ESPECIAL DBSNL /// Kamakiri // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte IV: Master Puppeteer

Kamakiri / Parte IV: Master Puppeteer

“Llevo años esperando.”

Cinco años después de lo ocurrido en el laboratorio de Kamakiri esa terrible noche de tormenta, una nave de la Patrulla Galáctica aterriza en un páramo perdido en la montaña del planeta Konchu, azotado por la pandemia.

Tres patrulleros descienden de la nave. La líder del escuadrón es una mujer de aspecto felino y tez lila llamada Hop. La escolta una patrullera con aspecto de conejo blanco humanoide; Sorrel. Un tercer patrullero les compaña; un tipo de tez bronceada, maquillado y con aire presumido, llamado Jirasen. Los tres llevan máscaras antigás.

– “Así que es aquí…” – suspira Hop.

– “La situación es peor de lo que esperábamos.” – dice Sorrel, mirando su ordenador de muñeca. – “Los niveles de contagio exceden todas las previsiones.”

– “Debemos tener mucho cuidado.” – dice la líder de escuadrón. – “Si nos infectamos, perderemos la autorización para abandonar el planeta.”

– “Ni siquiera sabemos si ese tipo sigue vivo…” – suspira Jirasen.

– “Nuestra misión es comprobarlo y apresarlo si la respuesta es afirmativa.” – dice Hop.

Los tres agentes se dirigen a una cabaña cercana.

– “¿Qué es eso?” – se pregunta Sorrel, al ver una lona cubriendo un gran aparato.

– “Comprobémoslo.” – dice Hop.

La mujer felina tira de la gran tela y revela un vehículo de reparto espacial.

– “¿Qué hace esto aquí?” – se pregunta Hop.

Sorrel comprueba la base de datos del ordenador, introduciendo el código de identificación del vehículo.

– “Un vehículo de reparto robado.” – revela la coneja. – “Su conductor desapareció hace más de cinco años.”

– “Maldición…” – dice Hop. – “Esto podría ser grave…”

– “¿Por qué es tan importante un vehículo robado?” – refunfuña Jirasen.

– “Los vehículos de transporte de mercancías son de los pocos autorizados para entrar y salir de este planeta.” – dice Hop. – “Esto podría significar que el virus se ha extendido fuera de la zona de cuarentena…”

– “No culpo a nadie que quiera huir…” – suspirar Jirasen. – “Este sitio está condenado.”

Sorrel sigue estudiando los archivos de su ordenador.

– “Si ese Doctor Kamakiri está detrás de todo esto, debemos tener cuidado.” – dice la coneja. – “Trabajaba en el Centro de Estudios Biológicos de la Patrulla Galáctica. Si sigue vivo, estará preparado para nuestra llegada.”

– “¿Trabajaba para nosotros?” – se extraña Jirasen.

– “¿Es que no te has leído el informe de misión?” – protesta Hop.

– “Se abrió una investigación cuando ocurrió esta catástrofe, pero no llegó muy lejos.” – dice Sorrel. – “Órdenes de arriba.”

– “¿Y qué ha reanimado el interés del Cuartel General?” – pregunta Jirasen.

– “Creo que saben más de lo que nos cuentan.” – dice Hop.

Los tres desenfundan sus pistolas. Hop es quien empuja la puerta de la cabaña del con cuidado, que está abierta y se abre lentamente.

– “¿Doctor Kamakiri?” – dice Hop. – “¿Está ahí?”

La puerta revela al doctor sentado en su sofá, vestido con su gabardina negra y su máscara, abrazado por su mujer y su hija.

– “¿Doctor?” – repite Hop, aterrada ante la macabra escena.

La mujer y la hija del doctor miran a la patrullera con sus ojos en blanco.

– “¿Qué demonios…?” – se sobrecoge y perturba Hop, que se queda petrificada.

Jirasen y Sorrel entran en la casa y apuntan al doctor.

– “¿Qué…? ¿Qué significa esto?” – titubea Sorrel.

Kamakiri parece tranquilo, sigue sentado en el sofá con su mirada fija en el suelo.

– “Habéis tardado mucho…” – dice el doctor. – “Llevo años esperando.”

Los patrulleros luchan contra la terrible escena que tienen ante sus ojos y siguen apuntando a Kamakiri.

– “Está detenido, doctor.” – dice Hop. – “Levante las manos.”

El doctor llora oculto tras su máscara.

– “He fracasado…” – dice Kamakiri. – “He intentado traerlas de vuela… Pero he fallado…”

– “Lo que ocurrió en este lugar…” – dice Hop. – “No fue culpa suya.”

– “Sí que lo es.” – dice el doctor. – “Yo traje la muerte a Konchu.”

– “¿Es eso una confesión?” – pregunta la patrullera

– “La Patrulla Galáctica me pidió que investigara la forma de convertir un virus espacial en arma biológica.” – dice Kamakiri. – “Inyectando el virus en un parásito autóctono aumentamos su infectividad. Se transmitía a un ritmo nunca visto y por cualquier vía de contacto.” – explica. – “Pero, un día… tuvimos un accidente en el laboratorio…”

– “El agente se liberó…” – dice Sorrel.

– “No.” – dice Kamakiri. – “Lo contuvimos.”

– “¿Entonces?” – pregunta la patrullera, confusa.

– “Alguien saboteó los sistemas de seguridad del complejo.” – dice Kamakiri. – “Todo falló.”

Los patrulleros se miran entre ellos, sorprendidos ante la acusación del doctor. 

– “¿Está diciendo que la Patrulla Galáctica liberó el agente infeccioso?” – pregunta Hop.

– “No lo sé.” – dice Kamakiri. – “Pero fue alguien con acceso a nuestros sistemas.”

– “Te protegeremos.” – dice Hop. – “Investigaremos…”

– “No.” – le interrumpe el doctor. – “Estáis condenados.”

– “¿Qué?” – se extraña la patrullera.

– “Algo me dice que uno de vosotros tiene unas órdenes distintas a los demás…” – dice Kamakiri.

Jirsen, sin mediar palabra, dispara a Hop en la nuca. Sorrel intenta reaccionar, dándose la vuelta, pero recibe un certero disparo en el rostro.

El patrullero traidor apunta de nuevo a Kamakiri.

– “Así que tú eres el asesino…” – dice el doctor.

– “Estaban condenadas desde que aceptaron la misión.” – responde el patrullero. – “Y ahora te toca a ti.”

Kamakiri mueve sus dedos disimuladamente. Los cadáveres de Sorrel y Hop se ponen en pie detrás de Jirsen.

Antes de que el patrullero pueda reaccionar, sus fallecidas compañeras se abalanzan sobre él y le propinan una terrible paliza.

Kamakiri detiene a sus marionetas y se levanta para acercarse al moribundo patrullero a quien le arrebata su ordenador de pulsera.

– “Dime la contraseña.” – le dice el doctor a Jirsen mientras pisa su brazo roto.

– “Doro… Dorobochi…” – susurra el malherido patrullero.

Kamakiri introduce el código en el ordenador, que enseguida inicia una llamada a un receptor desconocido.

Con un movimiento de los dedos del doctor, Sorrel y Hop rematan al patrullero, cuyo cuerpo se transforma en una extraña criatura de tez grisácea, ojos verdes y una gran boca de tiburón.

La llamada es recibida, pero nadie responde.

– “Sé que me oyes.” – dice Kamakiri. – “He modificado el patógeno. Lo he rebautizado “Kodoku”. Ahora es inocuo, pero tiene otras peculiaridades mucho más interesantes. No sé quién eres, pero sé que quieres lo que tengo y que pagarías por ello.”

Tras un largo e incómodo silencio, alguien responde.

– “¿Qué quieres?” – pregunta el misterioso individuo al otro lado de la llamada.

– “He estado leyendo viejas historias…” – dice Kamakiri. – “¿Has oído hablar de las Dragon Balls?”

Al otro lado del Universo, en la cueva más profunda de un planeta árido y rocoso, una computadora atiende la llamada.

– “Veré qué puedo hacer…” – responde el ordenador.

ESPECIAL DBSNL /// Kamakiri // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte III: Fringe

Kamakiri // Parte III: Fringe
“Te he echado tanto de menos…”


El Dr. Kamakiri ha llegado a su casa y ha ocultado el vehículo de Monaka bajo una gran lona en la parte trasera de su jardín, para no levantar sospechas. El cadáver del repartidor ha sido trasladado al laboratorio.

El médico se encuentra en su sótano investigando los cabellos de la Diosa de Aknon. Kamakiri toma muestras celulares y las observa bajo el microscopio.

– “Increíble…” – se sorprende al ver que siguen vivas, aunque adormiladas. – “Estas células tienen eones… ¿Cómo es posible?”

El doctor aplica una solución de nutrientes sobre un grupo de células y éstas reaccionan rápidamente.

– “Fascinante…” – murmura Kamakiri.

Con muestras de tejido del cuerpo de Monaka, el doctor comienza sus experimentos. 

Las células de la Diosa, al ser inyectadas en tejido muerto, enseguida empiezan la producción de ciertas cadenas extrañas similares al ARN mensajero que toman el control de la célula, sustituyendo las funciones del núcleo muerto y generando un extraño fenómeno de vida artificial.

El doctor lleva a cabo una ardua investigación durante meses, sobreponiéndose a todo tipo de problemas para ampliar el proceso y hacer que funcione cada vez en muestras de tejido más grandes. Pero hay un escollo que no ha logrado sobrepasar. El proceso no se reproduce en tejido nervioso muerto.

El doctor empieza a desesperarse.

Día tras día, Kamakiri lleva a cabo nuevos experimentos, pero sin éxito. La locura embarga lentamente al doctor, que se sume en un estado de depresión mayor.


Una noche, tras meses de experimentación, en un rincón del laboratorio, un pequeño roedor llama la atención de Kamakiri que, en lugar de verlo como una amenaza para la esterilidad del laboratorio, ahora lo ve como una oportunidad de experimentar en tejido vivo. 

Tras cazar al ratón y sedarlo levemente, el doctor inyecta la muestra celular de Aknon en el líquido cefalorraquídeo del roedor.

Después de esperar unos minutos, el médico se dispone a sacrificar al animal para poder estudiar los resultados, pero antes de hacerlo oye un extraño ruido en otra de sus mesas. 

Kamakiri se acerca al lugar de procedencia de esos ruidos y observa cómo las muestras musculares sobre las que había experimentado previamente se están contrayendo en respuesta a la desesperación del pequeño roedor.

A partir de ese descubrimiento, los esfuerzos del doctor se centran en elaborar una solución capaz de inyectarse a sí mismo, con la esperanza de que su mente pueda devolver a la vida a sus seres queridos a través de sus recuerdos.

En una noche de tormenta, el doctor ha logrado confeccionar un suero, y está dispuesto a probarlo.

El cadáver de su esposa ha sido descongelado y se encuentra sobre la mesa de autopsias cubierto por una sábana blanca. Kamakiri lo ha preparado para el experimento y le ha inyectado el genoma de la Diosa. 

Ahora es el doctor quien se inyecta la solución en la columna cervical, una punción de alto riesgo, pero él siente que no tiene nada que perder.

El doctor percibe una sensación fría que recorre su columna y se introduce en su cerebro. Kamakiri cae al suelo tiritando, pero la sensación térmica pronto cambia radicalmente y se convierte en un abrasador fuego que lo hace gritar de dolor. 

Tras varios minutos de tortura, el doctor pierde el conocimiento.

Después de varias horas desmayado, el doctor despierta e intenta levantarse. Se encuentra mareado y débil, pero con esfuerzo logra ponerse en pie.

Antes de que pueda recordar lo sucedido, un ruido llama su atención. ¿Alguien llama a la puerta? No. El ruido proviene del laboratorio. De la mesa de autopsias.

Kamakiri mira de reojo hacia esa dirección y se da cuenta de que el cuerpo de su mujer también intenta ponerse en pie. 

– “Cariño…” – titubea el doctor. – “Estás viva…” – llora emocionado. – “Te he echado tanto de menos…”

Kamakiri, aturdido por el proceso, intenta caminar y se cae al suelo. El cadáver de su mujer imita torpemente los movimientos del doctor.

– “No…” – murmura el médico, apenado.

El médico se sobrecoge al conjeturar lo ocurrido. El doctor empieza a mover sus manos y sus dedos lentamente, observando cómo el cadáver replica sus gestos.

– “No es ella…” – entiende Kamakiri. – “Es solo… una marioneta…”

ESPECIAL DBSNL /// Kamakiri // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte II: Aknon


Kamakiri // Parte II: Aknon
“¿Es ella?”
Tras varias semanas de viaje, Monaka y Kamakiri llegan a planeta Aknon, ahora conocido como Rudeeze. El doctor comprueba en su PDA las imágenes de sus archivos, estudiando la posible localización del templo de la Diosa.
La nave de repartos aterriza en medio de un desierto, siguiendo las indicaciones del doctor. Es de noche, pero el resplandor de dos lunas ilumina el lugar.
– “¿De verdad hay algo en este planeta que no sea arena?” – pregunta Monaka.
– “Puede que ahora todo sea arena” – responde Kamakiri. – “Pero el libro habla de tierras fértiles. En algún momento, este lugar tuvo que ser un paraíso.”
– “Si tú lo dices…” – suspira Monaka. – “Espero que tengas razón.”
Monaka y Kamakiri bajan de la nave e investigan la zona.
– “Tiene que se aquí…” – dice el doctor, que mira al cielo para usar las estrellas como guía, siguiendo el mapa que aparece en el viejo libro.
– “Yo no veo nada…” – dice Monaka.
De repente, el suelo cede y Kamakiri cae por un agujero. La arena que le acompaña amortigua su caída.
– “¡¿Estás bien?!” – se preocupa Monaka.
– “Sobreviviré” – dice Kamakiri.
– “¡Voy a buscar una cuerda!” – dice Monaka.
Kamakiri, mientras su compañero se prepara para sacarle del agujero, decide investigar el lugar.

El doctor se da cuenta de que se encuentra en el interior del templo que estaba buscando. Las paredes de su alrededor se encuentran repletas de jeroglíficos que narran la misma historia que se cuenta en el libro. Una cascada adorna el muro.
– “Agua…” – se sorprende el médico.
Kamakiri se adentra en el templo, olvidándose por completo de Monaka. Al entrar en la siguiente sala, una gran estatua decapitada de la Diosa se yergue ante él. 
– “¿Es ella?” – murmura el doctor.
En una de las paredes, un dibujo que ha intentado ser borrado; La gente de Aknon, felinos humanoides, adorando a la Diosa.
En otro muro, el dibujo del guerrero que se enfrentó a ella, un gotokoneko con una herida sobre su ojo derecho, está dibujado sobre un antiguo mural que alababa a la tiránica mujer.
El doctor continúa su camino hasta encontrar un portal abierto, con una gran losa de piedra que ha sido movida.
– “Es aquí…” – murmura Kamakiri, acariciando el portal. – “La tumba está… está abierta…” – dice preocupado.
El doctor entra en la sala y puede ver un sarcófago abierto sobre un altar.
– “No…” – lamenta Kamakiri. – “¿He llegado tarde?”
El desesperado doctor corre hacia el ataúd de piedra y mira a su interior. Está vacío.
– “¿Alguien ha llegado antes que yo?” – se pregunta. – “¿O es que…?”
De repente, Kamakiri se da cuenta de que quedan unos pocos cabellos largos y negros de la Diosa en el fondo del sarcófago.
– “¡Podría funcionar!” – exclama emocionado.
El doctor saca unas pinzas y un tubo de ensayo de su mochila para recoger las muestras con sumo cuidado.
– “Espero poder sacar algo de aquí…” – murmura Kamakiri, preocupado.
El médico regresa a la sala principal, donde una cuerda ahora cuelga del techo.
– “¡¿Me oye, doctor?!” – grita Monaka. – “¡¿Hola?!”
– “¡Estoy aquí!” – responde Kamakiri, que agarra la cuerda. – “¡Puedes sacarme!”
Monaka utiliza su nave para levantar la cuerda y sacar al doctor del templo.
Al reunirse en el interior de la nave, el repartidor se acerca a Kamakiri.
– “¿Ha encontrado algo?” – pregunta Monaka.
– “Unos cabellos.” – responde Kamakiri. – “Posiblemente sean de la mujer que adoraban.”
– “¿Eso es todo?” – se extraña el repartidor.
– “Es mejor que nada.” – suspira Kamakiri. – “Puede que aprendamos algo estudiando su genoma y sus propiedades.”
Monaka vuelve a la cabina, algo decepcionado.
– “Esperaba algo más esperanzador…” – lamenta el repartidor. – “Pero confío en usted.”
Kamakiri observa el cabello de la Diosa detenidamente y aprieta el tubo de ensayo con fuerza en sus manos.
Monaka se prepara para despegar.
– “Espero poder volver a ver a Kinako…” – suspira el repartidor.
De repente, Kamakiri usa su cinturón para estrangular a Monaka por la espalda. El repartidor, muy confuso, intenta luchar por su vida e intenta liberarse.
El doctor pone su pie en el respaldo del asiento para poder ejercer más fuerza.
– “Lo siento…” – llora Kamakiri. – “Te he mentido. Sin su cuerpo, no puedo traerla de vuelta.”
Tras unos segundos, todo ha terminado. Monaka ha muerto.
Kamakiri coloca el cadáver en una gran nevera destinada a preservar mercancías de reparto.
El doctor abandona Rudeze y se dirige de vuelta a su hogar. 

ESPECIAL DBSNL /// Kamakiri // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte I: Pandemia

Kamakiri // Parte I: Pandemia

“He conseguido uno de esos libros que tanto le gustan.”


En un mundo remoto azotado por una terrible pandemia parasitaria, un doctor trabaja para encontrar una cura en el sótano de una cabaña de madera en la montaña. El lugar ha sido convertido en un improvisado laboratorio, adaptado de la mejor manera posible. Cortinas de plástico semitransparente dividen el habitáculo en distintas zonas, y una docena de mesas metálicas llenas de frascos de cristal y probetas selladas están repartidos por el sótano, conformando distintas estaciones de trabajo.

El doctor, vestido con una bata blanca y llevando una mascara aislante, trabaja en una cura para la enfermedad que azota el planeta.

Una tos aguda en el piso de arriba interrumpe al científico, que no duda en abandonar sus experimentos. El personaje camina hasta uno de los \”box\” formados con las cortinas y se quita la bata, avanza hasta el siguiente y se desnuda, y continúa hasta un tercero, en el rincón del sótano, donde hay una vieja ducha, y procede a lavarse con productos químicos desinfectantes y un áspero estropajo. Su piel está seca y quebradiza por el abuso de ese tipo de productos, y el poco cabello que le queda se cae a mechones.

En unos minutos, el doctor se ha cambiado de ropa, ahora vestido con ropa de calle, y ha subido a la vivienda, donde su hija pequeña se ha despertado y se ha sentado delante de la venta, desde donde contempla el paisaje exterior.

– “¿Ya te has despertado?” – pregunta el doctor. – “Es muy pronto. Aún puedes dormir un rato más, si quieres.”

– “Tengo hambre.” – responde la niña.

– “Está bien.” – sonríe su padre. – “Te prepararé el desayuno.”

El doctor abre una despensa casi vacía. Comida enlatada, alimentos conservados en tarros de cristal, sacos de cereales y legumbres. El hombre agarra un bote de mermelada y regresa a la cocina, pero el horror le invade al encontrar a la pequeña desfallecida en el suelo.

– “¡Cariño!” – grita mientras corre a socorrerla. 

El hombre abraza a su hija, que no responde.

– “¡Despierta!” – exclama, mientras la sacude intentando que reaccione. – “No me hagas esto…” – suplica. – “Tú también no…” – llora.

Cinco años después del terrible suceso, el médico, vestido con una bata negra y una máscara de gas, camina por las calles de una ciudad vacía con una bandolera colgada. Solo unos pocos se atreven a salir de sus casas, siempre ataviados con máscaras y equipamiento aislante.

El doctor camina por las calles de la metrópolis hasta un barrio de chabolas. En este lugar, mucha gente no lleva protección. Algunos se cubren la boca con pañuelos, pero es inútil. Su fatal destino es cuestión de tiempo.

El hombre se adentra en el barrio hasta encontrarse con un tipo esperando en una esquina. Un individuo vestido con un traje de repartidor y una mascarilla con doble filtro. El personaje tiene la tez color salmón, ojos rasgados, orejas puntiagudas y labios rosados, y carga con un carrito de reparto. 

– “Buenos días, Dr. Kamakiri” – saluda el misterioso individuo.

– “¿Qué tienes para mí, Monaka?” – pregunta el doctor.

– “He conseguido uno de esos libros que tanto le gustan.” – dice el repartidor, entregándole el documento. – “Viene de las ruinas del planeta Aknon.”

– “¿Es original?” – pregunta Kamakiri, que ojea rápidamente el documento.

– “El coleccionista que lo compró, lo pagó a ese precio.” – responde Monaka. – “Y no estará contento cuando se entere que su paquete se ha extraviado…”

Kamakiri guarda el libro en su mochila.

– “Gracias” – dice el doctor, que de otro compartimento de la misma bolsa saca cuatro viales de una sustancia azul celeste. – “Con esto tendréis para dos meses. He mejorado la fórmula.”

– “Quince días por vial…” – murmura el repartidor. – “Esto es todo lo que tenemos, ¿eh?”

– “Es todo lo que he logrado.” – responde el doctor.

– “Es mejor que nada.” – suspira Monaka. – “Gracias.” – añade guardando los viales. – “Espero poder tener algo nuevo para ti antes.”

– “Lo mismo digo.” – dice el doctor. – “Nos vemos en dos meses.”

Los dos individuos se separan. El repartidor debe seguir con su trabajo, y el doctor regresa a casa.

Horas más tarde, Kamakiri, en su laboratorio, realiza fotografías al libro comprado a través de un contenedor aislante de metacrilato con guantes, para poder estudiarlo mejor.

En el documento se narran las leyendas del planeta Aknon y una vieja civilización que recuerda a los antiguos egipcios de la Tierra. En el libro vienen descritos antiguos ritos mágicos en los que se sana a los enfermos y se resucita a los muertos.

El doctor sigue sacando fotografías cuando algo le llama la atención.

– “Otra vez estos símbolos…” – murmura Kamakiri. – “El ojo pintado y el pájaro… Los he visto antes.”

Kamakiri se acerca a su ordenador y recorre todos sus archivos hasta encontrar lo que busca. El ojo y el pájaro aparecen en otras obras de civilizaciones lejanas en el tiempo y el espacio.

El médico lee con atención los documentos, comparando los relatos y deteniéndose a tomar apuntes cuando lo cree necesario, pero no se deja llevar por la esperanza. Hasta ahora, todos los textos antiguos que ha encontrado han resultado no ser más que patrañas. 

Finalmente, tras horas de trabajo sin descanso, Kamakiri ha reunido toda la información que considera relevante, combinando todos los relatos para revelar un a hilo común entre ellos; Las historias narran la llegada de una Diosa alada que trajo prosperidad a esos planetas mediante poderes desconocidos. 

Los textos describen a una mujer tan bella que era capaz de doblegar ejércitos con una mirada. Ningún hombre era capaz de sobrevivir al mero roce de sus labios.

Esta mujer era adorada como una Reina en cada civilización que visitaba y alabada por la prosperidad que traía, pero pronto se convertía en una tirana que doblegaba la voluntad de los que estaban a su mando para que la complacieran con exigencias cada vez más exquisitas, esclavizando con chantajes al pueblo que antes la ensalzó hasta que estos no eran capaces de satisfacerla. Entonces, ella se marchaba y dejaba esa civilización al borde del colapso. 

Pero en Aknon, el relato tiene un final distinto. Un hombre se alzó de entre el sometido pueblo para enfrentarse a la Diosa opresora. La leyenda narra que el guerrero mató a la Diosa trece veces en un épico combate que duró cinco días, pero la muerte era extraña para esa mujer. La Diosa fue finalmente sellada con vida en un ataúd dorado en el interior de un gran templo que antes había sido alzado en su honor.

El doctor, sorprendido ante tal hallazgo, se sienta en su silla para intentar calmarse. Su mente le dice que es solo una leyenda, pero su corazón llora por una oportunidad de descubrir la fuente de ese poder. Una magia que podría traer de vuelta a su hija.

El hombre se acerca a dos sarcófagos de criogenización. A través del cristal de uno de ellos puede verse el helado rostro de la niña. El doctor acaricia a su hija a través del frío vidrio.

Tras dos largos meses de preparativos, Kamakiri está listo para emprender su viaje. Con su traje de aislamiento puesto, el doctor se dirige de nuevo a la ciudad, al encuentro con el repartidor, que ya le espera en el lugar de siempre.

– “Hola, Doctor Kamakiri” – saluda Monaka. – “Creo que…”

– “Tenemos que hablar” – le interrumpe el médico. – “¿Cuánto quieres por llevarme a Aknon?”

– “¿Qué?” – se extraña el repartidor. – “¿Aknon?”

– “Tengo que investigar un viejo templo.” – dice Kamakiri. – “Puede ser importante. Podría ser la respuesta a…”

– “Lo siento, doctor, pero…” – interviene Monaka, pero enseguida vuelve a ser interrumpido.

– “Tengo más viales.” – dice Kamakiri, algo agitado. – “Y si esto sale bien…”

– “No se trata de eso, doctor. Verá…” – intenta explicarse el repartidor.

– “¡¿Es que no quieres salvar a tu familia?!” – se enfada el doctor.

– “Mi esposa ha muerto.” – revela Monaka. 

Kamakiri se queda en silencio.

– “Lo siento, doctor.” – dice Monaka. – “Pero nuestros negocios terminan aquí.” – dice Monaka. – “Le deseo mucha suerte.”

– “¿Y si…?” – le agarra del brazo el médico. – “¿Y si hubiera una forma de traerla de vuelta?”

Monaka mira confuso al doctor.

– “¿De qué está hablando?” – le pregunta al científico.

– “Creo que…” – dice Kamakiri. – “Creo que en Aknon se oculta un poder con el que se puede resucitar a los muertos.”

El repartidor se queda sin palabras.

– “¿Lo dices en serio?” – le pregunta Monaka, incrédulo, pero esperanzado.

– “Necesito llegar a Aknon.” – insiste Kamakiri. – “Llévame allí y lo descubriremos.”

En unos minutos, los dos personajes han subido a la nave de reparto de Monaka.


El repartidor se agacha bajo el panel de comandos y con un destornillador abre una caja de cables.

– “¿Qué estás haciendo?” – pregunta el doctor.

– “Todas nuestras naves llevan una baliza rastreadora para seguir las entregas.” – dice Monaka. – “Si quieres ir a Aknon, vamos a tener que librarnos de esto.”

En unos minutos, Monaka y Kamakiri parten hacia el misterioso planeta en busca de una forma de resucitar a sus seres queridos.