ESPECIAL DBSNL /// Shingeki no Saiyajín // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte II: Vínculos

Shingeki no Saiyajín / Parte II: Vínculos
“Te pareces mucho a mi hermano…”


Tras varios meses de investigación, Raichi y Mu ponen a prueba su experimento. En una sala vacía, el joven saiyajín, que ha sido modificado genéticamente, recibe a dos extraños seres robóticos creados por los tsufur para poner a prueba sus habilidades de combate. Los dos científicos analizan la situación desde el centro de control, a través de sus monitores.
– “Ningún sujeto tsufur había sobrevivido tanto tiempo.” – dice Mu. – “Puede que lo haya logrado, Doctor Raichi. La idea de utilizar a uno de esos bárbaros ha funcionado.”
– “Aún es pronto para cantar victoria” – responde el doctor. – “Veamos cómo responde a una verdadera situación de estrés.”
Raichi teclea las órdenes en la computadora y los dos robots se abalanzan sobre el muchacho.
El saiyajín logra protegerse torpemente de los golpes y patalea para librarse de sus enemigos. El bárbaro es fuerte, pero lucha como un animal.
Uno de los robots le agarra el pie y le lanza contra una pared cercana. El chico se pone en pie rápidamente y carga contra sus enemigos, pero el otro robot le dispara una onda de energía que le estampa de nuevo contra el muro.
– “No es suficiente.” – dice Raichi. – “No detecto ningún signo del poder herajín.”
– “¿Subimos el estrés?” – pregunta Mu.
– “Intentémoslo.” – responde Raichi.
Los robots atacan de nuevo al chico, que no se rinde, pero pronto le superan. Tras una violenta paliza, el chico queda acurrucado en el suelo, intentando protegerse, mientras los robots le pisotean violentamente.
Raichi y Mu siguen observando las lecturas de sus monitores.
– “No funciona.” – dice Mu.
– “Otro fracaso…” – suspira Raichi, deteniendo la prueba e inundando la sala de gas adormecedor.
En ese momento, en otro monitor, Zangya se ha despertado e increpa a sus captores.
– “Otra vez…” – suspira Mu, que se prepara para liberar el gas en la celda de la herajín.
– “Espera.” – le detiene Raichi. – “Tengo una idea.”
Mientras tanto, en la superficie, en una tienda de campaña militar, el Capitán Kinkarn prepara a sus hombres para una nueva incursión en territorio enemigo.
– “Nos han informado de que varias tribus saiyajín se han asentado cerca de nuestra ciudad.” – anuncia un analista militar. – “Cada vez son más. Parece que intenten rodearnos.”
– “No son tan inteligentes.” – dice Kinkarn. – “Esos animales no diseñan estrategias. Se les habrá acabado la comida en su territorio.”
– “¿Qué deberíamos hacer?” – pregunta el soldado.
– “Prepararemos una batida.” – dice Kinkarn. – “Mermaremos sus números y les obligaremos dispersarse.”
En unas horas, un pelotón se prepara para salir al exterior de la barrera.
En el laboratorio, Zangya intenta liberarse de las cadenas que la aprisionan.
– “¡Soltadme! ¡Bastardos!” – grita la herajín.
De repente, la celda se abre y un soldado tsufur empuja a un chico de tez azul dentro de la celda. El chico se cae al suelo. La puerta se cierra de nuevo.
Zangya se queda sin palabras al ver al muchacho.
– “¿Hijo?” – se pregunta la herajín.
El chico, lleno de cicatrices causadas por múltiples experimentos, retrocede asustado al ver a Zangya.
– “Hijo mío…” – llora Zangya. – “Cuanto has crecido…”
El niño no entiende lo que ocurre y mira a la mujer desconfiado.
– “Tranquilo.” – sonríe Zangya. – “No voy a hacerte daño. Soy tu madre.”
La herajín extiende su mano hacia el chico, pero al hacerlo, tensa su cadena y recibe una fuerte descarga.
– “¡AAAAH!” – grita Zangya.
El chico se asusta. Zangya cae al suelo malherida y agotada.
El muchacho, al ver a la mujer indefensa, se acerca a ella e intenta reconfortarla. Zangya sonríe al ver a su hijo intentando cuidarla.
– “Te pareces mucho a mi hermano…” – dice Zangya. – “Gokua…”
En la sala de control, Raichi observa atentamente lo ocurrido.
– “Suficiente” – sonríe el doctor.
Mu aprieta el botón rojo y la celda de Zangya es inundada por un gas verdoso que pronto duerme a los dos herajín.
– “¿Qué ha descubierto, Doctor?” – pregunta Mu.
– “Puede que tengamos que cambiar nuestro enfoque…” – responde Raichi.
En el exterior de la barrera que protege la ciudad, a varias millas de la metrópolis, la patrulla de Kinkarn masacra a los saiyajín que encuentran a su paso, obligándoles a retroceder.
Las investigaciones continúan durante meses. Zangya y el pequeño Gokua ahora cohabitan en la misma celda. Los tsufur mantienen a Zangya débil para que no pueda utilizar su poder para liberarse, y siempre que lo intenta recibe una fuerte descarga. Gokua, en cambio, puede moverse libremente por la celda.
Lentamente, los dos herajín recuperan su vínculo familiar.
– “¿Quiénes son?” – se pregunta Gokua. – “¿Por qué nos hacen esto?”
– “Sólo sé que estamos en el planeta Plant” – responde Zangya.
– “¿Y nosotros no somos de aquí?” – pregunta Gokua.
– “No” – responde su madre. – “Nosotros somos de un planeta lejano llamado Hera.”
– “¿Y como es?” – se interesa el chico.
– “Fue un planeta precioso.” – sonríe Zangya nostálgicamente. – “Con una floreciente cultura y gran ambición… Pero el poder nos cegó y todo se vino abajo.”
– “¿Somos una raza fuerte?” – pregunta Gokua.
– “Muy fuerte.” – responde Zangya. – “Y tu padre era el más fuerte de todos.”
– “¿Cómo se llamaba?” – insiste el chico.
– “Bojack.” – responde Zangya. – “Era un líder ambicioso y audaz, pero arrogante. Él quería lo mejor para nuestro pueblo, pero al final, el poder le corrompió.”
De repente, dos robots entran en la celda.
– “¡¿Qué ocurre?!” – exclama el chico. – “¿Quiénes sois?”
Uno de los robots asesta una patada al chico, lanzándole al otro extremo de la celda.
– “¡GOKUA!” – exclama su madre, que enseguida clava su mirada enfurecida en los dos enemigos. – “Bastardos…” – murmura mientras su cabello se eriza y se torna rojo.
La rabia de Zangya es reprimida por una descarga de su cadena que le deja de nuevo sin fuerzas.
– “¡MAMÁ!” – grita el chico.
Uno de los robots agarra a Zangya por la cabellera y le asesta un puñetazo en la cara.
– “¡NO LA TOQUÉIS!” – grita Gokua, que intenta acercarse a ella, pero es interceptado por el otro robot, que le derriba de un puñetazo.
El primer robot lanza a Zangya contra el suelo y empieza a darle patadas. Gokua observa la escena con horror. 
De repente, el cabello naranja del joven herajín empieza a teñirse de rojo y su piel azul se vuelve verdosa.
– “¡DEJAD A MI MADRE EN PAZ!” – grita el chico, que se abalanza sobre el robot, asestándole un cabezazo en el abdomen que resquebraja su cobertura metálica.
En la sala de comandos, Raichi sonríe satisfecho.
– “Estrés emocional…” – murmura Mu.
– “Ya tenemos suficiente” – dice Raichi. – “Ahora sabemos que solo tenemos que provocar a ese pequeño bárbaro de la forma adecuada.”
– “¿Y cómo haremos eso?” – pregunta Mu. – “¿Quiere que capturemos a otro saiyajín?”
– “No” – responde Raichi. – “Pero ya es hora de que la familia conozca a su pequeño bastardo.”

ESPECIAL DBSNL /// Shingeki no Saiyajín // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte I: Bárbaros

Shingeki no Saiyajín / Parte I: Bárbaros
“Necesitamos un candidato más fuerte.”
En el planeta Plant, Zangya despierta de un largo letargo. Le duele la cabeza y siente nauseas. Se encuentra en una extraña celda blanca e impoluta, con su tobillo atado a una cadena que surge de un pequeño agujero en el suelo del centro de la sala.
– “¿Dónde estoy?” – se pregunta la herajín. 

Zangya agarra su cadena y tira de ella, intentando romperla, pero recibe una inesperada descarga eléctrica.
– “¡AAAAH!” – grita de dolor la herajín antes de caer al suelo.
Zangya enseguida se toca la barriga y se da cuenta de que no siente nada.
– “¡No! ¡NO!” – grita desesperada. – “¡¿Qué ha ocurrido?! ¡Dónde está mi hijo?!”
Mientras tanto, en una habitación colindante repleta de ordenadores, un viejo científico tsufur se encuentra tecleando en su computadora, observando a la prisionera en una de sus pantallas.
– “Parece que ha despertado otra vez, Doctor Raichi” – dice su ayudante robótico.
– “Encárgate tú, Mu” – responde el doctor.
El ayudante se acerca a un panel de comandos y teclea un código que apaga la ventilación de la celda de Zangya y libera un extraño gas verdoso que inunda la sala.
– “Cof, cof, cof” – tose violentamente Zangua, que pronto se queda dormida.
En el exterior del laboratorio, cerca de la cúpula de energía que protege la ciudad, el líder de las tropas de expedición tsufur ha reunido a cien de sus hombres para marchar más allá de la barrera que protege la ciudad. Los hombres visten una casaca marrón, con botas y guantes blancos, pantalón y camisa azules, y una rudimentaria armadura blanca en su torso y un casco a juego.
– “¡Nuestros hermanos fueron emboscados por un grupo de salvajes hace dos días!” – explica el líder. – “Todos sabéis lo que eso significa… Tenemos pocas posibilidades de encontrarles con vida.” – añade. – “¡Pero son nuestros hermanos! ¡No les abandonaremos!” – exclama.
Sus hombres alzan la mano, celebrando las palabras de su líder.
– “¡Sí!” – gritan al unísono.
– “Y si ya es tarde para ellos…” – continúa el tsufur. – “¡Les vengaremos! ¡Acabaremos con tantos saiyajín como podamos!”
Todos sus hombres gritan de júbilo.
– “¡Viva el Capitán Kinkarn!” – celebran todos. – “¡VIVA!”
Los soldados se montan en sus aerodeslizadores y abandonan la ciudad a toda velocidad.
– “¡A por los bárbaros!” – grita un soldado.
– “¡Acabaremos con ellos!” – exclama otro.
La gente despide a esos hombres como héroes.
Horas más tarde, en el laboratorio, el Doctor Raichi y Mu siguen trabajando.
– “Otro fracaso…” – lamenta Raichi.
En una mesa de operaciones, un tsufur yace muerto. Mu examina el cuerpo.
– “Todo parece indicar que la biología tsufur es incapaz de asimilar los genes herajín modificados” – dice el ayudante. – “Necesitamos un candidato más fuerte.”
– “Un candidato más fuerte…” – murmura Raichi, que parece tener una idea. – “¡Llama al Capitán Kinkarn! ¡Deprisa!”
Mientras tanto, la patrulla de Kinkarn asciende por una colina con sus aerodeslizadores.
– “¡Nos acercamos a la zona enemiga!” – exclama el Capitán por su comunicador. – “¡Permaneced atentos!”
De repente, una humareda llama su atención en el horizonte.
– “¡Puede que sea un campamento bárbaro!” – grita Kinkarn. – “¡Preparaos para el combate!”
En unos minutos llegan a la fuente del humo, que resulta ser una zona arrasada por los saiyajín. En ella encuentran varios cuerpos de compañeros tsufur abatidos de manera brutal.
– “Malditos monos…” – lamenta Kinkarn.

En ese instante, el comunicador del Capitán recibe el mensaje de Raichi. El científico requiere un espécimen saiyajín vivo. Kinkarn no recibe las órdenes con agrado.
– “¡Está usted loco!” – exclama el Capitán. – “¡No pienso traer a un saiyajín vivo a la ciudad!”
– “Lo necesito” – responde Raichi. – “¡Estudiándoles estaremos un paso más cerca de acabar con su maldita raza!”
– “Me parece una locura…” – insiste Kinkarn.
– “No quiero faltarle al respeto, Capitán, pero aquí no es usted quien da las órdenes.” – sentencia Raichi, que interrumpe la conexión.
Kinkarn transmite las nuevas directrices a sus hombres, que parecen preocupados, pero todos están dispuestos a cumplir con su deber.
Los tsufur siguen el rastro dejado por los saiyajín y, tras unas horas de viaje, llegan a una gran cueva de la que emana una tenue luz parpadeante, posiblemente debida a las sinuosas llamas una hoguera.
Kinkarn y sus hombres se acercan con sigilo a la entrada. El Capitán activa el visor de su casco, que detecta múltiples fuentes de energía en el interior de la cueva.
– “Detecto una docena individuos” – anuncia a través de su comunicador. – “Pero las paredes de la cueva son gruesas. Podrían ser más.”
Los soldados parecen muy nerviosos.
– “Preparaos para entrar” – sentencia Kinkarn.
En el interior de la gruta, los saiyajín, semidesnudos, solo cubiertos con pieles mugrientas, se dan un festín con carne tsufur. Los bárbaros son mucho más altos y robustos que los soldados.
– “Este. ¡Sabroso!” – dice una mujer saiyajín.
– “¡Jajaja!” – ríe otro. – “¡Joven!”
Un tercer saiyajín, grandullón, se acerca a la pareja y les quita el trozo de carne de las manos.
– “¡Mío!” – exclama el saiyajín.
La mujer se lo arrebata de nuevo.
– “¡No!” – le dice la saiyajín.
El grandullón propina un puñetazo a la mujer, lanzándola contra una pared de la cueva.
– “¡MÍO!” – exclama el saiyajín.
Los demás saiyajín se ríen de lo sucedido.
En ese instante, cinco granadas de humo son lanzadas al interior de la gruta, que empiezan a emanar un vapor verdoso que parece aturdir a los saiyajín.
– “¡TSUFUR!” – grita un saiyajín.
Los soldados, armados con fusiles de energía, entran en la sala y abren fuego contra los saiyajín, abatiendo a los más débiles de inmediato.
El saiyajín grandullón, se cubre de los disparos enemigos y contraataca de forma brutal, agarrando a un tsufur de la cabeza y lanzándole contra un compañero, noqueando a ambos.
Otro saiyajín se abalanza sobre otro soldado, arrancándole la cabeza de un puñetazo. Una mujer saiyajín agarra el brazo de un soldado y se lo arranca. 
Los tsufur siguen disparando con sus poderosas armas. Los disparos atraviesan a los saiyajín.
El interior de la cueva se convierte en una horrible carnicería.
Tras unos minutos de macabro frenesí, el Capitán Kinkarn, malherido, sale de la cueva arrastrando a un joven saiyajín inconsciente.
El Capitán activa su comunicador.
– “Decidle a Raichi que tengo su espécimen.” – sentencia el tsufur.
Unos días después, el Doctor Raichi ya dispone de su cobaya, a la que tiene atada en una camilla del laboratorio.
– “Todo está listo, señor” – dice Mu. – “¿Procedemos?”
– “Adelante” – sonríe Raichi.
El Sol se pone en Plant. De repente, las alarmas suenan en toda la ciudad. Los habitantes corren a sus casas con relativa calma. Están acostumbrados a esta situación. 

– “Les recordamos que esta noche hay luna llena.” – anuncia la megafonía distribuida por las calles de la metrópolis. – “Se recomienda a todos los ciudadanos que se permanezcan en sus casas y sigan atentos a posibles notificaciones por parte del Departamento de Seguridad.”
En la Torre de Vigilancia Norte, Kinkarn observa a lontananza, cuando el eco de un poderoso rugido llega hasta su posición.
– “Preparaos” – advierte el Capitán, por radio. – “Tengo un mal presentimiento.”
En ese instante, en el horizonte aparecen una decena de Ozaru que avanzan rápidamente hacia la ciudad.
– “Va a ser una noche larga” – suspira Kinkarn, que aprieta un botón rojo en un control remoto.
En el exterior de la ciudad, varias torretas salen del suelo, apuntan a la amenaza Ozaru y abren fuego a discreción.
Los Ozaru intentan cubrirse ante esos ataques, pero el fuego es demasiado intenso. Ni siquiera su dura piel puede resistir ante un poder de esas proporciones. 
Muchos de los simios optan por retroceder, mientras unos pocos intentan continuar su avance, pero el fuego enemigo los abate fácilmente, convirtiendo la noche en una masacre.
En la Torre Norte, Kinkarn observa el sangriento espectáculo.
En el laboratorio, Mu extrae muestras del sujeto saiyajín mientras se oyen los lamentos de los Ozaru y los disparos de los cañones.
Raichi se acerca a uno de sus monitores y queda ensimismado observando la retrasmisión. En ella, se puedo ver a un pequeño niño de tez verde acurrucado en el rincón de una celda.
– “Si lo logramos, será el final de la guerra” – sonríe Raichi.