ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte VII: El nido

Red World / Parte VII: El nido 

“Necesito hablar con usted.”

En la base de la Red Ribbon, Ten Shin Han camina por una pasarela lateral en el dojo de entrenamiento; un gigantesco hangar adaptado para esa función. Docenas de tatamis colocados uno junto al otro en los que los soldados practican artes marciales.

El asesino observa a los soldados, algunos más habilidosos que otros. Pero su atención pronto apunta al tatami central.

El viejo maestro Tsuru está practicando con varios alumnos, entre los que destacan los androides número 17 y 18, ambos vestidos con pantalón beige del ejército y camiseta blanca de tirantes.

Distintos soldados van atacando a los androides y éstos los repelen fácilmente.

– “Muy bien.” – sonríe Tsuru. – “Muy bien.”

Ten Shin Han se acerca a su maestro.

– “Maestro.” – saluda Ten con una reverencia.

– “Hola, Ten Shin Han.” – responde Tsuru. – “¿Qué quieres?”

– “Necesito hablar con usted.” – dice Ten.

Tsuru sigue con la mirada puesta en sus nuevos alumnos.

– “Está bien.” – dice Tsuru. – “Pero ahora estoy un poco ocupado…”

– “Lo siento, señor.” – hace Ten otra reverencia.

Ten se da la vuelta.

– “¡Espera!” – lo detiene Tsuru. – “Tengo una idea.”

El anciano alza su mano.

– “¡YAME!” – exclama Tsuru, ordenando detener la clase.

Los contrincantes, magullados y agotados, se sientan en el suelo para recobrar el aliento. Los androides siguen de pie, sin inmutarse por el esfuerzo.

– “Creo que esto puede ser muy interesante.” – sonríe Tsuru con picardía. – “Número 17, prepárate.”

– “Sí, maestro.” – responde el androide.

Ten Shin Han frunce el ceño, confuso.

– “Adelante, Ten Shin Han.” – dice Tsuru, invitando a su antiguo alumno al tatami.

– “¿Quiere que luche con el androide?” – pregunta Ten.

– “Puede ser un buen ejemplo para la clase.” – asiente el anciano.

Ten Shin Han avanza hasta el centro del tatami, donde ya espera el androide 17.

Al ponerse cara a cara con su contrincante, Ten se fija en el rostro del joven y parece reconocerlo.

– “¿Nos conocemos?” – pregunta Ten.

– “He oído hablar de usted.” – dice el Número 17. – “El asesino Ten Shin Han.” – hace una reverencia. – “Es un honor.”

Ten mira de reojo a su maestro, que ni se inmuta.

– “Es extraño…” – piensa Ten. – “Su rostro me resulta muy familiar…”

El Número 17 se pone en guardia. Ten sigue de pie, con las manos en la espalda.

– “¿De dónde lo conozco?” – se pregunta el asesino. – “¿Acaso nos enfrentamos en un torneo?”

Tsuru levanta la mano y luego la mueve hacia delante.

– “¡HAJIME!” – ordena el inicio del duelo.

Sin dudarlo, el androide se abalanza sobre Ten.

El androide intenta golpear al asesino, pero éste esquiva todos los golpes.

– “No…” – piensa Ten, al no reconocer su forma de luchar. – “No es la misma persona…”

Poco a poco, Ten siente como la velocidad y la fuerza de los golpes de su contrincante aumenta.

– “¿Eh?” – se sorprende el asesino.

De repente, Ten se ve obligado a detener uno de los puñetazos.

Los dos se miran fijamente. El androide sonríe.

El Número 17 retrocede y se pone de nuevo en guardia.

– “El Número 17 aprende rápido.” – advierte Tsuru. – “No te confíes, Ten Shin Han.” – sonríe de forma pícara.

Ten se resigna y se pone en guardia.

Poco a poco, los soldados de los otros tatamis se dan cuenta de lo que está ocurriendo y detienen sus entrenamientos para prestarle atención y acercarse.

El androide ataca de nuevo y Ten sale a recibirlo.

Los dos chocan en el centro del tatami e intercambian golpes. Cada uno detiene los golpes del otro sin conectar ninguno.

Finalmente, Ten frunce el ceño y su cambio de actitud se refleja en su forma de luchar.

El Número 17 golpea a Ten, pero éste resulta ser un espejismo.

Media docena de Ten Shin Han rodea al androide, que no entiende lo que sucede.

– “¡¿EH?!” – parece alarmado el 17.

Durante un instante, el Número 17 se encuentra sobre el tatami del Torneo Mundial de Artes Marciales, rodeado de gente coreando.

Pero un rodillazo en la nuca lo saca de su trance y cae de boca al suelo.

Ten Shin Han se posa en el suelo, aún con la rodilla derecha levantada haciendo la pose de la grulla.

– “Lo siento, maestro.” – dice Ten, bajando su pierna y poniendo las manos en su espalda de nuevo. – “Creo que he roto su juguete.”

Pero sin ninguna mueca de dolor, el androide se levanta.

– “¿Eh?” – se sorprende el asesino.

El Número 17 se pone de nuevo en guardia.

– “Je, je, je…” – ríe Tsuru.

Ten Shin Han mira de reojo a su maestro y de nuevo al androide.

– “Número 18.” – dice Tsuru. – “¿Has estado observando atentamente?”

– “Sí, maestro.” – responde ella.

– “Bien.” – asiente el anciano. – “Únete al combate.”

– “Como ordene, maestro.” – hace una reverencia.

La Número 18 se une al Número 17. Los dos se ponen en guardia.

Ten Shin Han los mira atentamente.

– “Son máquinas…” – piensa el asesino. – “Y aun así se mueven como luchadores experimentados…” – frunce el ceño, ofendido. – “¿En qué está pensando la Red Ribbon? ¿Y el maestro Tsuru está de acuerdo con esto?”

Los androides atacan, colocándose uno tras otro durante un instante antes de saltar hacia los lados para sorprender a Ten por ambos flancos.

Ten se protege y detiene un puñetazo del 17 y una patada de la 18.

– “Tsk…” – se queja el asesino.

Los androides dan un salto hacia atrás y cargan de nuevo.

Los dos desatan una tormenta de puñetazos y patadas que el asesino detiene, pero cada vez se siente más presionado. Su tercer ojo no da abasto, moviéndose de derecha a izquierda sin cesar, cambiando su atención del hombre a la mujer una y otra vez.

Desde un balcón, el Oficial del Estado Mayor Black observa el combate, acompañado por el Doctor Gero.

– “Impresionante…” – murmura Black. – “Esas cosas están plantando cara al terrible asesino Ten Shin Han…”

– “Esto es solo el principio, señor.” – dice Gero. – “Están aprendiendo.”

Ten Shin Han se agacha, haciendo que el 17 y la 18 golpeen sus puños, y el asesino aprovecha la ocasión para cruzar sus brazos, apuntando con cada mano a un enemigo.

– “¡HA!” – exclama Ten, empujando con su ki a sus contrincantes, que retroceden sobre el tatami deslizándose hasta los límites.

Los androides, inexpresivos, alzan su mano derecha y apuntan a Ten.

– “¿Hmm…?” – se prepara Ten.

Una esfera de ki aparecen en las manos de los androides.

Los soldados presentes retroceden aterrados. El mismísimo Tsuru se sorprende ante el intenso brillo que desprenden y la ventisca que generan. Black se agarra a la barandilla de su balcón, preocupado.

– “¡BASTA!” – exclama Black. – “¡YA ES SUFICIENTE!”

Ten Shin Han hace una serie de sellos con sus manos, listo para defenderse del ataque… pero al echar un vistazo a su alrededor y se da cuenta que está rodeado de soldados que corren por sus vidas.

– “Tsk…” – gruñe el asesino, en conflicto.

Pero de repente, las esferas de ki se desvanecen.

– “¿EH?” – se extraña Ten.

Tsuru parece igual de confuso.

Los androides han quedado inmóviles.

En el balcón, el Doctor Gero empuña un control remoto con un gran botón rojo apretado.

– “Creo que necesitaremos un lugar de entrenamiento más aislado.” – dice el Doctor.

– “Sus androides…” – gruñe Black.

El Oficial del Estado Mayor Black agarra del cuello de la bata al científico. 

– “¡¡CASI DESTRUYEN NUESTRO CUARTEL GENERAL!!” – exclama furioso.

– “Eso es solo una prueba de nuestro éxito, señor.” – responde Gero, calmado.

Black recapacita, contrariado, y acaba soltando al doctor.

– “Malditos científicos…” – gruñe Black mientras se retira.

Mientras los androides son retirados por el personal de la Red Ribbon, Tsuru le hace un gesto con la cabeza a Ten Shin Han para que lo siga. Los dos caminan hasta que salen al exterior.

Los dos pasean en silencio por el interior de la muralla de la base, cerca de una hilera de abetos.

– “Has luchado bien.” – habla Tsuru.

– “Gracias, maestro.” – responde Ten.

– “¿Qué querías decirme?” – pregunta el anciano.

– “He estado pensando en la conversación que tuve con Kamisama.” – dice Ten, un poco avergonzando.

– “¿Con ese traidor?” – gruñe Tsuru.

– “Me pregunto…” – dice Ten. – “Si hay otra forma de hacerme más fuerte.”

Tsuru se detiene.

– “Espero que no estés sugiriendo lo que creo…” – dice el viejo entre dientes.

– “He alcanzado mi límite.” – dice Ten. – “Y esos androides, a la velocidad a la que aprenden… Me han demostrado que necesito nuevos retos.”

– “¿Y crees que ese viejo usurpador puede enseñarte algo que yo no?” – pregunta Tsuru, claramente intentando contener su rabia.

– “No lo sé, maestro.” – agacha la cabeza Ten, intentando ser todo lo respetuoso que puede. – “Pero…”

– “Dime, Ten Shin Han…” – interrumpe Tsuru. – “¿Dónde estaba Kamisama cuando los invasores atacaron la Capital del Norte?”

Ten Shin Han no responde.

– “¿Lo viste en el campo de batalla?” – insiste Tsuru.

– “No, maestro.” – responde Ten.

– “Eso debería darte la respuesta.” – responde el anciano, que empieza a caminar de nuevo.

Ten Shin Han se queda quieto, con la cabeza agachada mientras Tsuru se aleja.

ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte VI: Eden

Red World / Parte VI: Eden

“Esta vez os habéis equivocado.”

Un joven apuesto de cabellera morena se escabulle entre contenedores en una zona industrial con contenedores de mercancía y un gran hangar central. El joven viste un gi verde en su parte superior con el kanji “raku” y pantalón naranja a juego con un pañuelo atado al cuello y con una espada colgando de su cinturón.

El joven hace señas con las manos a su acompañante, una mujer rubia armada con un revolver, que le sigue a una distancia prudencial. La mujer viste un conjunto vaquero con hombreras de cuero con botas a juego y guantes rosados.

Cerca de allí, personal militar con el emblema de la Red Ribbon patrulla la zona.

Uno de los soldados camina hasta una garita, donde otro duerme la siesta, y recoge una tarjeta de identificación que está sobre la mesa.

El soldado camina hasta un hangar cercano y abre la puerta lateral usando la tarjeta.

La pareja de bandidos observa desde su escondite.

El soldado les hace una señal y los bandidos se apresuran a entrar al hangar. 

El soldado cierra la puerta tras ellos y… ¡puff! revela su forma original: un pequeño felino volador azulado.

– “¡Lo logramos!” – celebra el felino.

– “Muy buen trabajo, Puar.” – dice el bandido.

Los dos chocan la mano.

– “No nos precipitemos, Yamcha.” – dice la mujer. – “La Red Ribbon suele proteger muy bien sus activos.”

– “Tranquila, Hasky.” – suspira el bandido. – “No es la primera vez que nos colamos en un…”

Antes de acabar la frase, el bandido queda boquiabierto frente lo que tiene delante.

– “¿…hangar?” – acaba Yamcha casi sin voz.

– “Qué demonios…” – dice Hasky al ver lo mismo que su compañero. – “Esto no es un simple hangar…”

Yamcha avanza hasta el balcón central que rodea el centro de la sala para verlo más de cerca.

Una figura humanoide gigantesca robot de constitución similar a las Battle Jackets se encuentra erguido en mitad del hangar y está cubierta por grandes lonas blancas, con puentes a diferentes alturas para poder acceder a distintas zonas del robot. Algunas partes están destapadas y sin acabar, con los circuitos al aire.

– “Esa cosa es enorme…” – dice Puar.

Suenan las alarmas.

– “¡¿Hemos sido nosotros?!” – se preocupa Yamcha.

– “¡Buscaré una salida!” – exclama Puar, que se marcha volando.

Yamcha retrocede sin dejar de mirar el gigantesco robot.

– “¡Salgamos de aquí!” – dice el bandido.

– “Yamcha…” – interrumpe Hasky, con voz temblorosa.

El bandido mira a su compañera y la encuentra inmovilizada por un apuesto hombre rubio de ojos azules, que rodea su cuello con su brazo y le apunta con una pistola a la cabeza. El hombre viste un impoluto uniforme militar de la Red Ribbon, con corbata y gorro incluidos.

La mujer tira su revolver al suelo.

– “Buena chica.” – sonríe el soldado.

– “¡Suéltala!” – exclama Yamcha.

– “Esta vez os habéis equivocado.” – dice el hombre rubio. – “Robar combustible y chatarra es una cosa… pero esto os queda grande.”

Yamcha desata la espada de su cinturón y la lanza a un lado.

– “Suéltala y pelea conmigo, Blue.” – lo provoca Yamcha.

– “¿Es que me conoces?” – se sorprende el General. – “Vaya… vas a hacer que me sonroje.”

Yamcha se pone en guardia.

– “¡VAMOS!” – insiste el bandido.

En un instante la sala se llena de soldados armados que rodean a Yamcha y lo encañonan.

– “¡Quietos!” – ordena Blue.

El General lanza a Hasky hacia un lado y un grupo de soldados se abalanzan sobre ella para inmovilizarla y esposarla.

– “¡Bastardos!” – exclama ella. – “¡Soltadme!”

Blue se quita la gorra y se la entrega a uno de sus hombres.

– “Me ha entrado la curiosidad…” – dice el General.

Los soldados se miran entre ellos, asombrados.

Puar observa la escena, oculto tras unas cajas.

Blue se quita su corbata, la dobla y la coloca sobre el brazo de su hombre.

– “Me conoces, pero te atreves a retarme…” – continúa Blue.

El General se desabrocha los puños de la camisa y se arremanga.

– “Que nadie intervenga.” – les dice a sus hombres. – “¿Entendido?”

– “¡SÍ, SEÑOR!” – exclaman todos al unísono.

Blue da un paso al frente y se pone en guardia.

– “Veamos si eres tan fuerte como te crees.” – sonríe el General.

Blue y Yamcha se encuentran en el centro del círculo formado por los soldados, los dos en poses de combate.

– “¡¡YAAAH!!” – ataca Yamcha con una patada.

Blue se protege con su antebrazo y se agacha dando una vuelta sobre sí mismo, extendiendo la pierna para zancadillear a Yamcha y derribarlo de espaldas al suelo.

El General remata a Yamcha con una patada descendente, con el tacón, pero Yamcha ruedo por el suelo y la evita.

El bandido recupera la distancia y se levanta.

– “Tsk…” – aprieta los dientes el bandido.

– “Je…” – sonríe Blue.

Yamcha ataca de nuevo.

– “¡¡AHORA VERÁS!!” – exclama el bandido. – “¡¡COLMILLOS DE LOBO!!”

El bandido utiliza sus manos en forma de garra para intentar golpear al enemigo, pero Blue intercepta cada uno de sus golpes y acaba atrapando los brazos de Yamcha bajo sus axilas y propinándole un cabezazo en la cara.

Yamcha retrocede aturdido, con la boca sangrando.

– “Vaya…” – dice Blue. – “Creo que te he roto un diente… Con lo guapo que eres.”

Hasky mira con preocupación a su compañero.

Puar aprovecha la situación para transformarse en soldado y unirse al corro sin que nadie sospeche.

Yamcha se limpia la sangre con el dorso de la mano.

– “Maldita sea…” – refunfuña el bandido.

Hasky saca una pequeña ganzúa que llevaba oculta en su guante para empezar a forzar el cierre de sus esposas.

Yamcha se pone de nuevo en guarida. 

Blue sonríe con prepotencia.

– “¿Puedes hacerlo mejor?” – se burla el General.


Blue se pone en guardia.

– “Vamos.” – invita a Yamcha.

Yamcha ataca una vez más con sus Colmillos de Lobo.

Blue se agacha para esquivar el golpe y contraataca con un puñetazo en el abdomen.

Yamcha se arrodilla de dolor.

– “Qué decepción…” – se mofa Blue. – “Esperaba más.”

Yamcha, humillado, mira de reojo su espada, en el suelo a tan solo unos metros.

Blue da la espalda al bandido.

– “Esposadlo.” – ordena a sus hombres.

Pero Yamcha aprovecha el momento para recoger su arma, desenfundar y abalanzarse sobre Blue.

Pero el General se da la vuelta con un extraño brillo en sus ojos.

Yamcha queda petrificado al instante. 

El bandido, inexplicablemente, es incapaz de moverse.

– “Vaya, vaya…” – dice Blue. – “No esperaba honor de una rata como tú… Pero atacar por la espalda…” – niega con la cabeza. – “No, no…” – hace con el dedo índice.

Blue se agacha y saca un cuchillo de su bota.

– “¿Dónde está tu fanfarronería ahora?” – dice el General, moviendo el cochillo frente al rostro del bandido. – “Voy a hacerte aullar, lobito.”

– “Grrr…” – gruñe Yamcha, impotente.

El General coloca el cuchillo en la mejilla izquierda del bandido.

– “Eres muy apuesto…” – dice Blue.

El rostro del General muestra una perversidad que había permanecido oculta hasta ahora.  

– “…puede que demasiado.” – continúa Blue.

El soldado desliza el cuchillo por la mejilla del bandido.

– “Hmm…” – murmura el General.

– “Grrr…” – sufre Yamcha.

Los soldados se miran entre ellos, perturbados por la crueldad de su General.

Blue coloca de nuevo el cuchillo en la mejilla sangrante de Yamcha, perpendicular al primer corte.

– “Mucho mejor…” – sonríe Blue, haciéndole otra herida.

Puar, transformado en soldado, tiene que apartar la mirada, pues no aguanta ver a su amigo torturado.

Hasky sigue trasteando con sus esposas.

Blue tararea con la boca cerrada mientras coloca ahora el cuchillo sobre ceja derecha del bandido.

Puar no aguanta más y vomita.

– “¿Eh?” – lo miran los soldados y Blue.

En ese momento, Hasky abre sus esposas y roba el arma del soldado que tiene al lado.

La mujer apunta al General Blue… pero se detiene.

A Blue le brillan de nuevo los ojos. La bandida está petrificada como Yamcha.

– “¿Qué crees que haces, mujer?” – se burla el General.

El soldado al que le han robado la pistola traga saliva, aterrado, pero el General lo ignora.

Blue se acerca a la muchacha y se coloca frente a la pistola.

Hasky intenta apretar el gatillo, pero no puede moverse. 

– “Tan cerca… ¿verdad?” – se mofa Blue.

Una lágrima cae por el rostro de la mujer.

Sin que ella pueda controlarlo, la mano armada empieza a moverse, su codo se dobla, acercando poco a poco la pistola a su propia cabeza.

Por mucho que ella intente luchar, no puede detenerse… hasta que ¡BANG!

Un disparo retumba en el hangar. 

La pistola humeante en la mano de Hasky. El soldado a quién se la había robado ha recibido un disparo en la frente.

– “No tolero errores.” – sonríe Blue.

El soldado cae de espaldas al suelo ante la estupefacción de los demás.

– “Y ahora…” – continúa Blue.

– “¡BASTA!” – interrumpe una voz.

El Coronel Green entra en escena vestido con un mono verde oscuro de trabajo, acompañado por un pequeño robot azul oscuro de aparente fácil fabricación, de extremidades finas con pinzas por manos, con un ojo central rojo y antenas a los lados de su cabeza.

– “Este es mi puesto de trabajo, Blue.” – dice Green. – “No es lugar para tus juegos macabros.”

– “Green…” – frunce el ceño el General. – “¿Desde cuándo me da órdenes, Coronel?”

Green deja atrás a su acompañante robótico y pasa entre los hombres de Blue para plantarse frente al General.

Green es alto y fornido, casi con 2 metros de altura, frente al 1,80 de Blue.

– “¿Quieres probarme?” – lo provoca Blue.

– “No todos tenemos tus tendencias… psicopáticas.” – responde Green.

Los soldados se miran entre ellos sin saber muy bien que hacer.

Green, sin dejar de mirar a Blue, desarma de un manotazo a Hasky, quedándose con la pistola.

– “Basta de juegos.” – insiste el Coronel. – “Si vas a matarlos, hazlo ya.” – le ofrece el arma.

– “¿Y por qué no lo haces tú?” – responde Blue, sin intención de coger el arma.

Green y Blue mantienen su duelo de miradas.

– “¿Qué me dices?” – lo provoca el General. – “Demuéstrame lo buen soldado que eres, salvador de la Tierra…”

El robot que acompañaba a Green interviene.

– “Coronel Green…” – dice el robot. – “Puede que al Doctor Gero le interesen estos sujetos…”

De repente, en un ataúd de metal colocado de forma vertical, Yamcha abre los ojos, confuso y cegado por fuertes luces blancas.

El bandido puede oír la misma voz robótica.

– “Sujeto 17 activo.” – anuncia el ayudante robótico.

Poco a poco, su vista se adapta y se da cuenta de que se encuentra en un laboratorio.

– “Hola, Número 17.” – dice una voz humana.

El joven ve a un anciano vestido con una bata blanca acercarse a él con cierta prudencia.

– “¿Puedes oírme?” – insiste el anciano.

– “¿Dónde estoy?” – pregunta el sujeto.

– “Estás en mi laboratorio.” – dice el viejo. – “Soy el Doctor Gero.” – se presenta. – “Tu creador.”

– “¿Mi creador?” – repite el joven, confuso. – “No recuerdo nada… ¿Quién soy?”

– “Eres el androide número 17.” – responde Gero.

– “¿Un androide?” – se pregunta el sujeto, mirándose las manos.

El joven viste solo un calzoncillo negro con el logotipo de la Red Ribbon en la parte trasera.

– “Parece que todo ha salido bien…” – sonríe Gero.

– “Todo está en orden.” – responde el robot, analizando los datos en una pantalla de ordenador mientras teclea.

– “Activa al Número 18.” – dice Gero.

– “Como ordene.” – responde el robot.

El ataúd de metal número 18 hace un ruido hidráulico y emite vapores mientras se abre lentamente, revelando a una mujer rubia vestida solo con ropa interior negra.

El Número 17 se queda mirando a la hermosa mujer.

– “¿Quién es?” – pregunta el androide.

El robot interrumpe.

– “Sujeto 18 activo.” – anuncia el robot.

– “Es un androide como tú.” – responde Gero. – “La androide número 18.”

La mujer se incorpora.

Los dos androides se miran, pero no se reconocen. Sus vidas pasadas han quedado en el olvido.

ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte V: Siete años

Red World / Parte V: Siete años

“¿Quiere un acto de fe?”

La Tierra se hace eco de la victoria del Ejército de la Red Ribbon en la prensa y en las noticias:

– “¡LA RED RIBBON SALVA EL MUNDO!” – anuncia un periódico. – “¡LA PAZ ES ROJA!” – dice otro. – “¡RED, NUESTRO COMANDANTE!” – trae un tercero.

En una sala de reuniones, el Comandante Red, siempre escoltado por Tao Pai Pai, y el Oficial del Estado Mayor Black, escuchan la narración de Ten Shin Han. Un quinto hombre escucha desde una esquina de la sala, en penumbra.

– “Siete años…” – murmura Red. – “No es mucho tiempo…”

– “Haré lo posible para estar a la altura.” – dice Ten Shin Han.

– “Siempre que usted gratifique el esfuerzo.” – añade Tao Pai Pai.

– “¡¿Cómo osa…?!” – protesta Black, poniéndose en pie. – “¡La Tierra…!”

– “Siéntate, Black.” – lo interrumpe Red.

Black, contrariado, se sienta de nuevo.

Ten Shin Han no parece conforme con el comentario de su maestro, pero decide no hablar por respeto.

– “Ya he hablado con el maestro Tsuru para que nos ayude con el adiestramiento de nuestros soldados.” – dice Red. – “Creo que llegaremos a un acuerdo.”

– “Me alegro, señor.” – sonríe Tao.

Red da una calada a su puro.

– “¿Qué opina usted, Doctor?” – pregunta al hombre en penumbra. – “¿Cree que podrá poner a punto a nuestro ejército para la ocasión?”

El doctor se inclina hacia delante, revelando su arrugado rostro y su bigote blanco.

– “Con acceso a la tecnología extraterrestre recuperada es posible que demos un salto importante en nuestra capacidad armamentística…” – dice el doctor.

– “Me alegra oír eso.” – dice Red.

– “Pero puede que no sea suficiente.” – añade el Doctor.

– “¿Cómo dice?” – se sorprende el Comandante.

El doctor se levanta y camina hasta la mesa para apoyarse en ella. Viste un pantalón gris y un chaleco naranja. Su calva brilla con la luz de la sala y contrasta con su cabellera blanca.

– “Si lo que me pide es imposible, necesito que mi laboratorio esté libre de ataduras.” – dice el científico.

– “¿Qué quiere decir…?” – pregunta Black.

– “A eso mismo me refiero.” – dice el doctor. – “Se hace lo que ordeno. Lo que sea. Sin dudas ni preguntas. Me consiguen lo que pido y no preguntan para qué lo quiero.”

– “¿Quiere un acto de fe?” – replica Black.

– “Quiero un laboratorio bajo mi mando en el que impere la ciencia.” – dice el doctor. – “Sin tener que explicar cada paso que doy y justificar cada presupuesto a accionistas o benefactores.”

Red da otra calada a su puro.

– “Acepto.” – dice el Comandante, poniéndose en pie. – “Tiene mi palabra, Doctor Gero.”

Red y Gero se dan la mano.

– “El Oficial del Estado Mayor Black se encargará de cumplir sus peticiones.” – dice Red.

– “Excelente.” – responde Gero.

En la Atalaya de Kamisama, Dios observa la Tierra.

– “Tiempos oscuros se acercan…” – murmura el anciano. 

En una nave discoidal gigantesca, en un trono flotante, un demonio del frío en su forma más reducida recibe un mensaje de uno de sus hombres.

– “¿Kaizo y Guanai?” – pregunta el demonio del frío mientras agita sinuosamente una copa de vino. – “¿No era ahí donde quería construir mi palacio de verano?”

El soldado asiente.

– “Una pena…” – suspira el demonio del frío.

– “¿Mandamos una segunda unidad, señor Chilled?” – pregunta el soldado.

– “No…” – responde él. – “No es necesario…”

Chilled da un trago.

– “Iré personalmente.” – sonríe.

ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte IV: Ultimátum a la Tierra

Red World / Parte IV: Ultimátum a la Tierra

 “Eres un joven muy prometedor.”

Guanai y Ten Shin Han se encuentran cara a cara.

– “Puede que me hayas engañado con tu fuerza de combate…” – dice el mixxileo. – “Claramente superas las unidades que revelaste. Puedo sentirlo ahora mismo en mi propio cuerpo.”

– “¿En tu cuerpo?” – se extraña Ten.

– “Parece que me has estado ocultando algunas habilidades, asesino…” – sonríe Guanai con picardía. – “No me vas a culpar por lo mismo, ¿verdad?”

– “¿De qué estás hablando?” – insiste Ten.

– “Mi raza tiene la capacidad de copiar temporalmente las habilidades genéticas de cualquier otra raza a partir de su sangre.” – revela Guanai.

– “¿La sangre?” – Ten recuerda el corte en su pierna. – “Así que fue eso…” – recuerda a Guanai lamiéndose la mano.

Guanai sonríe de nuevo con prepotencia, pero se da cuenta de que el cadáver de su compañero yace en el suelo.

– “¡¿QUÉ?!” – se sorprende el mixxileo. – “¡¿KAIZO?!”

Ten esboza una media sonrisa.

– “Lo han derrotado unos simples humanos.” – dice el asesino. – “Pero yo mismo he podido darle el golpe de gracia.”

– “Grrrr…” – gruñe Guanai. – “Voy a matarte… ¡Calculo que mi poder ahora mismo supera las 500 unidades! ¡NO ERES RIVAL PARA MÍ!”

El lagarto aprieta los puños.

– “¡¡¡GRRRHAAAAAAH!!!” – brama mientras dos bultos sobresalen de su espalda.

Ten frunce el ceño.

Dos brazos extra brotan de la espalda del enemigo.

– “¡¡YAAAAAAH!!” – exclama Guanai.

Ten Shin Han se pone en guardia.

El mixxileo se abalanza sobre Ten con sus cuatro brazos listos. Ten lo espera.

El lagarto lanza una tormenta de puñetazos, pero Ten se defiende con habilidad.

– “Je…” – sonríe el lagarto.

De repente, Guanai agarra los brazos de Ten con dos de sus brazos y lo golpea en el abdomen varias veces con los otros dos libres.

– “¡¡JAJAJA!!” – ríe el mixxileo.

Ten recibe un duro castigo hasta que Guanai le agarra la cabeza y le propina un rodillazo que lo lanza hacia atrás, con la nariz sangrando.

Ten cae al suelo, pero no tarda en levantarse de un salto, impulsándose con las manos.

Guanai sonríe.

– “Veo que no vas a rendirte…” – se mofa el mixxileo.

Ten se limpia la sangre y se pone en guardia.

Guanai carga sobre Ten, pero lo atraviesa, dándose cuenta de que era un espejismo.

– “¡Esta vez no te va a funcionar!” – exclama Guanai dando una patada hacia un lado y cazando a Ten.

El asesino recibe un golpe en la barbilla y da unas cuantas volteretas hacia atrás.

– “¡Ahora tengo tu infalible vista, ¿recuerdas?!” – se mofa el mixxileo, que carga de nuevo contra él.

 Ten Shin Han levanta el dedo índice y concentra su ki en la punta.

– “¡¡DONDONPAAA!!” – exclama al proyectar su técnica.

El lagarto detiene el ataque con sus cuatro manos, retrocediendo varios metros sobre el pavimento.

– “Je…” – sonríe Guanai.

Ten Shin Han se pone de nuevo en guardia.

– “Ganar usando las habilidades de otro…” – dice el asesino. – “¿No te parece patético?”

Guanai se relame. 

– “Mi fuerza es superior a la tuya.” – responde Guanai. – “Usar tus habilidades solo lo hace más divertido.”

– “Pues veamos quién las utiliza mejor.” – advierte Ten.

– “Hmm…” – frunce el ceño Guanai.

Ten Shin Han se prepara. Su cuerpo se divide hasta convertirse en cuatro clones.

Guanai se pone en guardia.

Los cuatro asesinos se abalanzan sobre el lagarto, que con cada brazo detiene los ataques de uno de los clones. Su tercer ojo va de un lado a otro, captando cada movimiento de cada Ten Shin Han.

Poco a poco, el mixxileo se siente presionado ante la tormenta de golpes.

– “Tsk…” – protesta Guanai.

Los cuatro asesinos retroceden repentinamente, confundiendo al lagarto.

Los cuatro lanzan una onda de ki con su mano derecha, atacando al enemigo desde todos los cuatro lados, obligándolo a huir saltando por los aires.

En el cielo, el lagarto sobrevuela la explosión generada.

– “Je…” – sonríe satisfecho.

Pero los cuatro Ten lanzan un ataque de ki simultáneo con su tercer ojo que sorprende al lagarto, que solo puede intentar cubrirse con sus cuatro brazos.

Tras la explosión en el cielo, el lagarto cae agachado, teniendo que apoyarse en el suelo con todas sus extremidades para amortiguar su caída.

– “Maldición…” – gruñe Guanai.

– “Je…” – sonríe Ten, mientras los clones se reúnen con él.

El lagarto aprieta los dientes.

– “Eres un idiota…” – dice Guanai. – “¡Puedo hacer lo mismo que tú!”

El lagarto se prepara y cuadruplica su cuerpo.

Los cuatro Guanai sonríen.

– “¡Ahora vuelve a ser justo!” – exclama el lagarto.

Pero se da cuenta de Ten está reclamando sus clones, uniéndose de nuevo en un solo cuerpo.

– “¿EH?” – se sorprende Guanai. – “¿Qué pretendes…?”

Ten Shin Han sonríe.

– “Puede que tengas mis habilidades.” – dice el asesino. – “Pero no has tenido mi entrenamiento.”

– “¿Qué?” – se pone serio el mixxileo.

– “El señor Tao Pai Pai es muy severo señalando mis puntos débiles.” – añade Ten.

– “¡DÉJATE DE PAMPLINAS!” – exclama Guanai, frustrado.

Los cuatro mixxileo saltan sobre Ten.

El asesino coloca sus manos frente a su rostro.

– “¡¡TAIYOKEN!!” – exclama emitiendo un estallido de luz que coge desprevenido a sus adversarios.

– “¡¡YAAAAAAAH!!” – gritan de dolor los cuatro enemigos.

Ciegos, los Guanai solo puede oír los pasos de Ten.

– “¡¿Dónde estás?!” – golpean al aire.

– “Mi increíble vista me hace muy sensible a la luz.” – dice Ten.

– “Maldito…” – intentan seguir la voz de Ten y acaban golpeándose unos a otros.

– “Y una cosa más…” – advierte el asesino. – “Al dividir mi cuerpo, mi fuerza también se divide.”

– “¡¿EH?!” – se sorprende Guanai. – “¡¡MALDITO!! ¡¡ME HAS ENGAÑADO!!” – comprende.

Ten Shin Han se abalanza sobre cada uno de los clones y los golpea con todas sus fuerzas, noqueándolos unos sobre otros.

Guanai reabsorbe sus copias y vuele a ser un único guerrero.

Malherido, el mixxileo abre los ojos con dificultad.

– “Maldición…” – refunfuña el enemigo.

– “Se ha acabado.” – sentencia Ten. – “Vuestra invasión ha fracasado.”

– “Idiotas…” – sonríe Guanai. – “¿Creéis que esto se acaba aquí?” – tose. – “Vendrá alguien más… Alguien a quien no podéis detener…”

– “¿Otra vez hablas de tu jefe?” – pregunta Ten.

– “Siete años…” – tose de nuevo Guanai. – “Calculo que os quedan unos siete años de vida… hasta que lleguen refuerzos…” – sonríe.

Ten se harta de las amenazas y asesina al mixxileo de un golpe certero en la nuez, que hace que el enemigo se asfixie.

El asesino se aparta del cadáver de Guanai y se fija de nuevo en el Coronel Green, que pese a estar herido intenta levantar al pesadísimo Número 8.

Ten Shin Han se queda mirando al pobre Pino, pero algo en el cielo llama su atención. Una alfombra voladora desciende hasta el suelo y un anciano calvo con barba blanca se apea de un salto. Va vestido con una bata blanca y lleva un viejo bastón en la mano.

– “¿Quién…?” – se sorprende Ten.

El símbolo de su ropa lo delata.

– “Es… ¡¿Kamisama…?!” – se sorprende el asesino.

– “Y tú debes de ser Ten Shin Han.” – responde el anciano.

Ten frunce el ceño.

– “Mi viejo maestro me ha hablado de usted.” – dice el asesino con rencor.

– “Veo que ese cascarrabias aún no ha pasado página…” – lamenta el anciano sacudiendo la cabeza.

– “Lo sé todo.” – insiste Ten.

– “Eres un joven muy prometedor.” – dice Kamisama. – “Creo que aún no es tarde para ti.”

– “¡No intente embaucarme con sus palabras vacías!” – explota Ten. – “¡Soy el asesino más famoso de todos los tiempos y el hombre más fuerte del mundo! ¡¿Qué cree que puede enseñarme usted?!”

– “Puede que nada…” – responde Kami. – “Soy solo un viejo… y la gente como yo ha crecido en un mundo que ya no existe… Sería mucho mejor si nos quedáramos todos callados…”

Ten Shin Han parece confuso frente a las intenciones de Kamisama.

– “Si algún día necesitas ayuda, la Tierra Sagrada de Karín es un buen lugar.” – dice el viejo dándose la vuelta y saltando de nuevo sobre la alfombra mágica.

El viejo se fija en el Coronel Green.

– “Siento tu lucha interior, muchacho.” – le dice Kamisama a Ten. – “Todos la tenemos.”

Ten mira de reojo a Pino, que a duras penas puede arrastrar a Octavio.

– “¿Valió la pena tu elección?” – pregunta Kamsiama.

Ten se sorprende al oír las palabras del anciano, pero cuando lo mira de nuevo la alfombra voladora ya vuela hacia el cielo para desaparecer en un instante.