Shingeki no Saiyajín / Parte III: Guerra
“¿Cómo te llamas?”
En la celda, Zangya y el pequeño Gokua se recuperan de sus heridas cuando la puerta se abre de nuevo y un robot entra arrastrando a un chico por su cola. El robot lanza al chico al interior de la celda y la puerta se cierra de nuevo.
– “¿Quién es?” – pregunta Gokua.
– “No lo sé…” – dice Zangya.
Gokua se acerca al muchacho, que sigue inconsciente.
– “Parece que está herido” – dice el herajín.
– “Debe ser otro prisionero…” – murmura su madre. – “No te acerques. Podría ser una trampa.”
– “¿Una trampa?” – se pregunta Gokua.
– “Si le han metido aquí con nosotros, dudo que sea por compasión.” – reflexiona Zangya. – “Traman algo.”
Raichi y Mu observan la escena a través de sus monitores.
– “¿Funcionará?” – pregunta Mu.
– “Paciencia” – responde Raichi.
De repente, el chico despierta.
– “¡HAA!” – grita el saiyajín, apartando a Gokua de un empujón y corriendo hacia la esquina opuesta de la sala.
– “¡Cuidado, Gokua!” – exclama Zangya.
El saiyajín muestra sus colmillos, amenazante.
– “Está asustado…” – dice Gokua, que se pone en pie lentamente.
– “Es peligroso” – insiste Zangya.
Gokua intenta acercarse al saiyajín.
– “No somos enemigos…” – dice el herajín. – “¿Cómo te llamas?”
El chico salvaje intenta arañar a Gokua, haciéndole retroceder.
– “Grrrrr” – gruñe el saiyajín.
– “¡Está bien! ¡Está bien!” – dice el herajín. – “Cuando te calmes, lo intentaremos de nuevo…”
Durante meses, los científicos tsufur observan a sus prisioneros. El chico saiyajín, siempre en el rincón de la celda, no parece querer congeniar con los herajín pese a los intentos de Gokua, que persiste con la ilusión de hacer un amigo.
Un día, en el calabozo, Zangya y Gokua se encuentran comiendo su ración proporcionada por los tsufur, cuando el saiyajín ya se ha terminado la suya, pero sigue hambriento.
El salvaje se acerca a ellos tímidamente.
– “¿Qué ocurre?” – se percata Gokua.
– “C… co…” – intenta hablar el saiyajín. – “Comida…”
El rostro de Gokua se ilumina al escuchar a su compañero de celda.
– “¡Has hablado!” – exclama Gokua.
Zangya observa sorprendida a los chicos.
Gokua agarra un trozo de carne y se lo entrega al saiyajín.
– “Toma” – sonríe el herajín.
El saiyajín agarra el trozo rápidamente y se aleja corriendo hacia su rincón de la celda.
– “¡Pero no te vayas!” – dice Gokua. – “¡Puedes comértelo aquí!”
– “Grrr…” – gruñe el saiyajín.
En la sala de control, los científicos observan.
– “Un primer acercamiento…” – dice Raichi.
– “Vamos muy lentos.” – dice Mu.
– “Pero seguimos avanzando.” – insiste Raichi.
Mientras tanto, en la superficie, Kinkarn prepara una nueva batida contra los saiyajín, que han vuelto a recuperar terreno rodeando la ciudad.
– “Cada vez son más insistentes.” – dice un soldado.
– “Y más resistentes.” – dice otro.
– “¡Os dije que os asegurarais de no dejar heridos!” – grita Kinkarn, furioso. – “¡Ya sabéis lo que ocurre con ellos, ¿no es así?!”
– “Sí, señor.” – dice el primer soldado. – “Pero son muchos…”
– “¡No quiero excusas!” – insiste Kinkarn. – “¡Pronto habrá luna llena!”
– “Nunca lograrán superar nuestras defensas” – dice el soldado. – “No importa cuantos sean. ¡Son monos!”
Kinkarn empieza a sentirse incómodo con la presencia saiyajín, a la que hasta ahora ha menospreciado.
En los alrededores de la ciudad, a muchos kilómetros, los saiyajín se concentran en varios flancos y observan la ciudad en silencio, liderados por un saiyajín de gran envergadura y con el cuerpo cubierto por cicatrices y sin su ojo derecho.
Unas semanas más tarde, en el laboratorio, Raichi ha terminado de construir un extraño dispositivo.
– “¿Ya está listo?” – pregunta Mu.
– “Hora de dar un paseo.” – sonríe Raichi.
Unas horas más tarde, Zangya despierta en la azotea de la torre más alta de la ciudad, en una clara noche.
– “¿Dónde estoy?” – se pregunta la herajín, que pronto se percata de que lleva unos extraños anillos dorados en sus tobillos, muñecas, cintura, cuello y frente, todos adornados con una gema azul. – “¡¿Qué es esto?!”
– “Estás en Plant.” – dice Raichi, que se encuentra de pie en el borde de la azotea, mirando al horizonte.
– “¡Tú eres quien nos tiene presos!” – exclama Zangya, que cada vez se encuentra más despierta. – “¡Tú torturaste a mi hijo!”
– “Sí, he sido yo.” – dice Raichi, provocándola. – “¿Qué piensas hacer?”
El cabello de la herajín empieza a erizarse mientras adquiere un tono rojizo, pero en ese instante las gemas empiezan a brillar y el Zangya siente un terrible dolor en su cabeza que se extiende a todo su cuerpo y grita con fuerza mientras su poder se desvanece.
– “¡¿Qué ocurre?!” – llora la herajín.
– “Bien…” – sonríe Raichi, que revela un guantelete dorado con una gema azul en su palma. – “Funciona.”
– “¡¿Qué me has hecho?!” – insiste Zangya.
– “Solo quería mostrarte dónde estás.” – dice el tsufur.
– “¡Pagarás por esto!” – grita la herajín.
Raichi ignora las amenazas.
– “Acércate” – dice el tsufur. – “No quieres perderte el espectáculo.”
La luna llena ilumina la noche. En el horizonte, una horda de ozaru se acerca a la ciudad. Kinkarn observa desde una de las torres de vigilancia.
Zangya contempla la escena, sorprendida ante la presencia de tales bestias.
– “¿Qué son?” – pregunta la herajín.
– “Saiyajín” – responde Raichi. – “Los nativos del planeta Plant.”
Las medidas de seguridad se activan y unos cañones surgen del suelo, apuntando a los saiyajín, que esta vez se detienen.
Kinkarn se sorprende al ver a los saiyajín actuar de esa forma tan calmada.
– “¿Han aprendido?” – murmura el tsufur.
– “Señor…” – dice un soldado por radio. – “Tiene que ver esto.”
El Capitán corre hacia la sala de mando y un soldado le enseña un mapa de la ciudad.
– “Están esperando en todos los flancos.” – dice el soldado. – “Estamos rodeados.”
– “¿Qué pretenden?” – murmura Kinkarn, preocupado.
De repente, un ozaru repleto de heridas y con un solo ojo da un paso al frente y ruge con todas sus fuerzas.
En la torre central, Raichi sonríe.
– “Aprenden rápido.” – dice el científico. – “He advertido a Kinkarn y a los demás durante mucho tiempo, pero nunca me han hecho caso. Solo entienden de guerra y muerte.”
– “Son monstruos…” – dice Zangya.
– “Todos lo somos.” – responde Raichi. – “Éste es su planeta, al fin y al cabo.”
– “El chico…” – murmura la herajín.
– “Sí, es un saiyajín.” – explica el tsufur. – “Aunque gracias a mí, ahora también tiene alguna de vuestras cualidades. Es solo cuestión de tiempo que despierte su poder.”
Zangya se queda sin palabras, intentando comprender la situación.
– “El chico es mi obra maestra.” – sonríe Raichi. – “Gracias a un dispositivo como el que llevas ahora mismo, obedecerá mis órdenes y nos librará de esos salvajes.”
– “Le obligarás a matar a su propia gente…” – dice Zangya. – “Eres un ser despreciable.”
– “O un genio.” – sonríe Raichi. – “Es solo cuestión de perspectiva.”
El ozaru tuerto sigue gritando al cielo. Kinkarn se coloca su armadura de combate.
– “¡¿A dónde va, Capitán?!” – pregunta un soldado.
– “Voy a salir.” – dice Kinkarn.
– “¡¿Ahí fuera?!” – se asusta el soldado. – “¡¿Con ellos?!”
– “No podemos subestimarles más tiempo.” – dice el Capitán. – “Quieren algo. Quiero saber qué es.”
En el laboratorio, el Doctor Mu supervisa a Gokua y al saiyajín, que están apunto de ser sometidos a una nueva prueba.
Cuatro robots entran en sus celdas y se abalanzan sobre los chicos, propinándoles una paliza.
– “Primera prueba sin la mujer” – anuncia Mu. – “De momento, sin cambios.”
Kinkarn, ahora vestido con una armadura de última generación, con unos propulsores en los tobillos y pequeños cañones de energía en sus muñecas, abandona la ciudad y camina hacia el líder ozaru.
– “No disparéis” – ordena el Capitán por radio.
El ozaru se acerca a Kinkarn y se agacha hasta situar su cabeza en el suelo, a la altura del tsufur.
– “¡¿Qué queréis?!” – pregunta el Capitán Kinkarn. – “¡¿Puedes entenderme?!”
El ozaru exhala con fuerza, despeinando al tsufur.
– “Ya… mo… shi…” – responde el saiyajín.