ESPECIAL DBSNL /// Shingeki no Saiyajín // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte V: Los planes de Raichi

Shingeki no Saiyajín / Parte V: Los planes de Raichi
“El precio del progreso”


Tras una larga noche de fuego y destrucción, la luna desaparece y los saiyajín vuelven a la normalidad.
Los salvajes caminan entre las ruinas de la ciudad tsufur y se reúnen alrededor del joven que ha demostrado un poder más allá de los límites conocidos por su raza.
El viejo líder saiyajín se acerca al joven Yamoshi y se arrodilla frente a él en señal de respeto.
Cerca de allí, Zangya y Gokua han sobrevivido a la catástrofe. La madre sostiene a su hijo en brazos y camina por las calles de la ciudad cuando un grupo de saiyajín los rodean.
Zangya eleva su ki y se prepara para luchar, pero los salvajes son detenidos por un grito de Yamoshi.

– “¡NO!” – exclama el joven saiyajín.

Los saiyajín se detienen y retroceden. Yamoshi se acerca a Zangya y al chico.

– “Gracias” – dice la herajín.

Yamoshi observa detenidamente a Gokua, que se encuentra débil.

– “Co… Comida…” – vocaliza el saiyajín.
– “¿Qué?” – se sorprende la herajín.
– “Comida.” – insiste Yamoshi, que hace un gesto a Zangya para que le siga.

El joven saiyajín le hace otro gesto al viejo líder, indicándole que su compañero necesita comer. El saiyajín asiente y guía a Zangya y a su hijo lejos del campo de batalla.
Mientras tanto, en el corazón de un remoto planeta árido y rocoso, en lo más profundo de sus grutas y túneles naturales, tras una gigantesca compuerta metálica, una gigantesca computadora parece estar recopilando datos. 
Frente a la pantalla, un desfigurado Raichi observa la información y sonríe satisfecho.

– “Unos resultados extraordinarios…” – murmura el tsufur.


En el monitor aparecen esquemas de un dispositivo de control similar al que se utilizó con Zangya y varias lecturas del poder de Yamoshi.

– “Un Súper Saiyajín…” – sonríe el doctor.

El científico archiva los datos. En el monitor pueden verse un gran número de archivos titulados “Proyecto” seguido de una cifra; algunos pocos títulos aparecen de color verde, otros en amarillo, y la mayoría en rojo.

– “Con esto finaliza la fase principal del Proyecto 317.” – murmura Raichi.

En otro de los monitores aparece un mapa galáctico con planetas coloreados de la misma forma que los archivos. El planeta Plant pasa de verde a naranja.

– “El precio del progreso.” – dice Raichi, que se acaricia su deformado rostro.

En el centro del laboratorio se encuentra un cilindro de cristal lleno de un extraño líquido verdoso, en el que puede identificarse una silueta de gran envergadura con seis orbes de cristal verde en cabeza, pecho, brazos y piernas, similares a los que adornaban el dispositivo que limitaba el poder de Zangya, pero mucho más grandes.

– “Nadie se interpondrá en mi camino.” – murmura Raichi. – “Esta vez, no.”

En el planeta Plant, los años pasan y la guerra entre tsufur y saiyajín continúa. El joven Yamoshi, ahora ya un adulto, sigue trabajando para lograr controlar el poder del Súper Saiyajín, que despierta de forma intermitente durante las batallas. Zangya y Gokua le han ayudado a refinar su estilo de lucha, y los saiyajín se han hecho más fuertes e inteligentes a su lado.
Un día, una nave extraterrestre entra en la atmósfera, causando un gran estruendo que llama la atención de Gokua y un grupo de saiyajín, que habían salido en una expedición en busca de comida.
La aeronave desciende rápidamente, con uno de sus motores en llamas, y termina estrellándose en mitad del desierto.
Gokua y sus hombres siguen la humareda hasta llegar al lugar del accidente.
El herajín es quien se acerca al vehículo siniestrado y le arranca el morro para poder tener acceso a la cabina.

Gokua se queda boquiabierto al ver a un piloto de su propia raza sentado a los mandos, malherido.

– “¿Cómo es posible…?” – se pregunta el herajín. – “Se supone que Hera había desaparecido…”

ESPECIAL DBSNL /// Shingeki no Saiyajín // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte IV: Yamoshi

Shingeki no Saiyajín / Parte IV: Yamoshi
“Yo ni siquiera estoy aquí.”


En el laboratorio, los robots propinan una paliza a Gokua y al joven saiyajín. El salvaje se encuentra acurrucado en una esquina, mientras dos de los robots le castigan con fuertes patadas y pisotones. Mientras tanto, cada uno de los otros dos robots han agarrado un brazo de Gokua y le propinan puñetazos en el abdomen.
El Doctor Mu observa la tortura desde su monitor.

– “Nada nuevo…” – murmura decepcionado el tsufur.

En las afueras de la ciudad, el Capitán Kinkarn se encuentra cara a cara con el líder saiyajín transformado en ozaru.

– “Ya… mo… shi…” – repite el saiyajín.
– “¡¿Yamoshi?!” – se sorprende el tsufur. – “¡¿Qué demonios es eso?!”
– “Ya… moshi…” – insiste el ozaru.

Todos los ozaru rugen con fuerza.
Kinkarn parece confuso. Nunca había visto un comportamiento semejante entre los salvajes.

– “¿El chico?” – se pregunta el Capitán. – “¡¿Queréis al chico?!”

El ozaru clava su mirada en el tsufur.

– “Así que es eso…” – sonríe el Capitán.
– “Yamo… shi…” – repite una vez más el saiyajín.

Kinkarn, confiado, sonríe.

– “¡Marchaos si no queréis morir!” – les amenaza el tsufur.

El ozaru clava sus puños en el suelo y mira al Capitán con actitud desafiante.

– “¿Buscas pelea?” – se burla el tsufur. – “¿Quieres retarme?”

El saiyajín intenta golpear a Kinkarn, pero éste utiliza sus propulsores para retroceder rápidamente y esquivar el puñetazo.
Los demás saiyajín no actúan. Se quedan quietos, observando el combate.

– “Interesante…” – murmura Kinkarn. – “Bien… Puedo con uno.” – sonríe.

El ozaru se abalanza de nuevo contra el tsufur, y éste esquiva ágilmente el ataque, alzándose por encima del mono gigante y disparando sus cañones de energía, que parecen lastimar el hombro derecho del salvaje.
El saiyajín intenta agarrar al tsufur en el aire, pero Kinkarn es muy hábil y esquiva al ozaru una y otra vez.

– “¡Eres grande, lento y tonto!” – sigue burlándose Kinkarn. – “Tanta fuerza malgastada…”

El cañón de energía de su brazo derecho se convierte en una hoja de luz con la que el Capitán corta un tendón del brazo del ozaru, inmovilizándoselo.
El tsufur se aparta del ozaru y desciende hasta el suelo.

– “En un combate a distancia, no puedes ganar.” – sonríe el Capitán. – “Se acabó.” – dice mientras apunta al mono con sus cañones, listo para acabar con el saiyajín.

Pero el ozaru esboza una sonrisa que desconcierta al Capitán.

– “¿Qué?” – se pregunta el tsufur.

El ozaru abre su enorme boca y apunta a Kinkarn. Una gigantesca onda de ki rojizo emerge de las fauces del mono a gran velocidad y desintegra al desconcertado tsufur. El ataque continúa hasta estrellarse en la barrera que protege la ciudad.
Los ozaru celebran su victoria con un grito al cielo adornado con la luna llena.
En la sala de control tsufur, todos los presentes parecen asustados.

– “¡¿Qué demonios ha sido eso?!” – se preguntan.
– “¡La barrera ha resistido!” – anuncia uno.
– “Por ahora…” – murmura otro.

En la cima de la torre del centro de la ciudad, Raichi y Zangya observan lo ocurrido.

– “Fascinante…” – murmura el doctor.
– “Vuestros planes fracasan.” – dice Zangya.
– “Los míos no.” – responde Raichi.

En el laboratorio, los chicos se están quedando sin fuerzas. Gokua puede ver como torturan a su compañero, y eso hace que se enfurezca.

– “Basta… ¡BASTA!” – grita el herajín, emitiendo una onda expansiva de energía que repele a sus dos enemigos. 

Su cabello se ha erizado y teñido de rojo, mientras su piel se ha vuelto más pálida.
Los dos robots se abalanzan de nuevo sobre él, pero el pequeño herajín logra esquivar los ataques, saltar por encima de ellos y atacar a los dos robots que atormentan al saiyajín, lanzándoles contra la pared.
Gokua ayuda al salvaje a ponerse en pie.

– “¡Vamos!” – dice el herajín. – “¡Ponte detrás de mí!”

En la sala de control, esto ha llamado la atención de Mu.
El pequeño herajín intenta proteger de los robots a su compañero.

– “¡Dejadnos en paz!” – grita al lanzar un poderoso ataque de ki que lanza a uno de los robots contra la pared y lo deja fuera de combate.

El Doctor Mu sonríe.

– “Bien…” – murmura el tsufur. – “Aumentaremos la dificultad.”

Tres nuevos robots entran en la celda de los chicos.
En las afueras de la ciudad, los saiyajín parecen prepararse para el ataque. Un pequeño grupo de saiyajín sin transformar, con los ojos vendados, caminan hasta sus compañeros ozaru, que les ofrecen sus manos para que suban.
En las torres de vigilancia, los tsufur se impacientan.

– “¿Qué están haciendo?” – se preguntan los soldados.

Los ozaru lanzan a sus compañeros por los aires, por encima de la cúpula que cubre la ciudad. Las torretas intentan disparar a los enemigos, pero son objetivos demasiado pequeños para que esos cañones diseñados para luchar contra los ozaru puedan abatirlos.
En el aire, los saiyajín se quitan la venda de los ojos y miran la luna llena.
Los ciudadanos tsufur pueden ver como el cielo se cubre por ozaru que caen con fuerza sobre la cúpula.

Los ozaru colocan sus bocas en la barrera y disparan sus poderosos ataques de ki, provocando que la cúpula se resquebraje, pero también haciéndose daño ellos mismos.
Raichi y Zangya miran al cielo, donde ocurre toda la acción.

– “Es vuestro final.” – dice Zangya.
– “Puede que sea el final de esta ciudad.” – le corrige Raichi. – “Hay otras.”
– “Pero tú morirás aquí.” – le dice la herajín.
– “No” – responde Raichi. – “Yo ni siquiera estoy aquí.”

Zangya se queda confundida al escuchar las palabras del doctor.
Mientras tanto, en el laboratorio, Gokua intenta detener a los robots, pero son demasiados y pronto le superan.
El saiyajín intenta ayudar, pero un robot le intercepta, agarrándole una pierna y lanzándole al otro extremo de la habitación.
Los robots se amontonan sobre Gokua, a quien pisotean con violencia. El herajín grita con todas sus fuerzas.
El saiyajín se pone de nuevo en pie e intenta ayudar a su compañero, pero de nuevo es repelido por una de los robots.
El chico, malherido, se levanta de nuevo. El saiyajín aprieta con fuerza los puños y muestra sus colmillos. Su cabello se eriza ligeramente y sus pupilas brillan de color verde. Su respiración es cada vez más pesada, como si gruñera con cada exhalación.
El Doctor Mu se percata del cambio y enseguida ordena a los robots que se centren en el saiyajín.

– “¡Lo tenemos!” – celebra Mu. – “¡Creo que lo tenemos!”

Los robots se abalanzan sobre el saiyajín, pero cuando están apunto de alcanzarle, el poder del chico estalla.

– “¡HAAAAAAAAA!” – grita el muchacho.

La explosión inunda los pasillos del laboratorio hasta llegar a la sala donde se encuentra Mu, desintegrando al doctor.
En la superficie, una gran explosión en la base de la torre principal hace saltar las alarmas en toda la ciudad. La barrera se desactiva y las torretas exteriores se desconectan.
En la azotea de la torre, Raichi sonríe.

– “Bien…” – murmura el tsufur. – “Ha funcionado.”


Zangya no entiende nada de lo que sucede.
En las ruinas del laboratorio, Gokua, malherido, sonríe al ver la silueta de su compañero envuelta en llamas doradas.
En la azotea, Raichi apunta a Zangya con la gema de su guantelete y hace que la mujer grite de dolor.

– “Eso es…” – sonríe el tsufur. – “Haz que venga.”


De repente, como un cohete, una luz dorada asciende por el interior del edificio, llamando la atención de todos los ozaru circundantes.
El joven saiyajín llega irrumpe en el tejado y mira desafiante a Raichi, que libera a Zangya.

La herajín, al sentirse libre, se transforma y corre a buscar a su hijo.

El doctor tsufur y el joven salvaje se quedan a solas en el tejado.

– “Mi creación…” – sonríe Raichi.  – “El Súper Saiyajín.”

El chico apunta a al tsufur con su mano y desintegra al doctor.
Los ozaru de los alrededores, observan asombrados esa llama dorada que ilumina la noche.
El ejército tsufur intenta combatir a los ozaru. Máquinas de guerra terrestres y aéreas irrumpen en las calles para detener la amenaza saiyajín. 
Los ozaru luchan ferozmente, pero la tecnología tsufur empieza a recuperar terreno. El fuego de artillería logra abatir a varios saiyajín.
El joven saiyajín alza su mirada al cielo, buscando la fuente de poder de su raza, y al ver la luna llena se inicia su transformación en ozaru, cuyo peso hace que se desmorone la torre.
Un gran simio dorado se alza en el centro de la ciudad tsufur y ruge con fuerza. Los saiyajín que le rodean le imitan. 

Los ozaru, ahora liderados por el joven saiyajín, contraatacan a los tsufur, destruyento todo a su paso. La ciudad ha caído.

ESPECIAL DBSNL /// Shingeki no Saiyajín // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte III: Guerra

Shingeki no Saiyajín / Parte III: Guerra
“¿Cómo te llamas?”

En la celda, Zangya y el pequeño Gokua se recuperan de sus heridas cuando la puerta se abre de nuevo y un robot entra arrastrando a un chico por su cola. El robot lanza al chico al interior de la celda y la puerta se cierra de nuevo.
– “¿Quién es?” – pregunta Gokua.
– “No lo sé…” – dice Zangya.
Gokua se acerca al muchacho, que sigue inconsciente.
– “Parece que está herido” – dice el herajín.
– “Debe ser otro prisionero…” – murmura su madre. – “No te acerques. Podría ser una trampa.”
– “¿Una trampa?” – se pregunta Gokua.
– “Si le han metido aquí con nosotros, dudo que sea por compasión.” – reflexiona Zangya. – “Traman algo.”
Raichi y Mu observan la escena a través de sus monitores.
– “¿Funcionará?” – pregunta Mu.
– “Paciencia” – responde Raichi.
De repente, el chico despierta.
– “¡HAA!” – grita el saiyajín, apartando a Gokua de un empujón y corriendo hacia la esquina opuesta de la sala.
– “¡Cuidado, Gokua!” – exclama Zangya.
El saiyajín muestra sus colmillos, amenazante.
– “Está asustado…” – dice Gokua, que se pone en pie lentamente.
– “Es peligroso” – insiste Zangya.
Gokua intenta acercarse al saiyajín.
– “No somos enemigos…” – dice el herajín. – “¿Cómo te llamas?”
El chico salvaje intenta arañar a Gokua, haciéndole retroceder.
– “Grrrrr” – gruñe el saiyajín.
– “¡Está bien! ¡Está bien!” – dice el herajín. – “Cuando te calmes, lo intentaremos de nuevo…”
Durante meses, los científicos tsufur observan a sus prisioneros. El chico saiyajín, siempre en el rincón de la celda, no parece querer congeniar con los herajín pese a los intentos de Gokua, que persiste con la ilusión de hacer un amigo.
Un día, en el calabozo, Zangya y Gokua se encuentran comiendo su ración proporcionada por los tsufur, cuando el saiyajín ya se ha terminado la suya, pero sigue hambriento.
El salvaje se acerca a ellos tímidamente.
– “¿Qué ocurre?” – se percata Gokua.
– “C… co…” – intenta hablar el saiyajín. – “Comida…”
El rostro de Gokua se ilumina al escuchar a su compañero de celda.
– “¡Has hablado!” – exclama Gokua.
Zangya observa sorprendida a los chicos.
Gokua agarra un trozo de carne y se lo entrega al saiyajín.
– “Toma” – sonríe el herajín.
El saiyajín agarra el trozo rápidamente y se aleja corriendo hacia su rincón de la celda.
– “¡Pero no te vayas!” – dice Gokua. – “¡Puedes comértelo aquí!”
– “Grrr…” – gruñe el saiyajín.
En la sala de control, los científicos observan.
– “Un primer acercamiento…” – dice Raichi.
– “Vamos muy lentos.” – dice Mu.
– “Pero seguimos avanzando.” – insiste Raichi.
Mientras tanto, en la superficie, Kinkarn prepara una nueva batida contra los saiyajín, que han vuelto a recuperar terreno rodeando la ciudad.
– “Cada vez son más insistentes.” – dice un soldado.
– “Y más resistentes.” – dice otro.
– “¡Os dije que os asegurarais de no dejar heridos!” – grita Kinkarn, furioso. – “¡Ya sabéis lo que ocurre con ellos, ¿no es así?!”
– “Sí, señor.” – dice el primer soldado. – “Pero son muchos…”
– “¡No quiero excusas!” – insiste Kinkarn. – “¡Pronto habrá luna llena!”
– “Nunca lograrán superar nuestras defensas” – dice el soldado. – “No importa cuantos sean. ¡Son monos!”
Kinkarn empieza a sentirse incómodo con la presencia saiyajín, a la que hasta ahora ha menospreciado.
En los alrededores de la ciudad, a muchos kilómetros, los saiyajín se concentran en varios flancos y observan la ciudad en silencio, liderados por un saiyajín de gran envergadura y con el cuerpo cubierto por cicatrices y sin su ojo derecho.
Unas semanas más tarde, en el laboratorio, Raichi ha terminado de construir un extraño dispositivo.
– “¿Ya está listo?” – pregunta Mu.
– “Hora de dar un paseo.” – sonríe Raichi.
Unas horas más tarde, Zangya despierta en la azotea de la torre más alta de la ciudad, en una clara noche.
– “¿Dónde estoy?” – se pregunta la herajín, que pronto se percata de que lleva unos extraños anillos dorados en sus tobillos, muñecas, cintura, cuello y frente, todos adornados con una gema azul. – “¡¿Qué es esto?!”
– “Estás en Plant.” – dice Raichi, que se encuentra de pie en el borde de la azotea, mirando al horizonte.
– “¡Tú eres quien nos tiene presos!” – exclama Zangya, que cada vez se encuentra más despierta. – “¡Tú torturaste a mi hijo!”
– “Sí, he sido yo.” – dice Raichi, provocándola. – “¿Qué piensas hacer?”
El cabello de la herajín empieza a erizarse mientras adquiere un tono rojizo, pero en ese instante las gemas empiezan a brillar y el Zangya siente un terrible dolor en su cabeza que se extiende a todo su cuerpo y grita con fuerza mientras su poder se desvanece.
– “¡¿Qué ocurre?!” – llora la herajín.
– “Bien…” – sonríe Raichi, que revela un guantelete dorado con una gema azul en su palma. – “Funciona.”
– “¡¿Qué me has hecho?!” – insiste Zangya.
– “Solo quería mostrarte dónde estás.” – dice el tsufur.
– “¡Pagarás por esto!” – grita la herajín.
Raichi ignora las amenazas.
– “Acércate” – dice el tsufur. – “No quieres perderte el espectáculo.”
La luna llena ilumina la noche. En el horizonte, una horda de ozaru se acerca a la ciudad. Kinkarn observa desde una de las torres de vigilancia.

Zangya contempla la escena, sorprendida ante la presencia de tales bestias.
– “¿Qué son?” – pregunta la herajín.
– “Saiyajín” – responde Raichi. – “Los nativos del planeta Plant.”
Las medidas de seguridad se activan y unos cañones surgen del suelo, apuntando a los saiyajín, que esta vez se detienen.
Kinkarn se sorprende al ver a los saiyajín actuar de esa forma tan calmada.
– “¿Han aprendido?” – murmura el tsufur.
– “Señor…” – dice un soldado por radio. – “Tiene que ver esto.”
El Capitán corre hacia la sala de mando y un soldado le enseña un mapa de la ciudad.
– “Están esperando en todos los flancos.” – dice el soldado. – “Estamos rodeados.”
– “¿Qué pretenden?” – murmura Kinkarn, preocupado.
De repente, un ozaru repleto de heridas y con un solo ojo da un paso al frente y ruge con todas sus fuerzas.
En la torre central, Raichi sonríe.
– “Aprenden rápido.” – dice el científico. – “He advertido a Kinkarn y a los demás durante mucho tiempo, pero nunca me han hecho caso. Solo entienden de guerra y muerte.”
– “Son monstruos…” – dice Zangya.
– “Todos lo somos.” – responde Raichi. – “Éste es su planeta, al fin y al cabo.”
– “El chico…” – murmura la herajín.
– “Sí, es un saiyajín.” – explica el tsufur. – “Aunque gracias a mí, ahora también tiene alguna de vuestras cualidades. Es solo cuestión de tiempo que despierte su poder.”
Zangya se queda sin palabras, intentando comprender la situación.
– “El chico es mi obra maestra.” – sonríe Raichi. – “Gracias a un dispositivo como el que llevas ahora mismo, obedecerá mis órdenes y nos librará de esos salvajes.”
– “Le obligarás a matar a su propia gente…” – dice Zangya. – “Eres un ser despreciable.”
– “O un genio.” – sonríe Raichi.  – “Es solo cuestión de perspectiva.”

El ozaru tuerto sigue gritando al cielo. Kinkarn se coloca su armadura de combate.
– “¡¿A dónde va, Capitán?!” – pregunta un soldado.
– “Voy a salir.” – dice Kinkarn.
– “¡¿Ahí fuera?!” – se asusta el soldado. – “¡¿Con ellos?!”
– “No podemos subestimarles más tiempo.” – dice el Capitán. – “Quieren algo. Quiero saber qué es.”
En el laboratorio, el Doctor Mu supervisa a Gokua y al saiyajín, que están apunto de ser sometidos a una nueva prueba.
Cuatro robots entran en sus celdas y se abalanzan sobre los chicos, propinándoles una paliza.
– “Primera prueba sin la mujer” – anuncia Mu. – “De momento, sin cambios.”
Kinkarn, ahora vestido con una armadura de última generación, con unos propulsores en los tobillos y pequeños cañones de energía en sus muñecas, abandona la ciudad y camina hacia el líder ozaru.
– “No disparéis” – ordena el Capitán por radio.
El ozaru se acerca a Kinkarn y se agacha hasta situar su cabeza en el suelo, a la altura del tsufur.
– “¡¿Qué queréis?!” – pregunta el Capitán Kinkarn. – “¡¿Puedes entenderme?!”
El ozaru exhala con fuerza, despeinando al tsufur.
– “Ya… mo… shi…” – responde el saiyajín.

ESPECIAL DBSNL /// Shingeki no Saiyajín // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte II: Vínculos

Shingeki no Saiyajín / Parte II: Vínculos
“Te pareces mucho a mi hermano…”


Tras varios meses de investigación, Raichi y Mu ponen a prueba su experimento. En una sala vacía, el joven saiyajín, que ha sido modificado genéticamente, recibe a dos extraños seres robóticos creados por los tsufur para poner a prueba sus habilidades de combate. Los dos científicos analizan la situación desde el centro de control, a través de sus monitores.
– “Ningún sujeto tsufur había sobrevivido tanto tiempo.” – dice Mu. – “Puede que lo haya logrado, Doctor Raichi. La idea de utilizar a uno de esos bárbaros ha funcionado.”
– “Aún es pronto para cantar victoria” – responde el doctor. – “Veamos cómo responde a una verdadera situación de estrés.”
Raichi teclea las órdenes en la computadora y los dos robots se abalanzan sobre el muchacho.
El saiyajín logra protegerse torpemente de los golpes y patalea para librarse de sus enemigos. El bárbaro es fuerte, pero lucha como un animal.
Uno de los robots le agarra el pie y le lanza contra una pared cercana. El chico se pone en pie rápidamente y carga contra sus enemigos, pero el otro robot le dispara una onda de energía que le estampa de nuevo contra el muro.
– “No es suficiente.” – dice Raichi. – “No detecto ningún signo del poder herajín.”
– “¿Subimos el estrés?” – pregunta Mu.
– “Intentémoslo.” – responde Raichi.
Los robots atacan de nuevo al chico, que no se rinde, pero pronto le superan. Tras una violenta paliza, el chico queda acurrucado en el suelo, intentando protegerse, mientras los robots le pisotean violentamente.
Raichi y Mu siguen observando las lecturas de sus monitores.
– “No funciona.” – dice Mu.
– “Otro fracaso…” – suspira Raichi, deteniendo la prueba e inundando la sala de gas adormecedor.
En ese momento, en otro monitor, Zangya se ha despertado e increpa a sus captores.
– “Otra vez…” – suspira Mu, que se prepara para liberar el gas en la celda de la herajín.
– “Espera.” – le detiene Raichi. – “Tengo una idea.”
Mientras tanto, en la superficie, en una tienda de campaña militar, el Capitán Kinkarn prepara a sus hombres para una nueva incursión en territorio enemigo.
– “Nos han informado de que varias tribus saiyajín se han asentado cerca de nuestra ciudad.” – anuncia un analista militar. – “Cada vez son más. Parece que intenten rodearnos.”
– “No son tan inteligentes.” – dice Kinkarn. – “Esos animales no diseñan estrategias. Se les habrá acabado la comida en su territorio.”
– “¿Qué deberíamos hacer?” – pregunta el soldado.
– “Prepararemos una batida.” – dice Kinkarn. – “Mermaremos sus números y les obligaremos dispersarse.”
En unas horas, un pelotón se prepara para salir al exterior de la barrera.
En el laboratorio, Zangya intenta liberarse de las cadenas que la aprisionan.
– “¡Soltadme! ¡Bastardos!” – grita la herajín.
De repente, la celda se abre y un soldado tsufur empuja a un chico de tez azul dentro de la celda. El chico se cae al suelo. La puerta se cierra de nuevo.
Zangya se queda sin palabras al ver al muchacho.
– “¿Hijo?” – se pregunta la herajín.
El chico, lleno de cicatrices causadas por múltiples experimentos, retrocede asustado al ver a Zangya.
– “Hijo mío…” – llora Zangya. – “Cuanto has crecido…”
El niño no entiende lo que ocurre y mira a la mujer desconfiado.
– “Tranquilo.” – sonríe Zangya. – “No voy a hacerte daño. Soy tu madre.”
La herajín extiende su mano hacia el chico, pero al hacerlo, tensa su cadena y recibe una fuerte descarga.
– “¡AAAAH!” – grita Zangya.
El chico se asusta. Zangya cae al suelo malherida y agotada.
El muchacho, al ver a la mujer indefensa, se acerca a ella e intenta reconfortarla. Zangya sonríe al ver a su hijo intentando cuidarla.
– “Te pareces mucho a mi hermano…” – dice Zangya. – “Gokua…”
En la sala de control, Raichi observa atentamente lo ocurrido.
– “Suficiente” – sonríe el doctor.
Mu aprieta el botón rojo y la celda de Zangya es inundada por un gas verdoso que pronto duerme a los dos herajín.
– “¿Qué ha descubierto, Doctor?” – pregunta Mu.
– “Puede que tengamos que cambiar nuestro enfoque…” – responde Raichi.
En el exterior de la barrera que protege la ciudad, a varias millas de la metrópolis, la patrulla de Kinkarn masacra a los saiyajín que encuentran a su paso, obligándoles a retroceder.
Las investigaciones continúan durante meses. Zangya y el pequeño Gokua ahora cohabitan en la misma celda. Los tsufur mantienen a Zangya débil para que no pueda utilizar su poder para liberarse, y siempre que lo intenta recibe una fuerte descarga. Gokua, en cambio, puede moverse libremente por la celda.
Lentamente, los dos herajín recuperan su vínculo familiar.
– “¿Quiénes son?” – se pregunta Gokua. – “¿Por qué nos hacen esto?”
– “Sólo sé que estamos en el planeta Plant” – responde Zangya.
– “¿Y nosotros no somos de aquí?” – pregunta Gokua.
– “No” – responde su madre. – “Nosotros somos de un planeta lejano llamado Hera.”
– “¿Y como es?” – se interesa el chico.
– “Fue un planeta precioso.” – sonríe Zangya nostálgicamente. – “Con una floreciente cultura y gran ambición… Pero el poder nos cegó y todo se vino abajo.”
– “¿Somos una raza fuerte?” – pregunta Gokua.
– “Muy fuerte.” – responde Zangya. – “Y tu padre era el más fuerte de todos.”
– “¿Cómo se llamaba?” – insiste el chico.
– “Bojack.” – responde Zangya. – “Era un líder ambicioso y audaz, pero arrogante. Él quería lo mejor para nuestro pueblo, pero al final, el poder le corrompió.”
De repente, dos robots entran en la celda.
– “¡¿Qué ocurre?!” – exclama el chico. – “¿Quiénes sois?”
Uno de los robots asesta una patada al chico, lanzándole al otro extremo de la celda.
– “¡GOKUA!” – exclama su madre, que enseguida clava su mirada enfurecida en los dos enemigos. – “Bastardos…” – murmura mientras su cabello se eriza y se torna rojo.
La rabia de Zangya es reprimida por una descarga de su cadena que le deja de nuevo sin fuerzas.
– “¡MAMÁ!” – grita el chico.
Uno de los robots agarra a Zangya por la cabellera y le asesta un puñetazo en la cara.
– “¡NO LA TOQUÉIS!” – grita Gokua, que intenta acercarse a ella, pero es interceptado por el otro robot, que le derriba de un puñetazo.
El primer robot lanza a Zangya contra el suelo y empieza a darle patadas. Gokua observa la escena con horror. 
De repente, el cabello naranja del joven herajín empieza a teñirse de rojo y su piel azul se vuelve verdosa.
– “¡DEJAD A MI MADRE EN PAZ!” – grita el chico, que se abalanza sobre el robot, asestándole un cabezazo en el abdomen que resquebraja su cobertura metálica.
En la sala de comandos, Raichi sonríe satisfecho.
– “Estrés emocional…” – murmura Mu.
– “Ya tenemos suficiente” – dice Raichi. – “Ahora sabemos que solo tenemos que provocar a ese pequeño bárbaro de la forma adecuada.”
– “¿Y cómo haremos eso?” – pregunta Mu. – “¿Quiere que capturemos a otro saiyajín?”
– “No” – responde Raichi. – “Pero ya es hora de que la familia conozca a su pequeño bastardo.”