ESPECIAL DBSNL /// Terror // Universo 7 / Parte I: Imegga

Terror / Parter I: Imegga
“No puedo permanecer en este planeta…”
En el planeta Imegga, en un mercado callejero, un personaje encapuchado ha comprado una manzana con una moneda de plata.
El personaje camina entre las empobrecidas calles, abarrotadas de gente, de los barrios bajos de la metrópolis. Los mercaderes gritan ofreciendo sus mercancías. Carne, fruta y todo tipo de alimentos en dudoso estado se encuentran expuestos en varios puestos de comida.
La gran torre del señor Don Kee puede verse por encima de los demás edificios, siempre recordando a los habitantes de la ciudad quién está por encima de ellos y quién manda.
Una patrulla formada por cinco soldados irrumpe en el mercado, causando un alboroto. La gente se aparta para dar paso a los hombres del Gobernador, que parecen estar buscando a alguien.
Finalmente, los soldados se detienen en un puesto de venta de fruta.
– “¿En qué puedo ayudarles?” – dice temeroso el mercader.
El líder de la patrulla, un individuo de tez morena, calvo y con barba pelirroja, sin mediar palabra, propina una patada a las cajas de género del puesto, echando a perder toda la mercancía, que rueda por el suelo.
El personaje encapuchado observa desde la distancia.
El mercader, un individuo de piel celeste, de mediana edad, pero con claros problemas de salud, se agacha a recoger la fruta, mientras los soldados se ríen.
– “¿Dónde está nuestro dinero, Futopa?” – le pregunta el soldado.
– “Lo siento, Capitán Gale” – responde el mercader. – “No he podido reunirlo…” – se disculpa mientras sigue recogiendo su mercancía.
– “¡Excusas!” – exclama el soldado. – “¿Es así como agradeces mi protección?”
El Capitán Gale propina una patada al mercader en el costado, dejándole en el suelo, acurricado.
– “Sois basura…” – le espeta Gale.
La hija del mercader corre a socorrer a su padre.
– “¡Basta!” – dice la muchacha, de piel celeste y cabello naranja. – “Por favor, no hagáis daño a mi padre… Está enfermo.”
Gale sonríe al ver a la bella chica.
– “¿Qué tenemos aquí?” – dice en tono fanfarrón, acercándose a la joven. – “¿Cómo te llamas, preciosa?”
La chica ignora al Capitán, y éste la agarra del brazo.
– “¿Qué te parece si discutimos las deudas del viejo tú y yo a solas?” – dice el soldado.
En ese instante, el Capitán Gale siente que alguien le llama la atención tocándole el hombro.
Gale se da la vuelta, pero enseguida recibe un golpe que lo lanza contra un puesto de venta cercano.
El personaje encapuchado ha intervenido.
Los cuatro soldados restantes apuntan con sus armas al misterioso individuo, pero éste se encarga de todos con pasmosa facilidad.
La gente corre despavorida hacia sus casas, temiendo tanto al forastero como a la segura reprimenda de Don Kee.
La muchacha intenta levantar a su padre, aterrada ante lo ocurrido.
El encapuchado la mira y le lanza una pequeña bolsa de monedas.
– “Espero que esto os ayude.” – dice el personaje.
La chica no responde.
Cuando el encapuchado se da la vuelta, la joven susurra un débil y tímido “gracias”.
El misterioso personaje desaparece rápidamente, saltando sobre los tejados de los edificios colindantes.
En unos minutos, Don Kee ha sido informado de lo ocurrido. En su despacho el Gobernador se levanta de la silla y se acerca al balcón para observar su ciudad. Su guardaespaldas se encuentra de pie, a su lado, en completo silencio.
– “No puedo tolerar una insubordinación así.” – dice el estrafalario personaje. – “¿Puedes echar un vistazo, Ledgic?”
– “Por supuesto.” – responde el guerrero.
Mientras tanto, el personaje encapuchado ya se está en las afueras de la metrópolis, dentro de una cueva en la que se encuentra una extraña nave de tecnología muy antigua.
El encapuchado entra en la nave y teclea unas coordenadas.
– “No puedo permanecer en este planeta…” – suspira apenando.
En ese instante, el individuo siente una extraña presencia a su espalda.
– “¿Quién eres?” – pregunta sin darse la vuelta.
– “Esperaba un poco más de respeto por parte de un inushi” – sonríe el recién llegado.
El encapuchado se sorprende al ver que alguien le ha reconocido y se quita la capucha mientras se da la vuelta.
– “¿Y por qué debería mostrar resp…?” – dice el inushi.
Pero al ver a su acompañante se queda sin palabras.
– “Eres… usted es… es un…” – titubea el guerrero perruno. – “Un Kaioshin.”
– “Cerca.” – sonríe Zamas. – “Soy el Dai Kaioshin.”
El inushi se arrodilla ante el ser celestial.
– “Lo siento, señor…” – dice el cánido. – “Le suplico que perdone mi insolencia…”
– “Tranquilo, Nasjorin.” – dice Zamas.
– “¿Sabe mi nombre?” – se sorprende el inushi. – “¿A qué debo tal honor?”
– “Están pasando cosas terribles.” – explica el Dai Kaioshin. – “Y necesitamos toda la ayuda posible.”
– “¿Mi ayuda?” – dice Nasjorin. – “¿El Dai Kaioshin ha visitado el mundo de los mortales para solicitar mi ayuda?”
Zamas suspira.
– “Sé que esto no es fácil de comprender…” – explica el Dios. – “Pero en otro universo ocupabas mi puesto.”
– “¡¿Yo?!” – no sale de su asombro el inushi. – “¡¿Un Dios?!” – pero enseguida se da cuenta de que algo no cuadra. – “Espere… ¿Otro universo?”
– “Hay mucho que debes aprender.” – sonríe Zamas.
En el mercado de la ciudad, Ledgic observa el lugar de los hechos. Dos soldados le acompañan. La calle se encuentra desierta. La gente se ha encerrado en sus casas. Solo algún curioso osa mirar por la venta a la mano derecha del Gobernador; una imagen poco habitual.
Los cuerpos de los soldados aún siguen en el suelo. Nadie los ha recogido.
Un soldado se acerca a Ledgic.
– “Un informador nos ha dicho que fue obra de un solo hombre.” – dice el soldado.
Ledgic se acerca al cuerpo del Capitán Gale y lo observa detenidamente. El guerrero se fija en un pelo extraño sobre el cuerpo del soldado.
Ledgic lo agarra y lo examina detenidamente y después lo huele.
– “¿Ha encontrado algo, señor?” – pregunta un soldado.

El guerrero ignora a su hombre y se mete el pelo en la boca para después masticarlo.
– “No es imegga…” – murmura Ledgic. – “Es…”
De repente, Ledgic siente una extraña presencia. Sin mediar palabra, el guerrero se eleva rápidamente y alza su mirada al cielo.
– “¿Qué demonios…?” – se pregunta el guerrero.
En la torre de Don Kee, el Gobernador observa aterrado la misma escena.
Una nave ha entrado en la atmósfera del planeta y de ella salen varias docenas de personajes vestidos con monos naranjas con el símbolo de la Patrulla Galáctica.

ESPECIAL DBSNL /// Daimaoh // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte II: Las Dragon Balls

Daimaoh // Parte II: Las Dragon Balls
“Empecemos cuanto antes.”


El demonio reptiliano desciende frente a los aterrorizados aprendices de artes marciales. 
Kame, Tsuru y otros dos luchadores experimentados se ponen en guardia, mientras los demás recogen al malherido Tora e intentan ponerse a salvo.
– “No iréis a ninguna parte” – sonríe el demonio alado. 
Con una velocidad sobrehumana se escurre entre los cuatro luchadores y atraviesa con su garra el pecho del moribundo Tora.
– “¡MALDITO SEAS!” – grita Kame.
El demonio dibuja en su rostro una mueca terrorífica.
– “Esto es lo que le pasa a todo aquel que se opone al Rey de los Demonios; Piccolo.”
Uno de los cuatro luchadores, furioso ante la visión de su compañero asesinado, embiste al demonio.
– “¡HAAAAA!” – grita el artista marcial.
– “¡ESPERA, KUMA!” – le advierte el joven Tortuga.
El luchador agarra al demonio por la cintura y lo empuja, demostrando una gran fuerza física.
– “Muy bien…” – se burla el diablo. – “No está nada mal para un humano.”
El demonio agarra al guerrero por la cintura y lo levanta boca abajo sobre su cabeza, para un instante después estamparle contra el suelo y partirle el cuello.
Kame y Tsuru se quedan boquiabiertos ante la brutalidad del enemigo.
– “¡CORRED!” – advierte Kame a sus compañeros.
Tsuru alza su dedo índice y concentra su ki en él.
– “¡DODONPA!” – exclama el luchador, que lanza su concentrado ataque contra el enemigo.
El demonio lo esquiva fácilmente, inclinándose a un lado para dejar pasar de largo el ataque.
– “Muy lento” – se burla el ser reptiliano.
– “Mi… mi técnica…” – titubea el joven Grulla, humillado por el enemigo.
Un luchador ataca al demonio con una tormenta de golpes. El guerrero tiene los dedos agrupados como si sus manos fueran aguijones e intenta asestar un golpe en algún punto vital del enemigo, pero sin éxito. El diablo esquiva todos los ataques con facilidad.
De repente, el demonio agarra por el cuello al luchador y lo estruja hasta partírselo.
– “¡SASORI!” – lamenta Kame. – “Maldición…”
El demonio deja caer el cadáver del luchador al suelo.
– “Solo quedáis dos…” – dice con desprecio.
El joven Kame se prepara para realizar su mejor técnica.
– “Ka… Me…” – recita. – “Ha… Me…”
El diablo no parece preocupado.
– “¡HAAAAAAA!” – dispara el luchador.
El reptiliano demonio extiende su mano y detiene el Kamehameha, que estalla sin causarle ningún daño.
– “¿Eso es todo?” – se burla el enemigo.
Kame sonríe, desconcertando al demonio, que enseguida se da cuenta de que ha perdido de vista al otro guerrero.
Al no encontrarlo, decide levantar su vista al cielo. Ahí está Tsuru, levitando sobre el enemigo y con sus manos formando un cuadrado en el que enmarca al demonio.
– “¡AHORA VERÁS!” – exclama Tsuru. – “¡KIKO-HO!”
Un torrente de ki cae sobre el enemigo. El pánico se apodera del demonio, que nada puede hacer para defenderse de tal ataque.
Una gran explosión de luz ilumina el lugar. 
Cuando Kame recupera la visión, se da cuenta de que en el suelo se ha formado un gran agujero cuadrangular del que no se puede ver el fondo.
– “Impresionante…” – murmura el aprendiz. – “No sabía que Tsuru se había vuelto tan fuerte…”
Tras el titánico esfuerzo, Tsuru se desmaya y cae al suelo. Kame enseguida corre a atenderle. 
– “¿Estás bien?” – le pregunta Kame. – “Has puesto mucha energía en esa técnica.”
– “¿Está muerto?” – pregunta Tsuru.
– “Creo que sí…” – responde su compañero.
Muy lejos de allí, Piccolo Daimaoh, que se encuentra masacrando un batallón de soldados que ha osado oponerse a su conquista, siente una extraña presencia.
– “Alguien ha matado a mi hijo Bongo…” – murmura sorprendido el demonio.
Furioso, Piccolo abandona el lugar y se dirige hacia Fukkuro.
En la Atalaya de Kamisama, Dios observa la Tierra con semblante preocupado.
– “Esos humanos son fuertes…” – murmura Kamisama. – “Pero no creo que sean capaces de detener a Piccolo.”
Mr. Popo interrumpe el pensamiento del Dios.
– “He reunido las piedras que me pidió, señor.” – dice Popo. – “Y he construido la figura que me encomendó.” – añade, mostrando un dragón chino hecho de barro en una urna de cristal. – “¿Le gusta? No sabía muy bien como lo quería, así que he improvisado un poco…”
– “Gracias, Popo. Es perfecto.” – sonríe Kamisama. – “Empecemos cuanto antes.”
El ayudante de Kamisama coloca las siete rocas esféricas en el suelo de la Atalaya, rodeando al dragón, y después se aparta.
Kamisama extiende sus manos hacia las piedras y empieza a recitar un extraño conjuro en una lengua antigua y desconocida incluso para Mr. Popo. Su poder es transferido a a la urna de cristal que guarda al dragón y de ahí se reparte a las siete rocas, que brillan intensamente y cristalizan, adquiriendo un color anaranjado. Un patrón de estrellas aparece en cada una de ellas; de una a siete.
De repente, las siete esferas empiezan a girar mientras se elevan hacia el cielo, y tras un estallido de energía salen proyectadas hacia puntos opuestos, desapareciendo en el horizonte.
El namekiano cae de rodillas, cansado.
– “¿Está bien, Kamisama?” – pregunta Popo, que se acerca para socorrer a su señor.
– “Estoy bien…” – responde el Dios. – “Guarda el Dragón en un lugar seguro, por favor.”
Mr. Popo recoge la escultura de barro y se la lleva al interior del palacio.
Kamisama, agarrado a su bastón, intenta ponerse en pie.
– “Yo no puedo intervenir…” – piensa el namekiano. – “Pero espero que las Dragon Balls traigan esperanza a la Tierra en un momento tan oscuro como éste.”
Mientras tanto, en la Tierra, en el bosque Fukkuro, Tsuru y Kame se recuperan de su combate.
– “No sabía que te habías vuelto tan fuerte…” – dice Kame.
– “¿Celoso?” – se burla Tsuru.
– “Un poco…” – responde su compañero. – “Tienes una habilidad fascinante pare crear técnicas destructivas.”
– “El objetivo de un luchador es derrotar a sus enemigos.” – dice Tsuru.
– “En eso discrepamos.” – responde Kame. – “Un luchador debe proteger, no destruir. Ese es el verdadero objetivo de las Artes Marciales.”
Tsuru esboza una sonrisa burlona.
– “Siempre has sido un ingenuo.” – responde el joven Grulla.
– “Puede ser…” – sonríe Kame.
En ese instante, alguien desciende del cielo frente a ellos, llamando su atención.
Los dos luchadores observan con horror al recién llegado.
– “No… No es posible…” – titubea el joven Tortuga.
– “Es él…” – murmura Tsuru. – “Piccolo Daimaoh…”

ESPECIAL DBSNL /// Daimaoh // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte I: Nace la leyenda

Daimaoh // Parte I: Nace la leyenda
“Supongo que eso me convierte a mí en un demonio.”
En el planeta Tierra reinaba la paz, hasta que un día… 
En la Tierra Sagrada de Karín, el sabio felino, solo en su torre, siente una terrible sensación.
– “Es horrible…” – murmura el gato.
Karín corre hasta la barandilla de su torre y mira al cielo, confuso y asustado.
– “¿Qué significa esto?” – se pregunta.
En la Atalaya de Kamisama, dos namekianos idénticos se encuentran el uno frente al otro.
– “¿Qué ha pasado?” – se pregunta el namekiano vestido de blanco. – “¿Quién eres tú?” – le pregunta a su contrapartida, que viste de negro.
– “Interesante…” – sonríe éste, de forma terrorífica.
– “¿Cómo es posible?” – murmura el aprendiz de Kamisama.
El recién aparecido ser observa el kanji que luce el namekiano vestido de blanco.
– “Kami…” – murmura el personaje. – “Supongo que eso me convierte a mí en un demonio.” – sonríe. – “El Rey de los Demonio; Daimaoh.”
Con un chasquido de dedos, el kanji “Ma” aparece en su ropa.
– “¿De qué estás hablando?” – se impacienta el aprendiz de Kami.
– “Me siento bien.” – dice el demonio. – “Por primera vez, me siento libre de ataduras. Sin conciencia y sin nada que me detenga.”
En ese instante, Mr. Popo sale corriendo del palacio, pues también ha sentido la terrible energía del demonio.
– “¡ALTO!” – exclama el ayudante de Kamisama.
El namekiano vestido de negro clava su mirada en Popo y sonríe antes de darle la espalda.
– “Este sitio es aburrido…” – dice el demonio. – “Será mejor que baje a la Tierra a dar un paseo.”
– “¡ESPERA!” – intenta detenerla el aprendiz de Kami.
Pero es demasiado tarde. El demonio se marcha volando y desciende hacia la superficie del planeta.
El namekiano de blanco, muy preocupado, corre al palacio para informar a Kamisama, que se encuentra tumbado en la cama, muy débil. 
– “Señor… Lo siento mucho.” – se disculpa el aprendiz, que se arrodilla en el lateral de la cama. – “Ha sido culpa mía. Prometo que me encargaré de él. Solicito su permiso para bajar a la Tierra y…”
– “No…” – le interrumpe Kamisama. – “Tú no puedes detener a Daimaoh… Vuestras vidas están entrelazadas. Puedo sentirlo. Si uno muere, el otro también perecerá.”
– “¿Y qué debo hacer, señor?” – dice el joven namekiano.
– “La Tierra necesita un Kamisama.” – sonríe el Dios. – “Creo que ahora estás preparado para ocupar mi puesto.”
– “Señor…” – llora el aprendiz. – “Aún me queda mucho por aprender…”
– “Mr. Popo te acompañará en todo momento.” – dice Kamisama. – “Él es más sabio que yo…” – sonríe.
– “No diga eso…” – dice Popo, derramando una lágrima. 
– “Todo saldrá bien…” – dice el Dios. – “Los humanos son más fuertes y buenos de lo que ellos mismos creen; y sin duda, mucho mejores de lo que Daimaoh espera.”
– “Kamisama…” – llora el namekiano.
– “Mi bastón, señor Popo.” – le dice el débil Dios a su ayudante.
Mr. Popo trae el bastón de Kamisama.
– “Cógelo.” – le dice el Dios al namekiano. – “Y levántate.”
El aprendiz obedece.
– “Bien…” – sonríe el Dios. – “Mucha suerte, Kamisama.” – se despide, antes de exhalar su último aliento.
Al fallecer, su cuerpo desaparece, dejando las sábanas vacías.
En la Tierra, Piccolo Daimaoh ha llegado a la Ciudad del Oeste; una metrópolis por la que pasean carros tirados por caballos entre edificios majestuosos de arquitectura clásica.
El demonio desciende en mitad de la avenida principal, interponiéndose en el camino de una diligencia, que se ve obligada a esquivar al personaje, lo que provoca su vuelco.
La gente se queda estupefacta al ver al personaje descendido del cielo.
– “¿Quién es?” – pregunta un viandante. 
– “¡Ha llegado del cielo!” – exclama otro.
El conductor de la carroza, magullado y furioso, se acerca al namekiano para pedirle explicaciones.
– “¡MIRA POR DONDE VAS!” – exclama el conductor. – “¡MIRA LO QUE…!”
Pero Piccolo agarra al personaje por el cuello y lo estrangula delante de todos, lanzando después su cuerpo sobre la acera.
– “¡ESCUCHADME TODOS!” – exclama el demonio. – “¡YO SOY PICCOLO DAIMAOH! ¡EL REY DE LOS DEMONIOS!” – anuncia. – “¡Y DESDE AHORA, TAMBIÉN SOY VUESTRO SEÑOR!”
En ese instante, cuatro policías se acercan al namekiano. Dos le apuntan con un mosquetón y los otros desenvainan sus sables. 
– “¡ALTO!” – exclama un agente. – “¡Queda usted detenido!”
En un abrir y cerrar de ojos, Piccolo se sitúa detrás del policía que lleva la pistola y le parte el cuello con un rápido gesto.
Piccolo agarra la cabeza del segundo policía con arma de fuego y lo levanta del suelo. El policía, asustado, dispara su arma al cielo. El namekiano aplasta el cráneo del humano con una sola mano.
Uno de los policías restantes corre despavorido al ver la brutalidad con la que Piccolo ha asesinado a sus compañeros e intenta huir, pero Piccolo le paunta con su mano y le lanza un ataque de ki.
El humano cae al suelo envuelto en llamas y se retuerce de dolor hasta que fallece.
El último policía deja caer su espada, aterrado, y cae de rodillas.
– “Por favor…” – dice el policía. – “No me mate…”
Piccolo sonríe.
– “Me gusta la idea…” – dice el namekiano. – “¡ARRODILLAOS! ¡SEGUID SU EJEMPLO SI QUERÉIS VIVIR!”
Los viandantes, aterrorizados ante el poder demostrado por Piccolo, se arrodillan.
– “Bien…” – sonríe el namekiano.
Con los meses, el reino de terror de Piccolo Daimaoh se extiende por la Tierra. Todo el que se opone al Rey de los Demonios es asesinado. Ciudades y aldeas enteras son erradicadas por el demonio y sus secuaces; monstruos reptiloides nacidos de las propias entrañas del diablo.
En una aldea escondida bajo las montañas del bosque Fukkuro, un grupo de jóvenes aprendices de Artes Marciales se encuentran entrenando duro para poder plantar al demonio.
– “Es inútil…” – lamenta uno de ellos. – “Si lo que dicen es cierto, es inútil que sigamos entrenando… A lo mejor deberíamos huir.” 
– “No digas eso, Tsuru” – le replica un compañero. – “Nuestro maestro ha subido a las montañas para entrenar en solitario. ¡Seguro que logrará detener al demonio! ¡Y nosotros debemos estar listos para apoyarle!”
– “Puede que él también haya huido, Kame.” – responde su compañero.
– “¡El Maestro Mutaito nunca haría eso!” – replica Kame. – “¡No te atrevas a manchar su nombre!”
– “¡Algunos tenemos responsabilidades!” – dice Tsuru. – “¡Puede que tú solos seas amigo de una tortuga, pero yo tengo que pensar en mi hermano Tao!”
Los demás compañeros intentan poner paz entre los dos aprendices, pero en ese instante, un malherido compañero aparece del bosque y se desmaya frente a ellos.
– “¡Tora!” – exclama Kame, que corre a socorrer a su compañero.
– “¿Qué habrá pasado?” – pregunta otro luchador.
– “Está malherido…” – dice Kame, examinando sus heridas en forma de zarpazo.
– “¡Seguro que ha sido un demonio!” – exclama Tsuru. – “¡Deben estar cerca!”
– “Por suerte, ha logrado escapar con vida…” – dice Kame.
De repente, una demoníaca risa llama la atención de los presentes, que alzan su mirada al cielo para ver a un personaje alado de tez verde y ojos amarillos.
– “Le he dejado escapar.” – dice la criatura reptiliana. – “Sabía que me llevaría hasta su escondite.”

ESPECIAL DBSNL /// Planeta maldito // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte III: Consecuencias

Planeta maldito / Parte III: Consecuencias 
“Tendremos que pasar desapercibidos durante un tiempo.”


En la metrópolis, Hildegarn se acerca a los tres konatsianos. 
– “¡Si la música podía contrarrestar la magia de los brujos, puede que también funcione contra el monstruo!” – sugiere el sacerdote Yuco.
Tapion y Minosha se encuentran afligidos por la muerte de su padre, pero saben que no hay tiempo para llorar su pérdida.
El monstruo proyecta un torrente de fuego por su boca hacia los konatsianos, que rápidamente saltan por los aires para evitar ser engullidos por el aliento d Hildegarn.
Mientras tanto, en el templo Yahirodono, el Amenoukihashi brilla intensamente, y en el centro de su ojo aparece una luz oscura; un fenómeno único del que emanan rayos negros y rojos.
Sidra y el Dai Kaioshin observan el monumento aterrados. 
– “No es posible…” – titubea Sidra.
Iwen aprovecha la distracción del Hakaishin para lanzarle un conjuro de fuego fatuo que el Dios logra esquivar en el último instante.

– “¡PRONTO OS ARRODILLARÉIS ANTE ÉL!” – exclama el brujo.
El Dai Kaioshin y Bibidí luchan por empujar una gran roca, que cada uno quiere lanzar sobre su rival, pero finalmente ésta estalla en el aire.
Las piedras resultantes son aprovechadas por el Dios y son proyectadas contra Bibidí, que las convierte en polvo de carbón con su magia antes de que puedan tocarle.
– “Dioses engreídos…” – murmura con desprecio el brujo, que se prepara para contraatacar con otro conjuro.
Bibidí lanza una extraña masa viscosa con carga eléctrica sobre el Dai Kaioshin, que queda atrapado y sufre una electrocución.
– “¡JAJAJA!” – ríe el brujo, mientras ve sufrir al Dios.
Cerca de allí, Madas hace brotar del suelo un centenar de raíces que detienen a los dos guerreros de piedra invocados por Arak.
El brujo, lejos de sorprenderse, invoca más guerreros.
– “¡No podrás con todos, viejo!” – se burla el Kashvar.

Cinco nuevos hombres de roca atacan al Kaioshin del Norte.
En ese instante, el Kaioshin del Este y el Kaioshin del Sur aparecen frente a Madas, dispuestos a ayudar.
– “Tienes mala cara, Madas” – se burla el Kaioshin del Sur al ver a su envejecido compañero.
El Kaioshin del Oeste, un orondo Dios con ojos rasgados, aparece frente al Dai Kaioshin, dispuesto a plantar cara a Bibidí.
– “Yo tomaré el relevo, Maestro” – dice el Dios, con una simpática sonrisa.
Champa se encuentra encerrado en una esfera de agua creada por Zunama, luchando por respirar.
Majora intenta protegerse de los golpes de Beerus, pero el gotokoneko, al ver a su hermano en peligro, se enfurece y supera al zorro fácilmente, noqueándolo con un puñetazo en la barbilla.
Beerus se abalanza sobre su hermano, atravesando la esfera de agua y sacándole por el otro lado.
– “No necesitaba tu ayuda” – refunfuña Champa.
Con tres Dioses más en el templo y con Majora fuera de combate, los planes de los Kashvar parece que se tuercen.
En la ciudad, Yuco se abalanza sobre Hildegarn espada en alto, pero el monstruo se convierte en humo, evitando así el ataque. 
– “Maldita sea…” – lamenta el sacerdote.
En el cielo, Campahri observa lo ocurrido.
– “Nunca pensé que pudiera existir una magia tan oscura y poderosa…” – murmura el ser celestial.
En el planeta de Zeno, el Daishinkan contempla la escena a través de los ojos de su ángel.
– “Parece que la leyenda es cierta…” – murmura el Gran Sacerdote.
– “He visto el Amenoukihashi con mis propios ojos” – responde Campahri.
– “Así que hay algo a lo que el señor Zeno tiene miedo…” – sonríe el Daishinkan.
Tapion y Minosha se han colocado sobre un elevado acueducto roto, a la altura de la cabeza del monstruo. Los dos hermanos empiezan a tocar las ocarinas y su melancólica música inunda las calles de Konats. 
El monstruo ruge con fuerza, pero parece que volverse más lento y torpe.
– “¿Está funcionando?” – se pregunta Tapion.
– “¡Podemos lograrlo!” – piensa Minosha. 
Yuco se pone en guardia, preparando la Espada Sagrada.
– “No podemos fallar…” – murmura el sacerdote. – “Nuestros antepasados nos observan.”
El sacerdote empieza a correr hacia el monstruo.
– “¡YAAAAAAAAH!” – grita Yuco, que salta hacia el monstruo y le propina un sablazo horizontal que lo corta por la mitad.
Las dos mitades, en lugar de caer al suelo, se convierten en humo y envuelven a Tapion y Minosha, que siguen tocando mientras éste se introduce en sus cuerpos.
En el templo Yahirodono, el Amenoukihashi ha dejado de brillar, alertando a los Kashvar.
– “¡NO!” – grita Bibidí. – “¡NO ES POSIBLE!”
El Kaioshin del Oeste aprovecha el despiste del brujo para empujarle con su poder mental y lanzarlo contra la pared.
– “Vuestras fechorías acaban aquí” – dice el Dios, que prepara una espada de ki en su mano derecha.
En ese momento, Salabim inunda la sala de oscuridad, mostrando a todos los presentes posibles futuros terribles.
– “¡Ya son nuestros!” – exclama Hoi, al ver a los Dioses doblegarse ante el poder de su compañero.
– “¡NOS VAMOS!” – exclama Salabim.
– “¿Qué?” – se extraña Hoi.
– “¡Con el Amenoukihashi cerrado, pronto recuperaran su poder divino!” – interviene Iwen.
– “Maldita sea…” refunfuña Hoi.
Bibidí, que ha estado a punto de morir a manos del horondo Kaioshin, lo mira con rabia.
– “Juro que me vengaré…” – dice el brujo.
Mientras tanto, en la oscuridad, el malherido Dai Kaioshin y el Kaioshin del Oeste comparten su visión, y pueden ver una extraña silueta infantil con ojos rojos y una sonrisa aterradora.
– “¡JIJIJIJI!” – ríe el fantasma.
Beerus, en cambio, puede ver la silueta de un Kaioshin envuelta en oscuridad. El Dios activa una espada de energía y se abalanza contra el gotokoneko, pero alguien se interpone en su camino. Un hombre envuelto en luz blanca ha aparecido, pero Beerus es incapaz de reconocerlo.
Sidra se ve a sí mismo confrontando a sus dos aprendices, mientras sus manos están manchadas de sangre. Pero de repente, ellos se desvanecen y aparece una silueta que camina hacia él; un demonio del frío capitanea un gran ejército.

Los brujos se reúnen.
– “Hemos fracasado…” – lamenta Arak.
– “Volveremos cuando seamos más fuertes…” – dice Hoi.
– “Ahora será mejor que nos separemos.” – sugiere Zunama. – “Tendremos que pasar desapercibidos durante un tiempo.”
– “Pero debemos proteger este lugar.” – dice Salabim. – “Usaremos la poca energía que ha recogido el Amenoukihashi para sellar el templo.”
Bibidí alza sus manos.
– “¡PAPARAPÁ!” – exclama al teletransportar a los Dioses fuera del recinto.
El poder divino de los Dioses regresa y éstos quedan libres de la oscuridad de Salabim.
– “¿Dónde estamos?” – pregunta Champa, al ver que ya no están en el templo.
– “Nos han echado.” – dice Sidra.
De repente, cuatro paredes de energía negra y roja se alzan alrededor del templo Yahirodomo, y en un instante se tornan invisible.
Beerus lanza una esfera de ki contra la entrada, pero éste se desintegra sin causar ningún efecto.
– “Han sellado el lugar.” – dice el gotokoneko.
– “Con una magia poderosa.” – añade Madas.
– “Aún nos queda un asunto por atender.” – dice el Dai Kaioshin.
En la ciudad, Yuco se acerca a los hermanos, que se encuentran arrodillados y débiles.
– “¿Qué ha ocurrido?” – pregunta el sacerdote.
– “Puedo sentirlo en mi interior” – dice Tapion.
– “Está débil… pero quiere salir.” – añade Minosha.
– “Encontraremos una forma de detenerlo” – dice Yuco. – “Aguantad.”
El Dai Kaioshin y Madas aparecen entre los tres personajes.
– “¿Quiénes sois vosotros?” – pregunta el sacerdote, alzando su espada.
– “Estamos de vuestro lado.” – dice Madas. – “Tranquilos.”
– “Parece que necesitáis ayuda.” – dice el Dai Kaioshin.

Los cinco regresan al templo.
Madas observa detenidamente a los dos hermanos.
– “Si queréis retener a ese monstruo en vuestro interior, necesitáis ser más fuertes.” – murmura el viejo. – “Y creo que puedo ayudaros.” – guiña un ojo.
El Dai Kaioshin pide la Espada Sagrada a Yuco.
– “Es una espada impresionante…” – dice el Dai Kaioshin. – “Un objeto sagrado. Sin duda tiene poderes otorgados por los Dioses; igual que esas dos ocarinas.”
– “Eso dice la leyenda.” – responde el sacerdote.
– “Necesito las espadas de los muchachos.” – dice el Dai Kaioshin. – “Les transferiré este poder, para que puedan enfrentarse al monstruo si fuera necesario.”
Encima del altar, Madas ha empezado a bailar alrededor de los dos hermanos, que permanecen de pie, firmes.
– “¿Cuánto va a tardar, señor?” – pregunta Tapion.
– “Creo que solo serán unas horas.” – responde Madas.
Tras la ceremonia, el Dai Kaioshin reúne a los dos hermanos.
– “¿Sois conscientes de la carga que lleváis en vuestros hombros?” – pregunta el Dios.
– “Sí, señor” – responde los konatsianos.
– “Cargaremos con este pesar, por nuestros hermanos konatsianos.” – dice Tapion.
– “Bien.” – suspira el Dios. – “¿Habéis elegido cada uno un objeto, tal y como os pedí?”
Tapion y Minosha saca dos viejas cajas de música.
– “Son estos.” – dice el mayor de los hermanos.
– “¿Dos cajas de música?” – pregunta el Dios, que al examinarlas empiezan sonar con la melodía de la canción del viejo albor.
– “Nuestro padre las construyó” – dice Tapion. – “Estaba trabajando en la primera cuando nací yo, y consideró que le había dado buena suerte… Así que fabricó otra cuando iba a nacer mi hermano.”
– “Muy bien” – sonríe el Dios, enternecido por la historia.
Los dos personajes se preparan, de pie el uno al lado del otro.
– “Mucha suerte, hermano” – sonríe Tapion.
– “Hasta pronto” – se despide Minosha.
El Dai Kaioshin sella a los dos guerreros en las cajas de música
El Dios entrega las cajas al sacerdote konatsiano.
– “Llévatelas de este planeta” – dice el Dios. – “Escóndelas en un lugar donde jamás puedan ser encontradas.”
– “De acuerdo, señor” – responde Yuco.
El sacerdote entrega su Espada Sagrada al Dai Kaioshin.
– “Ya no la necesito, señor.” – dice Yuco. – “Es un objeto sagrado, así que le pertenece. Llévesela como agradecimiento. Sería un honor.”
– “Acepto tu ofrenda” – sonríe el Dios. – “Mucha suerte, Yuco.”
Los Dioses, tras una victoria agridulce, regresan al Planeta Sagrado, acompañados por Campahri.
Sidra parece preocupado por sus visiones y toma una decisión.
– “Ha llegado el momento de dar un paso al lado.” – dice el Hakaishin. – “Voy a nombrar a mi sucesor.”
– “¡¿Cómo dice?!” – se sorprenden Beerus y Champa.
– “Creo que Beerus ha demostrado estar a la altura de las circunstancias” – dice el Dios. – “Así que él será quien ocupe mi lugar.”
El Hakaishin saca de su cinturón un objeto que ha robado a los Kashvar; la semilla del Árbol Sagrado.
– “Creo que mi deber ahora debe ser otro.” – murmura Sidra. – “Esto no puede caer en malas manos.”
– “¿Cree que estoy preparado?” – pregunta Beerus.
– “Nunca se está preparado para ser un Dios de la Destrucción.” – dice el Hakaishin.
Campahri transfiere los poderes de Hakaishin a Beerus, ante la cara de pocos amigos de Champa.
Sidra le pide a Campahri para que le lleve a otro lugar, en el mundo mortal, donde poder llevar a cabo su nueva tarea. El ángel desaparece con el viejo Dios.
Los Kaioshin parecen sorprendidos por la decisión de Sidra, pero hacen nuna reverencia al nuevo Hakaishin, mostrando sus respetos.
– “Tú…” – dice Beerus, señalando a Madas.
Los Dioses se miran entre ellos, confusos.
– “¿Qué ocurre, señor Beerus?” – pregunta Madas.
– “Tu magia te hace peligroso.” – dice el Hakaishin.
El Dai Kaioshin se interpone entre los dos interlocutores.
– “Él ha intentado advertirnos de la amenaza de los Kashvar.” – dice el Dios.
– “Un brujo es un brujo” – dice Beerus. – “No podemos asegurar que sus alianzas no hayan cambiado. Su magia es poderosa.”
– “Señor Beerus…” – dice Madas. – “Creo que entiendo su postura.”
– “¿Madas?” – se extraña el Dai Kaioshin.
– “Creo ha visto algo en la oscuridad de Salabim.” – dice el Kaioshin del Norte. – “Yo también he visto cosas.”
Beerus extiende su mano hacia el Dai Kaioshin. 
– “Dame la espada.” – dice el gotokoneko.
– “¿Qué?” – se sorprende el Dios.
– “Esa espada.” – dice Beerus. – “Tiene un conjuro de sellado en ella, ¿no es así?”
– “Señor Beerus…” – dice el Dai Kaioshin.
Champa se acerca a su hermano.
– “¿Qué estás haciendo?” – le increpa.
– “No seré yo quien empiece un conflicto eliminando a un Kaioshin…” – dice el gotokoneko. – “Pero no voy a permitir que alguien tan peligroso camine libre.”
Madas hinca una rodilla, aceptando su castigo.
– “Adiós, Madas.” – dice el felino, alzando su espada.
– “Hasta la vista, señor Beerus” – sonríe el anciano.
Beerus asesta el espadazo al Dios, que se desvanece y queda sellado en la espada.