ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte XIX: Nuevos frentes de batalla

Red World / Parte XIX: Nuevos frentes de batalla

“¿Por qué razón se demora la conquista?”

Ten Shin Han y Krilín han llegado al campo de batalla. A su alrededor, la guerra continúa. Los soldados extraterrestres masacran a los mechs terrícolas.

Basin, que había sido golpeado por Krilín, logra sacar la cabeza del pavimento.

– “Maldición…” – protesta el sink. – “Así que había otro…”

Maringa se pone en pie después de recibir un golpe de Ten.

– “¿Por qué no los hemos detectado con los scouters?” – se pregunta el butir.

Krilín sonríe.

– “Parece que tenías razón, Ten.” – dice Krilín.

Maringa analiza a la pareja con su scouter

– “¿Por debajo de las 10 unidades?” – murmura el butir. – “Esta cosa está estropeada…” – gruñe.

Basin también comprueba su dispositivo.

– “El mío indica lo mismo.” – confirma el sink.

Ten Shin Han sonríe.

– “Te lo dije” – confirma el antiguo alumno de la escuela Grulla. – “Tienen fe ciega en esos aparatos.”

Krilín da un paso al frente.

– “Puede que sean muy fuertes…” – dice el terrícola. – “Pero no son verdaderos luchadores.”

– “¡¿Cómo dices, pequeñajo?!” – refunfuña Basin.

– “¡Digo que no sois verdaderos luchadores!” – grita Krilín, poniendo sus manos alrededor de su boca para crear un altavoz.

– “¡¡YA TE HABÍA OÍDO!!” – protesta el sink, furioso.

Ten Shin Han avanza hasta Krilín.

– “¿Qué te parece si tú te ocupas de ese y yo me encargo del tipo naranja?” – pregunta el luchador de tres ojos.

– “A mí me toca el feo, ¿eh?” – suspira Krilín.

– “¡¿CÓMO DICES?!” – protesta Basin.

– “¡¡DIGO QUE AMÍ ME TOCA…!!” – le grita Krilín.

– “¡¡ERA UNA PREGUNTA RETÓRICA!!” – replica rápidamente el soldado sink.

Basin aprieta con sus puños con ira.

– “Te vas a enterar, renacuajo…” – gruñe.

El soldado se abalanza sobre Krilín.

– “¿Ya empezamos?” – se pone en guardia el pequeño terrícola rápidamente.

Basin le propina un fuerte puñetazo que Krilín defiende poniendo los brazos en cruz frente a su pecho.

El impacto es potente y empuja a Krilín a través del páramo desértico, manteniendo el equilibrio y dejando un surco bajo sus pies.

– “Es bastante fuerte…” – piensa el terrícola.

– “Je…” – sonríe el enemigo.

Ten Shin Han mira de reojo el duelo que acaba de empezar cuando, de repente, Maringa se abalanza sobre él como un rayo.

– “¡ES MEJOR QUE NO TE DISTRAIGAS!” – exclama el butir.

El tercer ojo de Ten se clava en Maringa y reacciona rápidamente intentando interceptar al butir antes de que éste le propine una patada… pero gracias a su velocidad vertiginosa, Maringa desaparece frente a los ojos del terrícola.

– “¡¿EH?!” – se sorprende Ten.

Maringa reaparece detrás de Ten. El tercer ojo del terrícola lo detecta rápidamente, pero aun así el extraterrestre le propina un codazo en la nuca que lo hace caer al suelo.

Mientras tanto, en la nave alienígena, Shugo habla con el prisionero, aún en su jaula, en manos de un soldado litt.

– “Espero que hayas comprendido tu situación…” – sonríe el comandante.

Shugo aprieta un botón en la parte superior de la jaula y luego retrocede un paso.

La esfera se abre por su parte superior ante la mirada de toda la sala… pero nada sale de su interior.

Los soldados se miran entre ellos sin saber qué pensar.

El soldado litt que la porta acerca su rostro al hueco de la jaula para mirar en su interior, intentando averiguar qué sucede.

Shugo sonríe.

Como un resorte, una criatura rosada parecida a un cefalópodo terrestre se abalanza sobre rostro del soldado, aferrándose a él con sus tentáculos. 

El soldado lucha por liberarse de la criatura, pero parece que por mucho que luche no puede quitársela de encima.

Varios compañeros se acercan con la intención de ayudarlo, pero un gesto de Shugo los detiene.

El comandante parece estar al corriente de lo que sucede.

Con ciertas dudas y mucho miedo, los soldados se detienen a su orden, dejando a su compañero sufriendo ante el ataque del extraño cefalópodo.

El soldado se está asfixiando.

Lentamente, el extraterrestre cae al suelo de rodillas, casi sin fuerzas, y poco a poco deja de luchar, dejando que su cuerpo se quede inerte; su torso se inclina hacia delante hasta que su cabeza queda apoyada en sus propias rodillas.

En ese instante, la criatura se mueve, desplazándose hasta la coronilla del soldado. 

Dos minúsculos ojos rojos pueden adivinarse en el cuerpo del cefalópodo. Diez de sus once tentáculos se aferran a la cabeza del soldado, mientras el onceavo está en alto como si fuera una antena, revelando un extraño pompón en su extremo.

El soldado se endereza. Los ojos inconscientes del soldado, escondidos bajos sus párpados, vuelven a mirar al frente repentinamente mientras sus escleras se tiñen de rojo.

– “Aahh…” – el litt emite un sonido gutural.

Los otros soldados, asustados, dan un paso atrás.

Pero Shugo da un paso al frente con seguridad.

– “¿Estás dispuesto a colaborar, Watagash?” – pregunta el comandante.

– “Está… bien…” – responde el soldado con la boca pastosa.

El soldado hace unas cuantas muecas. Las primeras son perezosas, pero poco a poco su rostro se mueve con más agilidad y coordinación hasta que revela una media sonrisa.

– “Acepto.” – añade con naturalidad.

En el exterior de la nave, los androides investigan el perímetro.

– “Parece que hay una especie de barrera…” – dice la Número 18, acercando su mano a la bóveda invisible.

– “¿Crees que podemos cruzarla?” – pregunta el Número 17.

La Número 18 empuja su mano a través de la barrera.

– “Puedo sentir un fuerte componente electromagnético…” – responde ella.

Su mano se entumece. Al retirarla, se mueve torpemente, como si fallara.

– “Me parece arriesgado.” – añade. – “No sabemos qué efectos podría tener en nosotros.”

– “¿Tan poco ha durado la fase de sigilo?” – se pregunta con una sonrisa que delata su satisfacción.

La número 18 se coloca al lado del 17, espalda con espalda, y ambos extienden su mano hacia delante; ella su mano derecha, él su mano izquierda.

– “Je…” – sonríen los dos.

Juntos proyectan un poderoso disparo de energía que impacta directamente contra la cúpula invisible que protege la nave enemiga.

Las alarmas saltan en el puente de mando alienígena.

– “¡¿Qué ocurre ahora?!” – se molesta Shugo ante tanto ruido.

– “¡Nos atacan de nuevo!” – responde un soldado sentado frente a un radar.

– “¿Aún no se dan por vencidos?” – suspira Shugo, molesto.

– “Esta vez… esta vez es diferente…” – responde tímidamente el soldado.

– “¿Eh?” – se extraña Shugo.

– “La… la barrera…” – titubea el soldado, asustado. – “Creo que…”

El ataque de los androides está forzando la barrera, cuyo patrón hexagonal se torna visible ante la presión ejercida hasta que algunos pequeños polígonos ceden al ataque, causando que éste atraviese fragmentado la bóveda invisible, causando múltiples explosiones menores en el casco de la embarcación. 

La nave es sacudida por el ataque. Shugo y los demás soldados, cogidos por sorpresa, son zarandeados en el puente de mano.

– “¡¿Cómo es posible?!” – gruñe Shugo.

– “No… no lo sé…” – responde el soldado del radar, aterrado.

El camarote de Chilled, al otro extremo de la nave, tiembla ligeramente, meciendo el vino de la copa que descansa en el reposabrazos de su trono.

Los androides sonríen satisfechos.

– “Es muy resistente.” – admite el Número 17.

– “No importa. Acabará cediendo.” – presume la Número 18.

Los soldados que hacían guardia en el exterior de la nave corren al lugar de la explosión, donde se encuentran con la extraña pareja.

El androide 17 sonríe al ver a una docena de enemigos reunirse frente a ellos.

– “Tenemos compañía.” – dice antes de hacer crujir sus puños.

En el puente de mando extraterrestre ya llegan imágenes de los scouters de los soldados.

– “Son dos terrícolas…” – dice el soldado que procesa el vídeo.

– “Fuerza de combate…” – lee los datos otro. – “¿Cero?” – dice confundido. – “Tiene que haber un error…”

– “¿Qué hacemos, señor?” – pregunta un tercero.

Shugo mira atentamente a los dos extraños terrícolas.

– “Será mejor evitar que destruyan la barrera…” – dice el comandante. – “Al menos hasta que Watagash se haya encargado de esos molestos bombardeos.” – añade. – “Veamos de qué son capaces. ¡Ataquen!”

– “¡Sí, señor!” – responde el soldado.

Los soldados del exterior, que esperaban dentro de la barrera, reciben las órdenes.

– “¡Recibido!” – exclama el líder. – “¡Ya lo habéis oído! ¡AL ATAQUE!” – ordena.

Los extraterrestres salen de la bóveda protectora y se abalanzan sobre los androides.

A través de un monitor, Shugo puede ver como sus hombres son masacrados fácilmente.

– “Es muy extraño…” – dice un soldado. – “Ese pelotón tiene una media de fuerza de combate de 800 unidades, pero parece que esos dos los mantienen a raya… sin revelar la suya…”

– “Hmm…” – piensa Shugo, mirando como pelean. – “Es realmente extraño…”

– “¿Qué sugiere, señor?” – pregunta el soldado.

– “No importa.” – responde Shugo. – “Analizaremos los datos y…”

Las puertas del puente de mando se abren de repente. Es el mismísimo Chilled.

– “¡Señor Chilled!” – se sorprende Shugo.

Todos los soldados, incluido el comandante, hacen una gran reverencia.

– “¿Por qué razón se demora la conquista?” – pregunta el demonio del frio.

– “Señor…” – el miedo se siente en el timbre de voz de Shugo. – “Ha sido solo un contratiempo…”

Chilled observa el monitor, dando poca importancia a las excusas de Shugo.

– “Pero está todo bajo control…” – continúa el comandante. – “Justo ahora iba a enviar a…”

– “¿Por qué no vas tú mismo?” – le interrumpe el demonio del frío, sin dejar de mirar la pantalla.

Los soldados presentes se miran entre sí, sorprendidos ante la petición del caudillo.

– “¿Yo, señor?” – Shugo fuerza una sonrisa. – “No creo que sea necesario que yo…”

Chilled clava una mirada helada en Shugo, que nota como su cuerpo se estremece ante el terror que le genera su señor.

– “Por supuesto, seño.” – hace una gran reverencia. – “Me encargaré de ellos personalmente.”

Mientras tanto, lejos de allí, el Capitán Dark se prepara para ordenar un nuevo ataque, pero uno de sus hombres le detiene.

– “¡Señor!” – exclama el soldado. – “¡Nos informan de cubierta que hay un individuo sospechoso sobrevolándonos!”

– “¿Cómo dice?” – se extraña Dark.

Sobre un mar plagado de portaviones, buques de guerra y submarinos, el soldado poseído por Watagash contempla la escena mientras materializa una esfera de ki en su mano derecha.

El soldado lanza el ataque contra una de las embarcaciones, haciéndola saltar por los aires.

Cunde el pánico entre el ejército terrícola.

– “¡¡NOS ATACAN!!” – exclama un soldado.

– “¡¡EL ENEMIGO!!” – grita otro.

Una segunda embarcación es destruida.

Mientras Watagash prepara su tercer ataque, de repente, las ametralladoras de todas las embarcaciones disparan al soldado extraterrestre.

Watagash esquiva las primeras ráfagas, pero son tantas que es alcanzado varias veces, sufriendo pequeños daños en su armadura.

– “Je…” – sonríe con prepotencia el soldado.

Watagash se prepara para atacar cuando, de forma inesperada, es derribado por un cañonazo de energía.

Sentado a los mandos en un gran cañón de alta tecnología, mirando a través de una mirilla que recuerda a los scouters enemigos, Silver ha disparado.

– “Te pillé…” – sonríe con prepotencia.

En el Palacio Real, Red cuelga el teléfono, se levanta sobre su silla y aplaude.

– “¡FANTÁSTICO!” – celebra el Comandante – “¡Ese cañón que ha creado su hijo es una maravilla!” – le dice a Gero. – “¡ZAS! ¡De un plumazo!”

– “Al fin y al cabo, es mi hijo…” – sonríe tímidamente el Doctor.

El enemigo cae sobre la cubierta de un portaviones, malherido. Su armadura ha sido completamente destruida y su cuerpo está chamuscado y sangrando. Solo le quedan las botas, los guantes y una pequeña parte del mono de lucha elástico que cubre su entrepierna.

– “Ahh…” – respira con dificultad mientras se levanta con dificultad.

Los soldados terrícolas corren despavoridos sobre la cubierta, buscando ponerse a salvo… pero uno avanza en dirección contraria; el General Blue, armado con una escopeta en la que carga un cartucho explosivo.

– “Hola, amigo…” – sonríe Blue.

Cuando ve el rostro del soldado litt, Blue pone una mueca de asco.

– “Uy… ¿sois todos tan feos?” – se mofa el General.

De repente, como si sangre nueva latiera por las venas del soldado extraterrestre, su musculatura se desarrolla, provocando que también aumente su envergadura. Sus manos y pies crecen, desgarrando los guantes y las botas del uniforme por completo.

– “¡¿QUÉ?!” – se sorprende Blue.

El soldado litt intenta golpear a Blue, pero el General salta hacia tras en el último momento, logrando evadir el puñetazo, que se incrusta en la cubierta del portaviones.

– “¡¿Qué demonios le ha pasado?!” – se sorprende Blue.

El soldado ruge.

Blue recarga rápidamente su escopeta.

Watagash ataca de nuevo. Se abalanza sobre Blue.

– “Tsk…” – protesta el General. – “¡ESTATE QUIETO!” – grita clavando sus ojos en los del enemigo.

Pero el brillo de su mirada no causa ningún efecto en el soldado.

– “¡¿CÓMO?!” – se asusta Blue.

Esta vez, el General reacciona tarde y recibe un manotazo del enemigo que lo lanza a través de la cubierta del navío hasta estrellarse contra un jet, abollándolo y cayendo al suelo.

Pero mientras tanto, desde un navío cercano, Silver apunta al enemigo de nuevo con su cañón.

El coronel aprieta el gatillo.

De nuevo, el soldado recibe un impacto directo que lo empuja a través de la cubierta hasta lanzarlo al mar.

Blue se pone en pie, sujetándose las costillas.

– “Ay…” – sufre el General, que siente como se ha roto varios huesos.

Silver sonríe con chulería, victorioso.

ESPECIAL DBSNL // Red World // Universos 1 y 2 / Parte XVIII: La llegada

Red World / Parte XVIII: La llegada

“¿Quiere que aterricemos, señor?”

En la Atalaya de Kamisama, Ten Shin Han, vestido con un pantalón verde y una camiseta azul, medita sentado en el jardín cuando un escalofrío recorre su cuerpo.

– “¡AH!” – exclama asustado. – “No… no es posible… ¡Es demasiado pronto…!” – añade mientras se pone en pie de un salto, mirando al cielo. – “¡Pero si no han pasado más de seis años!”

Popo, que regaba las plantas, se queda perplejo, dejando caer su regadera al suelo, embargado por el terrible poder que siente.

Kamisama sale del palacio y mira en la misma dirección que Ten Shin Han.

– “Ya están aquí…” – murmura Dios. – “¡Han llegado!”

En el espacio, una gran nave en forma de platillo se aproxima a la Tierra.

En su interior, el demonio del frío Chilled observa el paisaje por un gran ojo de buey.

– “Es un planeta bonito…” – dice el demonio. – “El lugar ideal para mi palacio de verano.”

– “¿Quiere que aterricemos, señor?” – pregunta un soldado de piel morada y cabeza triangular, vestido con una coraza negra que le cubre el pectoral, con hombreras amarillas, de la que sale una capa blanca que cubre su cuerpo hasta las rodillas, dejando entrever el traje de lucha naranja que conforma su uniforme.

– “Por supuesto, Shugo.” – asiente Chilled. – “Busca un lugar tranquilo. No quiero estropear mi nueva adquisición.”

– “Como desee, señor.” – hace una reverencia el soldado.

Ten Shin Han puede ver una diminuta luz en el horizonte, acercándose a la Tierra.

El guerrero aprieta los puños con decisión mientras siente como su cuerpo se estremece. 

– “Maldita sea…” – murmura Ten. – “He entrenado durante seis años para este momento… y no puedo dejar de temblar…”

– “Su poder es abrumador.” – dice Kamisama, que camina hasta el guerrero de tres ojos. – “Es natural que sientas miedo.”

Del palacio de Dios sale Krilín, adormilado, pues la llegada de los extraterrestres le ha despertado de la siesta. Viste un bóxer blanco y una camiseta azul.

– “¿A qué viene tanto alboroto…?” – pregunta el alumno de Gohan. – “¿Y por qué siento tan mal cuerpo?” – aunque aún no sabe lo que ocurre, su cuerpo puede sentir la presencia del terrible enemigo.

En el Palacio Real han saltado las alarmas.

El Comandante Red descuelga el teléfono rápidamente.

– “¡¿QUÉ ESTÁ PASANDO?!” – exige respuestas al Oficial del Estado Mayor Black.

– “El enemigo, señor.” – dice Black. – “Es el momento.”

– “¡¿TAN PRONTO?!” – se preocupa el Comandante. – “Está bien… ¡Manda a nuestros hombres!”

En las desérticas montañas rocosas al norte de la Capital Central, la nave espacial aterriza, posándose sobre la superficie terrestre.

La compuerta principal de la nave no tarda en abrirse y dos escuadrones de soldados de distintas razas desfilan para formar frente a ella. Dos guerreros lideran las tropas, el primero es soldado butir de piel naranja, el segundo es un guerrero sink grandullón de piel aguamarina y cabellera naranja, con dos cuernos cónicos en la cabeza y otros dos más pequeños en la barbilla.

Shugo sale detrás de ellos y todos se ponen firmes.

– “Listos, señor.” – anuncia el butir.

– “Haz los honores, Maringa.” – asiente Shugo.

El butir se da la vuelta y levanta su puño al cielo, animando a sus tropas.

– “¡¿ESTÁIS LISTOS PARA LA CONQUISTA?!” – exclama Maringa.

– “¡¡SÍ!!” – responden sus hombres al unísono.

– “¡¡ESTÁIS LISTOS PARA ANIQUILAR A VUESTRO ENEMIGO?!” – los alienta.

– “¡¡SÍ!!” – responden de nuevo.

El soldado sink mira de reojo al butir con cierta envidia y decide interrumpir a su compañero.

– “¡¿ESTÁIS LISTOS PARA DARLE UNA NUEVA VICTORIA A NUESTRO SEÑOR CHILLED?!” – exclama el sink.

– “¡¡SÍ!!” – responde todos. – “¡¡POR EL SEÑOR CHILLED!!” – celebran todos.

El sink mira de reojo al butir con una media sonrisa, sintiéndose ganador por haber provocado una mayor reacción entre sus hombres.

– “Basin…” – gruñe Maringa, molesto. – “Maldito bastardo…”

Shugo sonríe disimuladamente, satisfecho ante la competitividad de sus hombres.

De repente, un pequeño auricular en el oído de Shugo reclama su atención con un pitido.

– “Fuerzas enemigas aproximándose desde el suroeste.” – le informan.

Shugo mira en esa dirección.

– “Parece que ya saben que estamos aquí…” – sonríe con picardía. – “¿Fuerza de combate?”

– “Insignificante.” – responden por el comunicador.

– “Esto será más fácil de lo esperado…” – murmura Shugo. – “¡Basin! ¡Maringa!” – exclama. – “¡Son vuestros!” – ordena.

– “¡Sí, señor!” – responden los dos.

Basin y Maringa apuntan con el dedo en la dirección del enemigo.

– “¡A POR ELLOS!” – exclaman.

– “¡¡SÍÍÍÍ!!” – celebran los soldados. – “¡VAMOS! ¡ACABEMOS CON ELLOS!” – gritan algunos.

Los soldados vuelan decididos hacia el campo de batalla.

A su vez, el Ejército de la Red RIbbon avanza hacia la nave. Docenas de pelotones de Battle Mechs dirigidos por Battle Jackets, sobrevolados por escuadrones de jets.

Un piloto en su avión de combate es el primero en divisar el ejército alienígena acercándose por el cielo.

– “¡OBJETIVO A LA VISTA!” – exclama el piloto por radio.

Pero su jet estalla repentinamente al recibir el impacto de un blast de ki disparado por un soldado.

La batalla se desata en cielo y tierra.

Los alienígenas no solo disparan a discreción, si no que muchos aterrizan para encarar a los robots de la Red Ribbon cuerpo a cuerpo.

El ejército terrícola causa bajas entre los extraterrestres, pero la proporción no es equilibrada. Por cada soldado alienígena caído, medio centenar de mechs es destruido.

– “¡Informe!” – se impacienta Red en su despacho.

– “Estamos perdiendo efectivos.” – anuncia Black. – “Hemos perdido varios pelotones enteros… en tan solo unos minutos de combate.”

– “La mayoría de nuestro ejército son drones no tripulados, ¿qué importa?” – protesta Red. – “¡¿Estamos avanzando?!” – insiste.

– “Afirmativo, señor.” – asiente el Oficial del Estado Mayor. – “Pero a este ritmo…” – se preocupa.

En el campo de batalla, no solo los drones son destruidos. Los soldados en Battle Jackets que lideran los pelotones autómatas también están muriendo a manos de los invasores.

Mientras tanto, en el colosal hangar de la Red Ribbon, Pino escala por los andamios de su gigantesco robot.

– “¡Ya están aquí!” – refunfuña mientras avanza hacia la escotilla en el centro del pecho de su creación. – “Maldita sea…”

– “¡Señor!” – exclama su ayudante robótico. – “¡El Oficial Black aún no ha…!”

– “¡No me importa!” – replica Pino.

Pino abre la escotilla de la inmensa bestia mecánica.

Desde un submarino, el Capitán Dark observa una imagen satélite de la nave extraterrestre.

– “¡FUEGO!” – exclama el Capitán.

Docenas de submarinos y portaviones disparan. Los ensordecedores cañones de los barcos ensordecen el mar. Los misiles balísticos surcan el cielo.

En la nave extraterrestre saltan las alarmas.

– “Nos atacan, señor.” – exclama un soldado, con una calma sorprendente. – “Un ataque desde larga distancia. Parece armamento explosivo.”

Shugo, que ha regresado a la nave después de lanzar a sus hombres contra las fuerzas de la tierra, mira de reojo el radar.

– “¿Es peligroso?” – pregunta con cierto hastío.

– “No superará nuestra barrera.” – responde el soldado.

Múltiples explosiones retumban en el desierto. Una lluvia de fuego sacude la zona.

Varios extraterrestres que vigilan en el exterior de la nave ven como el armamento terrícola impacta contra una barrera de energía invisible, cubriendo el cielo de fuego.

Las montañas rocosas cercanas se derrumban con las ondas expansivas de cada impacto, allanando el paisaje.

Red, que observa desde su despacho, se pone en pie sobre la silla de un salto.

– “¡¡CHUPAOS ESA!!” – grita agitando su puño. – “¡JAJAJAJA!”

Black mira con recelo a su superior.

En el desierto, la polvareda se disipa lentamente, revelando la nave intacta.

– “Impacto negativo.” – anuncia un soldado de la Red Ribbon por radio. – “Repito: Impacto negativo.”

El silencio se apodera del despacho real.

Red enfurece.

– “¡¡OTRA VEZ!!” – grita el Comandante. – “¡¡FUEGO!!”

Mientras tanto, en la Atalaya de Kamisama, Ten Shin Han se coloca las muñequeras azules, mientras Krilín se ha puesto un pantalón naranja y se ajusta el cinturón.

Ten Shin Han se despide de Dios y de Mr. Popo.

– “Hasta pronto.” – dice Ten, levantando la mano.

– “No os muráis, ¿eh?” – dice Popo.

– “Pero no diga esas cosas…” – dice Krilín sin saber qué cara poner.

– “No os confiéis.” – añade Kamisama. – “El verdadero enemigo aún no ha dado la cara.”

– “Hemos entrenado para esto.” – responde Ten.

Krilín asiente.

– “¿Estás listo?” – pregunta Ten.

Krilín toma aire y lo exhala lentamente. 

Su rostro revela una media sonrisa antes de chocar los puños frente a su pecho.

– “¡Listo!” – asevera.

Ten Shin Han sonríe y asiente.

Los dos luchadores por la Tierra salen volando de la Atalaya, rumbo al campo de batalla.

En la zona de guerra, casi invisible para el ojo humano, Maringa vuela de enemigo en enemigo, derrotando a los Battle Mechs de un solo golpe; docenas caen en un solo segundo gracias a la velocidad suprema de la raza butir.

– “¡JAJAJA!” – sonríe al detenerse para ver caer a sus contrincantes. – “¿Lo has visto bien, Basin?” – intenta provocar a su compañero.

El en cielo, Basin cae sobre un jet y atraviesa la cabina con su mano para sacar de ella al piloto y lanzarlo contra otro jet.

– “¡JAJAJA!” – disfruta el guerrero, ignorando a su compañero.

– “Mira que tiene poca clase…” – refunfuña Basin.

En el hangar de la Red Ribbon, Pino está sentado a los mandos de su titánico robot, activando múltiples interruptores a su alrededor. Los sistemas se ponen en marcha.

– “Activando protocolos.” – anuncia Pino. – “¡Listo para despegar!”

– “Aún no hemos recibido la orden.” – dice su ayudante por radio.

– “Pues solicita el permiso.” – replica el Coronel Green.

– “Denegado.” – responde la voz la Doctora Oli.

– “¿Eh?” – se extraña Pino. – “¿Mamá?”

En el puente de mando, situado en lo alto del hangar, la Doctora Oli ha pasado entre una docena de científicos y mecánicos de la Red Ribbon y ha arrebatado el micrófono al asistente robótico de Pino.

– “No tienes permiso.” – insiste Oli.

– “No quiero sonar como cuando tenía quince años, pero…” – sonríe Pino. – “Tú no me mandas, mamá.”

– “No seas idiota.” – protesta ella. – “Estoy recibiendo informes del campo de batalla… Debemos ser prudentes.”

– “Pero…” – insiste Pino.

Oli aprieta un gran botón rojo en el teclado de comandos y todos los sistemas activados previamente por pino se apagan.

– “¡¿PERO…?!” – protesta el hijo de Gero.

– “Lo siento…” – murmura Oli. – “De momento, te toca esperar en la retaguardia.”

En el desierto, una segunda lluvia de fuego cae sobre la nave extraterrestre con idéntico resultado. La cúpula de energía resiste el impacto.

– “Sin daños.” – confirma un soldado alienígena.

– “Son muy ruidosos…” – suspira Shugo. – “Será mejor que nos libremos de ellos antes que nuestro señor se moleste.”

– “¿Qué sugiere?” – pregunta el soldado.

Shugo sonríe.

En el Palacio Real, el Doctor Gero es recibido por el Comandante Red.

– “Ya era hora…” – sonríe el doctor al entrar al despacho.

– “¿Cuánto tardarán sus androides en llegar al campo de batalla?” – pregunta Red.

– “Mire la pantalla.” – responde Gero.

– “Hmm…” – refunfuña Red.

El Oficial del Estado Mayor es el primero en identificar a los androides en el radar. Los dos están observando el combate desde la distancia.

– “¡¿ESTÁN DEJANDO MORIR A NUSTROS HOMBRES?!” – enfurece Black.

– “Están analizando la batalla.” – responde Gero. – “Recopilando datos de nuestro enemigo.”

Sobre una colina, el Número 17 y la Número 18 observan detenidamente a los soldados enemigos, prestando especial atención a Maringa y a Basin.

– “¡QUE INTERVENGAN YA!” – exclama Black.

– “Aún no.” – responde Gero, calmado.

– “¿Qué trama, Doctor?” – pregunta Red, mucho más tranquilo que Black, pero con claras dudas sobre las intenciones del científico.

Gero se acerca a la mesa del despacho de Red y se sienta en una esquina, lo que sorprende tanto al Comandante como al Oficial, que lo interpretan como un reto a su poder.

– “El enemigo aún no ha detectado a mis androides.” – responde Gero. – “Sería un desperdicio revelar ahora nuestra mejor arma.”

– “¡NUESTROS EFECTIVOS…!” – protesta Black. 

– “Paciencia.” – le interrumpe Gero.

En el campo de batalla, un soldado gatea aterrado, seguido por Maringa. El butir camina hacia él con aterradora calma y una sonrisa de oreja a oreja.

– “Sois una raza bastante patética…” – se mofa Maringa. – “Parece que no sois nada sin vuestras maquinitas…”

En lo alto de la colina, el Número 17 se fija en el soldado.

– “Zendaki…” – murmura el androide.

El soldado, desesperado, desenfunda la pistola que lleva en su cinturón.

– “¡AAAAH!” – grita mientras dispara a discreción contra el enemigo.

Los disparos rebotan en el butir.

– “Aaahhh…” – se queda sin voz el soldado, aterrado.

– “Mi turno.” – sonríe Maringa.

Pero de repente, algo golpea al extraterrestre y lo lanza a través del campo de batalla, rebotando contra todas las rocas que encuentra a su paso.

En el despacho de Red, Gero sonríe.

– “Ya ha llegado.” – dice el Doctor.

– “¿EH?” – se sorprende Red, que se acerca al monitor. – “¡ESE ES…!”

Ten Shin Han aterriza en el campo de batalla frente al asustado soldado.

– “¿Quién…?” – se pregunta el hombrecillo.

Pero el soldado no tarda en reconocer al infame personaje.

– “¡¡ERES EL ASESINO TEN SHIN HAN!!” – exclama el soldado.

Ten ignora al soldado y frunce el ceño con la atención puesta en el enemigo.

De repente, Basin cae del cielo. El grandullón mira sorprendido a su nuevo adversario.

– “¿Ese tipo acaba de noquear a Maringa?” – murmura el sink.

En ese instante, Krilín cae sobre Maringa con los pies por delante, golpeándole en la nuca y haciendo que se estrelle de boca contra el suelo, incrustando su cabeza en el pavimento.

En el despacho Real, Gero sonríe.

– “Y no ha venido solo.” – añade el científico.

– “¡¿Y qué significa eso?!” – protesta Red.

– “Dejaremos que ellos solucionen la papeleta en este campo de batalla.” – dice Gero. – “Mis androides atacaran directamente la nave enemiga.”

– “¿Has usado a nuestros soldados como carnaza?” – refunfuña Black.

– “Lo importante es la victoria, ¿no es así?” – responde Gero, mirando de reojo al Comandante Red.

El Comandante sonríe.

– “Es usted un hombre sorprendente, Doctor.” – dice Red.

En lo alto de la colina, los androides abandonan su análisis para poner rumbo a la nave… pero el Número 17 se retrasa, pues su atención está puesta en el soldado Zendaki, que ya corre despavorido, y en su salvador.

– “Tenemos trabajo que hacer.” – le apresura la Número 18.

Mientras tanto, en la nave, un soldado trae una pequeña jaula esférica de unos 20cm de diámetro y la presenta a Shugo.

– “Aquí está, señor.” – responde el soldado. – “El prisionero S73.”

– “Bien.” – sonríe Shugo, acercando su rostro a la esfera.

Shugo golpea la jaula con el dedo.

– “¿Estás ahí, pequeño granuja?” – pregunta con retintín. – “¿Quieres negociar tu libertad?”

ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte XVII: Con un objetivo en mente

Red World / Parte XVII: Con un objetivo en mente

“Así es tu padre…”

Tres meses más tarde, en la Atalaya de Kamisama, Ten Shin Han intenta aprobar a Mr. Popo usando sus cuatro brazos para atacarle.

El guardián de la atalaya detiene todos los golpes del antiguo alumno de la escuela Grulla.

– “Sigues gastando demasiada energía…” – advierte Popo. – “Demasiados movimientos…”

Ten retrocede y se divide en cuatro.

– “Qué poco imaginativo…” – suspira el guardián.

Los cuatro Ten Shin Han rodean a Popo y le atacan a la vez.

El guardián se defiende sin problemas.

– “Cuatro clones, cuatro veces más torpe.” – dice Popo. 

El guardián pasa al ataque y con facilidad noquea a los clones, que caen uno sobre otro y desaparecen para formar a un único Ten Shin Han.

El guerrero se levanta de nuevo.

– “¡TAIYO-KEN!” – realiza la técnica de su escuela, emitiendo un bang de luz que ciega a Popo.

Ten aprovecha la ocasión para atacar, pero Popo detiene el golpe con una mano, con los ojos cerrados.

– “La vista es solo uno de mis sentidos.” – dice el guardián. – “¿No te lo he dicho antes? Puedo olerte, oírte, sentir las vibraciones que causas en el aire…”

Ten retrocede y prepara un Dodonpa

– “También el calor que emiten tus técnicas.” – sonríe Popo.

Ten dispara y Popo se desliza hacia un lado, dejando pasar el ataque de largo.

– “¿Lo ves?” – se burla el guardián.

Ten pone sus manos formando un rectángulo en el que encuadra a su adversario.

– “Creo que te estás desesperando…” – dice Popo.

Ten sonríe y cambia el objetivo, encuadrando el Palacio de Kamisama.

– “¡¿EH?!” – se sorprende Popo. – “¿Qué… qué haces…?”

– “Ya lo sabes. Soy un asesino.” – dice Ten con cara de villano. – “¡¡KIKO…!!”

– “¡¡EL PALACIO!!” – se preocupa Popo.


Con una velocidad de vértigo, Popo agarra el brazo izquierdo de Ten con la intención de desviar su ataque.

Pero Ten aprovecha la inercia de Popo y su pérdida de concentración para propinarle un codazo con su brazo derecho.

Popo cae de espaldas al suelo.

– “¿EH?” – se sorprende el guardián. – “¿Era…? ¿Era un farol?”

– “Je.” – sonríe Ten.

Kamisama sale de su palacio con una sonrisa en su rostro, con su bastón en una mano y con la otra detrás de la espalda.

– “Parece que le han derrotado, señor Popo.” – dice el anciano.

– “Haciendo trampas…” – intenta justificarse el guardián.

– “No ha jugado limpio.” – asiente Dios. – “Es cierto. Ha aprovechado tu prejuicio a su favor.”

– “Lo siento.” – hace una reverencia Ten hacia el anciano.

Kamisama cavila un instante y luego inicia su camino hacia el borde de la atalaya.

– “Acompáñame.” – dice el anciano.

Popo se levanta y hace una reverencia hacia Kamisama primero, y luego otra hacia Ten.

Pero el guerrero responde ofreciéndole la mano.

Popo lo mira con desconfianza, pero acaba estrechándosela.

Mientras tanto, en el Cuartel General de la Red Ribbon, en una sala de pruebas del laboratorio, un monstruoso dinosauro alado que recuerda a un pteranodón, atado con una cadena en el pie.

– “¡GRAAAAH!” – grita el reptil volador. – “¡¿DÓNDE ESTOY?!”

Gero y sus asistentes observan a través de un cristal.

– “Todo listo.” – anuncia uno de ellos.

– “Adelante.” – responde Gero.

Una compuerta se abre y la Número 18 entra en la habitación.

– “¿Quién eres tú…?” – pregunta el pteranodón.

Ella no responde.

– “¿Tú me has encerrado aquí?” – gruñe el dinosaurio.

Gero y los demás observan atentamente.

– “La energía de la Número 18 se encuentra al 84%” – lee su pantalla uno de los asistentes.

El pteranodón se prepara para abalanzarse sobre ella con sus fauces abiertas, pero la Número 18 lo intercepta con un puñetazo en el hocico que lo aturde.

La androide camina hacia él y abre su mano derecha, revelando una gema roja en la palma de su mano.

La Número 18 agarra del cuello con firmeza al dinosaurio, que lucha para liberarse.

El pteranodón intenta golpear a la mujer, que parece inamovible.

Poco a poco, los movimientos del dinosaurio son cada vez más lentos y débiles, como si se quedara sin fuerzas.

– “Energía de la Número 18 al 85%” – anuncia el asistente del doctor.

Gero sonríe satisfecho.

– “Fase 1 completada.” – anuncia el doctor. – “Absorción por contacto, exitosa.”

En la base militar al sur de la Capital Central, Pino se toma una cerveza sentado sobre el pie de su gigantesca creación.

– “¿Es bueno que bebas en horario de trabajo?” – pregunta una hermosa mujer de cabello castaño canoso, vestida con una bata blanca.

Pino sonríe al ver a la mujer.

El asistente mecánico de Pino se interpone en el camino de la mujer.

– “Lo siento, señora.” – dice el robot. – “Esta es una zona restringida.”

– “Tranquilo, es mi madre.” – interviene Pino, poniéndose en pie. – “Y la tuya, de hecho.”


El robot mira de nuevo a la mujer y enseguida hace una reverencia para disculparse.

– “Doctora Oli.” – dice el asistente. – “Mis más honestas disculpas.”

– “No hay problema.” – sonríe ella.

Pino la recibe con un abrazo.

– “Es realmente impresionante.” – dice ella, observando al gigante.

– “¿Te gusta?” – se emociona él.

– “No esperaba menos.” – sonríe Oli. – “Está en tus genes.” – le guiña un ojo.

– “Ah, o sea que no tengo ningún mérito, ¿eh?” – bromea, fingiendo estar ofendido.

– “No he dicho eso.” – responde ella, dándole un pequeño golpe en el hombro.

– “Jaja” – ríe Pino.

Los dos se quedan un instante en silencio mientras observan al gigantesco hombre de metal.

– “¿Qué tal está papá?” – pregunta Pino.

– “No lo sé…” – suspira Oli. – “Desde que tiene todos los fondos que pide, parece que solo existe el trabajo para él…”

– “Siempre tiene que estar obsesionado con algo, ¿eh?” – dice Pino.

– “Así es tu padre…” – responde ella. – “Su pasión… es lo que me enamoró, no debería quejarme.”

– “Su mayor pasión eres tú, mamá.” – dice Pino. – “Solo que a veces se le olvida.”

– “Jajaja” – ríe Oli. – “No hace falta que lo defiendas.”

– “Es la verdad.” – sonríe Pino.

En la Atalaya de Kamisama, Ten Shin Han y Dios observan el mundo desde la cornisa.

– “Le pido disculpas de nuevo.” – dice Ten. – “No debería haber hecho trampas. Entiendo que la lección que quería enseñarme no era esa.”

– “Eres un hombre de recursos.” – dice Kamisama. – “Puede que eso sea lo que el mundo necesita ahora.”

– “Señor…” – dice Ten, con respeto y timidez.

– “Adelante.” – responde Kami. – “Pregúntamelo.”

Ten Shin Han se sorprende al ver que le ha leído la mente.

– “Si usted es tan fuerte… y su deber es proteger la Tierra…” – dice Ten. – “No quiero ofender, pero… ¿por qué no nos ayudó cuando nos atacaron?”

– “Podría haberlo hecho…” – dice Kamisama. – “Mucha gente murió ese día…”

Ten se fija de que Kamisama agarra con más fuerza su bastón.

– “¿Qué crees tú?” – pregunta Kamisama.

– “No… no lo sé…” – responde Ten.

Kamisama suspira profundamente.

– “Mañana empezará tu entrenamiento.” – dice Dios. – “Es mejor que hoy descanses.”

Kamisama se marcha, pero solo puede dar unos pasos antes de ser interrumpido por su nuevo alumno.

– “Señor.” – dice Ten.

– “¿Qué ocurre?” – pregunta Dios.

– “Es un placer ser entrenado por usted, pero…” – dice Ten. – “¿Es posible seguir entrenando con Mr. Popo un poco más?”

– “¿Cómo dices?” – se sorprende el anciano.

– “Quiero ser capaz de derrotarlo de forma justa.” – dice Ten. – “Su forma de ver el combate es nueva y diferente para mí… quiero comprenderla antes de pasar a la siguiente lección.”

Kamisama sonríe orgulloso.

– “Como prefieras.” – asiente.

ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte XVI: La leyenda del Rey Gyuma

Red World / Parte XVI: La leyenda del Rey Gyuma

“Disfrute del espectáculo, Majestad.”

Dos semanas después, en una pequeña urbe cercana al bosque de setas, Krilín ha noqueado a dos soldados de con gabardina azul y orejas postizas de conejo, y ahora apunta con su bastón a un gran conejo blanco humanoide que pide clemencia.

– “¡Nos iremos de la ciudad!” – dice el conejo. – “¡Lo prometo!”

– “Que no os vuelva a ver por aquí…” – advierte Krilín, enfundando el bastón.

Los tres bandidos enseguida echan a correr.

Mientras tanto, el en horizonte, un escuadrón formado por cinco helicópteros monoplaza a reacción y otro de transporte de tropas cruza el cielo hacia el Monte Frypan.

En unas horas, el helicóptero de transporte aterriza en la montaña, en una llanura cercana a la aldea de Chichi, mientras los monoplazas sobrevuelan el perímetro.

Un pelotón de soldados no tarda en apearse del transporte y se organiza en formación bajo el mando del General Blue.

Pero de repente, un hacha gigante sobrevuela a las tropas y choca contra uno de los helicópteros, derribándolo.

Los soldados se asustan y se preparan para disparar contra el enemigo.


El suelo tiembla con los pasos del demonio de la montaña; el gigantesco Rey Gyuma se presenta frente a las tropas de la Red Ribbon ataviado con su terrorífica armadura de cuernos. 

El General Blue sonríe con picardía, demostrando una calma que contrasta con la de sus hombres.

– “Usted debe ser el Rey Gyuma.” – dice el General de cabello rubio y ojos azules.

– “Fuera de mi montaña.” – responde el Rey, tajante.

– “Me alegro de que haya salido a recibirnos.” – dice Blue. – “Nos ahorrará tener que interrogar a su gente.”

Gyuma no responde y solo posa estoico frente al enemigo.

Los soldados lo observan con miedo, pues su tamaño y su vestimenta lo hacen parecer una figura casi mitológica, más cercana a una criatura como el minotauro que a un humano.

Blue, en cambio, camina directamente hacia él, con las manos detrás de la espalda, con la marcialidad y estilo que lo caracterizan.

– “Su Majestad…” – dice Blue con retintín. – “¿Sabe por qué estamos aquí?”

– “No me importa.” – responde Gyuma. – “Pero quiero que os marchéis.”

El General mira de reojo a uno de sus soldados.

– “¡Recluta!” – exclama Blue a uno de sus hombres; un joven de cabello rubio y corte militar, con gafas.

– “¡Sí…! ¡Sí, señor!” – responde el soldado, con voz temblorosa, poniéndose firme. – “¡Por su atentado contra las instalaciones de investigación geotérmica del Ejército de la Red Ribbon y, por lo tanto, contra el Comandante Red, Rey del Mundo y salvador de la Tierra, y su gobierno legítimo, el autoproclamado Rey Gyuma del Monte Frypan ha sido sentenciado a muerte!”

El recluta regresa a la formación.

Gyuma y Blue se miran fijamente.

– “Así que es eso, ¿eh?” – dice el gigantón.

– “Ya lo ha oído.” – responde Blue.

– “¿Y vas a ejecutarme tú, hombrecillo?” – pregunta Gyuma, intimidante.

La tensión es palpable. Hay silencio en la montaña de fuego.

De repente, el monte ruje y, como un disparo de pistola que indica el inicio de una carrera, Gyuma reacciona intentando propinar un puñetazo a Blue.

El General da un preciso paso a un lado mientras se agacha, como un boxeador, haciendo que Gyuma golpee el suelo.

Blue salta y propina un uppercut directo al mentón del gigante, que retrocede dos pasos.

Los soldados observan con sorpresa y emoción la habilidad de su líder.

El General sonríe.

– “Un tipo duro…” – dice al ver que Gyuma se mantiene en pie.

– “Grrr…” – gruñe el gigante.

Gyuma se abalanza sobre el enemigo, pero el General se agacha y gira sobre sí mismo estirando la pierna, haciéndole así la zancadilla al gigante.

El padre de Chichi cae de cara contra el suelo, perdiendo el casco, que rueda hacia los soldados.

– “Lo siento, grandullón.” – se mofa Blue. – “Pero no eres mi tipo.”

Gyuma se pone en pie, furioso, apretando los dientes.

– “¡¡GRAAAAH!!” – ruge a su enemigo.

Pero un destello de los ojos de Blue detiene su grito y lo deja inmóvil.

– “Bien…” – sonríe Blue.

El General se acerca a Gyuma contoneándose y le acaricia la barba.

– “Quietecito.” – dice Blue, guiñándole un ojo.

El General se dirige hacia sus tropas.

– “¡Que esto sirva de mensaje para los que aún se resisten al gobierno legítimo del poderoso Ejército de la Red Ribbon!” – ordena. – “¡Incendiad la aldea! ¡Que no quede nada!”

– “¡ADELANTE!” – repite uno de sus hombres.

Los soldados cargan contra la aldea ante la mirada impotente de Gyuma.

Blue se acerca al gigante y se detiene a su lado.

– “Disfrute del espectáculo, Majestad.” – sentencia con retintín antes de seguir su camino hacia la aldea.

Los gritos de su gente y los disparos de los soldados retumban por todo el valle.

Una lágrima recorre la mejilla de Gyuma, que lucha por moverse.

– “Grrr…” – gruñe el gigante.

Poco a poco, el puño de Gyuma empieza a moverse.

– “Grraaah…” – empieza a proyectar la voz.

Blue se detiene, extrañado.

– “¿Eh?” – se da la vuelta.

– “¡¡GRRRAAAAAAAH!!” – ruge de nuevo el Rey.

Con dificultad y un tremendo esfuerzo que hace que se marque cada músculo y cada vena de su cuerpo, Gyuma avanza hacia el enemigo.

– “¡¿Cómo…?!” – se sorprende Blue.

Gyuma levanta sus puños, dispuesto a aplastar al General.

– “¡¡GRAAAAAAH!!” – brama de nuevo.

Pero Blue salta hacia un lado, evitando el golpe, que impacta contra el suelo y lo resquebraja.

– “Es un monstruo…” – se sorprende Blue, mirándolo con asombro.

Gyuma avanza de nuevo hacia él, pero sus movimientos requieren tanto esfuerzo que lo hacen lento y torpe.

Blue aprovecha que su velocidad y movilidad le dan ventaja para acercarse rápidamente y propinarle varios jabs de izquierda en la cara, rompiéndole la nariz.

Pero Gyuma no se detiene.

– “¿Qué demonios eres…?” – murmura Blue.

– “¡¡GRAAAAAAH!!” – grita Gyuma como un verdadero animal mientras avanza hacia él.

Gyuma intenta propinar un puñetazo al General, pero éste se agacha y contraataca con un fuerte puñetazo en la barriga del gigante y lo sigue saltando y conectando un rodillazo en su mentón que lo hace retroceder y tambalearse.

Gyuma lucha para no caerse, pero Blue aprovecha el momento para correr hacia el gigante, saltar y propinarle una patada en la cara justo cuando estaba recuperando la estabilidad.

Esta vez, Gyuma cae de espaldas, haciendo temblar el suelo.

– “Fiu…” – silba Blue, aliviado. – “Menudo tipo…”

Pero Gyuma empieza a moverse de nuevo, intentando levantarse, luchando aún contra el poder mental de Blue.

– “Fascinante…” – dice el General, boquiabierto.

Blue camina hacia Gyuma.

El grandullón lucha por incorporarse sin éxito.

El General se detiene para recoger una piedra de obsidiana de unos 40cm de diámetro.

– “Pongamos fin a esto…” – sentencia con una media sonrisa.

La aldea arde mientras Blue levanta la piedra con ambas manos sobre la cabeza del Rey.