Kamakiri / Parte IV: Master Puppeteer
“Llevo años esperando.”
Cinco años después de lo ocurrido en el laboratorio de Kamakiri esa terrible noche de tormenta, una nave de la Patrulla Galáctica aterriza en un páramo perdido en la montaña del planeta Konchu, azotado por la pandemia.
Tres patrulleros descienden de la nave. La líder del escuadrón es una mujer de aspecto felino y tez lila llamada Hop. La escolta una patrullera con aspecto de conejo blanco humanoide; Sorrel. Un tercer patrullero les compaña; un tipo de tez bronceada, maquillado y con aire presumido, llamado Jirasen. Los tres llevan máscaras antigás.
– “Así que es aquí…” – suspira Hop.
– “La situación es peor de lo que esperábamos.” – dice Sorrel, mirando su ordenador de muñeca. – “Los niveles de contagio exceden todas las previsiones.”
– “Debemos tener mucho cuidado.” – dice la líder de escuadrón. – “Si nos infectamos, perderemos la autorización para abandonar el planeta.”
– “Ni siquiera sabemos si ese tipo sigue vivo…” – suspira Jirasen.
– “Nuestra misión es comprobarlo y apresarlo si la respuesta es afirmativa.” – dice Hop.
Los tres agentes se dirigen a una cabaña cercana.
– “¿Qué es eso?” – se pregunta Sorrel, al ver una lona cubriendo un gran aparato.
– “Comprobémoslo.” – dice Hop.
La mujer felina tira de la gran tela y revela un vehículo de reparto espacial.
– “¿Qué hace esto aquí?” – se pregunta Hop.
Sorrel comprueba la base de datos del ordenador, introduciendo el código de identificación del vehículo.
– “Un vehículo de reparto robado.” – revela la coneja. – “Su conductor desapareció hace más de cinco años.”
– “Maldición…” – dice Hop. – “Esto podría ser grave…”
– “¿Por qué es tan importante un vehículo robado?” – refunfuña Jirasen.
– “Los vehículos de transporte de mercancías son de los pocos autorizados para entrar y salir de este planeta.” – dice Hop. – “Esto podría significar que el virus se ha extendido fuera de la zona de cuarentena…”
– “No culpo a nadie que quiera huir…” – suspirar Jirasen. – “Este sitio está condenado.”
Sorrel sigue estudiando los archivos de su ordenador.
– “Si ese Doctor Kamakiri está detrás de todo esto, debemos tener cuidado.” – dice la coneja. – “Trabajaba en el Centro de Estudios Biológicos de la Patrulla Galáctica. Si sigue vivo, estará preparado para nuestra llegada.”
– “¿Trabajaba para nosotros?” – se extraña Jirasen.
– “¿Es que no te has leído el informe de misión?” – protesta Hop.
– “Se abrió una investigación cuando ocurrió esta catástrofe, pero no llegó muy lejos.” – dice Sorrel. – “Órdenes de arriba.”
– “¿Y qué ha reanimado el interés del Cuartel General?” – pregunta Jirasen.
– “Creo que saben más de lo que nos cuentan.” – dice Hop.
Los tres desenfundan sus pistolas. Hop es quien empuja la puerta de la cabaña del con cuidado, que está abierta y se abre lentamente.
– “¿Doctor Kamakiri?” – dice Hop. – “¿Está ahí?”
La puerta revela al doctor sentado en su sofá, vestido con su gabardina negra y su máscara, abrazado por su mujer y su hija.
– “¿Doctor?” – repite Hop, aterrada ante la macabra escena.
La mujer y la hija del doctor miran a la patrullera con sus ojos en blanco.
– “¿Qué demonios…?” – se sobrecoge y perturba Hop, que se queda petrificada.
Jirasen y Sorrel entran en la casa y apuntan al doctor.
– “¿Qué…? ¿Qué significa esto?” – titubea Sorrel.
Kamakiri parece tranquilo, sigue sentado en el sofá con su mirada fija en el suelo.
– “Habéis tardado mucho…” – dice el doctor. – “Llevo años esperando.”
Los patrulleros luchan contra la terrible escena que tienen ante sus ojos y siguen apuntando a Kamakiri.
– “Está detenido, doctor.” – dice Hop. – “Levante las manos.”
El doctor llora oculto tras su máscara.
– “He fracasado…” – dice Kamakiri. – “He intentado traerlas de vuela… Pero he fallado…”
– “Lo que ocurrió en este lugar…” – dice Hop. – “No fue culpa suya.”
– “Sí que lo es.” – dice el doctor. – “Yo traje la muerte a Konchu.”
– “¿Es eso una confesión?” – pregunta la patrullera
– “La Patrulla Galáctica me pidió que investigara la forma de convertir un virus espacial en arma biológica.” – dice Kamakiri. – “Inyectando el virus en un parásito autóctono aumentamos su infectividad. Se transmitía a un ritmo nunca visto y por cualquier vía de contacto.” – explica. – “Pero, un día… tuvimos un accidente en el laboratorio…”
– “El agente se liberó…” – dice Sorrel.
– “No.” – dice Kamakiri. – “Lo contuvimos.”
– “¿Entonces?” – pregunta la patrullera, confusa.
– “Alguien saboteó los sistemas de seguridad del complejo.” – dice Kamakiri. – “Todo falló.”
Los patrulleros se miran entre ellos, sorprendidos ante la acusación del doctor.
– “¿Está diciendo que la Patrulla Galáctica liberó el agente infeccioso?” – pregunta Hop.
– “No lo sé.” – dice Kamakiri. – “Pero fue alguien con acceso a nuestros sistemas.”
– “Te protegeremos.” – dice Hop. – “Investigaremos…”
– “No.” – le interrumpe el doctor. – “Estáis condenados.”
– “¿Qué?” – se extraña la patrullera.
– “Algo me dice que uno de vosotros tiene unas órdenes distintas a los demás…” – dice Kamakiri.
Jirsen, sin mediar palabra, dispara a Hop en la nuca. Sorrel intenta reaccionar, dándose la vuelta, pero recibe un certero disparo en el rostro.
El patrullero traidor apunta de nuevo a Kamakiri.
– “Así que tú eres el asesino…” – dice el doctor.
– “Estaban condenadas desde que aceptaron la misión.” – responde el patrullero. – “Y ahora te toca a ti.”
Kamakiri mueve sus dedos disimuladamente. Los cadáveres de Sorrel y Hop se ponen en pie detrás de Jirsen.
Antes de que el patrullero pueda reaccionar, sus fallecidas compañeras se abalanzan sobre él y le propinan una terrible paliza.
Kamakiri detiene a sus marionetas y se levanta para acercarse al moribundo patrullero a quien le arrebata su ordenador de pulsera.
– “Dime la contraseña.” – le dice el doctor a Jirsen mientras pisa su brazo roto.
– “Doro… Dorobochi…” – susurra el malherido patrullero.
Kamakiri introduce el código en el ordenador, que enseguida inicia una llamada a un receptor desconocido.
Con un movimiento de los dedos del doctor, Sorrel y Hop rematan al patrullero, cuyo cuerpo se transforma en una extraña criatura de tez grisácea, ojos verdes y una gran boca de tiburón.
La llamada es recibida, pero nadie responde.
– “Sé que me oyes.” – dice Kamakiri. – “He modificado el patógeno. Lo he rebautizado “Kodoku”. Ahora es inocuo, pero tiene otras peculiaridades mucho más interesantes. No sé quién eres, pero sé que quieres lo que tengo y que pagarías por ello.”
Tras un largo e incómodo silencio, alguien responde.
– “¿Qué quieres?” – pregunta el misterioso individuo al otro lado de la llamada.
– “He estado leyendo viejas historias…” – dice Kamakiri. – “¿Has oído hablar de las Dragon Balls?”
Al otro lado del Universo, en la cueva más profunda de un planeta árido y rocoso, una computadora atiende la llamada.
– “Veré qué puedo hacer…” – responde el ordenador.
