ESPECIAL DBSNL /// El que vio // Universos 1, 2, 3, 4, 5, 6 y 7 / Parte II: Zeno

El que vio // Parte II: Zeno
“La oscuridad te consumirá para el resto de la eternidad.” 

El Dai Kaioshin y el Hakaishin se han reunido con los supervivientes de Konats en la plaza de la ciudad. Los representantes del pueblo rodean a los Dioses para escuchar sus peticiones. 

Un joven ira-aru aparece de la nada al lado del Dios. En sus manos lleva una gran espada.

– “Está todo listo.” – dice el recién llegado.

– “Gracias, Toshisei” – responde el Dai Kaioshin. – “Siento las molestias… No he podido sellar la esencia del monstruo por completo…”

El cuerpo del Dios tiembla. La oscuridad que contiene en su interior, el monstruo Hildegarn, lucha por salir.

El joven ofrece la espada al Dios, pero éste la rechaza.

– “Tendrás que hacerlo tú” – fuerza una sonrisa el Dai Kaioshin.

– “Si esas son sus órdenes…” – agacha la cabeza el ira-aru solemnemente.

Mientras tanto, Kawa sale tambaleándose de la gruta. Sus ojos están abiertos como platos, incrédulo ante lo que acaba de ver; un mortal ha derrotado a los Dioses.

Ramushi siente la energía de su pupilo y se teletransporta a su lado.

– “Kawa…” – dice asustado al ver el estado del gotokoneko. – “¿Y los Kaioshin?” – pregunta.

El aprendiz sigue en silencio.

– “Kawa… ¡Respóndeme!” – insiste Ramushi.

Al salir de la cueva, Kawa siente que sus fuerzas se recuperan lentamente.

– “Asesinados…” – revela el gotokoneko. – “…por un mortal.”

– “¿Qué?” – se sorprende el Dios de la Destrucción.

– “Jamás había visto un poder como ese…” – gruñe Kawa. – “Nos doblegó a su voluntad… No pudimos hacer nada…”

– “¿Y dónde está ese mortal?” – pregunta el Hakaishin.

Mientras tanto, en el planeta de Zeno, el pequeño Dios del Todo se encuentra sentado en su trono cuando siente una presencia que le perturba.

En la sala contigua, el brujo encapuchado ha aparecido de la nada.

– “¿Dónde estoy?” – se pregunta el hechicero. – “¿Es este el mundo real?”

El brujo ve unas puertas gigantescas frente a él y se aproxima a ellas. Tras examinarlas, decide empujarlas para abrirlas.

Las puertas chirrían mientras se abren y revelan la sala del trono, donde el Dios del Todo le espera.

– “¿Qué hace un mortal aquí?” – pregunta el Dios.

– “Tú…” – dice asombrado el brujo. – “Eres… ¿Qué significa esto?”

El Dios no responde.

– “Pero… No puede ser…” – titubea el hechicero. – “Es… un niño…”

Zeno se pone en pie y levita para acercarse al brujo hasta quedarse a unos pocos metros de él.

– “Cuida tus palabras, mortal.” – le amenaza el Dios del Todo. – “¿Quién eres?”

– “Me llamo Moro” – se presenta el hechicero.

– “¿A qué has venido?” – pregunta Zeno.

– “Busco respuestas.” – revela el brujo. – “¿Por qué existo? ¿Cuál es el propósito de nuestro mundo? ¿Por qué nos creaste?”

– “No necesito una razón.” – responde el Dios del Todo.

– “¡¿Cómo?!” – se sorprende Moro.

Zeno da la espalda al brujo, ofendiendéndolo.

– “He logrado llegar hasta aquí…” – gruñe el hechicero. – “¡Estoy cara a cara contigo! ¡En tu plano de existencia! ¡Exijo respuestas!”

El Dios del Todo se da la vuelta y clava una mirada de desprecio en el brujo.

– “Eres solo una serpiente que ha salido del terrario.” – dice Zeno.

Los dientes de Moro rechinan. El brujo aprieta los puños con rabia.

– “¿Cómo te atreves…?” – protesta Moro.

– “Un mortal no merece respuestas.” – dice Zeno. – “Ni yo necesito razones.”

Una extraña oscuridad empieza a rodear a Moro como un torbellino de tinieblas.

– “No he llegado hasta aquí para nada…” – amenaza el brujo.

Zeno observa las sombras que nacen de su adversario.

– “¿Qué poder es este?” – murmura el Dios.

– “Es el rencor de tu creación” – responde Moro.

Zeno frunce el ceño, preocupado por lo que está presenciando.

Mientras tanto, en Konats, el Dai Kaioshin ha imbuido el mandoble con su propia técnica de sellado.

– “En caso de que Hildegarn regrese, esto debería detenerle.” – explica el Dios.

El Dai Kaioshin hinca la rodilla, agotado.

Toshisei entrega la espada a los sabios de Konats.

Ramushi y Kawa han regresado a la plaza. Ahora es el Hakaishin quien imbuye dos pequeños instrumentos musicales con su técnica sonora.

– “Esto os ayudará.” – dice el Dios. – “Os dejo una parte de mi poder en estas ocarinas.”

Toshisei es de nuevo quien recoge los instrumentos y los entrega a los sabios.

La gente de Konats agradece los obsequios con una reverencia. Kawa sigue ensimismado, absorto en sus pensamientos.

El Dai Kaioshin fuerza una sonrisa.

– “Es el momento, Ramushi.” – dice el Dios.

– “¿Estás seguro?” – pregunta el Hakaishin.

– “No hay otra opción.” – responde el Kaioshin.

El Hakaishin se coloca frente al Dios.

– “Has salvado a esta gente.” – sentencia el paquidermo.

El Dai Kaioshin mira de reojo a Toshisei.

– “Dejo en tus manos el futuro de los Kaioshin” – dice el Dios.

Toshisei asiente.

Ramushi apunta al Dios protector con la mano derecha.

– “Hakai” – sentencia el Dios de la Destrucción solemnemente.

En el planeta de Zeno, Moro invoca poderes que el mismísimo Dios del Todo desconoce.

– “Mi poder es la respuesta a su desidia.” – gruñe el brujo.

– “No debería existir un poder como ese…” – piensa Zeno. – “El ki divino es puro.”

– “Toda luz genera sombras.” – sonríe Moro. – “¡Soy la encarnación de esa oscuridad!”

La mirada de Zeno se torna severa.

Moro se abalanza sobre el Dios con su mano derecha en alto.

– “Desaparece” – sentencia Zeno.

El brujo es sacudido por una corriente de aire que le frena.

Los dos adversarios se quedan perplejos ante lo ocurrido.

– “¿Qué?” – se preguntan los dos.

Moro observa sus manos atentamente.

– “Ja… jaja… jajaja… ¡JAJAJAJA!” – estalla en una sonora carcajada.

Una gota de sudor recorre la sien de Zeno.

– “¡No puedes detenerme!” – celebra Moro. 

Zeno alza su mano hacia el cielo y un estallido de luz inunda el lugar.

– “¿Qué haces?” – pregunta Moro, confuso.

– “Dejaré que te pudras en tu odio.” – sentencia Zeno.

– “¿Cómo dices?” – se extraña el brujo.

– “La oscuridad te consumirá para el resto de la eternidad.” – dice el Dios. – “Encerrado en este mundo. Tu propio reino de tinieblas.”

Zeno se eleva lentamente.

– “¡¿Intentas escapar?!” – gruñe el brujo.

De repente, los pies del brujo quedan atrapados en hielo.

– “¡¿QUÉ?!” – se asusta Moro. – “¡¿QUÉ ES ESTO?!”

El hielo se extiende por las piernas de Moro. Zeno sigue elevándose.

– “¡¡MALDITO SEAS!!” – grita el brujo. – “¡COBARDE!”

El Dios del Todo desaparece.

Los días pasan y, en el Planeta Sagrado de los Kaioshin, Toshisei presenta a Ramushi y Kawa a los nuevos Dioses

– “Bienvenidos, Kaioshin.” – saluda el Hakaishin.

– “Son débiles.” – gruñe Kawa.

– “¿Qué has dicho?” – protesta Ramushi.

De repente, un nuevo personaje aparece en el cielo del planeta y desciende hasta el suelo.

– “¿Quién es?” – se preguntan los Kaioshin.

El joven personaje de piel celeste, ojos grises y cabello blanco sonríe.

– “Vengo en nombre del señor Zeno.” – revela el ángel. – “Soy el Daishinkan.”

– “¿Sumo Sacerdote?” – frunce el ceño Ramushi.

Kawa aprieta sus puños con rabia.

– “Es una trampa…” – gruñe el aprendiz de Hakaishin. – “¡¡Seguro que es un truco del brujo!!” – exclama.

El gotokoneko se abalanza sobre el Daishinkan.

– “¡¡DETENTE, KAWA!!” – exclama Ramushi.

Un golpe de vara en la frente del felino lo remite de nuevo al suelo.

– “Veo que los ánimos están caldeados…” – sonríe el ángel.

Zeno aparece junto a su consejero.

– “El Daishinkan habla en mi nombre.” – revela Zeno. 

Todos los presentes se quedan asombrados al ver al Dios del Todo.

– “¡Señor Zeno!” – exclaman al unísono antes de arrodillarse.

– “Los eventos recientes han revelado que la creación necesita una mejor supervisión.” – explica el Dios. – “El ángel os ayudará en vuestro cometido.”

– “¿Y el brujo?” – pregunta un magullado Kawa.

– “El señor Zeno se ha encargado del mortal” – responde el Daishinkan.

Los Dioses aceptan las ordenes de Zeno sin rechistar.

En la cárcel de Moro, el brujo se encuentra encerrado en un pilar de hielo. Las sombras se filtran a través de finas grietas y se expanden por la superficie del planeta, corrompiendo todo lo que encuentran a su paso.

ESPECIAL DBSNL /// El que vio // Universos 1, 2, 3, 4, 5, 6 y 7 / Parte I: El brujo y su monstruo

El que vio // Parte I: El brujo y su monstruo

“Vuestros sacrificios liberarán este mundo.” 

Esta historia ocurrió hace mucho tiempo; antes de que el primer ángel naciera.

En el planeta Konats, un gigantesco monstruo con una larga cola destruye todo lo que encuentra a su paso. Su aliento de fuego inunda las calles de la ciudad, aniquilando a sus habitantes, que corren despavoridos buscando cobijo.

En el Planeta Sagrado, los Kaioshin observan lo ocurrido con sus ojos divinos.

– “¿Eso es una creación de los mortales?” – pregunta el Kaioshin del Norte.

– “Es una magia poderosa…” – murmura el Dai Kaioshin.

– “¿Deberíamos intervenir?” – se pregunta el Kaioshin del Este.

Mientras tanto, el Hakaishin Ramushi y su discípulo, el gotokoneko Kawa, también están atentos a lo que sucede.

– “¿Qué está pasando, maestro?” – pregunta Kawa.

En Konats, el monstruo al que llaman Hildegarn sigue sembrando el caos. Varios guerreros konatsianos intentan detenerle, pero sus espadas no son capaces de dañar ni lo más mínimo al demonio.

Un niño corre por las calles, huyendo de la muerte personificada, pero el monstruo se fija en él y proyecta su terrible aliento de fuego contra el chico, bañando la calle en llamas.

En un instante, Kawa aparece en la azotea de un edificio, a varios kilómetros de distancia, con el niño en brazos. Lo ha salvado. El chico se asusta aún más al ver al gotokoneko, que enseguida lo deja en el suelo.

– “Largo.” – le dice el aprendiz de Hakaishin, haciendo que el niño eche a correr.

Cerca de allí, el vigente Dios de la Destrucción observa al monstruo, que sigue avanzando por las calles de Konats.

Kawa se acerca al Hakaishin.

– “¿Qué debemos hacer, maestro?” – pregunta el gotokoneko.

– “Yo me encargaré de eliminar esta abominación.” – dice Ramushi. – “Tú investiga su origen.”

– “Sí, señor.” – responde Kawa.

El monstruo sigue incendiando la ciudad, pero de repente, Ramushi aparece frente a él, flotando a la altura de su rostro.

– “Se acabó, criatura.” – dice el elefante en tono severo, mientras apunta con la palma de su mano al enemigo. – “Hakai.” – sentencia.

Pero nada ocurre.

– “¿Qué?” – se sorprende Ramushi.

En ese instante, el monstruo propina un fuerte manotazo al Dios y lo estampa contra un edificio cercano.

– “¡¡¡GRRRAAAAAAAHHH!!!” – ruge Hildegarn, antes de proyectar una fuerte llamarada contra el Hakaishin.

Ramushi apunta con su mano a la llama, que se aproxima rápidamente.

– “¡Hakai!” – vuelve a probar suerte el Dios, con estéril resultado.

El fuego baña el edificio, que se derrite como una vela.

Lejos de allí, a una distancia segura, el Dai Kaioshin aparece acompañado por Ramushi.

– “Gracias, Dai Kaioshin.” – dice el Hakaishin

– “Un placer.” – sonríe el Dios.

Los cuatro Kaioshin cardinales se encuentran a su lado y observan el desastre.

– “Ese fuego parece extraño.” – dice el Kaioshin del Norte.

– “Si esa criatura es inmune al poder del Dios de la Destrucción, no sé que podemos hacer nosotros para detenerlo…” – murmura el Kaioshin del Sur.

El Dai Kaioshin y el Hakaishin se unen a ellos.

– “No podemos actuar sin un plan.” – dice Ramushi.

– “Debemos ser cautelosos.” – sugiere el Dai Kaioshin.

Los Kaioshin escuchan a sus superiores atentamente, pero de repente, el Kaioshin del Norte interrumpe alarmado.

– “¡Ha desaparecido!” – exclama el Dios.

– “¡¿Qué?!” – se sorprenden todos.

– “¡El monstruo ya no está!” – insiste el Kaioshin.

– “¿Cómo es posible?” – se pregunta el Dai Kaioshin.

Todos los Dioses buscan al monstruo en el horizonte, pero pronto se dan cuenta de que un extraño humo está cobrando forma a sus espaldas.

– “Pero, ¿qué demonios…?” – murmura el Hakaishin.

Hildegarn se materializa a partir del torbellino de humo e intenta golpear a los Dioses, que se ven obligados a dispersarse para esquivarlo. 

Mientras tanto, Kawa sigue el rastro de destrucción que ha dejado el monstruo hasta su posible origen, en las afueras de la ciudad, atravesando un gran bosque incinerado.

El gotokoneko encuentra un gran socavón en el suelo y se adentra en él. Al llegar a lo más profundo del abismo, el aprendiz de Hakaishin encuentra que éste conecta con una red de túneles.

– “¿Qué es todo esto?” – se pregunta Kawa.

Las paredes de la gruta se encuentran repletas de jeroglíficos antiguos que describen un mundo desconocido para el aprendiz de Dios.

En la ciudad, los Dioses se preparan para luchar. Los cuatro Kaioshin se colocan junto a sus superiores.

– “¡¿Qué hacemos, señor?!” – se preguntan los Kaioshin cardinales.

– “Dejádnoslo a nosotros.” – dice el Dai Kaioshin.

– “Buscad a mi aprendiz y ayudadle.” – ordena Ramushi.

Los cuatro Kaioshin asienten y enseguida se marchan, dejando al los dos Dioses supremos frente al monstruo.

– “Debemos ser precavidos, Ramushi.” – sugiere el Dai Kaioshin.

– “Debe tener un punto débil.” – dice el Hakaishin. – “Tenemos que averiguarlo.”

Mientras tanto, Kawa investiga la gruta y avanza por sus túneles hasta llegar a una gran sala con una extraña estructura central que consta de tres pilares. Las dos columnas laterales son más cortas que la columna central, cuya cima termina en un gran círculo, como el ojo de una aguja.

Kawa contempla la gran estructura, cuyo origen y función desconoce.

De repente, una voz le sorprende.

– “Bienvenido, joven Dios.” – dice una voz ronca.

Kawa se da la vuelta alarmado.

– “¿Quién eres?” – pregunta el aprendiz de Hakaishin.

Entre las sombras, Kawa puede ver a un personaje encapuchado, envuelto en una larga túnica negra.

– “Alguien que busca respuestas.” – responde el personaje.

– “Supongo que eres el responsable de todo esto…” – dice Kawa. – “¡Tú has creado ese monstruo!”

– “Solo soy un mortal.” – sonríe el misterioso personaje.

– “¡Estás jugando con fuerzas que no comprendes!” – exclama Kawa.

– “Las comprendo muy bien.” – responde el individuo.

– “¡¿Por qué lo has hecho?!” – insiste el aprendiz de Hakaishin.

– “Quería poner a prueba mis habilidades.” – responde el personaje.

– “Estás loco.” – dice Kawa.

– “¡¿Loco?!” – se ofende el individuo. – “¡Sé que hay un poder por encima de mí y de vosotros! ¡Alguien que ha decidido jugar con mi destino y el de todos los mortales! ¡Para él solo somos un terrario al que observar para entretenerse!”

– “¿Conoces la existencia del señor Zeno?” – se sorprende Kawa. – “¿Cómo es posible?”

– “Zeno…” – sonríe la sombra. – “No sabía su nombre…”

De repente, una luz aparece en el centro del gran ojo de la columna central.

– “¿Qué es eso?” – se pregunta Kawa.

– “Hildegarn está cosechando energía.” – dice la sombra. – “¡Gracias a él podré salir de este plano existencial y tocar la realidad con mis dedos! ¡Podré ver más allá!”

En la ciudad, Hildegarn destruye todo lo que encuentra a su paso, acabando con la vida de cientos de personas. El Dai Kaioshin y el Hakaishin intentan detenerle.

Ramushi se envuelve en ki morado y se agacha, colocando sus manos en el suelo como si fuera a empezar una carrera, y embiste a Hildegarn con todas sus fuerzas, pero el monstruo se convierte en humo y deja que el Dios pase a través de él.

– “Maldito…” – murmura el Hakaishin.

El humo se condensa de nuevo y ahora es el Dia Kaioshin quien intenta interceptarlo lanzándole un centenar de cascotes con su poder mental, pero el monstruo se vuelve intangible de nuevo.

– “Esto es muy frustrante…” – lamenta el Dios.

En la gruta, Kawa y la sombra continúan hablando.

– “No permitiré que lleves a cabo tu plan” – dice el aprendiz de Dios, poniéndose en guardia y envolviéndose en un aura morada.

Kawa se abalanza sobre el enemigo, dispuesto a propinarle un puñetazo, pero la sombra extiende su brazo y detiene el golpe del aprendiz, cuya aura de desvanece al instante.

El rostro de Kawa muestra una mezcla de sorpresa, confusión y miedo al ver que ese mortal ha podido detenerle.

De repente, el aprendiz de Hakaishin sale repelido al otro lado de la sala y se estrella contra la pared.

– “No deberías considerarme un enemigo.” – dice la sombra. – “Estás atrapado en este mundo como el resto de mortales.”

Kawa se pone en pie, magullado y con un corte sobre su ojo derecho.

– “Mi deber como futuro Hakaishin es mantener el orden en el universo.” – dice Kawa. – “Y eliminar a los agentes del caos como tú.”

– “Una voluntad fuerte.” – dice la sombra. – “Pero ya te habrás dado cuenta de que la mía también lo es.”

En la metrópolis, el Hakaishin apunta al enemigo con su trompa y sopla con fuerza, emitiendo un ruido ensordecedor que arrasa con todo a su paso, como si fuera un gran cañón de aire emitido por una trompeta.

El invisible ataque logra sorprender a Hildegarn, que parece quedar aturdido.

Al ver que el ataque ha tenido efecto, Ramushi sigue insistiendo en su ofensiva.

El Dai Kaioshin junta sus manos delante de su rostro y concentra su ki de color verde mientras recita una oración en la lengua de los Dioses.

Finalmente, el Dios separa sus manos, que brillan con intensidad.

– “Espero que esto funcione…” – piensa el Dios.

El Dai Kaioshin apunta al monstruo, emitiendo un rayo de energía que envuelve a Hildegarn tras el impacto. El Dios abre sus brazos hasta colocarlos en cruz, y eso hace que una oscura presencia salga del monstruo y viaje a través del rayo de energía hasta el Dai Kaioshin, introduciéndose en su cuerpo.

De repente, la figura de Hildegarn empieza a convertirse en piedra, transformándose en una inmensa estatua.

El Dai Kaioshin, agotado, desciende hasta el suelo y cae de rodillas. Ramushi enseguida se acerca a él.

– “Lo hemos logrado.” – suspira el Dai Kaioshin.

– “Eso parece.” – sonríe el Hakaishin. – “¿Cómo te encuentras?”

– “No podré retener su presencia eternamente.” – dice el Dios. – “Será mejor que nos demos prisa.”

Mientras tanto, en la gruta, Kawa y la sombra siguen cara a cara. De forma repentina, la luz de la estructura empieza a atenuarse.

– “Parece que has fracasado.” – sonríe Kawa.

En ese instante, los cuatro Kaioshin llegan al lugar y se colocan junto al aprendiz de Hakaishin.

– “¿Quién es ese tipo?” – pregunta uno de ellos.

– “¿Es el causante de todo esto?” – añade otro.

La sombra esboza una terrorífica sonrisa.

– “Justo lo que necesitaba.” – murmura el enemigo.

En ese momento, los cuatro Kaioshin y Kawa sienten que una fuerza poderosa es ejercida sobre ellos, como si la gravedad hubiera aumentado exageradamente, forzándoles a ponerse de rodillas.

– “¡¿Qué ocurre?!” – se pregunta sorprendido uno de los Dioses.

La sombra se acerca a ellos lentamente.

– “Vuestros sacrificios liberarán este mundo.” – dice la sombra.

De repente, un extraño fuego negro envuelve al primer Kaioshin, y con su muerte la luz de la columna brilla con más intensidad. Lo mismo ocurre con el segundo y el tercero, ante la aterrada mirada de sus compañeros. Con la muerte del cuarto Kaioshin, la luz estalla y se genera un portal en el interior del círculo de piedra.

– “Bien…” – sonríe satisfecha la sombra, que mira al aprendiz de Hakaishin. – “Has tenido suerte. Parece que no necesito tu sacrificio.”

Kawa alza su mirada y puede ver por primera vez el rostro del misterioso individuo encapuchado; un ser con aspecto de carnero, con pelaje azul, ojos rojos y cuernos curvados.

El individuo da la espalda al aprendiz de Hakaishin y se acerca al portal.

– “Ha llegado el momento.” – sonríe antes de cruzarlo.

Un instante después, el portal se apaga y Kawa queda libre de la fuerza que lo retenía.

El joven aprendiz de Hakaishin se queda de rodillas, en estado de shock, con su rostro desencajado. Jamás había imaginado la posibilidad de que pudiera existir alguien así; un mortal capaz de doblegar a los Dioses.

ESPECIAL DBSNL /// Equilibrio // Universo 4 / Parte I: Mensajero del futuro pasado

Equilibrio / Parte I: Mensajero del futuro pasado
“¿Cuál es vuestra decisión?”


En la Academia Kaioshin, un joven Gowas se encuentra limpiando la sala del Anillo Toki, cuando una tormenta eléctrica se forma de repente y le sorprende. 
– “¡¿Qué está pasando?!” – se asusta el joven aprendiz de Kaioshin. – “¡¿Qué es esto?!” – exclama mientras retrocede gateando. – “¡MAESTRO TOSHISEI! ¡AYUDA!” – grita.
De repente, una versión envejecida de él mismo aparece frente a él.
– “¡Tranquilo, Gowas!” – dice la aparición. – “¡Soy tú!”
– “¿Yo?” – se extraña el joven, que no comprende la situación.
– “¡He usado el Anillo Toki para viajar al pasado y avisarte!” – dice el viejo Gowas.
– “¿Avi… avisarme?” – titubea el joven.
– “En el futuro, el caos reina en el universo.” – explica la aparición. – “¡Un brujo creó un monstruo que acabó con los Kaioshin!”
El joven Gowas escucha atentamente a su versión futura, pasmado ante la historia que narra.
– “¿Derrotó incluso al Hakaishin?” – pregunta el aprendiz.
– “El Dios de la destrucción dio la espalda a los Kaioshin.” – dice el viejo. – “Beerus ni siquiera despertó de su siesta.”
– “¿Quién es Beerus?” – se extraña el joven.
– “No me queda energía…” – murmura Gowas, que nota como el anillo pierde poder. – “¡Tienes que advertir al Dai Kaioshin y a Sidra!” – insiste. – “¡Solo tú puedes proteger al Universo del caos!”
En un instante, el anciano desaparece.
En ese mismo momento, el Maestro Toshisei entra en la sala.
– “¡¿Qué ha pasado?!” – pregunta el sabio anciano.
– “¡Tenemos que reunir a los Dioses!” – dice Gowas. – “¡Es importante!”
En unos pocos días, el Maestro Toshisei reúne a los Kaioshin y al Hakaishin en la Academia. Hacía mucho tiempo desde la última vez que un encuentro de esta magnitud tuvo lugar.
El joven Gowas informa a los Dioses sobre lo ocurrido.
Los Kaioshin no saben qué hacer con la información. Utilizar el Anillo Toki para modificar el pasado está prohibido, pero ahora que conocen los eventos futuros, consideran irresponsable no actuar.
– “Siempre supe que debíamos ser más proactivos” – dice el Kaioshin del Norte. – “¡Estaba claro que algo así iba a pasar!”
– “Pero no podemos actuar contra alguien que aún no ha hecho nada…” – rebate un anciano Kaioshin del Este.
– “¿Entonces propones esperar a que el monstruo acabe con la vida de miles de personas?” – le increpa la Kaioshin del Oeste.
– “No se trata de ese brujo, ¡si no de todas las posibles amenazas!” – dice el Kaioshin del Sur. – “¡Siempre hemos observado mientras los mortales se mataban entre ellos! ¡Eso tiene que cambiar!”
– “¿Y quienes somos nosotros para intervenir?” – pregunta el Kaioshin del Este.
– “¡Somos Kaioshin!” – responde el Kaioshin del Norte.
Mientras tanto, Sidra sigue en silencio, cabizbajo, ensimismado. 
Los Kaioshin siguen discutiendo. Todos parecen dispuestos a actuar, excepto el Dios del Este. El Dai Kaioshin aún no se ha pronunciado.
Finalmente, que el Hakaishin rompe su silencio.
– “Joven” – dice el Dios de la destrucción. – “¿Estás seguro de que el mensajero ha mencionado a Beerus?”
– “Así es…” – dice el aprendiz de Kaioshin. – “¿Le conoce?” – pregunta.
Sidra se da la vuelta y se aleja del grupo.
– “Espero que toméis la decisión correcta” – dice el Hakaishin. – “Yo ya he tomado la mía” – añade antes de desaparecer.
Los Kaioshin se quedan sorprendidos ante la tajante actitud del Dios de la destrucción.
– “¿Qué quiere decir?” – se pregunta el Kaioshin del Sur.
– “¿Quién es Beerus?” – insiste Gowas.
– “Beerus es el principal candidato a ser su sucesor” – responde el Dai Kaioshin.
En el planeta del Hakaishin, Beerus y Champa se encuentran meditando, intentando controlar su ki divino, pero se percatan de que su maestro ha regresado. Los dos felinos se ponen en pie.
– “¿Todo bien, señor Sidra?” – pregunta Champa.
– “Lo siento mucho” – responde el Hakaishin, que alza su mano apuntando a Beerus. – “Tengo que enmendar mis futuros errores”.
Mientras tanto, en la Academia, los Kaioshin siguen debatiendo sus opciones. Gowas escucha atentamente.
– “No formaremos parte de un genocidio preventivo” – dice el Dai Kaioshin.
– “¡Pero tenemos que actuar!” – responde el Kaioshin del Norte.
– “¡Respeta la decisión del Dai Kaioshin!” – replica el Kaioshin del Este.
– “Matar a pocos para salvar a muchos…” – murmura el Kaioshin del Sur.
– “¿Pocos?” – responde el Kaioshin del Este. – “¡Estamos hablando de civilizaciones enteras! ¡Planetas!”
– “Siguen siendo pocos al lado de sistemas o galaxias” – responde la Kaioshin del Oeste.
El Dai Kaioshin eleva su ki de forma repentina y la corriente generada silencia a los Dioses.
– “Nuestro deber es proteger la vida.” – dice el Dios Supremo. – “Vigilar y asegurar que la vida prospere. Nunca erradicarla.”
– “Pero, señor…” – dice el Kaioshin del Norte.
– “No tomaremos parte en esto” – le interrumpe el Dai Kaioshin. – “La decisión está tomada.”
De repente, Sidra aparece de nuevo en la Academia.
– “¿Cuál es vuestra decisión?” – pregunta sin rodeos el Hakaishin.
El Dai Kaioshin puede sentir el sombrío pesar que rodea al Dios de la destrucción.
– “¿Qué has hecho, Sidra?” – pregunta con tristeza el Kaioshin.
– “Lo que debo” – responde el Hakaishin.
El Kaioshin supremo suspira profundamente.
– “Temía esa respuesta” – dice el Dios.
Sidra alza su mano y apunta al Dai Kaioshin.
– “Lo siento, viejo amigo” – murmura el Hakaishin.
– “Yo también” – responde el Dios, justo antes de empujar a Sidra con un fuerte cañón de ki proyectado con sus ojos, lanzando a Sidra por los aires.
Los Kaioshin se sorprenden al ver a su maestro enfrentarse al Dios de la destrucción.
– “¡Alejaos! ¡Él es demasiado fuerte para vosotros!” – exclama el Dai Kaioshin. – “¡Yo me encargaré de él!”
Sidra lanza una gigantesca esfera de ki hacia el Dios, pero éste la desvía con su poder mental hacia el espacio.
– “Tengo que llevarle a otro lugar o destruirá todo Ira-aru.” – piensa el Dai Kaisohin.
Pero antes de poder reaccionar, Sidra se abalanza sobre él y le propina un puñetazo.
Los otros Kaioshin observan el combate.
– “¿Qué hacemos?” – pregunta la Kaioshin del Oeste.
– “¡Tenemos que ayudarle!” – exclama el Kaioshin del Este.
– “Solo estorbaríamos” – responde el Kaioshin del Sur.
Aunque el Dai Kaioshin tiene un poder extraordinario, pronto empieza a ceder ante el poder de la destrucción. Sidra golpea al Dios sin cesar hasta derribarle.
Sidra desciende y se acerca al Dios, que retrocede gateando.
– “Siento que no compartas mi visión” – dice el Hakaishin, que le apunta con su mano derecha. – “Hak…”
Pero, en ese instante, una extraña barrera de luz envuelve a Sidra por sorpresa.
Al mirar a su alrededor, el Dios puede ver como centenares de aprendices de Kaioshin de todas las edades, comandados por el Maestro Toshisei, han unido sus fuerzas para alzar esa defensa.
– “¡No toleraremos tu ofensa!” – dice el viejo Toshisei.
El Dai Kaioshin se pone en pie, malherido.
– “¡Gracias, amigos!” – exclama el Dios. – “No puedo derrotarle… ¡pero puede que logre sellarle en…!”

De repente, todo se queda en silencio. Una espada de ki verde ha atravesado el abdomen del Dai Kaioshin.
– “Go… Gowas…” – dice sorprendido el Dios.
El aprendiz de Kaioshin ha atacado por la espalda al Dios.
Toshisei se queda sin palabras al contemplar la escena.
– “No…” – piensa el viejo maestro.
El Dai Kaioshin se desploma en el suelo. Gowas desactiva su espada y retrocede asustado ante sus propios actos.
Sidra aprovecha el momento de confusión para liberarse.
El Hakaishin se acerca a Gowas, que sigue con su mirada fija en el cuerpo del Dai Kaioshin. 

–  “Lo siento…” – llora Gowas. – “No puedo dejar que… que toda esa gente muera en el futuro…”
El Dios de la destrucción coloca la mano en su hombro.
– “Has salvado muchas vidas” – dice Sidra. – “Eres valiente.”
Después, Sidra asciende y se dirige a los Kaioshin y a sus aprendices.
– “¡Hoy empieza una nueva era!” – dice el Hakaishin. – “¡Una era en la que todos trabajaremos juntos por el bien del Universo! ¡Eliminaremos cada amenaza potencial para que el Universo viva en paz! ¡Sin guerras! ¡Sin conflictos!”
El Kaioshin del Este da un paso al frente, desafiante.
– “¿Bajo un reinado de terror?” – dice el anciano Kaioshin. – “No formaré parte de esto.”
Sidra desciende y se coloca frente a él.
– “¿Es esta tu decisión, Kaioshin?” – pregunta el Hakaishin.
El Kaioshin responde escupiendo a los pies del Dios de la destrucción.
Sidra alza su mano con calma. 
– “Hakai” – murmura, haciendo desaparecer al Dios del Este.
El Hakaishin se dirige a los tres Dioses restanes.
– “¿Alguien más?” – pregunta desafiante.
Ninguno responde. Todos agachan la cabeza en silencio.
Después se dirige al resto de los presentes y repite la misma pregunta.
– “¿Alguien más?” – insiste el Dios.
Toshisei da un paso al frente.
– “He trabajado mucho para educar a estos chicos durante milenios” – dice el anciano maestro. – “Y si su decisión es aceptar esta nueva filosofía… creo que he fracasado.”
Todos los presentes sienten dudas al escuchar a su maestro. Muchos no están de acuerdo con la idea de Sidra, pero temen a la muerte.
Finalmente, una decena de aprendices se unen a su maestro. Entre ellos, uno de sus alumnos aventajados; un jovencísimo Shin. El anciano esboza una media sonrisa orgulloso de sus valientes aprendices.
– “Haz lo que tengas que hacer” – reta Toshisei al Hakaishin.
Sidra camina hasta él.
– “Lo haré” – responde el Dios de la destrucción.
El Hakaishin coloca su mano a escasos centímetros de la cara de Toshisei.
– “Hakai” – sentencia el Dios.