ESPECIAL DBSNL /// Hopeless Future // Universo 3 / Parte II: El último vuelo de la Grulla

Hopeless Future / Parte II: El último vuelo de la Grulla

“Habéis tenido mala suerte”


En el bosque Fukurou, el viejo Tsuru pelea con Kirano y Mokekko. El anciano maestro esquiva las embestidas del gigantón y detiene los feroces golpes de su compañero.

– “Tenéis una fuerza extraordinaria, pero carecéis de técnica.” – dice Tsuru. – “¿Qué queréis?”

Mokekko ataca de nuevo a Tsuru dispuesto a propinarle un puñetazo, pero el viejo Grulla salta sobre el puño del grandullón, después sorbe su cabeza y con una pirueta se sube al tejado de la cabaña.

Los hombres de Babidí se preparan para atacar de nuevo.

Tsuru se da cuenta de que los forasteros están pisando de nuevo su huerto y responde alzando el dedo índice, que se ilumina con luz amarilla.

– “He acabado la paciencia.” – sentencia el viejo, que apunta con su dedo a Mokekko. – “¡DODONPA!” – exclama. 

El ataque del anciano Grulla sorprende a los guerreros del brujo e impacta de lleno en el pecho de Mokekko, al que empuja hacia el interior del bosque, rompiendo los árboles que encuentra a su paso.

Kirano clava su airada mirada en el viejo.

Tsuru le mira con desprecio.

– “Te lo advierto.” – dice el Duende. – “Márchate o acabarás como tu compañero.”

Kirano esboza una media sonrisa prepotente que confunde a Tsuru.

Un ruido en el bosque alerta al viejo Grulla.

Mokekko, con el pecho chamuscado, aparece caminando por su propio pie.

– “Eso ha dolido…” – refunfuña el grandullón.

Tsuru, sorprendido por la resistencia del guerrero, se pone en guardia.

– “¿Acaso no sois humanos?” – les pregunta el viejo.

Kirano y Mokekko se abalanzan de nuevo contra el Duende, que retrocede en el momento justo para evitar un puñetazo del grandullón que hace estallar la cabaña.

El viejo se eleva utilizando la técnica clásica de la Escuela Grulla, buscando ganar tiempo y analizar a sus rivales.

– “Si no voy con cuidado, voy a tener problemas…” – piensa el anciano. – “Estos tipos no son normales.”

De repente, los dos enemigos embisten a Tsuru, revelando que ellos también pueden volar.

– “¡¿QUÉ?!” – se sorprende el viejo.

Mokekko propina un puñetazo directo al abdomen del Duende Grulla, y Kirano se eleva sobre él para rematarle con un golpe con sus manos juntas, a modo de martillo, lanzándole contra el suelo.

El anciano Tsuru, magullado, intenta levantarse, pero se da cuenta de que tiene varias costillas rotas. 

– “Maldita sea…” – refunfuña el viejo maestro.

Mokekko desciende sobre él y lo pisa, estampándolo contra el suelo e inmovilizándole.

Kirano aprovecha para recoger la urna de recolección y ensartar al anciano.

– “Ya eres nuestro” – sonríe el hombre de Babidí. – “Tu energía nos será muy útil.”


De repente, el tronco de un árbol aparece de las profundidades del bosque, lanzado como un proyectil, y ensarta a Mokekko, empujándole hasta una montaña cercana y dejándole empalado.

– “¡¿QUÉ HA SIDO ESO?!” – exclama Kirano, asustado. – “¡MOKEKKO!”

Un personaje con partes cibernéticas hace acto de presencia, vestido con una camiseta de tirantes blancas y un pantalón negro, luciendo una larga coleta adornada con un lazo rojo, y cargando con un fajo de leña recién cortada.

– “Habéis tenido mala suerte” – dice el hermano de Tsuru. – “Os habéis topado con el legendario asesino Tao Pai Pai.”

Kirano se pone en guardia.

– “¿Asesino?” – refunfuña el hombre del brujo, que saca el medidor de kiris para evaluar a su rival. – “Bien…” – sonríe Kirano. – “¡TU ENERGÍA TAMBIÉN SERÁ PARA NUESTRO AMO!”

Kirano se abalanza sobre Tao, pero el asesino le sorprende con un rápido movimiento que cercena su brazo. La mano izquierda metálica del asesino ha caído al suelo y una cuchilla ha aparecido de su antebrazo.

El luchador de Babidí, aterrado, mira su extremidad amputada.

Ahora es la mano derecha del asesino la que cae al suelo, revelando un cañón que Tao coloca en el abdomen de Kirano.

– “Fuera de nuestro huerto.” – le susurra el asesino. – “¡SÚPER DODONPA!” – exclama.

El ataque del hermano de Tsuru empuja a Kirano hacia el cielo hasta que desaparece de la vista de Tao.

Sus manos mecánicas regresan a sus brazos automáticamente, como si se activaran unos potentes imanes.

El asesino se acerca a su anciano hermano para comprobar su estado.

Tao se sienta en el suelo e intenta reincorporar a Tsuru, pero el anciano casi no tiene fuerzas.

– “¿Cómo te encuentras?” – pregunta Tao.

– “Cansado…” – responde Tsuru. – “Creo que voy a dormir un rato…”

Tsuru pierde el conocimiento.

El cuerpo de Kirano, completamente chamuscado, cae del cielo y se estrella contra el suelo.

Kibito y Shin aparecen de la nada frente a los dos hermanos.

Tao, furioso, increpa a los forasteros.

– “¡¿Quiénes sois vosotros?!” – exclama el asesino. – “¡¿También buscáis pelea?!”

Tao Pai Pai, sin soltar a su hermano, apunta a los Kaioshin con su cañón.

– “¡IDOS AL INFIERNO!” – grita el asesino al proyectar su Dodonpa contra los Dioses.

Shin repele el ataque con el dorso de su mano. El Dodonpa se pierde en el cielo.

– “No está mal para un humano.” – murmura Shin. – “Pero nosotros no somos tus enemigos.”

Tao se queda sin palabras, sorprendido por el poder de ese misterioso individuo.

Kibito se acerca a los hermanos y se agacha para comprobar el pulso de Tsuru.

– “Es demasiado tarde.” – dice Kibito. – “Le han arrebatado toda su energía.”

– “¿Dónde están los hombres de Babidí?” – se pregunta Shin.

– “Maté a los dos tipos que nos atacaron.” – dice Tao.

– “Te sorprenderías de lo mucho que pueden aguantar esos hombres…” – dice Shin. – “La marca del brujo les da un poder sobrehumano.”

– “Te he dicho que los he matado.” – insiste Tao.

Kibito se acerca a Mokekko, ensartado en la pared y arranca el tronco que lo empala, haciendo que su cuerpo caiga al suelo.

Su mano se mueve.

– “Grr…” – gruñe el hombre de Babidí.

Tao Pai Pai se queda boquiabierto.

– “No puede ser…” – murmura Tao. – “Nadie puede sobrevivir a eso…”

Shin se acerca al Mokekko.

– “¿Cree que podrá conseguir algo?” – pregunta Kibito.

– “Pronto lo sabremos.” – responde Shin, que se agacha y coloca su mano sobre la cabeza de Mokekko.

El Kaioshin del Este intenta leer la mente del sujeto. El Dios puede ver imágenes del pasado de Mokekko, su entrenamiento como artista marcial en la montaña, la imagen del brujo Babidí, una voz retumbando en su cabeza, una gran “M”. Shin revive el dolor que sintió Mokekko al sufrir la transformación que lo deshumanizó. Él y su compañero Kirano han atacado múltiples aldeas y masacrado a sus habitantes para poder cosechar energía y llevársela a su Amo. 

De repente, Shin puede ver lo que buscaba: la nave de Babidí.

– “¡La encontré!” – exclama Shin, que se pone en pie. – “¡La nave está enterrada al sur!” – dice.  – “¡En esa dirección!” – señala. 

– “Enterrada, ¿eh?” – cabila Kibito. – “Por eso no hemos podido encontrarla…”

– “Ha llegado el momento” – dice Shin. – “Tendremos que hacerlo solos.” 


Kibito asiente.

Tao Pai Pai se pone en pie.

– “¿A dónde vais?” – pregunta el terrícola. – “¿Es que no vais a explicarme lo que ocurre? ¡¿QUIÉN HA MATADO A MI HERMANO?!” – pregunta inquisitivo.

– “Un brujo” – responde Shin. – “Querían su energía para resucitar a un viejo monstruo.”

– “¿Su energía?” – repite Tao, confuso.

– “Siento que los humanos os hayáis visto envueltos en asuntos celestiales” – añade Shin. – “Mis condolencias.”

Shin y Kibito se preparan para marcharse.

– “Dejad que os acompañe.” – les interrumpe Tao. 

– “Tu alma es oscura, terrícola” – dice Kibito. – “Y si yo puedo verlo, Babidí también.”

– “¡Quiero matar a ese brujo tanto como vosotros!” – insiste el asesino.

– “No me cabe duda.” – responde Shin. – “Pero no por las razones adecuadas.”

– “Si nos acompañaras, terminarías como ellos.” – dice Kibito, señalando a Mokekko y Kirano. – “Convertido en una sombra al servicio del brujo.”

Tao Pai Pai parece preocupado por las advertencias de los Dioses, pero insiste.

– “Correré el riesgo” – dice el asesino.

– “Yo no” – responde Shin. – “Lo siento.”

Kibito toca el hombro de Shin y los dos Dioses desaparecen repentinamente, dejando a Tao Pai Pai solo y abatido.

ESPECIAL DBSNL /// Hopeless Future // Universo 3 / Parte I: Paz relativa

Hopeless Future / Parte I: Paz relativa

“Habéis llegado tarde…” 



En un mundo sin guerreros Z, donde Trunks fue asesinado por Cell cuando éste le robó la máquina del tiempo, la Tierra disfruta de un aparente periodo de paz.

En la Corporación Cápsula, Bulma trabaja un proyecto de energía renovable para la ciudad. Una fotografía del pequeño Trunks con sus abuelos adorna su escritorio.

– “Seguiré trabajando, hijo” – sonríe Bulma con nostalgia. – “Mantendremos la paz que trajiste a este mundo.”

Mientras tanto, en la Kame House, ahora situada en otra isla del archipiélago Sur, Roshi descansa en el sofá, mientras Oolong y Umigame juegan a cartas en el salón. En el televisor emiten una telenovela.

De repente, el canal de televisión interrumpe su programación para dar una noticia de última hora. Un reportero retransmite desde la calle principal un pequeño pueblo; detrás de él, la policía tiene acordonada la zona y los servicios sanitarios están trabajando.

– “¡Soy Jimmy Firecracker, desde Ginger Town!” – anuncia el veterano reportero. – “Una nueva oleada de asesinatos ha tenido lugar, esta vez en esta tranquila ciudad.”

Umigame y Oolong prestan atención al televisor.

– “Todo parece indicar que ha sido un nuevo ataque organizado. Las víctimas tienen la misma herida punzante que hemos visto ya en tantas ocasiones, pero es la primera vez que esta macabra banda se atreve a atacar una zona urbana.” – explica el reportero. – “¿Quién está haciendo esto? ¿A qué clase de asesinos despiadados se enfrenta la policía? ¿Pueden ser androides?” – pregunta retóricamente.

A su espalda, dos extraños personajes ataviados con ropajes estrafalarios pero elegantes caminan entre los cadáveres. Uno es alto, de tez rosada y cabello blanco, largo y lacio. Su compañero es de estatura baja, tez azulada y luce un peinado en forma de cresta, también de color blanco.  

El cámara se da cuenta y llama la atención del reportero.

Jimmy Firecracker se dirige hacia ellos, seguido por el cámara, en busca de respuestas.

– “¡Ustedes!” – exclama el reportero. – “¡Señores!”

El más alto de los dos se da cuenta de la presencia de los dos periodistas y pone su mano sobre su acompañante. Los dos desaparecen en un abrir y cerrar de ojos.

Los periodistas parecen desconcertados.

Oolong y Umigame se miran asustados.

– “¿Quiénes eran esos?” – pregunta el cerdo.

– “Que tipos tan extraños…” – dice la tortuga.

De repente, tres golpes en la puerta sobresaltan a los dos personajes y despiertan al Duende Tortuga.

– “¿Qué pasa?” – pregunta adormilado el anciano. – “¿Qué ha sido eso?”

Los golpes se repiten.

– “¡Ya voy!” – responde Roshi. – “¿Quién puede ser?” – se pregunta.

El anciano camina hasta la puerta y la abre, revelando a los dos personajes que habían aparecido en las noticias.

– “¡¡AAAAHHH!!” – gritan asustados Umigame y Oolong.

Roshi, que desconoce la identidad de los sujetos, saluda amablemente.

– “¿En qué puedo ayudarles, caballeros?” – pregunta el anciano.

– “Hola” – sonríe amablemente el pequeño de los dos forasteros. – “Usted es el Maestro Mutenroshi, ¿verdad?”

– “Así es.” – responde el Duende.

– “Es un placer” – sonríe el pequeño.

– “¿Puedo saber sus nombres?” – pregunta Roshi.

– “Él es Kibito” – responde el individuo, presentando a su compañero. – “Y a mí puede llamarme Shin.”

– “¿Y a qué debo su visita, señor Shin?” – insiste el viejo Tortuga.

– “Soy el Kaioshin del Este.”– revela el personaje. – “Y nos gustaría hablar con usted.”

Roshi se queda helado al escuchar al forastero.

– “¿Un…? ¿Un Kaioshin?” – titubea el anciano.

En una nave enterrada en mitad del desierto, el brujo Babidí inserta la energía recolectada por sus hombres en el huevo que encierra a Majin Bu.

La aguja que indica la energía total del monstruo se sacude ligeramente, pero a duras penas se puede notar el cambio.

– “Maldita sea…” – refunfuña el brujo. – “¡Así no acabaremos nunca!” – protesta.


A su lado, el demonio Dabra lo escolta.

– “Paciencia, señor” – dice el Rey de los Demonios. – “Majin Bu renacerá a su debido tiempo.”

– “¡Llevamos años recogiendo energía y no hemos logrado casi nada!” – exclama el brujo. – “¡Los humanos no sirven!”

– “¿Deberíamos ir a otro planeta?” – pregunta Dabra.

– “No podemos…” – lamenta Babidí. – “Si desenterramos la nave, llamaremos la atención de los Dioses…”

– “Yo puedo encargarme de los Kaioshin.” – dice Dabra.

– “No son ellos quienes me preocupan…” – responde Babidí. – “No quisiera que alertaran al Hakaishin.”

Babidí suspira desanimado.

– “Tendremos que seguir así, al menos por ahora.” – acepta el brujo. – “Que Kirano y Mokekko salgan a por más energía.”

– “Sí, señor” – responde Dabra.

En la Kame House, Shin y Kibito se encuentran sentados en el sofá con Roshi, a quien han explicado la situación. Están buscando guerreros.

– “Habéis llegado tarde…” – murmura Roshi, apenado. – “La Tierra ya no cuenta con los grandes guerreros que la protegieron en su día.”

– “Es una pena oír eso.” – dice Shin. – “Nos habrían sido de ayuda. Puedo verlo en sus recuerdos.”

Kibito se encuentra incómodo en el asiento, como si estuviera sentado sobre algo que le molesta, y no duda en buscar bajo su trasero, encontrando una revista del viejo Roshi.

– “¡Eso no es mío!” – se excusa el Duende Tortuga. – “Es de Oolong… Siempre deja sus cosas por ahí…”

– “Puedo leer la mente…” – murmura Shin, algo avergonzado.

Roshi agarra la revista y la lanza a un lado.

– “Yo os acompañaría encantado, pero creo que no os sería de mucha ayuda.” – dice el Duende. – “Lo lamento.”

– “Nosotros también” – dice Shin. – “Tendremos que encargarnos de este asunto nosotros mismos.”

Mientras tanto, los hombres de Babidí ya se encuentran recorriendo el bosque Fukurou hacia Yahhoi, su próximo objetivo, donde esperan poder reunir una gran cantidad energía para su Amo.

De repente, el medidor de kiris que lleva Kirano alerta de la presencia de un ki importante.

– “¡La aguja se ha movido!” – exclama Kirano.

– “¿Será una aldea?” – pregunta Mokekko.

– “Es posible.” – responde su compañero. – “¡Es por aquí!”

Los dos personajes cambian su rumbo y se adentran en el bosque.

Lejos de allí, Kibito y Shin se han marchado de la Kame House y ahora sobrevuelan el mar.

– “Un fracaso” – murmura Kibito.

– “Es una pena” – dice Shin. – “Lo que he visto en la mente del anciano… era esperanzador.”

En el bosque Fukurou, Kirano y Mokekko se han detenido al encontrar una vieja cabaña rodeada por un pequeño huerto.

– “¿Es aquí?” – pregunta Mokekko, confuso. – “¿Estás seguro?”

– “Eso indica el medidor” – responde Kirano, poco convencido.

De repente la puerta de la cabaña se abre, revelando a un anciano Duende Grulla, vestido con una camiseta interior blanca y un pantalón negro, con calentadores amarillos, zapatillas y luciendo unas gafas de sol.

– “¿Quién anda ahí?” – pregunta el viejo Tsuru.

Los hombres de Babidí se miran entre ellos, confusos. Kirano apunta con su indicador al anciano.

– “Parece que es él…” – le dice a su compañero.

Tsuru se molesta al ver que los dos individuos están chafando sus coles.

– “¿Quiénes sois vosotros?” – pregunta el anciano. – “¿Por qué estáis pisando mi huerto?” 

Mokekko blande la urna de recolección de energía que llevaba colgada de su cinturón.

– “¡A por él!” – exclama el grandullón, que se abalanza sobre Tsuru.

– “¡Ya es nuestro!” – celebra Kirano.

Shin y Kibito perciben que algo está ocurriendo más allá del horizonte.

– “¡¿Lo sientes, Kibito?!” – pregunta Shin.

– “Alguien está peleando.” – responde el ayudante del Kaioshin.

– “¡Vamos a echar un vistazo!” – exclama el Dios.

ESPECIAL DBSNL /// Kamakiri // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte IV: Master Puppeteer

Kamakiri / Parte IV: Master Puppeteer

“Llevo años esperando.”

Cinco años después de lo ocurrido en el laboratorio de Kamakiri esa terrible noche de tormenta, una nave de la Patrulla Galáctica aterriza en un páramo perdido en la montaña del planeta Konchu, azotado por la pandemia.

Tres patrulleros descienden de la nave. La líder del escuadrón es una mujer de aspecto felino y tez lila llamada Hop. La escolta una patrullera con aspecto de conejo blanco humanoide; Sorrel. Un tercer patrullero les compaña; un tipo de tez bronceada, maquillado y con aire presumido, llamado Jirasen. Los tres llevan máscaras antigás.

– “Así que es aquí…” – suspira Hop.

– “La situación es peor de lo que esperábamos.” – dice Sorrel, mirando su ordenador de muñeca. – “Los niveles de contagio exceden todas las previsiones.”

– “Debemos tener mucho cuidado.” – dice la líder de escuadrón. – “Si nos infectamos, perderemos la autorización para abandonar el planeta.”

– “Ni siquiera sabemos si ese tipo sigue vivo…” – suspira Jirasen.

– “Nuestra misión es comprobarlo y apresarlo si la respuesta es afirmativa.” – dice Hop.

Los tres agentes se dirigen a una cabaña cercana.

– “¿Qué es eso?” – se pregunta Sorrel, al ver una lona cubriendo un gran aparato.

– “Comprobémoslo.” – dice Hop.

La mujer felina tira de la gran tela y revela un vehículo de reparto espacial.

– “¿Qué hace esto aquí?” – se pregunta Hop.

Sorrel comprueba la base de datos del ordenador, introduciendo el código de identificación del vehículo.

– “Un vehículo de reparto robado.” – revela la coneja. – “Su conductor desapareció hace más de cinco años.”

– “Maldición…” – dice Hop. – “Esto podría ser grave…”

– “¿Por qué es tan importante un vehículo robado?” – refunfuña Jirasen.

– “Los vehículos de transporte de mercancías son de los pocos autorizados para entrar y salir de este planeta.” – dice Hop. – “Esto podría significar que el virus se ha extendido fuera de la zona de cuarentena…”

– “No culpo a nadie que quiera huir…” – suspirar Jirasen. – “Este sitio está condenado.”

Sorrel sigue estudiando los archivos de su ordenador.

– “Si ese Doctor Kamakiri está detrás de todo esto, debemos tener cuidado.” – dice la coneja. – “Trabajaba en el Centro de Estudios Biológicos de la Patrulla Galáctica. Si sigue vivo, estará preparado para nuestra llegada.”

– “¿Trabajaba para nosotros?” – se extraña Jirasen.

– “¿Es que no te has leído el informe de misión?” – protesta Hop.

– “Se abrió una investigación cuando ocurrió esta catástrofe, pero no llegó muy lejos.” – dice Sorrel. – “Órdenes de arriba.”

– “¿Y qué ha reanimado el interés del Cuartel General?” – pregunta Jirasen.

– “Creo que saben más de lo que nos cuentan.” – dice Hop.

Los tres desenfundan sus pistolas. Hop es quien empuja la puerta de la cabaña del con cuidado, que está abierta y se abre lentamente.

– “¿Doctor Kamakiri?” – dice Hop. – “¿Está ahí?”

La puerta revela al doctor sentado en su sofá, vestido con su gabardina negra y su máscara, abrazado por su mujer y su hija.

– “¿Doctor?” – repite Hop, aterrada ante la macabra escena.

La mujer y la hija del doctor miran a la patrullera con sus ojos en blanco.

– “¿Qué demonios…?” – se sobrecoge y perturba Hop, que se queda petrificada.

Jirasen y Sorrel entran en la casa y apuntan al doctor.

– “¿Qué…? ¿Qué significa esto?” – titubea Sorrel.

Kamakiri parece tranquilo, sigue sentado en el sofá con su mirada fija en el suelo.

– “Habéis tardado mucho…” – dice el doctor. – “Llevo años esperando.”

Los patrulleros luchan contra la terrible escena que tienen ante sus ojos y siguen apuntando a Kamakiri.

– “Está detenido, doctor.” – dice Hop. – “Levante las manos.”

El doctor llora oculto tras su máscara.

– “He fracasado…” – dice Kamakiri. – “He intentado traerlas de vuela… Pero he fallado…”

– “Lo que ocurrió en este lugar…” – dice Hop. – “No fue culpa suya.”

– “Sí que lo es.” – dice el doctor. – “Yo traje la muerte a Konchu.”

– “¿Es eso una confesión?” – pregunta la patrullera

– “La Patrulla Galáctica me pidió que investigara la forma de convertir un virus espacial en arma biológica.” – dice Kamakiri. – “Inyectando el virus en un parásito autóctono aumentamos su infectividad. Se transmitía a un ritmo nunca visto y por cualquier vía de contacto.” – explica. – “Pero, un día… tuvimos un accidente en el laboratorio…”

– “El agente se liberó…” – dice Sorrel.

– “No.” – dice Kamakiri. – “Lo contuvimos.”

– “¿Entonces?” – pregunta la patrullera, confusa.

– “Alguien saboteó los sistemas de seguridad del complejo.” – dice Kamakiri. – “Todo falló.”

Los patrulleros se miran entre ellos, sorprendidos ante la acusación del doctor. 

– “¿Está diciendo que la Patrulla Galáctica liberó el agente infeccioso?” – pregunta Hop.

– “No lo sé.” – dice Kamakiri. – “Pero fue alguien con acceso a nuestros sistemas.”

– “Te protegeremos.” – dice Hop. – “Investigaremos…”

– “No.” – le interrumpe el doctor. – “Estáis condenados.”

– “¿Qué?” – se extraña la patrullera.

– “Algo me dice que uno de vosotros tiene unas órdenes distintas a los demás…” – dice Kamakiri.

Jirsen, sin mediar palabra, dispara a Hop en la nuca. Sorrel intenta reaccionar, dándose la vuelta, pero recibe un certero disparo en el rostro.

El patrullero traidor apunta de nuevo a Kamakiri.

– “Así que tú eres el asesino…” – dice el doctor.

– “Estaban condenadas desde que aceptaron la misión.” – responde el patrullero. – “Y ahora te toca a ti.”

Kamakiri mueve sus dedos disimuladamente. Los cadáveres de Sorrel y Hop se ponen en pie detrás de Jirsen.

Antes de que el patrullero pueda reaccionar, sus fallecidas compañeras se abalanzan sobre él y le propinan una terrible paliza.

Kamakiri detiene a sus marionetas y se levanta para acercarse al moribundo patrullero a quien le arrebata su ordenador de pulsera.

– “Dime la contraseña.” – le dice el doctor a Jirsen mientras pisa su brazo roto.

– “Doro… Dorobochi…” – susurra el malherido patrullero.

Kamakiri introduce el código en el ordenador, que enseguida inicia una llamada a un receptor desconocido.

Con un movimiento de los dedos del doctor, Sorrel y Hop rematan al patrullero, cuyo cuerpo se transforma en una extraña criatura de tez grisácea, ojos verdes y una gran boca de tiburón.

La llamada es recibida, pero nadie responde.

– “Sé que me oyes.” – dice Kamakiri. – “He modificado el patógeno. Lo he rebautizado “Kodoku”. Ahora es inocuo, pero tiene otras peculiaridades mucho más interesantes. No sé quién eres, pero sé que quieres lo que tengo y que pagarías por ello.”

Tras un largo e incómodo silencio, alguien responde.

– “¿Qué quieres?” – pregunta el misterioso individuo al otro lado de la llamada.

– “He estado leyendo viejas historias…” – dice Kamakiri. – “¿Has oído hablar de las Dragon Balls?”

Al otro lado del Universo, en la cueva más profunda de un planeta árido y rocoso, una computadora atiende la llamada.

– “Veré qué puedo hacer…” – responde el ordenador.

ESPECIAL DBSNL /// Kamakiri // Universos 3, 5, 6 y 7 / Parte III: Fringe

Kamakiri // Parte III: Fringe
“Te he echado tanto de menos…”


El Dr. Kamakiri ha llegado a su casa y ha ocultado el vehículo de Monaka bajo una gran lona en la parte trasera de su jardín, para no levantar sospechas. El cadáver del repartidor ha sido trasladado al laboratorio.

El médico se encuentra en su sótano investigando los cabellos de la Diosa de Aknon. Kamakiri toma muestras celulares y las observa bajo el microscopio.

– “Increíble…” – se sorprende al ver que siguen vivas, aunque adormiladas. – “Estas células tienen eones… ¿Cómo es posible?”

El doctor aplica una solución de nutrientes sobre un grupo de células y éstas reaccionan rápidamente.

– “Fascinante…” – murmura Kamakiri.

Con muestras de tejido del cuerpo de Monaka, el doctor comienza sus experimentos. 

Las células de la Diosa, al ser inyectadas en tejido muerto, enseguida empiezan la producción de ciertas cadenas extrañas similares al ARN mensajero que toman el control de la célula, sustituyendo las funciones del núcleo muerto y generando un extraño fenómeno de vida artificial.

El doctor lleva a cabo una ardua investigación durante meses, sobreponiéndose a todo tipo de problemas para ampliar el proceso y hacer que funcione cada vez en muestras de tejido más grandes. Pero hay un escollo que no ha logrado sobrepasar. El proceso no se reproduce en tejido nervioso muerto.

El doctor empieza a desesperarse.

Día tras día, Kamakiri lleva a cabo nuevos experimentos, pero sin éxito. La locura embarga lentamente al doctor, que se sume en un estado de depresión mayor.


Una noche, tras meses de experimentación, en un rincón del laboratorio, un pequeño roedor llama la atención de Kamakiri que, en lugar de verlo como una amenaza para la esterilidad del laboratorio, ahora lo ve como una oportunidad de experimentar en tejido vivo. 

Tras cazar al ratón y sedarlo levemente, el doctor inyecta la muestra celular de Aknon en el líquido cefalorraquídeo del roedor.

Después de esperar unos minutos, el médico se dispone a sacrificar al animal para poder estudiar los resultados, pero antes de hacerlo oye un extraño ruido en otra de sus mesas. 

Kamakiri se acerca al lugar de procedencia de esos ruidos y observa cómo las muestras musculares sobre las que había experimentado previamente se están contrayendo en respuesta a la desesperación del pequeño roedor.

A partir de ese descubrimiento, los esfuerzos del doctor se centran en elaborar una solución capaz de inyectarse a sí mismo, con la esperanza de que su mente pueda devolver a la vida a sus seres queridos a través de sus recuerdos.

En una noche de tormenta, el doctor ha logrado confeccionar un suero, y está dispuesto a probarlo.

El cadáver de su esposa ha sido descongelado y se encuentra sobre la mesa de autopsias cubierto por una sábana blanca. Kamakiri lo ha preparado para el experimento y le ha inyectado el genoma de la Diosa. 

Ahora es el doctor quien se inyecta la solución en la columna cervical, una punción de alto riesgo, pero él siente que no tiene nada que perder.

El doctor percibe una sensación fría que recorre su columna y se introduce en su cerebro. Kamakiri cae al suelo tiritando, pero la sensación térmica pronto cambia radicalmente y se convierte en un abrasador fuego que lo hace gritar de dolor. 

Tras varios minutos de tortura, el doctor pierde el conocimiento.

Después de varias horas desmayado, el doctor despierta e intenta levantarse. Se encuentra mareado y débil, pero con esfuerzo logra ponerse en pie.

Antes de que pueda recordar lo sucedido, un ruido llama su atención. ¿Alguien llama a la puerta? No. El ruido proviene del laboratorio. De la mesa de autopsias.

Kamakiri mira de reojo hacia esa dirección y se da cuenta de que el cuerpo de su mujer también intenta ponerse en pie. 

– “Cariño…” – titubea el doctor. – “Estás viva…” – llora emocionado. – “Te he echado tanto de menos…”

Kamakiri, aturdido por el proceso, intenta caminar y se cae al suelo. El cadáver de su mujer imita torpemente los movimientos del doctor.

– “No…” – murmura el médico, apenado.

El médico se sobrecoge al conjeturar lo ocurrido. El doctor empieza a mover sus manos y sus dedos lentamente, observando cómo el cadáver replica sus gestos.

– “No es ella…” – entiende Kamakiri. – “Es solo… una marioneta…”