El saiyajín olvidado / Parte III: El Guardián
“Venimos a por el Fruto Sagrado.”
El cuerpo de Furog flota en el espacio.
En la nave de Turles, el saiyajín se sigue recuperando del combate con Ledgic, tumbado en su cama, envuelto en vendajes que Cacao revisa.
Rasin y Lakasei han puesto rumbo al misterioso planeta Kurama.
– “¿Esta vez está seguro?” – le pregunta Daiz a Almond.
– “No creo que se haya atrevido a mentir otra vez…” – dice el nuts. – “Aunque tampoco podemos preguntarle de nuevo…”
– “A lo mejor no tenías que matarlo.” – suspira el kabocha.
– “Demasiadas oportunidades le hemos dado.” – responde Almond.
Cacao sale del camarote de Turles.
– “¿Cómo está?” – pregunta Daiz.
– “Se recuperará.” – responde el ikonda.
Almond suspira aliviado.
– “Jamás había visto a un tipo capaz de plantar cara a Turles…” – dice el nuts.
– “El universo es vasto.” – dice Daiz, que de niño fue testigo de cómo las Fuerzas Especiales Ginyu arrasaron su planeta.
Tras varios días de viaje, Turles y sus hombres llegan a Kurama y aterrizan en la superficie del planeta.
Turles se ha recuperado de sus heridas, pero sigue llevando vendajes en su torso y antebrazos.
– “¿Deberíamos informar a Cooler?” – pregunta Rasin, aún sentado en el asiento de piloto.
– “No.” – responde Turles. – “Preferiría hacerlo cuando tengamos algo más que una pista. Además, no podemos acusar a Don Kee sin pruebas. Lo negaría.”
– “De acuerdo.” – responde Lakasei, al lado de su hermano.
El saiyajín aún está afligido por su última batalla, algo que se vuelve evidente para todos cuando intenta ponerse una nueva armadura.
– “Puedes quedarte en la nave” – sugiere Daiz. – “Estamos en un planeta primitivo. No debería ser un problema para nosotros.”
– “¿Queréis dejarme al margen?” – sonríe Turles.
– “Es mejor que te recuperes.” – insiste Daiz. – “Si nos topamos de nuevo con tipo de Imegga, te necesitaremos en plenas condiciones.”
Turles suspira y decide no ponerse la armadura.
– “Está bien.” – responde el saiyajín. – “Dejaré esta misión en vuestras manos.”
– “Será pan comido.” – interviene Almond.
En unos minutos, los hombres de Turles llegan a la primera aldea kurama. El saiyajín se ha quedado descansando en la nave.
– “Venimos a por el Fruto Sagrado.” – anuncia Daiz. – “¿Sabéis algo?”
Los aldeanos rodean a los soldados.
– “Otra vez esto…” – suspira Almond.
– “¿Al menos entendéis nuestro idioma?” – pregunta Daiz a los nativos.
Uno de los aldeanos da un paso al frente.
– “Hablamos la lengua común” – dice el zorro. – “Pero no sabemos nada del fruto.”
Daiz sonríe.
– “No me lo trago.” – dice el kabocha. – “Vamos a tener que insistir.”
Daiz alza su mano y empuja con su ki al zorro, que se estrella contra una cabaña cercana.
Los guerreros kurama de la ladea se ponen en guardia, mientras los demás huyen.
El zorro que había sido empujado se levanta de entre los escombros y revela una segunda cola.
Los scouters de los soldados de Turles se activan los alertan del peligro.
– “¡¿Qué significa esto?!” – se sorprende Cacao.
– “¡Su fuerza de combate ha aumentado!” – exclama Almond.
– “Tiene 8.000…” – titubea Rasin. – “…8.000 unidades…”
Daiz examina a los demás kurama.
– “Los otros tienen casi 3.000…” – murmura el kabocha.
Daiz da un paso al frente.
– “Yo me encargo de éste.” – dice el kabocha. – “Los demás son vuestros.”
Turles, tumbado en su nave, siente el ki de sus soldados peleando con los kurama y sonríe.
– “Parece que van a divertirse…” – murmura el saiyajín.
Los hombres de Turles luchan contra los aldeanos. Cacao, gracias a las capacidades de su armadura ikondana, logra imponerse fácilmente a su enemigo. Almond aprovecha su superioridad física para dominar el combate. Rasin y Lakasei son los que más sufren, pero aprovechan su movilidad y su pequeño tamaño para sorprender a sus enemigos.
Mientras tanto, Daiz se enzarza en un combate igualado contra el guerrero kurama.
El nativo parece superar en velocidad al kabocha y le propina un fuerte puñetazo en el rostro a Daiz, y lo remata con una patada giratoria en el pecho que lo lanza contra una montaña cercana.
Creyéndose vencedor, el kurama mira de reojo a los otros soldados, dispuesto a atacarles, pero antes de que pueda actuar se da cuenta de que Daiz sigue con vida.
– “Los kabocha somos muy resistentes, zorrito” – sonríe el ensangrentado soldado. – “Aún no hemos terminado.”
Daiz abre su boca y emite un torrente de energía que sorprende al kurama y lo engulle.
En la nave, Turles sonríe.
– “Les ha sido más fácil de lo que esperaba…” – murmura el saiyajín.
De repente, una presencia alerta a Turles, que se incorpora en la cama.
– “¿Qué ha sido eso?” – se pregunta el saiyajín. – “Ese poder… ¿Quién puede ser?”
En un templo escarbado en la montaña, un kurama ataviado con ropajes similares a los de los Hakaishin, se encuentra en el portal, mirando al horizonte, con sus puños apretados por la rabia.
– “Tranquilo, Liquir” – dice una voz desde el interior del templo.
– “Esos tipos están masacrando a mi gente.” – responde el kurama.
– “Si revelas tu existencia, sabrán que algo se esconde aquí.” – insiste la voz, que resulta ser de Sidra.
El pequeño anciano sale de las sombras y se acerca a su pupilo.
– “La paciencia es una virtud que el Guardián del Fruto debe dominar.” – dice el antiguo Dios de la Destrucción.
Turles sale de su nave sin ponerse su armadura y fija su mirada en el horizonte.
– “Era por allí…” – murmura antes de partir en esa dirección.
Mientras tanto, Daiz ha logrado someter al kurama. El zorro se encuentra tumbado en el suelo y el kabocha tiene la suela de su bota sobre su cuello.
– “¿Dónde está el fruto?” – pregunta Daiz.
– “Jamás hablaremos.” – dice el zorro.
– “Pues moriréis.” – responde el kabocha.
De repente, un pitido del scouter alerta a Daiz.
– “¿Qué?” – se sorprende. – “¿Turles? ¿A dónde va?” – se pregunta al ver la energía de su líder en movimiento.
En el templo, Liquir ha sentido la presencia del saiyajín aproximándose.
– “Uno se acerca.” – dice el zorro.
Sidra suspira.
– “Te advertí de que esto pasaría…” – dice el anciano.
Liquir cruje sus puños, listo para pelear.
– “No se preocupe, maestro.” – dice el kurama. – “No dejaré que se acerquen al templo.”
El kurama se eleva lentamente y sale a toda velocidad al encuentro de Turles.
