
– “¡PAPÁ!” – exclama Tapion.
– “Maldita sea…” – refunfuña el sacerdote.
La ocarina que portaba al guerrero, inmune al fuego gracias al poder que alberga, cae fuera de la cúpula flamígena y es recogida por Minosha.
En el interior del fuego, el sacerdote se prepara para luchar contra los magos. Tapion, afectado por la muerte de su padre, se queda petrificando, mientras por su mejilla se derrama una silenciosa lágrima.
 Hoi agarra al joven guardián con su magia, haciéndole levitar.
– “¡SUELTA AL MUCHACHO!” – exclama Yuco.
De repente, una música inunda el lugar. La gente, que corría despavorida, se detiene al escuchar tan triste pero preciosa melodía. Incluso el monstruo, que rugía con un grito ensordecedor mientras quemaba la ciudad, parece detener su frenesí al escuchar esa canción.
La música atraviesa la cúpula de fuego, llegando a los oídos de Tapion y Yuca.
– “La ocarina…” – se sorprende el sacerdote.
– “Minosha…” – murmura Tapion, al reconocer la canción.
Tapion y Minosha recuerdan a su padre, cantándoles una canción del folclore popular konatsiano frente al fuego cuando eran unos niños, antes de que se unieran a la guardia del templo.
“De la luz de un viejo albor, volverá un gran horror. Las sombras caminarán por Konats una vez más.” – canta Madoca. – “Del la luz de un viejo albor, nacerá un salvador. Luchará contra el horror y traerá, un nuevo resplandor. Y el mundo en comunión clamará con devoción; y el amor y el dolor serán uno en nuestro corazón.” – continúa. – “Nunca dejes de cantar la canción de Konats, que la gente oiga tu voz; que sepan que llega el salvador.”
El sacerdote se da cuenta de que la ocarina no ha sido calcinada y, por lo tanto, los artefactos sagrados deben estar protegidos ante la magia de los brujos.
La cúpula de fuego se vuelve inestable y cada vez es más fina, dejando entrever el exterior a través de las llamas.
Yuco se abalanza espada en alto contra Hoi, que se ve obligado a soltar a Tapion y centrar su atención el sacerdote, al que detiene con su magia.
Tapion, ahora libre, se pone a tocar su ocarina, acompañando la melodía de su hermano.
El poder combinado de los dos instrumentos anula el fuego de los brujos y libera a Yuco.
– “¡¿QUÉ SIGNIFICA ESTO?!” – se sorprende Rota.
El sacerdote, con un rápido movimiento, decapita al jabalí.
– “¡ROTA!” – grita Hoi.
Yuco se prepara para embestir a Hoi, pero éste huye teletransportándose al Templo Yahirodono, donde se encuentra con una batalla campal.
El Dai Kaioshin se enfrenta a Bibidí. Cientos de rocas vuelan entre los dos, sin que ninguna logre alcanzar al enemigo. 
Beerus propina una paliza a Majora, que es incapaz de seguir el ritmo del gotokoneko.
Madas intentan detener a Arak, que ha dado vida a dos guerreros de piedra para que le protejan.
Sidra persigue a Iwen por la sala, pero éste utiliza su teletransporte para intentar escabullirse y mantenerse fuera del alcance del Dios.
Champa sorprende a Zunama y lo noquea de un simple golpe en la nuca.
– “Ha sido fácil…” – sonríe el gotokoneko.
Pero pronto se da cuenta de que era una trampa. El cuerpo de Zunama se convierte en agua que envuelve al felino y lo atrapa.
– “¡JAJAJA!” – ríe el mago, que se encuentra a salvo a una distancia segura.

Mientras tanto, Campahri sobrevuelta la ciudad en solitario, observando al monstruo Hildegarn dirigirse hacia los tres konatsianos que pretenden hacerle frente.

– “Muy interesante…” – sonríe el ángel.

Especial DBSNL /// Cold Chronicles / Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte XII: Mano negra

Cold Chronicles / Parte XII: Mano negra
“No tolero la insubordinación.”
La nave del Rey Cold se aproxima al Cuartel General de la Patrulla Galáctica; una estación espacial gigantesca compuesta por varios anillos rotatorios en torno a un largo eje central.
El vehículo imperial solicita permiso para aterrizar en un hangar y la Patrulla se lo concede. Varios agentes son enviados al lugar para recibir al Emperador.
Una hermosa patrullera de larga melena verde claro y ojos azules recibe a Cold y Sorbet.
– “Bienvenido, señor Cold” – saluda la muchacha. – “Soy la agente Ribrianne.”
– “¿Se ha olvidado del título de mi señor, agente Ribrianne?” – responde Sorbet, molesto y con cierto retintín.
– “La Patrulla Galáctica no reconoce su Imperio como legítimo” – responde la patrullera.
– “¡¿Cómo osas?!” – se enfurece el consejero.
– “Tranquilo, Sorbet” – interviene Cold. – “No hemos venido a luchar.”
En ese instante, la nave de Hit se aproxima al Cuartel y el centro de mando se lo comunica a Ribrianne.
– “Otra nave imperial solicita permiso para aterrizar.” – dice la agente. – “¿Está con ustedes?” – pregunta la agente.
– “Debe ser Hit.” – murmura Cold. – “Sí, está conmigo.” – responde.
Mientras tanto, el Capitán Ginyu, en el cuerpo de Kettol, ha aterrizado en el planeta Numa.
El soldado se adentra en el misterioso pantano, cuando una pequeña rana salta frente a él.
– “Qué asco…” – murmura antes de patearla.
De repente, el Capitán siente que alguien le está observando.
– “¡Muéstrate, cobarde!” – exclama Ginyu.
En ese instante, la oscuridad envuelve al Capitán y dos sombras se materializan frente a él. La primera, Ginyu la identifica como el Rey Cold, pero la segunda, un pequeño ser con cuernos, es un misterio para él.
De repente, a su espalda, otra figura se manifiesta. Un ser humanoide de pelo desaliñado, cuya aura estalla de color amarillo y le hace caer de espaldas al suelo. La luz proyectada por esa silueta hace que se desvanezcan las otras sombras. 
– “No… ¡No existe un poder así!” – exclama el Capitán.
Finalmente, la oscuridad se desvanece y el brujo Salabim se presenta.
– “Bienvenido a mi hogar, Capitán Ginyu” – le saluda la pequeña criatura.
– “¿Quién diablos eres?” – pregunta el soldado, que se pone en pie de un salto.
– “Soy el que buscas” – sonríe el brujo.
En el Cuartel General de la Patrulla Galáctica, Hit se ha unido a Cold y Sorbet, y los tres se dirigen a la sala de mando, guiados por Ribrianne, para reunirse con el subcomandante de la Patrulla.
– “Así que tú eres el asesino…” – le dice Sorbet a Hit, mientras recorren los pasillos.
El asesino no responde e ignora al consejero.
– “No sé qué ha visto el Rey en ti…” – continúa Sorbet, que sigue sin lograr sacar una respuesta de Hit.
Finalmente, todos llegan a la sala principal, donde les espera el subcomandante, un personaje humanoide de avanzada edad, estatura media, delgado, piel anaranjada y bigote blanco, escoltado por dos chicas parecidas a Ribrianne, una de pelo morado, y la otra castaña.
– “Soy el subcomandante Zarbuto” – se presenta. – “¿A qué se debe vuestra visita?”
– “¿Cuál es vuestro problema con mis hombres?” – pregunta Cold, muy tajante. – “No esperaba que la Patrulla Galáctica se inmiscuyera en los asuntos del Imperio.” 
– “Nuestra organización no reconoce vuestro imperio.” – responde Zarbuto.
– “Y yo no reconozco vuestra autoridad” – dice el demonio del frío.
Las tres chicas se miran de reojo, pues prevén problemas.
– “Nos han llegado informes sobre la destrucción del planeta Hera…” – continúa Zarbuto. – “¿Es cierto lo que se dice?”
– “Sí.” – responde Cold, con seguridad.
La sala se queda en silencio. Incluso Hit, que intenta disimular, se ha sorprendido ante tal información.
– “¿Y te atreves a venir a nuestro Cuartel?” – dice Zarbuto, apretando sus puños.
– “No tolero la insubordinación.” – dice Cold. – “Pero lo que ocurra en mi territorio, no debería incumbir a la Patrulla Galáctica.”
Zarbuto da una señal a las tres agentes, que enseguida se transforman y revelan su verdadera forma, con piel azul y estrafalarios trajes.
– “Quedáis arrestados” – dice el subcomandante.
Una docena de patrulleros irrumpen en la sala y apuntan con sus armas al Rey, a Hit y a Sorbet.
Cold echa un vistazo a su alrededor y esboza una aterradora sonrisa.
– “Tenéis que estar de broma…” – dice el Rey.
El demonio del frío alza su mano y lanza a Zarbuto contra el techo, incrustando su cabeza en el sitio y dejando su cuerpo inerte colgando.
Los agentes disparan sus armas, pero los rayos quedan suspendidos en el aire, gracias al poder mental de Cold, que enseguida retorna los disparos y acaba con todos los agentes. Solo las tres muchachas permanecen en pie.
– “Im… impresionante…” – titubea Sorbet, algo asustado ante el poder de su propio señor.
Las tres patrulleras dan un paso al frente, dispuestas a cumplir con su deber.
– “¡Rozie! ¡Kakunsa!” – exclama Ribrianne.
– “¡SÍ!” – responde ellas.
Cold sonríe.
– “Son tuyas, Hit” – dice el Rey.
– “Esto no forma parte de mi contrato” – responde el asesino.
– “Tranquilo, seré generoso” – sonríe el demonio. – “Quiero ver de qué eres capaz.”
El asesino se abalanza sobre Ribrianne, que intenta interceptarle con un puñetazo, pero Hit lo esquiva y propina un puñetazo a la agente en el pecho, sobre su corazón, provocándole un paro cardíaco.
La patrullera cae de rodillas y pierde el conocimiento.
– “¡Ribrianne!” – grita asustada su compañera, Kakunsa.
Rozie, furiosa, se abalanza sobre el asesino.
– “¡MALDITO SEAS!” – grita la patrullera.
Rozie intenta propinar un puñetazo a Hit con su mano izquierda, pero Hit esquiva el golpe, agarrando su antebrazo y partiéndole el codo golpeándoselo con la mano derecha, para después rematarla con un certero golpe con dos nudillos en la sien. 
Kakunsa, asustada ante la muerte de sus amigas, intenta huir, pero Hit logra agarrarla del pie. El asesino tira de ella para acercársela y le propina un golpe descendente con el codo en la espada. El violento sonido de huesos rotos hace estremecer a Sorbet.
La patrullera cae al suelo. Dolorida e incapaz de mover sus piernas, Kakunsa intenta arrastrase, pero Hit se agacha sobre ella, y agarra su cabeza. Con brusco movimiento, el asesino parte el cuello de Kakunsa.
Cold aplaude lentamente.
– “Muy impresionante” – le felicita el demonio del frío. – “Tus honorarios son merecidos. No hay duda.”
El Rey se acerca al panel de mandos de la sala y echa un vistazo a la distribución de la Patrulla Galáctica en un mapa universal.
– “Estos tipos tienen un montado algo muy interesante…” – murmura Cold. – “Puede que merezca la pena conservarlo.”
– “¿Qué sugiere, Su Majestad?” – pregunta Sorbet.
– “De momento, tú tomarás el control de la Patrulla Galáctica.” – dice el Rey. – “Hit se quedará aquí contigo, para protegerte de quién se oponga al cambio.”
Sorbet no parece convencido.
– “Pero señor, ¿no cree que soy más útil a su lado?” – pregunta el consejero.
– “Ahora te necesito aquí.” – responde Cold.
– “Como desee, Su Majestad” – dice con una reverencia.
En el planeta del Hakaishin, Shiras estudia los poderes del anillo Toki.
Mientras tanto, Campahri, a través de su vara, ha observado lo ocurrido en Cuartel General de la Patrulla Galáctica, pero decide no decirle nada a su pupilo.
En Numa, Ginyu se ha calmado y ha seguido al brujo hasta su cueva, donde ambos se han sentado frente al fuelo.  Siguiendo su misión, el Capitán pregunta a Salabim por el asesino a sueldo del Rey.
– “Él es una pieza importante de la historia.” – responde el brujo. – “Pero no una que deba preocuparnos. Está cumpliendo con su función.”
– “Vas a tener que darme más, viejo” – insiste Ginyu.
– “Creo que Sorbet no ha entendido los términos de nuestro trato…” – murmura Salabim. – “Él es una marioneta. Quiere poder y eso le hace manipulable. Cree está utilizándome… Ingenuo.”
– “¿Estás diciendo que nos habéis manipulado a mí y al Rey Cold?” – pregunta Ginyu, clavando su mirada en el brujo.
– “Yo fui quien advirtió a Sorbet sobre los peligros de los herajín” – sonríe Salabim. – “El Rey Cold nunca habría tomado esa decisión si no hubiéramos acelerado los acontecimientos.”
Ginyu se pone en pie, furioso.
– “¡¿Cómo te atreves!?” – exclama apuntando al brujo con su mano.
– “Esta historia solo puede tener un final” – dice Salabim. – “Y será el que debe ser.”
– “¿De qué estás hablando?” – pregunta Ginyu.
– “Los mortales sois solo piezas en un tablero de ajedrez que se escapa a vuestro entendimiento.” – dice el brujo. – “Esta partida se lleva jugando desde hace milenios, y cada movimiento nos aproxima al jaque-mate.”
Ginyu, muy confuso, baja su mano.
– “¿Qué pretendes?” – pregunta el Capitán. – “¡Y HABLA CLARO!” – grita, frustrado e impaciente.
Salabim suspira, manteniendo la calma.
– “Eres un hombre leal.” – dice Salabim. – “Lo que hiciste en Hera lo demuestra.”
– “Me debo al Imperio.” – reafirma el Capitán.
– “Pues coincidirás conmigo en que Sorbet ha estado confabulando en contra del Emperador, ¿no es así?”
– “Igual que tú.” – dice Ginyu, amenazante.
– “Pero yo no soy el consejero del Rey” – sonríe Salabim. – “No podría haber echo nada sin él.”
– “¿Qué quieres?” – pregunta Ginyu.
– “Elimina a Sorbet y trae al Rey Cold hasta mí, para que pueda guiarle directamente.” – dice el brujo. – “¡Convertiré el Imperio en una fuerza imparable!”
El brujo sonríe al ver que sus palabras hacen reflexionar a Ginyu.
– “Las cajas de música pronto estarán en nuestras manos.” – piensa el Kashvar.

ESPECIAL DBSNL /// Planeta maldito // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte I: La caída de Konats

Planeta maldito / Parte I: La caída de Konats
“Y él segará, pues es su tarea.”
Una vieja bruja se encuentra trabajando en su palacio, en un remoto planeta, cuando una misteriosa imagen aparece en su bola de cristal, que flota en el centro de la habitación.
– “¿Qué diablos es esto?” – se pregunta la anciana.
Al echar un vistazo, el orbe brilla intensamente, como si se hubiera convertido en una bola de fuego, iluminando toda la sala.
– “¡¿Qué significa esto?!” – exclama la bruja.
En el interior de la esfera, la bruja logra ver un extraño símbolo que la perturba; un gran pilar central terminado en un gran ojo, flanqueado por dos columnas laterales más cortas.
De repente, la bola de cristal se resquebraja y se precipita contra el suelo, partiéndose por la mitad.
La bruja, aterrada, se arrodilla intentando recuperar la calma.
– “Eso era… el futuro…” – murmura ella. – “El Universo está en peligro…”
Mientras tanto, en el planeta Konats, la gente disfruta de un día de mercado en la ciudad. La cultura del lugar es próspera y recibe a gente de todos los planetas vecinos, pues es un punto de comercio importante.
En las afueras de la metrópolis, en lo más profundo del viejo templo Yahirodono, en una gigantesca y milenaria sala que recuerda a un laboratorio, pero repleto de objetos mágicos en lugar de tecnología, cinco brujos estudian distintos artefactos. En el centro de la sala, el legendario Amenoukihashi se yergue imponente; una escultura antigua de piedra, repleta de jeroglíficos, que consta de un pilar central terminado en un gran círculo, con dos pilares más pequeños, uno a cada lado.
Entre los magos, Bibidí, que está leyendo un viejo libro cuya portada está adornada con el símbolo que los Kashvar tomaron en honor a \”El que vio\”.
Un guerrero con aspecto de zorro, ciego, vistiendo túnica morada de largas y anchas mangas, y luciendo una \”M\” tatuada en su frente, se acerca a Bibidí.
– “¿Me ha llamado, señor?” – pregunta el feneco.
– “Así es, Majora” – responde el brujo. – “Tengo una misión para ti.”
En el planeta del Hakaishin, Sidra supervisa el entrenamiento de sus pupilos. Champa y Beerus se enfrentan al ángel Campahri.
– “Sois fuertes” – sonríe el ángel, mientras esquiva a los gotokonekos. – “Pero os falta coordinación.”
Los dos felinos se detienen y se miran de reojo, con cierto desprecio.
– “Beerus siempre está en medio.” – se queja Champa.
– “¡Tú eres el que estorba!” – replica Beerus.
Sidra suspira al ver la discusión, algo decepcionado con sus alumnos.
– “Aún no están preparados…” – piensa el Hakaishin, desanimado. – “Son demasiado arrogantes.”
En Konats, en el Templo Sagrado principal, frente a la plaza de la ciudad, una gran estatua del antiguo demonio Hildegarn luce en el altar. Decenas de habitantes rezan ante la figura, mientras un sacerdote pregona.
– “¡Esta estatua nos recuerda los males del pasado!” – exclama el konatsiano. – “¡El dolor de nuestros antepasados y su sacrificio para proteger a las futuras generaciones!”
Desde un rincón, Salabim contempla la gigantesca estatua, acompañado de otro brujo de tez roja y arrugada.
– “Es fascinante…” – murmura el brujo. – “Tanto poder reducido a esto…”
– “Nos falta poco, Salabim.” – dice el recién llegado. – “Una vez consigamos el corazón del Goshinboku, podremos despertarle. Y él segará, pues es su tarea.”
– “Bibidí ha mandado a Majora a encargarse del asunto.” – responde Salabim. – “No tardará mucho. Ten paciencia, Hoi.”
– “Compartir nuestro conocimiento con esta gente me revuelve las entrañas.” – refunfuña el brujo.
– “Pronto podremos abandonar esta pantomima” – sonríe Salabim.
En el planeta Numa, Majora aparece en mitad del pantanoso terreno, teletransportado por la magia de Bibidí.
– “Así que esto es Numa…” – murmura mientras escucha cada sonido que le rodea.
Majora pronto localiza una villa cercana, al poder escuchar a los aldeanos trabajando en el lago.
– “Están cerca.” – sonríe el zorro.
La bruja que ha visto el futuro aparece frente al Puesto Fronterizo, saltándose la cola de almas y corriendo hacia el Rey Enma. Los trabajadores intentan detenerla, pero ella lucha para seguir avanzando.
– “¡REY ENMA!” – exclama la anciana. – “¡ALGO TERRIBLE VA A OCURRIR!”
El juez oye los gritos de la anciana y ordena que la dejen pasar.
La bruja se arrodilla ante el Rey Enma.
– “Su Señoría, tiene que hacer algo.” – dice la anciana. – “¡He visto algo terrible en mi bola de cristal!”
– “¿Qué ha pasado?” – pregunta el juez.
– “¡Era el símbolo de \”El que vio\”!” – dice la bruja. – “¡Lo he visto!”
– “Eso no es posible…” – responde el Rey Enma. – “Además, esas historias no competen a los mortales.”
– “¡Sé lo que se me ha revelado!” – responde ella, muy nerviosa. – “¡Era él! ¡Era el sello de los Kashvar! ¡Era M…!”
El Rey Enma se pone en pie, exaltado.
– “¡NO TE ATREVAS A DECIR SU NOMBRE!” – grita el juez, dejando a toda la sala estupefacta y en silencio.
Enma recupera la compostura y se sienta de nuevo.
– “Es el deber de los Dioses encargarse de esos asuntos.” – dice el juez. – “No se pueden alterar las leyes de la naturaleza. Las predicciones solo crean caos… Y no quiero tener que lidiar con el Hakaishin.”
– “Pero, Rey Enma…” – insiste ella.
– “Lo siento, señora.” – dice el juez. – “No hay nada más que hablar.”
Dos trabajadores se acercan a la anciana y la invitan a abandonar el Puesto Fronterizo.
En Numa, Majora ha arrasado todos lo habitantes que se han interpuesto en su camino hasta encontrar una antigua cueva repleta de jeroglíficos antiguos.
– “Ha costado, pero al final han hablado. Es aquí…” – murmura el feneco. – “Siento una oscura presencia… Después de tantos milenios y aún queda el rastro de su energía… Esos brujos no exageran cuándo alaban a ese tipo.”
El zorro se adentra en la cueva y avanza por el oscuro lugar, siguiendo la energía residual que le sirve de guía.
En el Planeta Sagrado de los Kaioshin, un joven Madas retoza plácidamente bajo un árbol, sin sospechar que, cerca de allí, la bruja le observa escondida tras un arbusto.
– “Tengo que informar a los Kaioshin…” – piensa la anciana. – “Pero lo que estoy haciendo va en contra de las normas… Si no me creen, estaré condenada. Incluso puede que termine frente al Dios de la Destrucción…”
La anciana suspira, intentando reunir el coraje suficiente para tomar la decisión correcta.
– “Si el Universo está en peligro, no puedo ser egoísta.” – murmura la bruja. – “Tengo que arriesgarme. Pero… si hubiera un modo de que entendieran lo que vi…”
De repente, la anciana se fija en los pendientes del Kaioshin.
– “¡ESO ES!” – exclama, al tener una idea.
La anciana sorprende a Madas.
– “Hola, muchacho” – le saluda, intentando ganarse su confianza y acercarse a él.
El Kaioshin del Norte, mira a la bruja confuso, pues sabe que ella no debería estar allí.
– “Qué pendientes tan bonitos…” – dice la anciana, agarrando uno de los Pothala. – “¿Me lo puedo probar?” – añade mientras se lo coloca en la oreja.
– “¡NO!” – grita asustado el Dios. – “¡ESPERA!”
Ya es demasiado tarde. Los cuerpos de los dos personajes son atraídos el uno hacia el otro y chocan en una explosión de luz.
En Numa, Majora ha llegado a lo más profundo de la cueva, donde ha encontrado con un viejo tarro de cerámica cerrado con un tapón de corcho.
El guerrero no duda en abrir el tarro con su afilada uña. En el interior se halla un extraño fruto, que se pudre repentinamente al entrar en contacto con el aire, quedando reducido a dos semillas.
– “Tiene que ser esto.” – sonríe el feneco. – “El corazón del Goshinboku; La semilla del Árbol Sagrado.”
En el Planeta Sagrado, un envejecido Madas ha recurrido al Dai Kaioshin.
– “Madas… ¿Eres tú?” – se sorprende el Dios Supremo que, a pesar de poder identificar el alma de su compañero, el cambio de apariencia lo ha dejado boquiabierto. – “¿Qué ha ocurrido?”
En Konats, Majora ya ha regresado junto a su amo y le ha entregado las semillas.
En unas pocas horas, los Kashvar están listos para comenzar su ritual. Los siete magos, Salabim, Bibidí, Arak, Zunama, Hoi, Iwen y Rota, todos vestidos con sus túnicas encapuchadas, forman un corro alrededor de un círculo rúnico plasmado en el centro de la sala del templo Yahirodomo. En el centro del círculo, un caldero efervescente emana extraños vapores negros y rojos.
Mientras tanto, Madas y el Dai Kaioshin viajan al Planeta del Hakaishin, donde se encuentran con el ángel Campahri, y los discípulos de Dios de la Destrucción. 
– “Disculpad nuestra presencia.” – dice el Dai Kaioshin. – “Necesitamos hablar con el Hakaishin.”
– “Se encuentra descansando en el palacio.” – responde Campahri.
– “Podéis informarnos a nosotros” – dice Champa.
– “Es un algo de suma importancia.” – dice el Dai Kaioshin. – “Por favor, informen a Sidra.”
– “Seguro que estos muchachos pueden ayudar.” – dice Campahri.
– “¡Es importante!” – insiste Madas. – “¡No hay tiempo que perder!”
– “No me gusta tu tono, viejo” – dice Beerus.
– “¡El Universo está en peligro!” – responde Madas. – “¡HAKAISHIN SIDRA!” – grita.
Beerus mira al Kaioshin con desprecio.
– “Que pocos modales.” – refunfuña Champa.
– “¡NO HAY TIEMPO PARA MODALES!” – exclama Madas. – “¡ES EL FIN! ¡LO HE VISTO!”
Esa expresión mosquea a Beerus.
– “¿Lo has visto?” – dice el gotokoneko.
Beerus se fija detenidamente en Madas.
– “Ahora lo entiendo…” – dice el felino. – “Eres más de lo que pareces… Una aberración.”
De repente, Sidra sale del palacio. 
– “¡BASTA!” – exige silencio del Hakaishin. – “Escuchemos lo que tienen que decir nuestros invitados.”
En Konats, los siente brujos colocan sus manos en el suelo y transfieren su magia al caldero, que proyecta un foco de luz roja hacia el cielo.
La energía emitida viaja hasta el Templo Sagrado y cae sobre la estatua de Hildegarn, haciéndola brillar, por cada una de sus rendijas, sorprendiendo a todos los fieles.
Finalmente, el monstruo Hidelgarn cobra vida de nuevo. 

Al moverse, gran parte del templo se derrumba sobre los fieles.
El sacerdote contempla aterrado al monstruo. 
– “No… no puede ser…” – titubea el konatsiano.
En el planeta del Hakaishin, Sidra y los demás perciben la terrible energía del monstruo.
– “¿Qué es eso?” – se pregunta Champa.
– “Nunca había sentido algo así…” – murmura Beerus.
– “Qué curioso…” – dice el ángel.
– “Son ellos.” – dice Madas, llamando la atención de los presentes. – “Son los Kashvar; los autoproclamados herederos de las enseñanzas de \”el que vio\”.”