ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte XIV: El corazón de la montaña de fuego

Red World / Parte XIV: El corazón de la montaña de fuego

“Puede que una retirada sea lo más sensato…”

El Monte Frypan se ha convertido en un volcán en erupción. La cima ha volado por los aires y ahora es una fuente de lava que desciende por la colina lentamente, arrasando con todo lo que encuentra a su paso.

El Rey Gyuma cae de rodillas ante la catástrofe.

– “Mi hogar… mis tesoros…” – lamenta el viejo amigo de Son Gohan.

Chichi mira a su alrededor. La gente del pueblo observa aterrada el fuego de la montaña.

– “¡Tienen que abandonar el pueblo!” – exclama la princesa.

– “¿Y a dónde vamos a ir?” – pregunta la anciana.

Gyuma sigue ensimismado en el horror.

– “Se acabó…” – dice el Rey. – “El destino de mi reino está sellado.”

– “¡No diga eso!” – interviene Krilín. – “Seguro que hay algo que podamos hacer… ¿verdad?” – pregunta mirando a Chichi.

La muchacha, armada con el abanico, aprieta la empuñadura con fuerza.

– “Lucharemos.” – dice Chichi.

– “¡¿Te has vuelto loca?!” – protesta Gyuma. – “¡No vas a enfrentarte a la Red Ribbon tú sola!”

– “Puedo ayudar.” – dice Krilín, chocando los puños frente a su pecho.

– “No seáis inconscientes…” – dice el Rey de la montaña.

– “¡Todo es culpa suya!” – protesta Chichi. – “¡¿No es así?!”

– “Pero…” – teme Gyuma.

– “¡Se acabó!” – insiste la princesa. – “¡La montaña merece respeto!”

– “Hija…” – suplica el Rey. – “Si te pierdo a ti… Ya no me queda nada…”

Krilín coloca la mano sobre el hombro de Gyuma.

El Rey mira al joven y se da cuenta de que todo el pueblo está roto por el dolor de ver sangrar a la montaña.

Chichi se arrodilla frente a su padre, que sigue aún en el suelo, y le agarra las manos.

– “Esta gente necesita nuestra ayuda, papá.” – dice ella. – “No podemos abandonarlos. Es mi deber.”

El Rey, con lágrimas en los ojos, agacha la cabeza.

Chichi se levanta y emprende su viaje. Krilín se apresura a seguirla.

La anciana observa a la muchacha alejarse y sonríe.

– “Me recuerda mucho a ella.” – dice la mujer.

Al oír a la anciana, Gyuma levanta la cabeza para mirar de nuevo a su hija alejarse.

– “Demasiado.” – dice el Rey con pesar en su voz y cierta melancolía.

En el taller de la Red Ribbon, Pino trabaja en su robot gigante.

El Coronel trabaja desde un puente a la altura del abdomen del robot, atornillando una escotilla de cristal en su ombligo. A su lado, su fiel asistente robótico con una tablet en la mano.


Pino se esfuerza en retorcer la llave inglesa, que parece resistirse.

– “¿No prefiere que lo haga yo?” – pregunta el robot.

– “No…” – responde Pino, entre dientes. – “Ya casi…” – se sigue esforzando.


Finalmente, el Coronel queda satisfecho y se deja caer al suelo, quedando sentado.

– “Bufff…” – resopla mientras se seca el sudor con un pañuelo.

– “Para mí no es ningún esfuerzo.” – insiste el robot.

– “Por eso…” – sonríe Pino. – “Pierde la gracia.”

– “No lo entiendo.” – responde el pequeño asistente.

Pino sonríe sin responder.

El Coronel mira por la escotilla recién instalada.

– “Activa el protocolo de prueba.” – dice Pino.

– “De acuerdo.” – confirma el robot.

El asistente aprieta unos botones de su tablet y, a los pocos segundos, un ensordecedor ruido de turbinas arranca.

Vapor a presión sale por varias juntas del robot, entre sus articulaciones.

Una tenue luz rojiza emana de la escotilla y va ganando intensidad con el tiempo.

Pino sonríe satisfecho.

En el Monte Frypan, Chichi y Krilín ya se encuentran acechando la central geotérmica de la Red Ribbon desde una colina. Una docena de soldados patrullan la zona y dos Battle Jackets custodian la entrada.

– “¿Qué hacemos?” – pregunta Chichi.

– “¿Entrar?” – responde Krilín, confuso con la pregunta.

– “¿Estás loco?” – protesta la princesa. – “¡Mira cuántos son! Y dentro seguro que hay más…”

– “No son tantos…” – dice Krilín.

Sin previo aviso, el muchacho salta colina abajo mientras desenfunda su bastón.

– “¡¿PERO QUÉ HACES?!” – se alarma ella.

Krilín se presenta ante los soldados, que lo miran con cierta confusión.

– “¿Quién eres tú, chaval?” – pregunta uno.

– “¿Te has perdido?” – pregunta otro.

Krilín hace que el bastón se alargue hacia el primer soldado y así lo empuja, haciéndolo desaparecer de la escena.

– “¡VA ARMADO!” – exclama el otro soldado.


Tanto ese como los soldados de los alrededores abren fuego contra el alumno de Son Gohan, pero éste salta de un lado a otro evadiendo los disparos y noqueando a todos los soldados que encuentra a su paso.

Chichi está asombrada ante la demostración del chico, pero esa sensación se convierte pronto en frustración.

– “Qué temerario…” – protesta ella, empuñando su abanico para unirse a la lucha.

Un Battle Jacket se agacha para apuntar a Krilín con el misil de su espalda.

– “¡Ahora verás!” – exclama el soldado, que tiene al joven en su punto de mira.

El misil sale disparado hacia el joven, que se prepara para recibirlo… pero Chichi se interpone entre los dos y con un golpe de abanico remite el misil al enemigo.

El Battle Jacket salta por los aires.

Krilín sonríe a Chichi, buscando su complicidad, pero ella lo rechaza con una mueca de desaprobación.

Desde un despacho en lo alto de la torre principal gobierna la central geotérmica, un hombre de cabello blanco engominado hacia atrás y vestido con bata blanca observa el alboroto.

– “¿Es esa la hija del terrible Rey Gyuma?” – pregunta el doctor.

El viejo científico suspira.

– “Era cuestión de tiempo…” – continúa el doctor. – “Nos hemos tomado demasiadas libertades con la montaña…”

Dos guerreros escoltan al doctor. 

– “No se preocupe, Doctor Yakisugi.” – dice uno de ellos, con la cabeza afeitada dejando solo una cresta roja en la cabeza y barba negra, con un tatuaje rosado en la cara a modo de antifaz.

El primer guerrero es de gran envergadura y viste pantalón lila y una camiseta de piel de oso marrón, sobre la que lleva una armadura roja con el kanji “Kin” escrito en oro. Luce una gran espada colgando de su cinturón.

El segundo tiene una estatura regular, con cabello largo lacio, mal cuidado y de tono verdoso, vestido de forma similar, pero con pantalón celeste pálido y armadura azul, con el kanji “Gin” en plata. Una cuerda trenzada rodea y cubre su brazo derecho, y una calabaza convertida en botella cuelga de su cinturón.

– “Para eso nos pagan.” – responde el segundo, con tatuaje morado.

En el exterior, Chichi y Krilín han noqueado a todos los guerreros.

El alumno de Gohan se limpia el sudor de la frente.

– “Pues ya estaría…” – dice con una sonrisa en su rostro.

– “¡Eres un imprudente!” – le abronca Chichi. 

– “¿Eh?” – se sorprende Krilín. – “Pero si ha salido bien…”

– “¡Inconsciente!” – protesta ella.

Las puertas de la central se abren, alertando a los dos jóvenes aliados.

Dos figuras a contraluz se presentan ante ellos.

– “Jeje…” – sonríe Krilín. – “¡Más enemigos!” – exclama con cierta emoción.

Chichi los mira de arriba abajo, fijándose en los kanji que lucen en sus armaduras.

– “No…” – dice ella, con cierta preocupación. – “No son tipos comunes…”

– “Ah, ¿no?” – pregunta Krilín, fijándose en sus peinados y tatuajes. – “Son un poco estrafalarios, pero…”

– “No… estoy segura de que son ellos…” – dice Chichi. – “Son los temibles hermanos bandidos, Kinkaku y Ginkaku.”

Los bandidos ríen.

– “Jajaja.” – ríe Ginkaku.

– “Parece que nos reconocen…” – dice Kinkaku.

– “Pero hay una cosa que no entiendo, hermano…” – dice Ginkaku. – “Si nos han reconocido, ¿por qué no huyen?”

Chichi agarra el abanico con fuerza y mira de reojo a Krilín.

– “Puede que una retirada sea lo más sensato…” – dice ella.

– “Ni hablar.” – responde Krilín. – “La gente de la aldea no puede defenderse sola.”

– “Solo temporalmente… Volveremos con una estrategia mejor…” – sugiera Chichi. – “Si las leyendas son ciertas…”

– “¿No son tu gente?” – pregunta Krilín.

Chichi se queda helada ante las palabras del joven.

Krilín avanza hacia los bandidos.

El alumno de Gohan se detiene frente a ellos y los mira en silencio, muy serio.

– “¿A dónde crees que vas, calvorota?” – se mofa Ginkaku.

– “¿Tienes ganas de morir?” – se burla Kinkaku.

Krilín no responde.

Kinkaku desenvaina una gran cimitarra.

– “Ahora verás…” – sonríe con maldad.

Kikaku asesta un espadazo que parte a Krilín en dos… pero resulta ser solo un espejismo. El impacto con el suelo crea una profunda grieta en el suelo y un corte que se extiende por el aire a varios metros de distancia.

– “¡¿QUÉ?!” – se sorprenden los bandidos.

Krilín aparece detrás de Kinkaku y le propina un golpe en la cabeza con el bastón mágico.

– “¡AY! ¡AY!” – protesta el grandullón.

– “Así aprenderás.” – dice Krilín. – “Y que te sirva a ti de advertencia.” – dice mirando de reojo a Ginkaku.

Pero Kinkaku, lejos de amedrentarse, solo se enfurece.

Kinkaku se revuelve espada en mano, asestando un golpe que pretende cortar a Krilín por la mitad… pero éste lo detiene con su báculo sagrado.

– “¡¿CÓMO?!” – se sorprenden los hermanos.

– “¿Ha detenido la espada de siete estrellas…?” – murmura Kinkaku. – “¿…con un bastón?”

Krilín repele el arma empujando el bastón y luego éste se alarga, zancadilleando a Kinkaku, derribándolo de espaldas al suelo.

Ginkaku retrocede rápidamente.

– “No es un simple bastón…” – murmura el bandido. – “Y ese abanico…” – añade mirando de reojo a Chichi.

Kinkaku se pone en pie, furioso.

– “¡KINKAKU!” – exclama Ginkaku. – “¡No te confíes! ¡Estos muchachos también usan reliquias sagradas!”

– “Vaya, vaya…” – sonríe Kinkaku. – “Así que también coleccionáis reliquias… ¿Dónde has conseguido ese bastón?”

– “¿El bastón? Otro que tal…” – protesta Krilín. – “Es un regalo de mi maestro.”

Ginkaku se dirige a Chichi.

– “¿Y tú, muchacha?” – le pregunta a la hija de Gyuma. – “¿De dónde has sacado ese abanico?”

– “Es una herencia familiar.” – responde Chichi.

– “¿Herencia…?” – murmura Ginkaku. – “¡No me digas…!” – se sorprende de repente. – “¡¿No serás la hija del Rey Gyuma?!”

– “¡No te interesa!” – protesta Chichi.

– “Ya veo…” – sonríe el bandido de forma macabra.

Kinkaku se pone en guardia frente a Krilín.

– “Es la primera vez que alguien detiene esta espada.” – dice el bandido. – “¡Estoy emocionado! ¿Qué misterios se esconderán detrás de tu reliquia?”

Ginkaku se acerca a Chichi y ella se pone en guardia, nerviosa.

Kinkaku ataca de nuevo a Krilín, pero el alumno de la escuela Kame se agacha, dejando pasar el espadazo de su contrincante para contraatacar con un golpe de bastón en su barbilla que lo levanta del suelo y lo derriba una vez más de espaldas.

Mientras tanto, Ginkaku extiende su brazo derecho hacia Chichi y la cuerda que tiene enrollada se alarga mágicamente, enredándose en la empuñadura del abanico de la hija de Gyuma.

– “¡AH!” – se sorprende ella.

La cuerda se acorta mágicamente, reclamando el abanico, pero ella se resiste a soltarlo.

– “Jeje…” – ríe Ginkaku, que sostiene la calabaza en su mano izquierda.

Con un gesto de su pulgar, el bandido destapa el corcho de la botella y una ventisca se genera, creando un torbellino de viento que atrae a Chichi.

Los pies de la muchacha se deslizan sobre el suelo hacia la calabaza.

– “¡JAJAJA!” – ríe Ginkaku.

Krilín intenta socorrer a Chichi, pero Kinkaku se levanta y le ataca por la espalda, asesta un espadazo al aire que crea un filo de viento cortante que alcanza al joven, cortándole el gi y haciéndolo sangrar, cayendo al suelo.

La muchacha no puede evitar ser absorbida por el fuerte viento, que por arte de magia reduce su tamaño y la atrapa en la calabaza, mientras que el abanico cae en manos de Ginkaku, reclamado por la cuerda.

Los hermanos sonríen victoriosos.

– “La que nos faltaba…” – sonríe Kinkaku. – “El abanico de hoja de plátano.”

– “Con la cuerda del cielo, la calabaza carmesí y la espada de siete estrellas… ya tenemos las todas las reliquias de la Diosa Annin.” – dice Ginkaku.

– “Y además tenemos a la hija de Gyuma.” – sonríe Kinkaku. – “Podemos pedir un buen rescate.”

– “¿Un rescate?” – dice Ginkaku. – “¡Somos los más fuertes del mundo! ¡Nadie podrá pararnos! No tenemos que conformarnos con un rescate. Ni con un sueldo de la Red Ribbon.”

– “¡JAJAJA!” – ríe Kinkaku. – “Me gusta como piensas, hermanito.”

– “Y ese bastón…” – murmura Ginkaku. – “¿De dónde ha salido?”

– “No lo sé, pero es una buena propina…” – ríe Kinkaku, acercándose a Krilín.

De repente, el joven se mueve, sorprendiendo a los hermanos.

– “¡¿SIGUE VIVO?!” – exclama Kinkaku.

Krilín se levanta. El corte sangrante en su espalda.

Ginkaku da un paso al frente, sonriendo.

– “Estupendo.” – dice el bandido, armado con el abanico. – “Así podemos poner a prueba nuestra última adquisición.”

Krilín encara a los hermanos y se quita la funda del bastón.

– “La funda me ha protegido…” – murmura el joven.

Ginkaku empuña el abanico, listo para usarlo.

Krilín se arranca el gi roto.

– “Liberad a Chichi.” – exige el joven luchador.

– “Aquí está…” – se mofa Ginkaku, tocando la calabaza. – “Ven a por ella.”

Krilín se pone en guardia.

– “Me he confiado y Chichi lo ha pagado.” – dice el joven. – “Esta vez, no cometeré el mismo error.”

Ginkaku da un golpe de abanico que sacude la zona. Krilín se cubre y es empujado por el fuerte viento, deslizándose sobre el terreno unos pocos metros, pero a la vez el joven se sorprende al ver que la ventisca es inferior a la que generaba el abanico en manos de Chichi.  

Ginkaku extiende su brazo derecho, proyectando la cuerda del cielo.

Krilín levanta con su pie el bastón mágico, lo agarra en el aire con su mano izquierda y lo usa para interceptar la cuerda, haciendo que luego se alargue, clavándolo en el suelo.

El joven corre hacia Ginkaku, que intenta reclamar su cuerda sin éxito.

Kinkaku interviene, intentando dar un espadazo de aire a Krilín, pero el joven se frena repentinamente y deja pasar el filo de aire de largo, que acaba cortando la cuerda del cielo.

– “¡¡LA RELIQUIA, IDIOTA!!” – protesta Ginkaku.

La cuerda se desenrolla del brazo de Ginkaku y cae al suelo.

Krilín cambia de dirección y ahora arremete contra Kinkaku, que levanta su arma para asestarle otro espadazo.

Pero Krilín acelera el paso y sorprende al bandido acortando distancias en un parpadeo.

– “¡PAPEL!” – exclama al desarmar al gigantón de un fuerte guantazo en la muñeca. – “¡TIJERAS!” – añade metiéndole los dedos en los ojos. – “¡Y PIEDRA!” – sentencia dándole un puñetazo en la nariz a Kinkaku, lanzándolo a través del campo de batalla.

Ginkaku, nervioso al ver caer a su hermano, prepara la calabaza.

– “¡¡TE ABOSBERÉ COMO A TU AMIGA!!” – exclama el bandido.

Krilín empuña la espada de siete estrellas, sorprendido por su peso.

Al destapar la botella, un fuerte viento atrae a Krilín hacia el bandido.

– “Tsk…” – protesta el joven.

Pero de repente tiene una idea. 

Krilín lanza la espada hacia Ginkaku, pero en lugar de reducir su tamaño y ser absorbida por la calabaza, ésta no es afectada y corta la calabaza por la mitad.

– “¡¿QUÉ?!” – se asusta el bandido.

Con un puff, Chichi aparece de repente, libre de su prisión.

– “¿EH?” – se mira la muchacha, confusa sobre lo que ha ocurrido.

Ginkaku retrocede lentamente.

– “Maldita sea…” – refunfuña el bandido.

Chichi clava su mirada airada en él.

– “¡¡BASTARDO!!” – exclama la princesa, que toca con sus dedos índice de cada mano la gema que adorna su casco, proyectando así un rayo de energía verde que empuja al bandido, desarmándolo y derribándolo.

Krilín sonríe contento.

– “Jeje…” – pone los brazos en jarra.

Ginkaku, desesperado, intenta agarrar de nuevo el abanico de hoja de plátano, pero con un rápido movimiento, pero Chichi lanza la hoja de su casco y clava la mano del bandido en el suelo.

– “¡¡AAAAH!!” – grita Ginkaku.

Kinkaku, con la nariz rota y sangrando, se pone en pie.

– “Las… las reliquias…” – murmura viendo la cuerda cortada y la calabaza partida.

Chichi recupera su abanico ante la mirada del humillado Ginkaku.

Kinkaku se enfurece al ver el trabajo de toda una vida destruido.

Sin pensarlo, el gigantón carga contra Chichi.

– “¡¡ESTÚPIDA!!” – grita Kikaku. – “¡¡TE MATARÉ!!”

Chichi se revuelve mientras avienta su abanico y un vendaval empuja a Kinkaku, haciéndolo volar por los aires y que desaparezca en el cielo.

Ginkaku observa con horror la derrota de su hermano.

Chichi arranca la hoja de la mano del bandido.

– “Desaparece.” – dice Chichi. – “No quiero volver a verte por el Monte Frypan nunca más.”

Ginkaku gatea hacia atrás, aterrado, hasta que ha puesto distancia entre él y la princesa, para después levantarse y salir corriendo.

Chichi se cuelga el abanico a la espalda. Krilín recupera el bastón mágico.

La princesa se acerca al alumno de Son Gohan.

– “Me has salvado.” – dice Chichi. – “Muchas gracias.” – añade con una reverencia.

– “No tienes que agradecerme nada.” – dice Krilín. – “Mi forma de actuar te ha puesto en peligro. Lo siento.”

Los dos comparten una media sonrisa cómplice.

La princesa agarra la cimitarra y la apoya en su hombro.

– “¿No pesa mucho?” – pregunta Krilín, un poco sorprendido.

– “Menos de lo que esperaba…” – responde ella. – “Y ahora… a lo que hemos venido.” – sentencia Chichi, mirando las puertas abiertas de la central geotérmica.

Krilín y Chichi se adentran en la central, que ha quedado desértica tras el alboroto que han causado.

Los dos caminan por largos pasillos laberínticos del puesto de la Red Ribbon.

– “¿A dónde se supone que vamos?” – pregunta Krilín. – “Todo me parece igual…”

– “Es por aquí.” – dice Chichi.

– “¿Cómo lo sabes?” – pregunta Krilín, extrañado.

– “No lo tengo claro…” – responde ella. – “Pero puedo sentirlo… Una voz… Creo que me llama.”

– “¿Una voz?” – dice Krilín, con cierto repelús, recordando las historias de fantasmas que le contaba el viejo Gohan.

– “Es una voz dulce…” – dice Chichi. – “Amable… familiar…”

Krilín sigue a Chichi a través de los pasillos y bajando kilómetros de escaleras hacia el interior de la montaña, subiendo la temperatura a medida que continúan su descenso.

Finalmente, los dos llegan un gigantesco portal de hierro de unos cien metros de altura que tiene una pequeña grieta entre ambas puertas, como si hubieran sido forzadas sin mucho éxito, de la que emana un fuego abrasador que tiñe toda la gruta de rojo.

Las puertas de aspecto milenario contrastan con la zona excavada por máquinas de la Red Ribbon, que parecen haber desenterrado tal monumento.

– “Es aquí.” – dice Chichi. – “Estoy segura.”

Krilín se acerca a la puerta decidido a empujarla, pero se quema al tocarla.

– “¡Ay, ay, ay!” – protesta el joven.

Krilín usa el bastón para intentan empujar la puerta.

– “Vaya…” – suspira el joven. – “No se mueve…”

– “¿Habrá otra forma de entrar?” – pregunta Chichi.

Krilín sonríe con cierta fanfarronería.

– “Déjame probar…” – dice el muchacho, confiado.

El alumno de la escuela Tortuga lanza su mejor Kamehameha contra las puertas… pero el ataque se estrella contra ellas sin moverlas ni un centímetro.

– “No me lo puedo creer…” – dice Krilín, estupefacto.

Chichi se acerca al portal.

– “Es increíble…” – dice ella.

– “¡Ten cuidado!” – advierte Krilín al verla acercarse tanto al fuego.

La muchacha pone sus manos en las puertas, preocupando a Krilín.

Un chirrido de bisagras asusta a los muchachos, que retroceden al instante.

Las grandes puertas se abren lentamente.

– “¿Cómo lo has hecho?” – pregunta Krilín. – “¡Esas puertas estás ardiendo!”

– “No he hecho nada…” – dice Chichi, mirándose las manos. – “Estaban frías…”

Las llamas sorprenden a nuestros amigos, que tiene que cubrirse frente al extremo calor. El fuego azota ese nuevo mundo.

Agazapado tras una excavadora, el Doctor Yakisugi los observa.

– “¡Esa chica! ¡La princesa Chichi!” – piensa el científico. – “Resulta que ella era la clave… ¡Ha abierto la puerta!”

El fuego recibe a nuestros amigos, pues una intensa llamarada les frena al intentar adentrarse. Los dos se cubren frente al calor.

– “¿Qué hacemos?” – pregunta Krilín.

Chichi da un paso al frente y da un golpe de abanico… pero el fuego en lugar de extinguirse se aviva.

– “¡ESO SOLO LO AUMENTA!” – se asusta Krilín.

Chichi mira la espada que ahora cuelga de su cinturón.

– “Tengo otra idea.” – dice empuñando el arma.

La princesa asesta un espadazo hacia las llamas y un largo camino se forma entre ellas.

– “¡ESO ES!” – celebra Krilín.


Pero los dos se quedan en silencio al ver la silueta de una mujer al otro extremo del pasadizo de fuego.

Los dos muchachos se quedan asombrados al ver a alguien en este mundo ardiente.

La mujer parece caminar hacia ellos, ataviada con un elegante vestido rojo y blanco con hombreras y capa, y un sobrero adornado con dos plumas rojas finas y largas, que pronto revela sus finas facciones y su cabellera negra.

– “Que mujer tan hermosa…” – dice Chichi, ensimismada.

Krilín la mira de reojo, pues no tarda en darse cuenta del parecido entre ellas.

El Doctor se queda boquiabierto.

– “No… no me lo puedo creer…” – titubea el científico. – “¡Es la Diosa Annin!”

La mujer se acerca a Chichi y la mira con ternura. Ella no sabe cómo reaccionar.

De repente, la Diosa abraza a Chichi con fuerza.

– “Mi hija…” – llora Annin. – “Te he echado tanto de menos… ¡Has crecido tanto!” – se aparta para mirarla de arriba a abajo. – “¡Eres toda una mujer!”

Annin se fija en Krilín y le agarra las manos.

– “¿Este es tu novio?” – pregunta la Diosa. – “Es bajito… pero bastante apuesto.”

– “No, no…” – dice Krilín, avergonzado. – “No soy… no somos…”

Chichi parece conmocionada. Inmóvil ante la situación.

– “¿Mamá…?” – murmura en shock.

Annin se acerca a Chichi y se dispone a abrazarla de nuevo.

– “Hija mía…” – sonríe la Diosa.

Pero un guantazo de Chichi la detiene.

El golpe retumba en el corazón de la montaña. Krilín y el Doctor se quedan helados.

– “¡Como te atreves!” – le espeta Chichi. – “¡Abandonarnos a mi padre y a mí! ¡Hacernos creer que has muerto!”

Ella no responde. Chichi interpreta ese silencio con miedo.

– “Mi padre… él lo sabe…” – dice Chichi.

– “No… No lo recuerda.” – dice Annin con lágrimas en los ojos. – “Aunque fue una decisión que tomamos juntos. Mi razón de ser está ligada a este lugar.”

– “¿Quién eres?” – pregunta Chichi, con la voz rota.

– “Soy la guardiana del Horno de Ocho Divisiones.” – dice la Diosa. – “Annin”.

– “¿El Horno de Ocho Divisiones?” – repite Krilín, confuso.

Annin se cubre el rostro con vergüenza.

– “Conocí a tu padre un día en la montaña. Lo encontré inconsciente, deshidratado, había estado vagando sin rumbo. Su vida pendía de un hilo.” – explica ella. – “Tuve dudas, pues ayudarlo ponía en riesgo los secretos de la montaña… Pero ver a alguien tan fuerte y estoico en ese estado tan vulnerable…”

– “Le ayudaste…” – dice Chichi.

– “Me quedé a su lado hasta que despertó…” – dice Annin sonriendo con nostalgia. – “Su corazón amable y generoso me encandiló.”

Krilín pone una mueca de confusión, pues esa descripción dista del Gyuma que él ha conocido.

– “¿Y por qué te fuiste?” – pregunta Chichi.

– “Mi amor por él… y por ti… Hizo que olvidara mi deber durante un tiempo.” – responde Annin, cuya sonrisa desaparece. – “Pero el horno necesita un cuidador. La montaña reclamo mi atención… Lejos de este lugar, mi cuerpo se volvió mortal y enfermé. Ningún remedio pudo curarme… No me quedó más remedio que regresar a la montaña.”

Chichi la mira con lágrimas en los ojos.

– “Le pedimos ayuda a una bruja. Con un brebaje se borraron sus útlimos recuerdos.” – dice Annin. – “Lo decidimos juntos, por vuestro bien y el de la montaña.”

Krilín mira las llamas ardiendo a través del portal.

– “¿Qué pasaría si dejaras el horno?” – pregunta Krilín.

– “Las almas no podrían seguir su humo para llegar al Más Allá.” – dice Annin. – “Vagarían por la Tierra para siempre, sin saber que han muerto, atormentando a los vivos y sin poder descansar.”

El Doctor intenta acercarse para escuchar la conversación, pero un leve ruido lo delata.

La mirada furiosa de Annin se clava en Yakisugi. La montaña ruge y el fuego se aviva.

Annin arrebata el abanico a Chichi y con un movimiento genera una ventisca como nunca habían sentido Krilín y la hija de Gyuma.

El viento empuja al doctor y lo estampa contra la pared a la vez que hace tripas su ropa y le hace cortes por todo el cuerpo.

– “¡VOSOTROS!” – ruge Annin, cuya voz retumba por toda la montaña. – “¡Habéis profanado la montaña de fuego y mancillado las reliquias sagradas!”

El doctor llora de dolor, tirado en el suelo.

– “No… yo solo…” – suplica. – “Lo siento… solo soy un científico…”

Annin, llevada por la ira, levanta el abanico, dispuesta a darle el golpe de gracia.

Pero Chichi le sujeta el brazo.

– “¿EH?” – se sorprende la Diosa.

– “No es necesario.” – dice la princesa.

Annin tarda un segundo en reaccionar, pero luego su mirada de odio se convierte en melancolía.

– “Tienes el mismo corazón que tu padre.” – dice la guardiana.

Annin mira el fuego que arde al otro lado del portal.

– “Estos hombres y sus excavaciones han provocado fugas en el gran horno.” – explica ella.

– “El Monte Frypan ha estallado.” – dice Chichi.

– “¡¿Qué?!” – pregunta Annin, asustada. – “¡¿Y tu padre?!”

– “Está bien, no le ha pasado nada.” – responde Chichi.


Annin suspira.

– “Es más grave de lo que pensaba…” – cavila la Diosa.

– “¿No hay forma de cerrar las fugas?” – pregunta Krilín.

– “El fuego está fuera de control…” – dice Annin. – “Necesitaría mis reliquias para poder controlarlo de nuevo.”

Krilín y Chichi se miran con horror y cierta vergüenza.

– “Veo que ya tenéis dos, así que solo faltan la cuerda del cielo y la calabaza carmesí…” – continúa Annin. 

– “¿Son todas imprescindibles?” – pregunta Krilín con miedo a la respuesta.

– “Por supuesto.” – responde Annin. – “El abanico aviva las llamas, la calabaza las absorbe, la espada las corta y la cuerda las ata. Es fuego del horno es muy especial. No se había descontrolado durante milenios, así que para ponerlo bajo control será necesario que las cuatro…”

– “Veras, mamá…” – la interrumpe Chichi. – “Hay un problema…”

– “Sí… las otras reliquias…” – dice Krilín.

– “Se han roto.” – termina Chichi, casi susurrando.

– “¡¿CÓMO?!” – se preocupa Annin.

– “Dos bandidos las tenían y hemos peleado contra ellos…” – se excusa Krilín.

– “Los hemos derrotado, pero la cuerda y la calabaza…” – dice Chichi.

Annin suspira.

– “Ya veo…” – dice con cierto cansancio de madre. – “Qué se le va a hacer…”

– “¿Hay otra opción?” – pregunta Krilín.

– “Forjaremos una nueva herramienta.” – dice Annin. – “Pero yo sola no podré hacerlo. Necesitaré tu ayuda, hija.”

– “Por supuesto” – asiente Chichi, emocionada.

– “Está bien.” – sonríe Annin. – “Aunque es un proceso largo… Tu padre va a preocuparse.”

– “¿No podemos ir juntas a decírselo?” – pregunta Chichi. – “Sé que es urgente, pero…”

– “Lo siento, Chichi.” – dice Annin. – “Yo jamás podré abandonar de nuevo el corazón de la montaña.”

– “Yo avisaré a Gyuma.” – dice Krilín. – “No os preocupéis.”

Chichi se acerca a Krilín y le da un beso en la mejilla que lo coge por sorpresa.

– “¿Eh?” – murmura Krilín, sin saber cómo reaccionar.

– “Muchas gracias.” – dice Chichi.

El joven, sonrojado, se despide con una reverencia.

– “No hay de qué, princesa.” – dice Krilín.

Al darse la vuelta, Annin se fija en el bastón que lleva a la espalda.

– “Ese bastón…” – murmura ella.

– “¿Ocurre algo, mamá?” – pregunta Chichi.

– “No, nada.” – sonríe Annin.

Madre e hija se adentran en el horno mientras las puertas milenarias se cierran tras ellas, mientras en entre las llamas del horno puede verse el ave fénix revoloteando, con la cola hecha de las mismas plumas largas y finas que adornan el sombrero de Annin.

ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte XIII: Monte Frypan


Red World / Parte XIII: Monte Frypan

“La montaña está furiosa…”

Es de noche en el Monte Frypan. El calor es abrasador. Las llamas gigantes arden en un terrible pero hermoso espectáculo que ilumina los alrededores de la montaña.

El fuego se refleja en los ojos de un asombrado Krilín.

– “Vaaayaa…” – murmura el artista marcial.

El joven se encuentra en la avenida principal de un pequeño pueblo al pie de la montaña de fuego.

De repente, el suelo tiembla. La montaña ruge.


La gente sale apresurada de sus casas, con sus hijos en brazos y ayudando a sus ancianos.

– “¡¿Qué está pasando?!” – exclama Krilín.


Pero en solo un instante, así como empezó, todo se calma.

Krilín sigue perplejo ante lo ocurrido.

Los lugareños regresan a sus casas.

El joven decide acercarse a una señora mayor que ya estaba entrando en su hogar.

– “Disculpe, señora…” – dice Krilín.

– “¡Oh!” – se sorprende al ver a un extranjero. – “Hola, muchacho.”

– “No quiero molestarla, pero… ¿qué ocurre aquí?” – pregunta Krilín. – “¿Qué ha sido eso?”

– “Es el Monte Frypan.” – responde la anciana. – “La montaña de fuego.”

– “¿No es peligroso?” – pregunta Krilín.

– “Tiene su temperamento…” – sonríe la mujer. – “Reclama respeto.”

– “¿Respeto?” – pregunta el joven, confuso.

– “Hace unos años, la Red Ribbon llegó a nuestro pueblo con la intención de utilizar el poder que genera nuestra montaña.” – explica la señora.

– “La Red Ribbon…” – repite Krilín, sorprendido. – “¿Y el Rey del Mundo lo permite?”

– “¿Has pasado los últimos en una isla desierta?” – se extraña la abuela. – “La Red Ribbon ahora domina el mundo.”

En ese instante, otro rugido proviene de la montaña, pero es completamente distinto al anterior, pues tiene un timbre mecánico.

– “¿Y ahora qué?” – se sobresalta Krilín.

– “Es la central geotérmica.” – dice la mujer. – “La Red Ribbon llegó aquí prometiendo que el poder de nuestra montaña podría generar energía para toda la zona… pero con el tiempo acabaron revelando sus verdaderas intenciones.” – suspira. – “Usaron esa energía para alimentar sus fábricas de armamento y construir máquinas de guerra.”

– “Es terrible…” – dice Krilín.

– “Y ahora la montaña está furiosa…” – suspira de nuevo la anciana. – “Cada vez es peor…”

Sin previo aviso, un nuevo terremoto sacude el pueblo. 

La gente sale de nuevo de las casas.

Esta vez, el seísmo es mucho más violento.

Los cristales de las casas estallan. Las paredes se resquebrajan.

De repente, se resquebraja el pavimento en la avenida principal.

Krilín agarra a la abuela y la pone a salvo de un salto, pero cuando va a aterrizar, el suelo se abre bajo sus pies.

– “¡AAAH!” – gritan Krilín y la anciana.

Rápidamente, el muchacho usa el bastón mágico para detener su descenso, alargándolo entre las dos paredes de la grieta, quedando colgado de él, agarrándose al bastón con una mano y sujetando a la anciana con la otra.

– “¡¡AAH!! ¡AAH!” – grita aterrada la mujer, observando el fondo de lava.

– “¡La sacaré de aquí!” – dice Krilín.

Con una sorprendente fuerza, Krilín se balancea y salta sobre el bastón, sujetando a la mujer en brazos mientras se sostiene en equilibrio.

Con otro salto, saca a la mujer de la fisura.

Cuando va a aterrizar, una vez más, el suelo se rompe, haciendo que el salto se quede corto.

– “¡MALDICIÓN!” – exclama Krilín.

Pero de repente, una bocanada de viento milagrosa empuja a Krilín y a la mujer, permitiéndoles llegar a tierra firme.

– “¿EH?” – se extraña el muchacho.

Una muchacha vestida con una armadura azul, capa celeste, guantes y botas rosados y un casco a juego con una cuchilla a modo de cresta, armada con un abanico gigante ha llegado a la escena.

– “Muchas gracias, princesa Chichi.” – dice la anciana con una gran reverencia.

– “Princesa Chichi…” – repite Krilín, sorprendido ante su presencia.

La joven muchacha dedica una sonrisa a la anciana antes de salir corriendo a ayudar a otros habitantes.

Un árbol va a caer sobre una casa, pero Chichi, con un golpe de abanico genera un fuerte viento que hace que el árbol caiga hacia el lado opuesto.

Una pared de una casa va a derrumbarse sobre sus inquilinos, pero con una ráfaga de viento de su abanico, Chichi hace volar los escombros por los aires.

Krilín la observa asombrado.

El terremoto cesa.

Chichi suspira aliviada.

– “¿Están todos bien?” – pregunta ella.

La gente del pueblo se reúne a su alrededor.

– “Muchas gracias.” – dicen todos.

– “Tenemos mucha suerte de tenerla.” – dice un anciano.

Krilín ha recuperado su bastón y lo enfunda mientras se acerca a la multitud.

– “¿Quién eres tú?” – pregunta Chichi, fijándose enseguida en él.

– “Yo… pues…” – se pone nervioso Krilín ante la actitud directa de la Princesa. – “Me llamo Krilín.” – responde con una reverencia.

Chichi lo mira con cierta desconfianza.

– “No nos gustan los extranjeros…” – dice la Princesa.

La anciana que Krilín salvó enseguida intercede por él, agarrándolo del brazo.

– “Este muchacho me ha salvado la vida antes de que usted llegara.” – dice la mujer. – “No seamuy dura con él.”

Chichi se sorprende al ver que la anciana lo defiende.

– “¿De verdad has ayudado a esta anciana?” – pregunta Chichi, con recelo.

– “Eh… bueno…” – dice Krilín, con un poco de vergüenza. – “Solo he actuado…”

En ese instante, el suelo tiembla de nuevo, esta vez de forma intermitente.

La gente regresa a sus casas rápidamente.

– “¡¿Y ahora qué?!” – se extraña Krilín.

– “Lo siento joven.” – dice la anciana. – “Lo he intentado.”

La mujer deja a Krilín y corre hacia su casa, dejándolo con un palmo de narices.

Un gigantesco hombre con armadura y cuernos en su casco aparece entre las pequeñas casas. El suelo tiembla con sus pasos. En su mano derecha empuña un hacha acorde a su estatura.

Krilín, instintivamente, se pone en guardia.

El gigante lanza su arma sin previo aviso, obligando a Krilín a retroceder de un salto.

– “Así que esas tenemos, ¿eh?” – frunce el ceño el alumno de la escuela Kame.

El gigante camina hasta su hacha, que aguarda clavada en el suelo, y la recoge.

Chichi se interpone entre Krilín y el gigante.

– “Papá…” – dice ella, intentando calmarlo.

– “¡¿PAPÁ?!” – se sorprende Krilín.

El gigante aparta a la muchacha.

– “¡¿Has venido a robarme mis tesoros?!” – pregunta el gigante. – “¡¿O acaso pretendes robarme a mi hija?!”

– “Ninguna de las dos cosas…” – dice Krilín, confuso. – “En realidad vengo a…”

– “¡¡MIENTES!!” – exclama el gigantón, cargando contra Krilín con el hacha en alto.

Krilín retrocede de nuevo ante otro hachazo.

– “¡Ya basta!” – protesta el alumno de Gohan, desenfundando su bastón.

El grandullón ataca de nuevo, pero Krilín detiene el hachazo levantando el báculo. La violencia del ataque del enemigo es tal que los pies del joven se hunden en el suelo.

– “Hmm…” – gruñe el gigante.

Krilín empuja el bastón y hace retroceder al enemigo, que se sorprende ante la fuerza del joven.

El gigante asesta un nuevo hachazo con la intención de decapitar a Krilín, pero el joven desaparece en el último instante.

– “¿EH?” – se extraña el enemigo.

Krilín se encuentra de pie sobre la cabeza del hacha.

– “Ahora verás…” – refunfuña Krilín.

El bastón se alarga y el joven propina un golpe en la nuca al grandullón como si de un a colleja se tratara, quitándole el casco, que rueda por el suelo.

– “¡Ay…!” – se lamenta el enemigo. – “Ay… ay…”

– “Así aprenderás.” – sentencia Krilín.

El gigante se levanta de nuevo, aún con su hacha en la mano, dispuesto a continuar.

Pero la Princesa interviene de nuevo.

– “¡Ya basta, papá!” – dice ella.

– “Hmm…” – gruñe el hombretón.

De repente, el gigante deja caer su hacha, que se clava en el suelo.

– “Dime, muchacho…” – dice el grandullón. – “¿De dónde has sacado ese bastón?”

– “¿Eh?” – se extraña Krilín. – “¿Este bastón?” – lo mira. – “Es un regalo de mi maestro.”

– “¿Tú maestro?” – pregunta el gigante. – “No será… ¿Cómo se llama tu maestro?”

– “Mi maestro se llamaba Son Gohan.” – dice Krilín.

– “Son… ¡¿Son Gohan?!” – se sorprende el gigante, que de repente parece estar emocionado. – “¿Eres alumno de Son Gohan?”

– “Sí…” – dice Krilín, sorprendido ante el cambio de actitud. – “He venido hasta aquí buscando a un viejo amigo suyo…” – en ese momento, Krilín ata cabos. – “Espere… ¡¿Es usted Gyuma?!”

El gigante asiente.

– “¡Ese soy yo!” – sonríe. – “¡El Rey Gyuma!”

– “Vaya…” – dice Krilín, asombrado.

– “¡¿Qué tal se encuentra Son Gohan?!” – pregunta el gigantón emocionado. – “Debí suponerlo. ¡Por eso eres tan fuerte!”

– “Pues… tengo malas noticias…” – dice Krilín, agachando la cabeza, apenado.

En la Atalaya de Kamisama, Ten Shin Han se encuentra tumbado en el suelo, con los brazos y piernas abiertos, intentando recuperar el aliento.

– “Ah… ah…” – respira el antiguo alumno de la escuela Grulla.

Mr. Popo se encuentra de pie a su lado, inexpresivo y calmado.

– “¿Ya te has cansado otra vez?” – dice el guardián de la atalaya.

– “No lo entiendo…” – dice Ten, con dificultad. – “Usted está como si nada…”

– “Haces muchos movimientos inútiles.” – dice Popo. – “Y piensas demasiado.”

– “¿A qué se refiere?” – pregunta Ten, mientras se incorpora y se sienta con las piernas cruzadas.

– “Estamos a mucha altura y el aire tiene poco oxígeno.” – dice Popo. – “El castigo que sufre tu cuerpo es mucho mayor que en tierra firme. Aquí cada error se paga caro. Tienes que ser mucho más eficiente y conservar energías.”

– “Más eficiente…” – repite Ten.

– “Además, en lugar de centrarte en el momento, llenas tu mente de pensamientos innecesarios.” – dice Popo. – “Tienes más sentidos a parte de la vista. Escúchalos. Préstales la atención que merecen.”

– “Entiendo…” – murmura Ten.

– “Vacía tu mente de todo lo que no necesites.” – insiste Popo. – “Y confía más en tu instinto.”

Ten asiente.

– “¿Le importa si medito un rato?” – pregunta el guerrero.

– “Adelante.” – asiente Popo.

Ten Shin Han cierra los ojos, suspira, y se prepara para meditar.

– “Tienes que ser tan tranquilo como el cielo y tan rápido como un relámpago.” – dice Popo.

– “Tranquilo como el cielo.” – repite Ten. – “Rápido como un relámpago.”

En el Monte Frypan, Gyuma se sienta sobre una roca, apenado por la noticia del fallecimiento de su viejo amigo.

– “Son Gohan…” – suspira Gyuma.

– “El maestro me habló de usted, me contaba historias de cuando entrenaron juntos.” – dice Krilín. – “Pensé que debía saberlo.”

– “Son Gohan…” – suspira Gyuma de nuevo. – “Es una pena… Me vendría bien su ayuda…”

– “¿Qué ocurre?” – pregunta Krilín.

– “Mi castillo…” – dice Gyuma. – “Las llamas del Monte Frypan lo están devorando.”

– “Y la gente del pueblo.” – interviene Chichi. – “Ya has visto cuál es su situación.”

Krilín mira a la gente, que los observan a través de sus ventanas, y luego mira la montaña en llamas.

– “¿Y tu abanico no puede apagar el incendio?” – le pregunta Krilín a Chichi.

Chichi niega con la cabeza.

– “Este abanico ha mantenido a raya las llamas durante siglos…” – dice ella. – “Pero ha dejado de funcionar. El viento del abanico ya no es suficiente.”

– “La desgracia nos persigue.” – dice Gyuma.

Krilín mira el incendio con determinación.

– “¿Puedo intentarlo?” – pregunta el joven.

– “¿Intentarlo?” – se sorprenden Chichi y Gyuma.

– “¿Es que crees que no tengo fuerza para batir el abanico?” – protesta Chichi, ofendida. – “¿Es porque soy una chica?”

– “No…” – dice Krilín. – “No es eso…”

Gyuma suspira.

– “Es inútil…” – dice el amigo de Gohan. – “Pero, adelante. Supongo que no hay nada que perder…”

Krilín salta sobre el tejado de una casa.

– “Veamos…” – dice cerrando los ojos y tomar aire antes de abrirlos de nuevo.

El joven empieza a realizar los movimientos de la técnica de su maestro.

– “Ka… Me…” – recita Krilín.

Gyuma se queda boquiabierto.

– “¡¿Qué?!” – se sorprende el gigantón. – “No es posible… ¡tan joven!”

– “Ha… Me…” – continúa Krilín.

Una esfera de ki azulado se materializa en sus manos.

Chichi lo observa con ojos como platos, pues nunca ha visto una técnica similar.

– “¡¡¡HAAAAAA!!!” – dispara Krilín.

El Kamehameha asciende por la ladera de la montaña, creando un fuerte viento que arrastra las llamas tras él, hasta que asciende hacia el cielo por encima del castillo, seguida por un remolino de llamas.

Chichi se agarra a Gyuma para no salir volando con la ventisca creada.

Tras un instante, todo se calma. Las llamas se han desvanecido.

– “Im… impresionante…” – titubea Gyuma

– “Lo ha apagado…” – murmura Chichi.

El pueblo estalla en júbilo. La gente sale de sus casas. Gyuma y Chichi bailan agarrados de las manos. El gigantón llora de alegría.

Krilín se deja caer al suelo, pues ha puesto toda su energía en ese Kamehameha.

Pero de repente, un nuevo temblor. Esta vez es mucho más violento.

La fiesta se detiene. Todos miran con horror hacia la montaña. 

Ante la mirada atónita de todos, la cima estalla, llevándose por delante el castillo del Rey Gyuma.

La montaña de fuego Frypan se ha convertido en un verdadero volcán y la ladera vuelve a arder.

– “No… mi hogar…” – dice Gyuma. – “Mis tesoros…”

Chichi, en cambio, mira a la pobre gente del pueblo, preocupada por su destino.

ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte XII: La Atalaya de Kamisama

Red World / Parte XII: La Atalaya de Kamisama

“Me gustaría ver a Kamisama.”

Krilín se despide de la cabaña de Son Gohan juntando las manos y haciendo una reverencia, con el bastón mágico en la espalda y un hatillo. Listo para emprender su viaje.

– “Gracias por todo, maestro.” – murmura con una sonrisa nostálgica. – “Haré que se sienta orgulloso.”

Mientras tanto, Ten Shin Han asciende a través del cielo cuando puede divisar un pequeño punto en el infinito azul.

El guerrero pronto descubre que se trata de una atalaya suspendida en el aire.

Ten aterriza en ella. Un palacio se encuentra en el centro de la gran plataforma blanca. Un cuidado jardín rodea el imponente lugar.

El guerrero se dispone a caminar hacia el palacio, esperando conocer a Kamisama, pero una voz lo detiene.

– “Bienvenido.” – dice la voz.

Ten Shin Han mira a su derecha y se encuentra a un hombre de piel negra con una regadera en la mano, cuidando unas flores, vestido con pantalón blanco y un chaleco rojo.

– “Hola.” – saluda Ten con una reverencia. – “No le había visto.”

– “¿Has llegado volando?” – pregunta el hombre. – “Eso es bastante inusual.”

– “Busco a Kamisama.” – revela Ten.

– “Lo he imaginado.” – sonríe el jardinero. – “Me llamo Mr. Popo. Soy el cuidador del santuario.”

El recién llegado hace una reverencia.

– “Ten Shin Han.” – se presenta.

Mr. Popo responde de la misma forma.

Ten insiste.

– “Me gustaría ver a Kamisama.” – dice el guerrero.

– “¿Tienes la aprobación del Duende Karín?” – pregunta Popo.

– “Por supuesto.” – responde Ten, sacando el cascabel de su cinturón. – “Aquí está.” – se lo muestra.

– “¡Oh!” – exclama Popo. – “Mi enhorabuena.”

– “Gracias.” – asiente Ten.

– “Pero no es suficiente.” – continúa Popo.

– “¿Cómo dice?” – se sorprende Ten.

Mr. Popo da la espalda a Ten y sigue regando las plantas.

– “Puedo sentir la oscuridad en tu corazón.” – dice Popo. – “Igual que tu maestro.”

– “¿Mi maestro?” – se sorprende Ten. – “¿Conoce al Duende Grulla?”


El guardián asiente y sigue centrado en sus plantas.

– “¡No soy como el Duende Grulla!” – protesta Ten. – “Puede que lo fuera… ¡pero he cambiado!”

– “Por supuesto…” – respondo Popo. – “Karín no te hubiera dado su bendición si no viera potencial en ti…”

– “¿Entonces?” – se extraña Ten.

Popo deja la regadera en el suelo y presta atención a Ten, colocando las manos detrás de la espalda.

– “Veo que no aceptas una negativa.” – dice Popo. – “Así que te propongo una prueba.”

– “¿Qué clase de prueba?” – pregunta Ten, molesto. – “No me gustan los juegos…”

– “Atácame.” – dice Popo.

– “¿Qué?” – pregunta un Ten confuso.

– “Si me golpeas, te llevaré ante Kamisama.” – dice Popo.

– “¿Golpearle?” – repite Ten, que no sale de su sorpresa. – “¿Es en serio?”

Popo asiente.

Una media sonrisa se dibuja en el rostro de Ten Shin Han, viéndose ya frente al Todopoderoso.

– “Me parece bien.” – dice el guerrero.

– “Estupendo.” – dice Popo. – “Pues cuando quie…”


Ten intenta sorprender al guardián con un puñetazo, pero Popo retrocede en un parpadeo, deslizándose sobre el suelo.

– “Impaciente…” – niega Popo.

Ten sonríe con prepotencia.

– “Muy hábil…” – dice el guerrero. – “Esta vez atacaré en serio.”

Mr. Popo sonríe.

– “Eso espero.” – dice el guardián.

Ten Shin Han se pone en guardia. Popo sigue en la misma postura tranquila.

Ten se abalanza sobre Popo, listo para darle un puñetazo, pero el guardián se desplaza unos pocos centímetros hacia un lado.

– “Tsk…” – protesta Ten.


El guerrero de la escuela Grulla lo intenta de nuevo, pero Popo se desplaza hacia el lado contrario.

– “¡¡HAA!!” – grita Ten, intentándolo una vez más.


Popo lo evita de nuevo.

– “¡HA! ¡HA! ¡HA!” – sigue insistiendo Ten.


Pero el guardián evita cada intento del aspirante.

Finalmente, Popo desaparece frente a los ojos de Ten.

– “¡¿CÓMO?!” – se sorprende Ten Shin Han, incapaz de seguirlo con sus tres ojos.

– “Eres fuerte y ágil.” – dice Popo.

Ten Shin Han se da la vuelta y se encuentra con Popo a varios metros de distancia, con las manos aún en la espalda.

– “Pero piensas demasiado.” – dice el guardián. – “Usas tus ojos porque tienes una vista extraordinaria, pero olvidas que tienes otros cuatro sentidos.”

– “Imposible…” – refunfuña Ten. – “Creía que me había hecho más fuerte, pero… ¿Quién es este tipo?”

Pero una vez interrumpe.

– “Es suficiente, Mr. Popo.” – dice una voz anciana.

Mr. Popo y Ten miran hacia el palacio. Kamisama hace acto de presencia.

– “Kamisama…” – se sorprende Popo, apresurándose a hacer una reverencia.

– “Kamisama…” – dice Ten, asombrado.

El anciano camina hacia ellos con parsimonia.

Ten hace la pertinente reverencia.

– “He venido.” – dice el guerrero. – “Necesito su ayuda.”

– “¿Mi ayuda?” – repite Kamisama, levantando una ceja.

– “Quiero enmendar mis errores y hacerme más fuerte.” – dice Ten.

Kamisama se acaricia la barba blanca.

– “Creo que tus intenciones son buenas.” – dice Kamisama. – “Aun así, es Mr. Popo quien tiene la última palabra.”

Ten Shin Han mira a Popo, que niega.

– “Por favor…” – dice Ten.

El guerrero se arrodilla frente a Kamisama.

– “Kamisama…” – suplica Ten. – “He venido hasta aquí… Como usted me dijo…”

– “Hmm…” – murmura Dios, acariciándose la barba de nuevo. – “Esta bien. Hagamos una cosa… Tienes un año para superar a Popo.”

– “¿Un… un año?” – titubea Ten, confuso.

– “Si superas su prueba, hablaremos.” – dice Dios. – “Pero si no lo logras, deberás marcharte.”

Kamisama se retira de regreso al palacio.

– “Tienes permiso para quedarte aquí y entrenar.” – dice Kamisama. – “Aprovecha la oportunidad. Popo es un maestro excelente.”

– “Como desee, Kamisama.” – dice Popo, despidiéndolo con otra reverencia.

Ten Shin Han se levanta y se quita la parte superior de su gi.

– “Intentémoslo de nuevo.” – dice el guerrero.

– “¿Tan pronto?” – pregunta Popo. – “No vale la pena…”

Ten se pone en guardia.

Krilín camina por la montaña con paso firme cuando de repente un oso humanoide malcarado y armado con una ametralladora sale de un arbusto y le asalta. En su cinturón lleva una cimitarra enfundada y viste una armadura tradicional parecida a la de un samurái.

– “¡Hola, muchacho!” – dice el bandido. – “¿Qué llevas ahí?”

Krilín suspira.

– “No quiero problemas.” – dice el discípulo de Gohan.

– “¡Estupendo! Dame todo lo que tengas de valor y podrás seguir tu camino.” – sonríe el oso.

– “¿No te han enseñado que asaltar a la gente está mal?” – pregunta Krilín.

El bandido acerca el cañón a la frente del muchacho.

– “Dame lo que tengas o te mato aquí mismo.” – lo amenaza el oso.

Krilín agarra el cañón del arma y lo dobla hacia arriba.

– “¡¿EH?!” – se asusta el bandido.

El oso recula asustado y deja caer el arma.

– “Maldito…” – gruñe el bandido. – “¡AHORA VERÁS!”

El oso desenfunda su espada, pero antes de que pueda atacar, Krilín le propina un puñetazo en el abdomen.

El bandido se queda perplejo. Se sujeta la barriga, dolorido… y finalmente cae inconsciente de cara al suelo.

– “Espero que te sirva de lección.” – dice Krilín.

El muchacho sigue su camino como si nada, dejando atrás al malparado bandido.

Mientras tanto, en un puerto pesquero, el Duende Grulla soborna a un pescador para llevarse su embarcación auxiliar.

Silver lo observa desde la mirilla de su lanzacohetes desde una colina al otro lado de la bahía.

El anciano se sube al bote y empieza a remar.

– “Te tengo.” – sonríe el Coronel antes de apretar el gatillo.

Un cohete cruza la bahía a toda velocidad y hace saltar por los aires el pequeño bote.

– “Je…” – celebra Silver.

Pero de la nube de humo y fuego sale a volando a toda velocidad el anciano Grulla, cuyo dedo índice brilla intensamente.

– “¡¡DODONPA!!” – exclama disparando a Silver

El Coronel reacciona rápidamente saltando hacia un lado, evitando ser alcanzado por el ataque del Duende Grulla, que derriba varios árboles de la colina en la que se ocultaba.

Silver se desliza colina abajo.

– “Tsk…” – protesta, molesto con su error.

Silver se pone a cubierto, oculto detrás de un árbol. Desenfunda un revolver y mira por encima de su cobertura, buscando al anciano.

– “¿Dónde te has metido, viejo?” – murmura el Coronel.

En ese instante, escucha como alguien se posa en el suelo a su espalda.

– “Coronel Silver…” – dice el viejo Grulla.

Sin dudarlo, Silver se revuelve y dispara tres veces contra el viejo.

El anciano caza al vuelo dos balas con una mano y esquiva la tercera con un rápido movimiento de cabeza.

El Duende Grulla deja caer las dos balas al suelo ante la atónita mirada de Silver.

El Coronel saca una granada y agarra la anilla, pero antes de poder activarla recibe un codazo en el pecho por parte de Tsuru que le hace atravesar el árbol.

Arrodillado en el suelo, Silver respira con dificultad mientras se sujeta el pecho, pues le cuesta inspirar tras recibir tal golpe.

Tsuru camina hacia él y se detiene a unos pocos pasos.

El viejo levanta su dedo índice, que empieza a brillar con ki amarillo.

– “Esto servirá como mensaje para el Comandante Red…” – dice Tsuru.

Pero en ese instante, dos individuos toman tierra a cada lado del viejo. El Número 17 y la Número 18.

– “Vosotros…” – murmura Tsuru.

– “Hola, maestro.” – saludo el 17.

Tsuru los mira de reojo. Primero al 17 y después a la 18.

– “¿Vais a atacar a vuestro maestro?” – pregunta el anciano.

– “Cumplimos órdenes.” – dice la 18.

El viejo sonríe con cierta tristeza.

Tsuru dispara su Dodonpa al 17, que con una mano lo detiene. 

La Número 18 se abalanza sobre el viejo y le propina una patada que Tsuru detiene con su brazo izquierdo, que se rompe con el impacto.

– “¡AAH!” – grita el anciano.

Tsuru contraataca y golpea en la cara a la 18, que ni se inmuta ante el golpe.

El 17 se abalanza sobre Tsuru, pero éste usa ese mismo brazo con el que golpeó a la 18 para interceptar al 17 con un codazo, pero él tampoco parece recibir ningún daño.

Tsuru lo observa atónito.

El 17 le propina un rodillazo en el abdomen que dobla al viejo sobre sí mismo.

– “Ah… ah…” – se lamenta Tsuru, sujetándose la barriga.


La Número 18 lo remata con un certero golpe en la nuca con el canto de la mano.

El Duende Grulla se desploma contra el suelo, sin vida.

El Coronel Silver asiste asombrado al poder de los androides.

ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte XI: El Báculo Sagrado


Red World / Parte XI: El Báculo Sagrado

“Descansar es incluso más importante que trabajar.”

En la Torre de Karín ha salido el sol y Ten Shin Han ha superado la prueba del Duende, sobreviviendo al Agua Sagrada y demostrando la fuerza de sus convicciones.

– “No me puedo creer que sigas vivo…” – dice Karín, sorprendido.

– “Me siento bien…” – murmura Ten, mirándose las manos. – “¿Este poder yacía oculto en mi interior?”

– “Fascinante…” – murmura el felino. – “Me pregunto cómo de fuerte te harás si entrenas con Kamisama…”

Ten Shin Han se alegra al oír al Duende.

– “¿Significa eso que me gané su confianza?” – pregunta Ten.

– “Mi confianza… puede que no.” – responde Karín. – “Pero mi respeto, sin duda.”

– “No se arrepentirá.” – dice Ten haciendo una reverencia.

Karín saca un cascabel dorado y se lo muestra a Ten.

– “Esta es la muestra de que apruebo tu ascenso.” – dice el gato.

– “¿Ascenso?” – pregunta Ten.


El felino se da la vuelta.

– “Acompáñame.” – dice el Duende.

Mientras tanto, en el Palacio de Uranai Baba, la bruja observa su bola de cristal.

La esfera muestra una silueta demoníaca caminando entre fuego y ruinas antes de que se enturbie, impidiendo a la bruja mirar más allá. 

– “El futuro de la Tierra es incierto…” – murmura la bruja.

Ten Shin Han y Karín han subido al tejado de la torre. 

Karín señala al cielo con el dedo.

– “La Atalaya de Kamisama, la morada del Guardián de la Tierra, se encuentra ahí arriba.” – revela el felino.

– “Fascinante…” – dice Ten, asombrado, mirando al cielo. – “Ni siquiera yo puedo verla…”

– “Pero para subir te hace falta una herramienta.” – anuncia el gato, señalando al suelo.

En el centro de la cúpula hay un pequeño ornamento con un agujero central.

– “Aquí se coloca el Báculo Sagrado.” – dice el Duende.

– “¿Un báculo?” – se extraña Ten.

– “Una reliquia mágica.” – dice Karín. – “Un bastón capaz de alargarse y conectar con la atalaya.”

Ten asiente, prestando interés.

– “¿Y dónde está ese báculo?” – pregunta el guerrero.

– “Pues…” – se rasca la barbilla el felino. – “Se lo presté a un viejo alumno.”

– “¡¿EH?!” – se sobresalta Ten.

– “Muy poca gente llega hasta la torre…” – se excusa Karín. – “… y los que lo hacen nunca son dignos del tiempo de Kamisama…”

Ten se cruza de brazos, un poco molesto.

– “Vaya faena…” – protesta el guerrero.

Ten alza la vista de nuevo.

– “Aunque creo que podría llegar volando…” – sonríe con cierta prepotencia. – “¡Sí!” – se reafirma. – “Con el poder que tengo ahora, seguro que lo logro.”

Karín hace un gruñido de desaprobación y Ten se da cuenta.

– “Hmm…” – refunfuña el Duende.

– “¿Qué ocurre?” – pregunta Ten.

Pero el propio Ten no tarda en darse cuenta y agacha la cabeza.

– “Ya veo…” – suspira el guerrero. – “Mis intenciones quedan reflejadas en mis acciones…” – murmura la frase que le dijo Bora.

El felino asiente.

– “Si crees que yo soy severo, te llevarás una sorpresa cuando llegues a la Atalaya.” – advierte Karín.

Ten suspira de nuevo.

– “¿Y sabe dónde puedo encontrar a su viejo alumno?” – pregunta el guerrero.

– “Por supuesto… Aunque el muy caradura regaló el báculo sin mi permiso…” – murmura el felino, rascándose la barbilla. – “De todas formas, es posible que puedas encontrar a su actual dueño…”

– “¿Dónde?” – pregunta Ten.

– “Al oeste de aquí, al otro lado del mar…” – dice Karín. – “En un solitario lugar al que llaman Monte Paoz.”

Ten camina en esa dirección, con la mirada puesta en el horizonte.

– “¿Por allí?” – pregunta Ten.

– “Ajá…” – asiente Karín.

– “De acuerdo.” – asiente el guerrero, avanzando hasta el límite del tejado.

– “¿Vas a ir a buscarlo?” – se sorprende el gato.

– “No tardaré mucho.” – sonríe Ten.

Karín saca una semilla senzu y se la lanza. Ten la caza al vuelo y se la guarda.

Sin decir nada más, el guerrero se lanza al vacío para luego salir volando como un cohete a reacción, desapareciendo en el horizonte en un instante.

Karín se queda mirando al oeste.

– “Fanfarrón.” – protesta el Duende.

Ten Shin Han surca el cielo haciendo varias piruetas, poniendo a prueba su nuevo poder, volando a una velocidad a la que jamás había viajado.

De repente, el guerrero frena en seco.

– “¿Eh?” – murmura, confuso. – “Qué extraño… Siento una sensación muy peculiar… Hay algo en esa dirección.”

Ten aterriza y camina entre cañas de bambú hasta que se topa con una humilde cabaña.

– “¿Una casa?” – se pregunta Ten.

– “¿Puedo ayudarte?” – le interrumpe una voz.

Ten se da la vuelta y se encuentra a un joven de baja estatura, con la cabeza afeitada y seis puntos tatuados en la frente, vestido con un gi morado y cinturón blanco, que transporta leña.

– “Busco el Monte Paoz.” – responde Ten.

– “Estás en el lugar correcto.” – responde el joven.

El muchacho sigue su camino hasta la cabaña, pasando por al lado de Ten.

– “Llegar hasta aquí no es tarea fácil… Nunca vemos a nadie.” – dice el muchacho. – “Acompáñame y te prepararé una taza de té.”

– “Muy amable.” – asiente Ten. – “Pero tengo prisa…”

– “Descansar es incluso más importante que trabajar.” – responde el joven, que sigue caminando hacia la pequeña casita.

Ten se dispone a seguir al muchacho al interior de la cabaña, cuando se da cuenta del objeto que luce en su espalda.

– “El… el báculo sagrado…” – murmura Ten al ver el bastón rojo enfundado en una vaina naranja.

En el Cuartel General de la Red Ribbon, el Oficial del Estado Mayor Black se encuentra en su despacho, atendiendo una llamada.

Al otro lado del teléfono, en una sastrería de ropa de un pequeño pueblo, el Coronel Sliver.

– “Parece que ha pasado por aquí.” – confirma Silver.

– “Cuando encuentre al viejo, hágamelo saber.” – dice Black.

– “¿Quiere que lo mate?” – pregunta el soldado.

– “Cuide su ego, Coronel.” – dice el Oficial de Estado. – “Puede parecer un viejo carroza, pero Tsuru sigue siendo un experto en artes marciales…”

En el Monte Paoz, Ten Shin Han se ha dado cuenta de que el joven lleva la reliquia de Karín atada a la espalda.

– “¿Has dicho algo?” – pregunta el muchacho.

– “Ese báculo…” – dice Ten, sorprendido. – “¿De dónde…?”

– “¿Mi bastón mágico?” – se extraña el chico. – “Es un regalo de mi maestro.”

Ten hace una reverencia.

– “Necesito el báculo.” – dice Ten Shin Han. – “Préstamelo, por favor.”

– “¿Qué te preste mi bastón?” – se extraña de nuevo el joven. – “Ni hablar.”

– “El mundo está en peligro.” – insiste Ten. – “Y necesito esa reliquia sagrada para poder ascender hasta Kamisama y…”

– “¿Kamisama?” – repite el joven con una mueca de desconfianza. – “Ya, claro… Que no te lo doy.” – sentencia. – “Ya puedes irte por donde has venido.” – dice mientras le da la espalda.

El rostro de Ten Shin Han cambia de repente, tornándose serio y frío.

– “Lo he pedido por favor.” – advierte Ten.

– “Lo siento, extranjero.” – responde el joven, sin darse la vuelta.

En un parpadeo, Ten recorta la distancia entre ellos y agarra el bastón.

La leña cae al suelo. El joven se revuelve en un instante y lanza a Ten por los aires con una llave de lucha. 

Ten da una voltereta en el aire y cae de pie.

– “Sabes pelear…” – dice Ten. – “Por las marcas de tu frente, diría que eres un monje del Templo Orin… ¿Qué haces tan lejos de tu hogar?”

– “No toleraré que vengas hasta aquí y seas tú el que me pida explicaciones.” – responde el muchacho.

Los dos se miran fijamente. La brisa hace que los árboles se contoneen en el tranquilo Monte Paoz.

En un parpadeo, los artistas marciales se abalanzan el uno contra el otro.

Ten intenta propinar un puñetazo a su contrincante, pero éste lo esquiva y contraataca con una patada giratoria que Ten detiene.

Los dos retroceden, recuperando la distancia entre ellos.

– “No eres un simple monje…” – dice Ten.

– “Ni tu un extranjero cualquiera…” – responde el joven.

De nuevo, los luchadores se embisten e intercambian golpes, tanteándose.

Los dos dan un puñetazo a la vez, chocando sus puños.

– “¡Piedra!” – exclama el joven.

El monje sorprende a Ten metiéndole los dedos en los ojos, pillándolo por sorpresa.

– “¡Tijera!” – exclama.

Ten retrocede, dolorido, cerrando los ojos con fuerza.

– “¡Y PAPEL!” – anuncia el monje, listo para empujar a su contrincante.

Pero Ten le agarra el brazo. Su tercer ojo sigue abierto.

– “¡¿EH?!” – se sorprenden el joven.


Ten Shin Han lanza al joven contra un árbol con una técnica de judo.

El monje se levanta de un salto y se queja, sujetándose la espalda, dolorido.

– “Ay… ay…” – protesta el muchacho.

– “Maldita sea…” – Ten se frota los ojos. – “¿Cómo ha podido sorprenderme con una técnica tan simple…?” – se pregunta.

Ten levanta su dedo índice.

– “Te lo advierto, muchacho.” – amenaza con cierta vergüenza. – “Puede que no lo sepas, pero te estás enfrentando a Ten Shin Han.”

– “¿Tenshinhan?” – se extraña el joven. – “¿Cómo la tortilla de cangrejo?”

– “¡NADA QUE VER!” – protesta Ten.

El monje se pone en guardia.

– “Mira, muchacho… Yo me llamo Krilín.” – se presenta. – “No sé si debería conocerte o no, pero aquí arriba no llegan muchas noticias. No sé para qué quieres mi bastón, pero tampoco me interesa. Es un regalo y no te lo daré.”

Ten levanta de nuevo su dedo.

– “No me dejas alternativa.” – dice el guerrero de tres ojos con cierto pesar.

La punta de su dedo se ilumina.

– “¿Eh?” – se sorprende Krilín.

– “¡¡DODONPA!!” – Ten lanza su ataque.

Un rayo de energía amarillo avanza a toda velocidad hacia el monje, que reacciona instintivamente.

Desenfundando el bastón mágico, Krilín repele el Dodonpa de Ten hacia el cielo.

– “¡¿QUÉ?!” – se sorprende Ten.

Krilín apunta a Ten con el báculo.

– “¡Alárgate, bastón mágico!” – ordena el monje.

El báculo se alarga y sorprende a Ten, golpeándolo en el abdomen y empujándolo a través del bosque colindante.

El bastón no tarda en recuperar su tamaño original y Krilín lo enfunda.

– “Eso era muy peligroso…” – protesta el monje. – “Podrías matar a alguien con esa técnica.”

Pero como si nada, del bosque regresa Ten Shin Han, con una mano agarrándose el abdomen.

– “Esto me pasa por intentar contenerme…” – sonríe el guerrero de tres ojos.

– “Qué insistente eres…” – suspira Krilín.

En un parpadeo, Ten desaparece y reaparece detrás del monje.

– “¿EH?” – se sorprende Krilín, incapaz de seguir sus movimientos.

Con un codazo en la nuca, el monje es proyectado hacia delante, chocando de cara contra el suelo, creando un surco en el la tierra con su rostro.

Ten arranca el bastón de la espalda de Krilín. 

– “Lo siento, muchacho.” – dice Ten. – “Pero el destino de la Tierra depende de esto.”

Pero el monje aún no ha dicho su última palabra. Dolorido, intenta levantarse.

– “Vaya…” – refunfuña Ten, con sorpresa y hastío. – “Qué resistente…”

De repente, Ten se da cuenta de que el joven se ha convertido en un espejismo, y tres más se encuentran dando vueltas alrededor del guerrero de tres ojos.

– “No puedes engañar a mi vista…” – sonríe Ten, mirando a cada una de las figuras danzantes.

Krilín se abalanza sobre Ten, que detiene cada golpe del monje con el bastón aún enfundado, pero el monje logra golpear la muñeca de Ten, haciendo que el bastón salte por los aires y caiga a varios metros de distancia.

El monje retrocede, de nuevo en guardia.

– “¡Ka… Me…!” – recita Krilín, juntando las manos y llevándolas a su costado derecho de su cadera. – “¡Ha… Me…!”

Una esfera de energía azulada se manifiesta entre sus manos.

– “¡NO PUEDE SER!” – se sorprende Ten.

– “¡¡HAAAAA!!” – el monje proyecta su ataque.

Ten Shin Han se apresura a realizar una serie de sellos con sus manos mientras el ataque se aproxima.

– “¡¡KYAAAA!!” – grita Ten en el instante que iba a recibir impacto.

La esfera de energía azul se frena repentinamente; fenómeno al que Krilín asiste atónito.

Y como una exhalación, a una velocidad incluso superior a la que había sido lanzado, el Kamehameha regresa a su emisor.

Krilín intenta cubrirse rápidamente, pero recibe el impacto de su propia técnica, que estalla y lo lanza al suelo, haciendo trizas la parte superior de si gi.

Ten Shin Han recupera el bastón y camina hasta el joven.

– “El Kamehameha… La técnica insignia de la Escuela Tortuga…” – piensa Ten.

Ten se da cuenta de que el joven aún respira, quejoso.

– “¿Quién demonios es este tipo?” – se pregunta Ten.

Una tos ronca llama la atención de Ten. La continua tos proviene de la cabaña. 

Ten se queda un instante ensimismado. Después mira de nuevo al joven malherido, y de nuevo al Báculo Sagrado en su mano.

Ten Shin Han se agacha y saca la semilla senzu que le dio Karín y se la da a su contrincante.

– “Cómete esto.” – dice Ten. – “Verás como recuperas tus fuerzas.”

El joven la mastica con dificultad y de repente abre los ojos, completamente recuperado.

– “¿Qué…? ¿Qué ha pasado?” – se pregunta Krilín, mirándose las manos.

– “Es una semilla mágica.” – dice Ten, levantándose.

Krilín se levanta de un salto.

– “Increíble…” – dice el monje. – “¡Me siento genial!”

Ten entrega el báculo a Krilín.

– “Toma.” – dice Ten Shin Han.

– “¿Me lo devuelves?” – se extraña el monje. – “¿Por qué?”

Ten da la espalda al monje mientras esboza una media sonrisa.

– “Buena suerte, Krilín.” – se despide antes de alzar el vuelo a toda velocidad.

El monje se queda perplejo al ver a un humano volando.

– “Qué tipo tan raro…” – murmura el monje.

La tos del anciano continúa.

– “¡Maestro!” – exclama Ten, apresurándose a entrar a la cabaña.

Ten Shin Han no tarda en regresar a la Torre de Karín, donde el Duende ya lo espera en el tejado.

– “¿Y bien?” – pregunta Karín.

– “Lo siento.” – se disculpa Ten. – “No traigo el báculo.”

– “Hmm…” – sonríe el gato. – “Puede que te haya subestimado…”

– “¿Eh?” – se extraña un confuso Ten.

Karín saca de nuevo el cascabel.

– “Aquí tienes.” – se lo entrega.

– “¿De verdad?” – se sorprende Ten Shin Han.

– “Dijiste que podías llegar volando, ¿no es así?” – sonríe Karín.

– “Creo que sí…” – dice Ten, mirando al cielo.

– “Mucha suerte.” – se despide el felino.

– “Gracias, Duende Karín.” – asiente Ten, con una sonrisa en su rostro.

El guerrero de tres ojos alza el vuelo y desaparece en el cielo azul.

En la cabaña del Monte Paoz, Krilín acerca un vaso de agua a un anciano tumbado sobre un futón.

El viejo luce un gran bigote blanco y una camiseta interior de tirantes blanca, cubierto hasta el cuello por edredón.

– “Aquí tiene, maestro…” – dice Krilín, sujetándole la cabeza para que pueda beber.

– “Krilín…” – dice el anciano. – “Eres un buen chico…”

Krilín le limpia la boca y reposa de nuevo su cabeza en la almohada.

El joven se cambia la parte superior del gi por una nueva.

– “¿Qué ha pasado?” – pregunta el anciano.

– “Ha llegado un muchacho buscando pelea…” – responde Krilín, quitándole hierro al asunto.

– “Debía ser muy fuerte…” – dice el maestro.

– “Sí, mucho…” – dice Krilín, que sin darse cuenta esboza una media sonrisa.

El viejo maestro sonríe al ver a su alumno emocionado.

– “Ya veo…” – dice el anciano. – “Creo que… creo que ha llegado el momento de que sigas tu camino…” – dice el anciano.

– “¿Mi camino?” – se extraña Krilín. – “No voy a dejarle, maestro Gohan.”

Son Gohan sonríe y cierra los ojos.

– “El mundo es muy grande… y puede ser maravilloso…” – dice el anciano. – “Descubrirlo es una verdadera aventura mística.”

Krilín mira a su anciano maestro y sus ojos se llenan de lágrimas al ver que Son Gohan ha dejado esta vida con una sonrisa en su rostro.