Cold Chronicles / Parte X: Rebelión en la sombra
“Todo va según lo previsto.”
En el planeta Kabasei, las Fuerzas Especiales Imperiales se encuentran descansando tras su combate contra los dos agentes de la Patrulla Galáctica.
Nink se encuentra sentado en el suelo con las piernas cruzadas, devorando una pierna de kabaijín asada que sujeta con ambas manos, de la que desgarra la carne con sus dientes.
– “¡Este te ha quedado al punto, Motroco!” – felicita a su compañero, que ha usado su caluroso aliento para cocinar la carne.
Auta Motroco responde emitiendo un pitido con el vapor a presión que emana de su cabeza. El metalman descansa sentado sobre una roca cercana.
Mientras tanto, Methiop tiene su cabeza incrustada en el abdomen de un cadáver, devorando sus órganos internos crudos.
Nink, que ahora se limpia los dientes con una costilla del enemigo, mira de reojo a su compañero.
– “No sé como puedes comerte eso…” – dice el soldado Imperial, algo asqueado.
Methiop se detiene un instante y saca la cabeza del cadáver.
– “Tú siempre te dejas lo mejor” – responde el crustáceo humanoide.
Cerca de allí, Tupper se encontraba recibiendo órdenes del centro de operaciones.
– “Parece que la expedición de colonización llegará en unas pocas horas” – anuncia el ishitoko a sus compañeros.
– “¿Hay noticias del Capitán?” – pregunta Nink.
– “No me han dicho nada.” – responde Tupper. – “Su misión parece estar clasificada incluso para nosotros.”
Methiop se pone en pie, mientras se limpia la boca con su antebrazo.
– “Ahora que mencionáis al Capitán… Deberíamos estar practicando nuestras nuevas poses de pelea” – sugiere el nagebi.
De repente, un extraño individuo aparece frente a ellos. Nadie le ha visto llegar.
– “¿Quién es ese?” – pregunta Nink, levantándose.
Tupper, extrañado, analiza al posible enemigo con su scouter.
– “Su poder de pelea es insignificante.” – dice el ishitoko. – “No será un problema.”
El individuo es un ser de tez blanca, ojos rojos y tentáculos en su cabeza en lugar de cabello, armado con una larga vara negra con dos adornos blancos en los extremos; vestido con pantalón negro, una faja roja, una ajustada camiseta negra y una armadura blanca con el logotipo de la Patrulla Galáctica en su pecho.
Methiop es el primero en darse cuenta del símbolo.
– “Es un patrullero.” – advierte a los demás.
– “Así que es otro de esos idiotas…” – murmura Nink.
El misterioso personaje observa detenidamente a los cuatro soldados.
Mientras tanto, en Hera, el Capitán Ginyu, ahora en el cuerpo de Hido, líder de los herajín, ha anunciado la repentina muerte de su anciano abuelo y ha ordenado organizar una reunión con sus Generales.
Sentado en su despacho, Ginyu no puede dejar de dar vueltas a las últimas palabras del viejo herajín, cuando un pitido le saca de su trance.
El Capitán se quita su scouter y busca entre sus ropas un pequeño auricular que se coloca en el oído.
– “Adelante” – responde tras apretar el botón rojo de su aparato.
– “Informe, Capitán” – solicita Sorbet.
– “Todo va según lo previsto.” – dice Ginyu.
– “Bien” – responde el consejero Imperial. – “No falle.”
En el planeta Konats, Hit y Slug abandonan el templo. El namekiano, cansado por su avanzada edad, sugiere a su hijo Zeeun que acompañe al asesino hasta un lugar en las afueras al que llama “Yahirodono”.
– “¿Qué encontraré allí?” – pregunta Hit.
– “Ese templo ha permanecido cerrado durante milenios” – responde Slug. – “Ni siquiera yo he podido abrir su puerta. La magia utilizada para sellar el lugar es muy superior a la mía.”
– “¿Cree que está relacionado con el símbolo en la pared?” – pregunta el asesino.
– “No existen las casualidades, hijo” – dice el namekiano. – “Y menos en un lugar como este.”
Hit y Zeeun parten hacia el templo Yahirodono.
En Kabasei, los cuerpos inertes de los cuatro miembros de las Fuerzas Especiales yacen en el suelo. Shiras remata a Tupper, crujiendo su cabeza de roca con un golpe de su vara.
– “Este nuevo Imperio parece ser un problema.” – murmura el patrullero. – “A lo mejor debería visitar su capital…”
De repente, el ángel Campahri aparece a su lado.
– “¿Qué se supone que estás haciendo, Shiras?” – le pregunta el ángel.
– “Justicia” – dice el patrullero.
– “No puedes utilizar tus poderes en el mundo mortal” – dice Campahri. – “Lo sabes.”
– “Yo no puedo mirar cómo el universo arde sin hacer nada” – responde Shiras. – “No soy como vosotros.”
– “Tenemos planes más importantes para ti.” – dice el ángel. – “No los arruines.”
Shiras parece molesto con la actitud pasiva de los ángeles.
– “Vosotros me buscasteis a mí” – dice el patrullero. – “Sabíais cuál era mi punto de vista. Fundé la Patrulla Galáctica para luchar contra la injusticia. No podéis pedirme que me mantenga al margen.”
– “Tienes que aprender a priorizar tus objetivos” – insiste Campahri. – “Si despiertas a Beerus o llamas la atención de Zeno, todo se acabó. No podremos protegerte.”
El patrullero está frustrado y aprieta su vara con fuerza.
– “Volvamos a casa.” – dice Campahri.
– “Seguro que el gato sigue durmiendo” – responde Shiras.
– “Y que siga así…” – sonríe el ángel.
En Hera, Ginyu ha reunido a los líderes herajín.
– “¡El Imperio de Cold ha intentado humillarnos con un trato injusto!” – exclama el Capitán, en el cuerpo de Hido. – “¡No lo toleraremos!
– “No sé si una guerra nos conviene, señor…” – duda uno de sus hombres. – “El Emperador…”
– “¡Mi abuelo, en su lecho de muerte, me pidió que no me arrodillara ante nadie!” – exclama Hido. – “¡Y eso haremos! ¡Nos mantendremos de pie!”
– “¡Sí!” – exclama un soldado. – “¡Lucharemos!”
– “Tendrán guerra…” – sonríe Ginyu.
En la Capital del Imperio, Sorbet ha llegado y se presenta ante el Emperador Cold.
– “Acaban de informarme de que las Fuerzas Especiales han sido abatidas en el planeta Kabasei, señor.” – dice el consejero. – “Una verdadera desgracia.”
– “Maldición…” – lamenta Cold. – “¿Y dónde está Ginyu?”
– “Siento comunicárselo de esta forma, pero ha sido asesinado.” – responde Sorbet.
– “¡¿Qué?!” – se sorprende el Emperador.
– “Fue Hido, señor” – explica el consejero. – “¡Él mató al Capitán Ginyu! Rechazó nuestra propuesta y mató al Capitán para demostrar su fuerza.”
Cold se pone en pie y camina en silencio hacia la ventana de su palacio.
– “No esperaba esto…” – murmura el Emperador.
De repente, un mensajero entra en la sala del trono apresuradamente.
– “¡Señor!” – exclama el sujeto. – “¡Tengo noticias de Hera! ¡Nos han declarado la guerra!”
Sorbet finge estar sorprendido.
Cold agacha la cabeza, entristecido por la noticia.
– “No quería que esto acabara así…” – murmura apenado el Emperador.
El mensajero continúa informando.
– “¡Han atacado nuestras instalaciones en el planeta y están acabando con todos nuestros soldados destinados allí!” – exclama el individuo.
El Emperador suspira.
– “Que preparen mi nave.” – sentencia Cold.
– “Sí, señor” – responde Sorbet, que al dar la espalda al Emperador, no puede evitar esbozar una media sonrisa.
En Konats, Hit y Zeeun sobrevuelan el planeta. En las áreas rurales, decenas de demonios trabajan arando el campo, repartidos en pequeñas aldeas.
– “¿Sois todos hijos de Slug?” – pregunta Hit.
– “Así es” – responde el demonio. – “Slug nos ha dado vida a lo largo de los siglos.”
Hit parece confuso.
– “¿Esperabas namekianos?” – sonríe Zeeun.
– “La verdad es que sí” – responde el asesino.
– “Esa es una habilidad que nuestro padre perdió en el momento de su nacimiento.” – responde el demonio.
Hit parece confuso, pero no tiene tiempo de preguntar, pues los dos guerreros han llegado al templo, que se resume en una entrada similar a un panteón fúnebre, que parece adentrarse bajo tierra.
El asesino se acerca a la gran puerta de piedra repleta de jeroglíficos similares a los del templo de la ciudad, entre los que destaca el mismo símbolo principal.
– “Está cerrado.” – dice Zeeun. – “No puede abrirse.”
– “¿Habéis intentado derribar esta losa?” – pregunta Hit.
– “Es imposible” – dice el demonio. – “Una magia poderosa protege este lugar. Es infranqueable.”
El asesino da un paso atrás, preparándose para intentar golpear la puerta.
De repente, el comunicador que lleva en el cinturón le advierte de un mensaje.
Hit se detiene y echa un vistazo al aparato.
– “El Emperador solicita que eche un vistazo al planeta Kabasei…” – murmura el asesino. – “Parece que las Fuerzas Especiales han tenido problemas.”
Hit se prepara para marcharse.
– “¿Nos dejas, asesino?” – pregunta Zeeun.
– “Debo cumplir con mi contrato” – responde Hit. – “Mi deber es con quién me paga.”
– “Suena triste” – dice el demonio. – “Es como vivir sin alma.”
– “Algo así” – responde el asesino, acostumbrado a su trabajo.
En al templo de la ciudad, Slug puede ver como la nave de Hit desaparece en el cielo.
El namekiano regresa a su trono, en el que se sienta en silencio. Sus hijos, Angila, Wings y Medamatcha, le acompañan.
En ese instante, un un gran bulto asciende por su garganta hasta llegar a su boca, que se abre lentamente para revelar un gran huevo que expulsa de su cuerpo y cae a sus pies.
El viejo namekiano, agotado, cierra los ojos y deja que su vida se desvanezca.
De repente, el huevo empieza a moverse y resquebrajarse, hasta que finalmente se rompe y revela a un pequeño namekiano.
Los hijos de Slug se arrodillan frente a él.
– “Es un placer tenerle de vuelta, padre.” – dice Angila.
Mientras tanto, Zeeun ha llegado al palacio y se presenta ante Slug.
– “El asesino se ha marchado” – dice el demonio. – “Parece que el Emperador ha solicitado sus servicios de urgencia.”
Slug niega con la cabeza, apenado.
– “En su camino le espera mucho dolor.” – murmura el namekiano.
