ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte XX: Watagash

Red World / Parte XX: Watagash

“Tendremos recalibrado el armamento en unos minutos.”

En el mar, entre la flota terrícola, el soldado litt caído se hunde en las profundidades. 

Su cuerpo ha sido cercenado por el impacto del cañón de energía de Silver y le falta la mitad izquierda de su pecho y el brazo.

Watagash abandona a su huésped y nada hacia la oscuridad del fondo marino.

En el campo de batalla, Basin persigue a Krilín. 

El soldado sink demuestra tener una gran fuerza, pero Krilín, gracias a su menuda estatura y su gran agilidad, evade cada golpe del enemigo. 

Basin intenta propinar un puñetazo a Krilín, pero el terrícola se inclina hacia un lado para evadir el golpe. Basin intenta propinarle un revés con ese mismo brazo, pero Krilín se agacha y deja que el aspaviento del sink pase de largo sobre él. El soldado, frustrado, intenta pisarlo, pero Krilín rueda hacia un lado.

– “¡DEJA DE MOVERTE!” – protesta el sink.

Krilín sonríe.

El terrícola se detiene, fingiendo ceder a la petición del enemigo.

Basin lo toma como una provocación y se abalanza sobre él.

– “¡TE VAS A ENTERAR!” – exclama el sink, furioso, preparando su puño.

Pero el golpe atraviesa a un intangible Krilín, que resulta ser un espejismo.

– “¡¿EH?!” – se sorprende Basin.

Krilín aparece detrás de su contrincante y le propina una fuerte patada en la nuca que lo lanza de cara contra el suelo.

Krilín se cruza de brazos mientras espera que su contrincante se levante.

– “Como dije antes…” – suspira con cierta resignación. – “Sois fuertes, pero no sois verdaderos luchadores.”

– “Grrrgghh…” – gruñe un humillado Basin.

Cerca de allí, Ten Shin Han se frota la nuca tras recibir un codazo de Maringa.

– “Es muy rápido…” – piensa el terrícola.

El butir da unos pequeños saltos, presumiendo de su velocidad.

– “Je…” – sonríe Maringa.

En un parpadeo, el soldado desaparece frente a los ojos de Ten.

– “¿Dónde…?” – se pregunta Ten, concentrándose en localizar a su contrincante.

Maringa reaparece a su derecha.

– “¡Ahí!” – piensa Ten, que rápidamente reacciona y se cubre ante la patada del butir.

Maringa retrocede.

– “Je…” – sonríe presumido el butir.

El soldado desaparece de nuevo.

Ten Shin Han se pone en guardia.

Maringa aparece sobre Ten y cae sobre él con una patada descendente.

Ten Shin Han reacciona, intentando cubrirse, pero no es lo suficientemente rápido y recibe un golpe directo sobre la cabeza que lo hace caer de rodillas.

– “¡SOY DEMASIADO RÁPIDO PARA TUS OJOS!” – exclama Maringa.

El butir desaparece de nuevo.

Ten Shin Han se pone en pie, pero antes de poder incorporarse del todo, recibe un nuevo golpe del enemigo, que como una centella naranja se choca con él. Otro golpe. Otro más.

Como un torbellino naranja, Maringa se mueve alrededor de Ten mientras le castiga. El terrícola es zarandeado de un lado a otro con cada golpe.

– “Tsk…” – protesta Ten. – “¡Suficiente!”

El terrícola realiza varios sellos con las manos.

– “¡¡HAAAA!!” – grita Ten.

Una onda expansiva invisible sacude la zona y frena repentinamente a Maringa cuando estaba embistiendo de nuevo a Ten.

– “¡¿EH?!” – se sorprende el soldado. – “¿Qué ha sido eso?” – se pregunta extrañado ante una sensación que jamás había percibido.

Ten Shin Han jadea ligeramente.

– “Este juego ha llegado demasiado lejos.” – refunfuña Ten.

El terrícola se quita la camiseta.

Maringa sonríe.

– “¡JAJAJA!” – se carcajea. – “No es un tema de actitud, chico…” – presume. – “Por mucho que lo intentes, la velocidad de los butir…”

Ten Shin Han deja caer su camiseta, que se incrusta en el suelo.

– “¿Eh?” – frena su discurso Maringa. – “¿Qué…?” – mira incrédulo la ropa de su contrincante.

Ten se quita las muñequeras. Deja caer la primera al suelo y ésta se queda incrustada en el pavimento.

– “¿Llevabas ropa pesada?” – se sorprende el butir.

Ten le lanza la otra muñequera y Maringa la caza al vuelo, notando el peso enseguida y teniendo que doblar ligeramente las rodillas para sostenerla.

– “¡¡PERO…!!” – entiende rápidamente qué tipo de enemigo tiene delante.

En un parpadeo, Ten aparece frente a Maringa y le propina un codazo en el abdomen que doblega al enemigo sobre sí mismo, que deja caer la muñequera de Ten.

Ten Shin Han continúa su ofensiva con su combinación de puñetazos metralleta que acaban empujando al butir a varios metros de distancia.

Ten levanta su rodilla derecha, realizando la pose de la grulla.

Maringa, en el suelo y con la nariz sangrando, mira asustado a su contrincante.

– “¿Cómo… cómo es posible…?” – se pregunta el soldado. – “¿Quién eres…?”

Mientras tanto, los androides han masacrado a los soldados alienígenas.

El Número 17 se adelanta a su compañera y se dirige a la nave mientras se cruje el cuello.

– “Esto es más fácil de lo que creía…” – dice el 17. – “Podría encargarme de todos ellos yo solo…”

– “No seas tan presumido…” – sonríe ella. – “Aún tenemos que librarnos de esa barrera…”

En ese momento, la nave abre una compuerta.

– “Hasta nos abren la puerta.” – bromea el Número 17.

Una pasarela se extiende y de ella se apea Shugo.

– “¿Este viene solo?” – se extraña la Número 18.

– “¿Es que ya se han quedado sin gente?” – añade el 17.

Shugo mira de reojo las cámaras de la nave, sintiendo la mirada de Chilled al otro lado.

El androide 17 carraspea para llamar su atención.

– “Esa capa es muy elegante.” – dice el androide. – “¿Eres el que manda?”

Shugo lo mira con desdén.

– “Je…” – sonríe el extraterrestre. – “El señor Chilled no va a ensuciarse las manos con seres insignificantes como vosotros…”

– “Insignificantes, ¿eh?” – responde el 17. – “Número 18; voy a encargarme de este tipo.”

– “¿Estás seguro?” – pregunta ella. – “Tenemos órdenes…”

– “Será solo un minuto.” – insiste el 17.

En el despacho Real, todos ven a la Número 18 retroceder para dejar a su compañero pelear solo.

– “¡¿Qué están haciendo?!” – gruñe el Comandante Red.

– “Hmm…” – murmura Gero, que no responde, pero parece molesto con la actitud de su androide.

El Oficial del Estado Mayor Black se da cuenta del malestar del doctor.

Mientras tanto, en el mar, el general Blue recibe atención médica en la cubierta del portaviones, mientras el coronel Silver, aún sentado en su cañón, recibe una toalla húmeda por parte de un soldado de menor rango.

Silver se limpia la frente.

– “¿Cuándo estaremos listos de nuevo?” – pregunta el coronel.

– “Tendremos recalibrado el armamento en unos minutos.” – responde el soldado. – “El ataque ha mermado la flota, pero el Capitán Dark ya ha está organizando la contraofensiva.”

Blue se queja cuando el enfermero aprieta su vendaje, pero luego lo mira con picardía, incomodándolo.

El portaviones se tambalea con un oleaje inesperado.

– “¿Eh?” – se extrañan todos.

Silver se levanta, dolorido.

– “¿Qué ha sido eso?” – se pregunta.

De repente, un enorme tentáculo emerge del mar y cae sobre el portaviones, partiéndolo por la mitad.

Otro tentáculo brota del agua cerca de un acorazado y se enrolla en él, estrujándolo como si fuera de juguete.

Cunde el pánico de nuevo entre los marineros.

– “¡¡NOS ATACAN!!” – exclama un soldado.

– “¡¡UN MONSTRUO!!” – grita otro.

Silver observa desde su asiento como siete tentáculos destrozan la flota.

El coronel lanza la toalla a un lado y se pone de nuevo a los mandos del cañón, apuntando a uno de los tentáculos.

Con un disparo certero revienta varias ventosas de la titánica criatura.

Pero de repente, el octavo tentáculo emerge del mar al lado de la embarcación de Silver y cae sobre él.

El coronel tiene que abandonar su puesto y correr para no ser aplastado por el inmenso tentáculo que golpea el barco como si fuera una guillotina, partiéndolo en dos; Silver tiene que saltar al mar.

Entre la oscuridad del océano, el coronel adivina la silueta de un gigantesco pulpo bajo la flota.

Mientras tanto, Blue se sujeta a una barandilla del portaviones para no caer al mar. El kraken levanta la mitad del navío a la que el general se sujeta.

A cientos de metros de altura, Blue mira el océano a sus pies.

Lentamente, la cabeza del pulpo se hace visible bajo la superficie hasta que emerge creando una gran cúpula de agua antes de abrirse paso a través de ella, creando un fuerte oleaje que azota la flota restante.

El pulpo parece sacado del mismísimo infierno. Piel roja lisa y viscosa. Un rostro ligeramente humanoide con enormes ojos amarillos y gigantesca boca dentada que se abre para dejar caer en ella los escombros del navío que sostiene sobre ella.

Blue se resbala, pero se niega a caer. Se sujeta de nuevo como puede.

Pero una nueva sacudida significa su final. Blue cae a la boca del monstruo.

En el hangar de la Red Ribbon suenan las alarmas. El Capitán Dark ha pedido ayuda.

Las reacciones de la Doctora Oli y de Pino son muy diferentes. El soldado, ansioso por entrar en acción, aprieta todos los interruptores de la cabina del titán robótico, iniciando la secuencia de despegue. Oli, en cambio, con el corazón encogido, observa como su hijo se prepara para marchar a la guerra.

ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte XIX: Nuevos frentes de batalla

Red World / Parte XIX: Nuevos frentes de batalla

“¿Por qué razón se demora la conquista?”

Ten Shin Han y Krilín han llegado al campo de batalla. A su alrededor, la guerra continúa. Los soldados extraterrestres masacran a los mechs terrícolas.

Basin, que había sido golpeado por Krilín, logra sacar la cabeza del pavimento.

– “Maldición…” – protesta el sink. – “Así que había otro…”

Maringa se pone en pie después de recibir un golpe de Ten.

– “¿Por qué no los hemos detectado con los scouters?” – se pregunta el butir.

Krilín sonríe.

– “Parece que tenías razón, Ten.” – dice Krilín.

Maringa analiza a la pareja con su scouter

– “¿Por debajo de las 10 unidades?” – murmura el butir. – “Esta cosa está estropeada…” – gruñe.

Basin también comprueba su dispositivo.

– “El mío indica lo mismo.” – confirma el sink.

Ten Shin Han sonríe.

– “Te lo dije” – confirma el antiguo alumno de la escuela Grulla. – “Tienen fe ciega en esos aparatos.”

Krilín da un paso al frente.

– “Puede que sean muy fuertes…” – dice el terrícola. – “Pero no son verdaderos luchadores.”

– “¡¿Cómo dices, pequeñajo?!” – refunfuña Basin.

– “¡Digo que no sois verdaderos luchadores!” – grita Krilín, poniendo sus manos alrededor de su boca para crear un altavoz.

– “¡¡YA TE HABÍA OÍDO!!” – protesta el sink, furioso.

Ten Shin Han avanza hasta Krilín.

– “¿Qué te parece si tú te ocupas de ese y yo me encargo del tipo naranja?” – pregunta el luchador de tres ojos.

– “A mí me toca el feo, ¿eh?” – suspira Krilín.

– “¡¿CÓMO DICES?!” – protesta Basin.

– “¡¡DIGO QUE AMÍ ME TOCA…!!” – le grita Krilín.

– “¡¡ERA UNA PREGUNTA RETÓRICA!!” – replica rápidamente el soldado sink.

Basin aprieta con sus puños con ira.

– “Te vas a enterar, renacuajo…” – gruñe.

El soldado se abalanza sobre Krilín.

– “¿Ya empezamos?” – se pone en guardia el pequeño terrícola rápidamente.

Basin le propina un fuerte puñetazo que Krilín defiende poniendo los brazos en cruz frente a su pecho.

El impacto es potente y empuja a Krilín a través del páramo desértico, manteniendo el equilibrio y dejando un surco bajo sus pies.

– “Es bastante fuerte…” – piensa el terrícola.

– “Je…” – sonríe el enemigo.

Ten Shin Han mira de reojo el duelo que acaba de empezar cuando, de repente, Maringa se abalanza sobre él como un rayo.

– “¡ES MEJOR QUE NO TE DISTRAIGAS!” – exclama el butir.

El tercer ojo de Ten se clava en Maringa y reacciona rápidamente intentando interceptar al butir antes de que éste le propine una patada… pero gracias a su velocidad vertiginosa, Maringa desaparece frente a los ojos del terrícola.

– “¡¿EH?!” – se sorprende Ten.

Maringa reaparece detrás de Ten. El tercer ojo del terrícola lo detecta rápidamente, pero aun así el extraterrestre le propina un codazo en la nuca que lo hace caer al suelo.

Mientras tanto, en la nave alienígena, Shugo habla con el prisionero, aún en su jaula, en manos de un soldado litt.

– “Espero que hayas comprendido tu situación…” – sonríe el comandante.

Shugo aprieta un botón en la parte superior de la jaula y luego retrocede un paso.

La esfera se abre por su parte superior ante la mirada de toda la sala… pero nada sale de su interior.

Los soldados se miran entre ellos sin saber qué pensar.

El soldado litt que la porta acerca su rostro al hueco de la jaula para mirar en su interior, intentando averiguar qué sucede.

Shugo sonríe.

Como un resorte, una criatura rosada parecida a un cefalópodo terrestre se abalanza sobre rostro del soldado, aferrándose a él con sus tentáculos. 

El soldado lucha por liberarse de la criatura, pero parece que por mucho que luche no puede quitársela de encima.

Varios compañeros se acercan con la intención de ayudarlo, pero un gesto de Shugo los detiene.

El comandante parece estar al corriente de lo que sucede.

Con ciertas dudas y mucho miedo, los soldados se detienen a su orden, dejando a su compañero sufriendo ante el ataque del extraño cefalópodo.

El soldado se está asfixiando.

Lentamente, el extraterrestre cae al suelo de rodillas, casi sin fuerzas, y poco a poco deja de luchar, dejando que su cuerpo se quede inerte; su torso se inclina hacia delante hasta que su cabeza queda apoyada en sus propias rodillas.

En ese instante, la criatura se mueve, desplazándose hasta la coronilla del soldado. 

Dos minúsculos ojos rojos pueden adivinarse en el cuerpo del cefalópodo. Diez de sus once tentáculos se aferran a la cabeza del soldado, mientras el onceavo está en alto como si fuera una antena, revelando un extraño pompón en su extremo.

El soldado se endereza. Los ojos inconscientes del soldado, escondidos bajos sus párpados, vuelven a mirar al frente repentinamente mientras sus escleras se tiñen de rojo.

– “Aahh…” – el litt emite un sonido gutural.

Los otros soldados, asustados, dan un paso atrás.

Pero Shugo da un paso al frente con seguridad.

– “¿Estás dispuesto a colaborar, Watagash?” – pregunta el comandante.

– “Está… bien…” – responde el soldado con la boca pastosa.

El soldado hace unas cuantas muecas. Las primeras son perezosas, pero poco a poco su rostro se mueve con más agilidad y coordinación hasta que revela una media sonrisa.

– “Acepto.” – añade con naturalidad.

En el exterior de la nave, los androides investigan el perímetro.

– “Parece que hay una especie de barrera…” – dice la Número 18, acercando su mano a la bóveda invisible.

– “¿Crees que podemos cruzarla?” – pregunta el Número 17.

La Número 18 empuja su mano a través de la barrera.

– “Puedo sentir un fuerte componente electromagnético…” – responde ella.

Su mano se entumece. Al retirarla, se mueve torpemente, como si fallara.

– “Me parece arriesgado.” – añade. – “No sabemos qué efectos podría tener en nosotros.”

– “¿Tan poco ha durado la fase de sigilo?” – se pregunta con una sonrisa que delata su satisfacción.

La número 18 se coloca al lado del 17, espalda con espalda, y ambos extienden su mano hacia delante; ella su mano derecha, él su mano izquierda.

– “Je…” – sonríen los dos.

Juntos proyectan un poderoso disparo de energía que impacta directamente contra la cúpula invisible que protege la nave enemiga.

Las alarmas saltan en el puente de mando alienígena.

– “¡¿Qué ocurre ahora?!” – se molesta Shugo ante tanto ruido.

– “¡Nos atacan de nuevo!” – responde un soldado sentado frente a un radar.

– “¿Aún no se dan por vencidos?” – suspira Shugo, molesto.

– “Esta vez… esta vez es diferente…” – responde tímidamente el soldado.

– “¿Eh?” – se extraña Shugo.

– “La… la barrera…” – titubea el soldado, asustado. – “Creo que…”

El ataque de los androides está forzando la barrera, cuyo patrón hexagonal se torna visible ante la presión ejercida hasta que algunos pequeños polígonos ceden al ataque, causando que éste atraviese fragmentado la bóveda invisible, causando múltiples explosiones menores en el casco de la embarcación. 

La nave es sacudida por el ataque. Shugo y los demás soldados, cogidos por sorpresa, son zarandeados en el puente de mano.

– “¡¿Cómo es posible?!” – gruñe Shugo.

– “No… no lo sé…” – responde el soldado del radar, aterrado.

El camarote de Chilled, al otro extremo de la nave, tiembla ligeramente, meciendo el vino de la copa que descansa en el reposabrazos de su trono.

Los androides sonríen satisfechos.

– “Es muy resistente.” – admite el Número 17.

– “No importa. Acabará cediendo.” – presume la Número 18.

Los soldados que hacían guardia en el exterior de la nave corren al lugar de la explosión, donde se encuentran con la extraña pareja.

El androide 17 sonríe al ver a una docena de enemigos reunirse frente a ellos.

– “Tenemos compañía.” – dice antes de hacer crujir sus puños.

En el puente de mando extraterrestre ya llegan imágenes de los scouters de los soldados.

– “Son dos terrícolas…” – dice el soldado que procesa el vídeo.

– “Fuerza de combate…” – lee los datos otro. – “¿Cero?” – dice confundido. – “Tiene que haber un error…”

– “¿Qué hacemos, señor?” – pregunta un tercero.

Shugo mira atentamente a los dos extraños terrícolas.

– “Será mejor evitar que destruyan la barrera…” – dice el comandante. – “Al menos hasta que Watagash se haya encargado de esos molestos bombardeos.” – añade. – “Veamos de qué son capaces. ¡Ataquen!”

– “¡Sí, señor!” – responde el soldado.

Los soldados del exterior, que esperaban dentro de la barrera, reciben las órdenes.

– “¡Recibido!” – exclama el líder. – “¡Ya lo habéis oído! ¡AL ATAQUE!” – ordena.

Los extraterrestres salen de la bóveda protectora y se abalanzan sobre los androides.

A través de un monitor, Shugo puede ver como sus hombres son masacrados fácilmente.

– “Es muy extraño…” – dice un soldado. – “Ese pelotón tiene una media de fuerza de combate de 800 unidades, pero parece que esos dos los mantienen a raya… sin revelar la suya…”

– “Hmm…” – piensa Shugo, mirando como pelean. – “Es realmente extraño…”

– “¿Qué sugiere, señor?” – pregunta el soldado.

– “No importa.” – responde Shugo. – “Analizaremos los datos y…”

Las puertas del puente de mando se abren de repente. Es el mismísimo Chilled.

– “¡Señor Chilled!” – se sorprende Shugo.

Todos los soldados, incluido el comandante, hacen una gran reverencia.

– “¿Por qué razón se demora la conquista?” – pregunta el demonio del frio.

– “Señor…” – el miedo se siente en el timbre de voz de Shugo. – “Ha sido solo un contratiempo…”

Chilled observa el monitor, dando poca importancia a las excusas de Shugo.

– “Pero está todo bajo control…” – continúa el comandante. – “Justo ahora iba a enviar a…”

– “¿Por qué no vas tú mismo?” – le interrumpe el demonio del frío, sin dejar de mirar la pantalla.

Los soldados presentes se miran entre sí, sorprendidos ante la petición del caudillo.

– “¿Yo, señor?” – Shugo fuerza una sonrisa. – “No creo que sea necesario que yo…”

Chilled clava una mirada helada en Shugo, que nota como su cuerpo se estremece ante el terror que le genera su señor.

– “Por supuesto, seño.” – hace una gran reverencia. – “Me encargaré de ellos personalmente.”

Mientras tanto, lejos de allí, el Capitán Dark se prepara para ordenar un nuevo ataque, pero uno de sus hombres le detiene.

– “¡Señor!” – exclama el soldado. – “¡Nos informan de cubierta que hay un individuo sospechoso sobrevolándonos!”

– “¿Cómo dice?” – se extraña Dark.

Sobre un mar plagado de portaviones, buques de guerra y submarinos, el soldado poseído por Watagash contempla la escena mientras materializa una esfera de ki en su mano derecha.

El soldado lanza el ataque contra una de las embarcaciones, haciéndola saltar por los aires.

Cunde el pánico entre el ejército terrícola.

– “¡¡NOS ATACAN!!” – exclama un soldado.

– “¡¡EL ENEMIGO!!” – grita otro.

Una segunda embarcación es destruida.

Mientras Watagash prepara su tercer ataque, de repente, las ametralladoras de todas las embarcaciones disparan al soldado extraterrestre.

Watagash esquiva las primeras ráfagas, pero son tantas que es alcanzado varias veces, sufriendo pequeños daños en su armadura.

– “Je…” – sonríe con prepotencia el soldado.

Watagash se prepara para atacar cuando, de forma inesperada, es derribado por un cañonazo de energía.

Sentado a los mandos en un gran cañón de alta tecnología, mirando a través de una mirilla que recuerda a los scouters enemigos, Silver ha disparado.

– “Te pillé…” – sonríe con prepotencia.

En el Palacio Real, Red cuelga el teléfono, se levanta sobre su silla y aplaude.

– “¡FANTÁSTICO!” – celebra el Comandante – “¡Ese cañón que ha creado su hijo es una maravilla!” – le dice a Gero. – “¡ZAS! ¡De un plumazo!”

– “Al fin y al cabo, es mi hijo…” – sonríe tímidamente el Doctor.

El enemigo cae sobre la cubierta de un portaviones, malherido. Su armadura ha sido completamente destruida y su cuerpo está chamuscado y sangrando. Solo le quedan las botas, los guantes y una pequeña parte del mono de lucha elástico que cubre su entrepierna.

– “Ahh…” – respira con dificultad mientras se levanta con dificultad.

Los soldados terrícolas corren despavoridos sobre la cubierta, buscando ponerse a salvo… pero uno avanza en dirección contraria; el General Blue, armado con una escopeta en la que carga un cartucho explosivo.

– “Hola, amigo…” – sonríe Blue.

Cuando ve el rostro del soldado litt, Blue pone una mueca de asco.

– “Uy… ¿sois todos tan feos?” – se mofa el General.

De repente, como si sangre nueva latiera por las venas del soldado extraterrestre, su musculatura se desarrolla, provocando que también aumente su envergadura. Sus manos y pies crecen, desgarrando los guantes y las botas del uniforme por completo.

– “¡¿QUÉ?!” – se sorprende Blue.

El soldado litt intenta golpear a Blue, pero el General salta hacia tras en el último momento, logrando evadir el puñetazo, que se incrusta en la cubierta del portaviones.

– “¡¿Qué demonios le ha pasado?!” – se sorprende Blue.

El soldado ruge.

Blue recarga rápidamente su escopeta.

Watagash ataca de nuevo. Se abalanza sobre Blue.

– “Tsk…” – protesta el General. – “¡ESTATE QUIETO!” – grita clavando sus ojos en los del enemigo.

Pero el brillo de su mirada no causa ningún efecto en el soldado.

– “¡¿CÓMO?!” – se asusta Blue.

Esta vez, el General reacciona tarde y recibe un manotazo del enemigo que lo lanza a través de la cubierta del navío hasta estrellarse contra un jet, abollándolo y cayendo al suelo.

Pero mientras tanto, desde un navío cercano, Silver apunta al enemigo de nuevo con su cañón.

El coronel aprieta el gatillo.

De nuevo, el soldado recibe un impacto directo que lo empuja a través de la cubierta hasta lanzarlo al mar.

Blue se pone en pie, sujetándose las costillas.

– “Ay…” – sufre el General, que siente como se ha roto varios huesos.

Silver sonríe con chulería, victorioso.

ESPECIAL DBSNL // Red World // Universos 1 y 2 / Parte XVIII: La llegada

Red World / Parte XVIII: La llegada

“¿Quiere que aterricemos, señor?”

En la Atalaya de Kamisama, Ten Shin Han, vestido con un pantalón verde y una camiseta azul, medita sentado en el jardín cuando un escalofrío recorre su cuerpo.

– “¡AH!” – exclama asustado. – “No… no es posible… ¡Es demasiado pronto…!” – añade mientras se pone en pie de un salto, mirando al cielo. – “¡Pero si no han pasado más de seis años!”

Popo, que regaba las plantas, se queda perplejo, dejando caer su regadera al suelo, embargado por el terrible poder que siente.

Kamisama sale del palacio y mira en la misma dirección que Ten Shin Han.

– “Ya están aquí…” – murmura Dios. – “¡Han llegado!”

En el espacio, una gran nave en forma de platillo se aproxima a la Tierra.

En su interior, el demonio del frío Chilled observa el paisaje por un gran ojo de buey.

– “Es un planeta bonito…” – dice el demonio. – “El lugar ideal para mi palacio de verano.”

– “¿Quiere que aterricemos, señor?” – pregunta un soldado de piel morada y cabeza triangular, vestido con una coraza negra que le cubre el pectoral, con hombreras amarillas, de la que sale una capa blanca que cubre su cuerpo hasta las rodillas, dejando entrever el traje de lucha naranja que conforma su uniforme.

– “Por supuesto, Shugo.” – asiente Chilled. – “Busca un lugar tranquilo. No quiero estropear mi nueva adquisición.”

– “Como desee, señor.” – hace una reverencia el soldado.

Ten Shin Han puede ver una diminuta luz en el horizonte, acercándose a la Tierra.

El guerrero aprieta los puños con decisión mientras siente como su cuerpo se estremece. 

– “Maldita sea…” – murmura Ten. – “He entrenado durante seis años para este momento… y no puedo dejar de temblar…”

– “Su poder es abrumador.” – dice Kamisama, que camina hasta el guerrero de tres ojos. – “Es natural que sientas miedo.”

Del palacio de Dios sale Krilín, adormilado, pues la llegada de los extraterrestres le ha despertado de la siesta. Viste un bóxer blanco y una camiseta azul.

– “¿A qué viene tanto alboroto…?” – pregunta el alumno de Gohan. – “¿Y por qué siento tan mal cuerpo?” – aunque aún no sabe lo que ocurre, su cuerpo puede sentir la presencia del terrible enemigo.

En el Palacio Real han saltado las alarmas.

El Comandante Red descuelga el teléfono rápidamente.

– “¡¿QUÉ ESTÁ PASANDO?!” – exige respuestas al Oficial del Estado Mayor Black.

– “El enemigo, señor.” – dice Black. – “Es el momento.”

– “¡¿TAN PRONTO?!” – se preocupa el Comandante. – “Está bien… ¡Manda a nuestros hombres!”

En las desérticas montañas rocosas al norte de la Capital Central, la nave espacial aterriza, posándose sobre la superficie terrestre.

La compuerta principal de la nave no tarda en abrirse y dos escuadrones de soldados de distintas razas desfilan para formar frente a ella. Dos guerreros lideran las tropas, el primero es soldado butir de piel naranja, el segundo es un guerrero sink grandullón de piel aguamarina y cabellera naranja, con dos cuernos cónicos en la cabeza y otros dos más pequeños en la barbilla.

Shugo sale detrás de ellos y todos se ponen firmes.

– “Listos, señor.” – anuncia el butir.

– “Haz los honores, Maringa.” – asiente Shugo.

El butir se da la vuelta y levanta su puño al cielo, animando a sus tropas.

– “¡¿ESTÁIS LISTOS PARA LA CONQUISTA?!” – exclama Maringa.

– “¡¡SÍ!!” – responden sus hombres al unísono.

– “¡¡ESTÁIS LISTOS PARA ANIQUILAR A VUESTRO ENEMIGO?!” – los alienta.

– “¡¡SÍ!!” – responden de nuevo.

El soldado sink mira de reojo al butir con cierta envidia y decide interrumpir a su compañero.

– “¡¿ESTÁIS LISTOS PARA DARLE UNA NUEVA VICTORIA A NUESTRO SEÑOR CHILLED?!” – exclama el sink.

– “¡¡SÍ!!” – responde todos. – “¡¡POR EL SEÑOR CHILLED!!” – celebran todos.

El sink mira de reojo al butir con una media sonrisa, sintiéndose ganador por haber provocado una mayor reacción entre sus hombres.

– “Basin…” – gruñe Maringa, molesto. – “Maldito bastardo…”

Shugo sonríe disimuladamente, satisfecho ante la competitividad de sus hombres.

De repente, un pequeño auricular en el oído de Shugo reclama su atención con un pitido.

– “Fuerzas enemigas aproximándose desde el suroeste.” – le informan.

Shugo mira en esa dirección.

– “Parece que ya saben que estamos aquí…” – sonríe con picardía. – “¿Fuerza de combate?”

– “Insignificante.” – responden por el comunicador.

– “Esto será más fácil de lo esperado…” – murmura Shugo. – “¡Basin! ¡Maringa!” – exclama. – “¡Son vuestros!” – ordena.

– “¡Sí, señor!” – responden los dos.

Basin y Maringa apuntan con el dedo en la dirección del enemigo.

– “¡A POR ELLOS!” – exclaman.

– “¡¡SÍÍÍÍ!!” – celebran los soldados. – “¡VAMOS! ¡ACABEMOS CON ELLOS!” – gritan algunos.

Los soldados vuelan decididos hacia el campo de batalla.

A su vez, el Ejército de la Red RIbbon avanza hacia la nave. Docenas de pelotones de Battle Mechs dirigidos por Battle Jackets, sobrevolados por escuadrones de jets.

Un piloto en su avión de combate es el primero en divisar el ejército alienígena acercándose por el cielo.

– “¡OBJETIVO A LA VISTA!” – exclama el piloto por radio.

Pero su jet estalla repentinamente al recibir el impacto de un blast de ki disparado por un soldado.

La batalla se desata en cielo y tierra.

Los alienígenas no solo disparan a discreción, si no que muchos aterrizan para encarar a los robots de la Red Ribbon cuerpo a cuerpo.

El ejército terrícola causa bajas entre los extraterrestres, pero la proporción no es equilibrada. Por cada soldado alienígena caído, medio centenar de mechs es destruido.

– “¡Informe!” – se impacienta Red en su despacho.

– “Estamos perdiendo efectivos.” – anuncia Black. – “Hemos perdido varios pelotones enteros… en tan solo unos minutos de combate.”

– “La mayoría de nuestro ejército son drones no tripulados, ¿qué importa?” – protesta Red. – “¡¿Estamos avanzando?!” – insiste.

– “Afirmativo, señor.” – asiente el Oficial del Estado Mayor. – “Pero a este ritmo…” – se preocupa.

En el campo de batalla, no solo los drones son destruidos. Los soldados en Battle Jackets que lideran los pelotones autómatas también están muriendo a manos de los invasores.

Mientras tanto, en el colosal hangar de la Red Ribbon, Pino escala por los andamios de su gigantesco robot.

– “¡Ya están aquí!” – refunfuña mientras avanza hacia la escotilla en el centro del pecho de su creación. – “Maldita sea…”

– “¡Señor!” – exclama su ayudante robótico. – “¡El Oficial Black aún no ha…!”

– “¡No me importa!” – replica Pino.

Pino abre la escotilla de la inmensa bestia mecánica.

Desde un submarino, el Capitán Dark observa una imagen satélite de la nave extraterrestre.

– “¡FUEGO!” – exclama el Capitán.

Docenas de submarinos y portaviones disparan. Los ensordecedores cañones de los barcos ensordecen el mar. Los misiles balísticos surcan el cielo.

En la nave extraterrestre saltan las alarmas.

– “Nos atacan, señor.” – exclama un soldado, con una calma sorprendente. – “Un ataque desde larga distancia. Parece armamento explosivo.”

Shugo, que ha regresado a la nave después de lanzar a sus hombres contra las fuerzas de la tierra, mira de reojo el radar.

– “¿Es peligroso?” – pregunta con cierto hastío.

– “No superará nuestra barrera.” – responde el soldado.

Múltiples explosiones retumban en el desierto. Una lluvia de fuego sacude la zona.

Varios extraterrestres que vigilan en el exterior de la nave ven como el armamento terrícola impacta contra una barrera de energía invisible, cubriendo el cielo de fuego.

Las montañas rocosas cercanas se derrumban con las ondas expansivas de cada impacto, allanando el paisaje.

Red, que observa desde su despacho, se pone en pie sobre la silla de un salto.

– “¡¡CHUPAOS ESA!!” – grita agitando su puño. – “¡JAJAJAJA!”

Black mira con recelo a su superior.

En el desierto, la polvareda se disipa lentamente, revelando la nave intacta.

– “Impacto negativo.” – anuncia un soldado de la Red Ribbon por radio. – “Repito: Impacto negativo.”

El silencio se apodera del despacho real.

Red enfurece.

– “¡¡OTRA VEZ!!” – grita el Comandante. – “¡¡FUEGO!!”

Mientras tanto, en la Atalaya de Kamisama, Ten Shin Han se coloca las muñequeras azules, mientras Krilín se ha puesto un pantalón naranja y se ajusta el cinturón.

Ten Shin Han se despide de Dios y de Mr. Popo.

– “Hasta pronto.” – dice Ten, levantando la mano.

– “No os muráis, ¿eh?” – dice Popo.

– “Pero no diga esas cosas…” – dice Krilín sin saber qué cara poner.

– “No os confiéis.” – añade Kamisama. – “El verdadero enemigo aún no ha dado la cara.”

– “Hemos entrenado para esto.” – responde Ten.

Krilín asiente.

– “¿Estás listo?” – pregunta Ten.

Krilín toma aire y lo exhala lentamente. 

Su rostro revela una media sonrisa antes de chocar los puños frente a su pecho.

– “¡Listo!” – asevera.

Ten Shin Han sonríe y asiente.

Los dos luchadores por la Tierra salen volando de la Atalaya, rumbo al campo de batalla.

En la zona de guerra, casi invisible para el ojo humano, Maringa vuela de enemigo en enemigo, derrotando a los Battle Mechs de un solo golpe; docenas caen en un solo segundo gracias a la velocidad suprema de la raza butir.

– “¡JAJAJA!” – sonríe al detenerse para ver caer a sus contrincantes. – “¿Lo has visto bien, Basin?” – intenta provocar a su compañero.

El en cielo, Basin cae sobre un jet y atraviesa la cabina con su mano para sacar de ella al piloto y lanzarlo contra otro jet.

– “¡JAJAJA!” – disfruta el guerrero, ignorando a su compañero.

– “Mira que tiene poca clase…” – refunfuña Basin.

En el hangar de la Red Ribbon, Pino está sentado a los mandos de su titánico robot, activando múltiples interruptores a su alrededor. Los sistemas se ponen en marcha.

– “Activando protocolos.” – anuncia Pino. – “¡Listo para despegar!”

– “Aún no hemos recibido la orden.” – dice su ayudante por radio.

– “Pues solicita el permiso.” – replica el Coronel Green.

– “Denegado.” – responde la voz la Doctora Oli.

– “¿Eh?” – se extraña Pino. – “¿Mamá?”

En el puente de mando, situado en lo alto del hangar, la Doctora Oli ha pasado entre una docena de científicos y mecánicos de la Red Ribbon y ha arrebatado el micrófono al asistente robótico de Pino.

– “No tienes permiso.” – insiste Oli.

– “No quiero sonar como cuando tenía quince años, pero…” – sonríe Pino. – “Tú no me mandas, mamá.”

– “No seas idiota.” – protesta ella. – “Estoy recibiendo informes del campo de batalla… Debemos ser prudentes.”

– “Pero…” – insiste Pino.

Oli aprieta un gran botón rojo en el teclado de comandos y todos los sistemas activados previamente por pino se apagan.

– “¡¿PERO…?!” – protesta el hijo de Gero.

– “Lo siento…” – murmura Oli. – “De momento, te toca esperar en la retaguardia.”

En el desierto, una segunda lluvia de fuego cae sobre la nave extraterrestre con idéntico resultado. La cúpula de energía resiste el impacto.

– “Sin daños.” – confirma un soldado alienígena.

– “Son muy ruidosos…” – suspira Shugo. – “Será mejor que nos libremos de ellos antes que nuestro señor se moleste.”

– “¿Qué sugiere?” – pregunta el soldado.

Shugo sonríe.

En el Palacio Real, el Doctor Gero es recibido por el Comandante Red.

– “Ya era hora…” – sonríe el doctor al entrar al despacho.

– “¿Cuánto tardarán sus androides en llegar al campo de batalla?” – pregunta Red.

– “Mire la pantalla.” – responde Gero.

– “Hmm…” – refunfuña Red.

El Oficial del Estado Mayor es el primero en identificar a los androides en el radar. Los dos están observando el combate desde la distancia.

– “¡¿ESTÁN DEJANDO MORIR A NUSTROS HOMBRES?!” – enfurece Black.

– “Están analizando la batalla.” – responde Gero. – “Recopilando datos de nuestro enemigo.”

Sobre una colina, el Número 17 y la Número 18 observan detenidamente a los soldados enemigos, prestando especial atención a Maringa y a Basin.

– “¡QUE INTERVENGAN YA!” – exclama Black.

– “Aún no.” – responde Gero, calmado.

– “¿Qué trama, Doctor?” – pregunta Red, mucho más tranquilo que Black, pero con claras dudas sobre las intenciones del científico.

Gero se acerca a la mesa del despacho de Red y se sienta en una esquina, lo que sorprende tanto al Comandante como al Oficial, que lo interpretan como un reto a su poder.

– “El enemigo aún no ha detectado a mis androides.” – responde Gero. – “Sería un desperdicio revelar ahora nuestra mejor arma.”

– “¡NUESTROS EFECTIVOS…!” – protesta Black. 

– “Paciencia.” – le interrumpe Gero.

En el campo de batalla, un soldado gatea aterrado, seguido por Maringa. El butir camina hacia él con aterradora calma y una sonrisa de oreja a oreja.

– “Sois una raza bastante patética…” – se mofa Maringa. – “Parece que no sois nada sin vuestras maquinitas…”

En lo alto de la colina, el Número 17 se fija en el soldado.

– “Zendaki…” – murmura el androide.

El soldado, desesperado, desenfunda la pistola que lleva en su cinturón.

– “¡AAAAH!” – grita mientras dispara a discreción contra el enemigo.

Los disparos rebotan en el butir.

– “Aaahhh…” – se queda sin voz el soldado, aterrado.

– “Mi turno.” – sonríe Maringa.

Pero de repente, algo golpea al extraterrestre y lo lanza a través del campo de batalla, rebotando contra todas las rocas que encuentra a su paso.

En el despacho de Red, Gero sonríe.

– “Ya ha llegado.” – dice el Doctor.

– “¿EH?” – se sorprende Red, que se acerca al monitor. – “¡ESE ES…!”

Ten Shin Han aterriza en el campo de batalla frente al asustado soldado.

– “¿Quién…?” – se pregunta el hombrecillo.

Pero el soldado no tarda en reconocer al infame personaje.

– “¡¡ERES EL ASESINO TEN SHIN HAN!!” – exclama el soldado.

Ten ignora al soldado y frunce el ceño con la atención puesta en el enemigo.

De repente, Basin cae del cielo. El grandullón mira sorprendido a su nuevo adversario.

– “¿Ese tipo acaba de noquear a Maringa?” – murmura el sink.

En ese instante, Krilín cae sobre Maringa con los pies por delante, golpeándole en la nuca y haciendo que se estrelle de boca contra el suelo, incrustando su cabeza en el pavimento.

En el despacho Real, Gero sonríe.

– “Y no ha venido solo.” – añade el científico.

– “¡¿Y qué significa eso?!” – protesta Red.

– “Dejaremos que ellos solucionen la papeleta en este campo de batalla.” – dice Gero. – “Mis androides atacaran directamente la nave enemiga.”

– “¿Has usado a nuestros soldados como carnaza?” – refunfuña Black.

– “Lo importante es la victoria, ¿no es así?” – responde Gero, mirando de reojo al Comandante Red.

El Comandante sonríe.

– “Es usted un hombre sorprendente, Doctor.” – dice Red.

En lo alto de la colina, los androides abandonan su análisis para poner rumbo a la nave… pero el Número 17 se retrasa, pues su atención está puesta en el soldado Zendaki, que ya corre despavorido, y en su salvador.

– “Tenemos trabajo que hacer.” – le apresura la Número 18.

Mientras tanto, en la nave, un soldado trae una pequeña jaula esférica de unos 20cm de diámetro y la presenta a Shugo.

– “Aquí está, señor.” – responde el soldado. – “El prisionero S73.”

– “Bien.” – sonríe Shugo, acercando su rostro a la esfera.

Shugo golpea la jaula con el dedo.

– “¿Estás ahí, pequeño granuja?” – pregunta con retintín. – “¿Quieres negociar tu libertad?”

ESPECIAL DBSNL /// Sin Futuro // Universo 7 / Parte X: Zahha

Sin Futuro / Parte X: Zahha

“Mi maestro me enseñó a no rendirme…”

El hombre recién nacido del fruto del Árbol Universal parece confuso, observando sus manos sin comprender lo que ocurre. Sus pupilas son amarillas.

Rajah se acerca a él y le pone la mano en el hombro.

  • “Bienvenido, hermano.” – dice Rajah. – “Has renacido como un niwashi. Disfrutas de una vida nueva y gloriosa sirviendo al Gran Árbol, como nosotros.”
  • “Niwashi…” – repite el recién nacido.

De repente, una voz los detiene.

  • “No le hagas caso.” – dice Trunks.


Rajah, Cenia y el nuevo niwashi miran al mestizo, sobre una rama del árbol, con el muñón recién cercenado atado con su cinturón. 

  • “Trunks…” – sonríe Rajah al verlo en ese deplorable estado. – “No tienes muy buen aspecto…” – se mofa.
  • “Punch…” – dice Trunks, con lágrimas en los ojos. – “No tienes por qué unirte a ellos…”
  • “Lo siento, pero tu amigo ya no existe.” – dice Cenia. – “¿No lo entiendes? Pensé que estas alturas ya lo habías comprendido.”

Rajah da un paso al frente, callando a Cenia.

  • “No vale la pena.” – dice el líder. – “Acabaré con esta molestia aquí y ahora.”
  • “Pero…” – se sorprende Cenia. – “Estamos en terreno sagrado…”
  • “Creo que es demasiado tarde para lamentar eso.” – le interrumpe Rajah. – “Es mejor zanjar el asunto.” – insiste. – “Pediremos perdón al Árbol con una nueva ofrenda.”

Desde la capilla, inmersa en una guerra entre los centinelas y los niwashi, se oye el retumbar de cada golpe en el cielo, hasta que como si de un meteorito se tratara, algo se precipita contra el suelo con un gran impacto.

Trunks se encuentra bocarriba en el centro del cráter y Rajah sobre él, apretándole la cabeza contra el pavimento.

  • “Se acabó, Trunks…” – se jacta Rajah. – “Este es tu final.” – sentencia.

Pero el líder niwashi levanta la cabeza un momento para ver como los dos centinelas de Zeno pelean contra sus hombres.

  • “¿Qué diablos está pasando aquí?” – se pregunta Rajah, alarmado.

El mestizo, con el ojo medio cerrado y el otro cubierto por la mano de Rajah, ve de reojo los combates.

Rajah se pone en pie e incrusta de un pisotón a Trunks aún más en el suelo.

El líder niwashi vuela rápidamente hacia el primer guardián, que está a punto de atizar a Sarra y detiene su vara con la mano, impidiéndole asestar el golpe.

Rajah prepara su garra y mientras materializa en ella una esfera de ki rojo la estrella contra el abdomen del centinela, haciendo que este salga disparado contra el techo.

Trunks, pese a estar en las últimas, intenta levantarse.

  • “Los centinelas… aquí… aquí son más débiles…” – piensa el mestizo. – “Mucho más que en el jardín…”

Al caer al suelo el centinela, Rajah lanza una ráfaga de ki directa contra su espalda, provocando una docena de explosiones.

El otro centinela, que peleaba contra Lusitan, da un paso atrás al ver que va a tener que enfrentarse a Rajah.

El líder niwashi camina hacia el centinela y alza su mano hacia Lusitan sin mirarle, y éste entiende rápidamente que está reclamando su arma. 

Lusitan le lanza su otsuchi, que Rajah caza al vuelo.

Con el largo martillo de madera, el líder niwashi no duda en propinar un fuerte martillazo en la rodilla del centinela que lo hace caer de rodillas, y lo remata con otro martillazo directo a su cabeza, que lo hace caer redondo al suelo.

Rajah le devuelve el martillo a Lusitan, que enseguida se ensaña con el moribundo guardián.

El líder Niwashi centra de nuevo su atención en Trunks, que se ha puesto de pie.

  • “Es mejor que te rindas…” – dice Rajah. – “Será más rápido.”
  • “Lo siento…” – sonríe Trunks. – “Mi maestro me enseñó a no rendirme…”

Rajah lanza un disparo de ki a Trunks que impacta en su pecho y lo empuja hasta el tronco del árbol, donde estalla.

El mestizo queda incrustado en el gigantesco tronco.

Cenia y el recién nacido niwashi, vestido con una austera túnica roja, descienden hasta la capilla.

Rajah camina hacia él con paso firme.

  • “¡Observa!” – exclama Rajah, llamando al nuevo. – “Así es como se lidia a los herejes.”

Rajah agarra la cara de Trunks y lo saca del árbol para luego lanzarlo contra el suelo. El mestizo da varias vueltas sobre sí mismo hasta detenerse.

Rajah camina hasta él y le propina una patada que lo hace rodar de nuevo.

  • “Ah… ah…” – sufre el mestizo.


A Trunks le cuesta respirar. Tiene varias costillas rotas y cada vez que abre la boca escupe sangre.

  • “Nos has causado tantos problemas…” – gruñe Rajah. – “Que siento que entregarte al árbol es ofrecerte un honor que no mereces.”

Rajah recoge a Trunks, agarrándolo del cabello, y le propina dos puñetazos directos a la cara y después un rodillazo.

El recién nacido niwashi observa la escena con atención y Rajah se da cuenta.

El líder lanza a Trunks hacia el joven.

  • “Mátalo.” – ordena Rajah.

El niwashi mira al moribundo Trunks.

El mestizo, con toda la fuerza que le queda, se incorpora hasta ponerse de rodillas mientras el joven camina hasta él.

  • “Ah… ah…” – sufre Trunks.
  • “Hereje…” – murmura el niwashi.

Cenia lanza una rama larga al niwashi para que la use como arma, y el joven la caza vuelo instintivamente.

Como si siempre hubiera empuñado un bastón, el niwashi lo hace girar a su alrededor para después amenazar a Trunks con él, poniéndoselo a un centímetro de su corazón.

Perlo lejos de tener miedo, el gesto hace sonreír al mestizo.

Sin piedad, el demonio ensarta el pecho de Trunks, atravesando su corazón con la rama.

  • “Je…” – sonríe Rajah.

De repente, una docena de columnas de luz verde descienden alrededor de los niwashi.

Más centinelas de Zeno.

La batalla entre los guardianes y los niwashi estalla de nuevo.

El joven extrae la estaca de Trunks y la usa a modo de bastón para pelear contra los centinelas.

Como si de una coreografía se tratara, él y los centinelas se mueven de forma casi idéntica, dejando extrañados a los guardianes de Zeno, que se miran entre ellos, confusos.

El cuerpo de Trunks reposa en el suelo, desangrándose.

Rajah y los demás niwashi pelean contra los centinelas. Los combates son igualados y solo Rajah destaca sobre los demás, librándose de los guardianes con facilidad. A medida que pelean, parece que los centinelas se debiliten.

Entre todo el barullo, un centinela comprueba el cuerpo de Trunks y le levanta el brazo, buscando el anillo Toki en su mano, pero no lo encuentra.

Un guardián ataca a Zahha por la espalda con un bastonazo descendente que el niwashi intenta detener con su raíz, pero ésta se parte en dos, obligándolo a retroceder.

Con la raíz partida, el recién nacido usa las dos partes como si fueran espadas y pronto logra asesinar al centinela al que se enfrentaba.

Entre los escombros de la capilla, otro centinela ha encontrado el brazo de Trunks… pero para su sorpresa, tampoco tiene el anillo.

Mientras tanto, en un gran asteroide helado y en penumbra, lejos de cualquier otro planeta, vagando por el vacío del Universo, un demonio del frío adulto está sentado en la oscuridad, en un trono de hielo, en el interior de una cueva en el corazón de una red de túneles.

  • “Debes estar muy desesperado si has recurrido a mí…” – dice el demonio, que observa el anillo Toki en la palma de su mano.
  • “En su momento, los Dioses confiaron en el Rey Cold.” – dice Trunks. – “Y hasta cierto punto, Son Goku y mi padre confiaron en ti, Freezer.” – sonríe.
  • “Tsk…” – protesta el tirano con una mueca de asco. – “Ya podrías haber venido en persona, si es tan importante.”

Trunks sonríe.

A los pies del Gran Árbol, el corazón de Trunks cada vez late más despacio.

  • “Yo no podré llevarlo a cabo…” – murmura el moribundo Trunks.
  • “…pero él te encontrará.” – dice el mestizo ante Freezer.

El clon temporal se desvanece, dejando a Freezer solo en su cueva.

En la capilla, la batalla está llegando a su fin. Rajah y el nuevo niwashi poco a poco han acabado con todos los centinelas, aunque ha habido bajas también en la secta.

El recién nacido se fija en el cuerpo de Trunks y se agacha a su lado.

  • “Está muerto.” – dice Rajah, desde la distancia. – “Tendremos que buscar otro sacrificio.”

Una lágrima se derrama por la mejilla del joven niwashi, cuyos ojos se han tornado grises.