ESPECIAL DBSNL /// El que vio // Universos 1, 2, 3, 4, 5, 6 y 7 / Parte I: El brujo y su monstruo

El que vio // Parte I: El brujo y su monstruo

“Vuestros sacrificios liberarán este mundo.” 

Esta historia ocurrió hace mucho tiempo; antes de que el primer ángel naciera.

En el planeta Konats, un gigantesco monstruo con una larga cola destruye todo lo que encuentra a su paso. Su aliento de fuego inunda las calles de la ciudad, aniquilando a sus habitantes, que corren despavoridos buscando cobijo.

En el Planeta Sagrado, los Kaioshin observan lo ocurrido con sus ojos divinos.

– “¿Eso es una creación de los mortales?” – pregunta el Kaioshin del Norte.

– “Es una magia poderosa…” – murmura el Dai Kaioshin.

– “¿Deberíamos intervenir?” – se pregunta el Kaioshin del Este.

Mientras tanto, el Hakaishin Ramushi y su discípulo, el gotokoneko Kawa, también están atentos a lo que sucede.

– “¿Qué está pasando, maestro?” – pregunta Kawa.

En Konats, el monstruo al que llaman Hildegarn sigue sembrando el caos. Varios guerreros konatsianos intentan detenerle, pero sus espadas no son capaces de dañar ni lo más mínimo al demonio.

Un niño corre por las calles, huyendo de la muerte personificada, pero el monstruo se fija en él y proyecta su terrible aliento de fuego contra el chico, bañando la calle en llamas.

En un instante, Kawa aparece en la azotea de un edificio, a varios kilómetros de distancia, con el niño en brazos. Lo ha salvado. El chico se asusta aún más al ver al gotokoneko, que enseguida lo deja en el suelo.

– “Largo.” – le dice el aprendiz de Hakaishin, haciendo que el niño eche a correr.

Cerca de allí, el vigente Dios de la Destrucción observa al monstruo, que sigue avanzando por las calles de Konats.

Kawa se acerca al Hakaishin.

– “¿Qué debemos hacer, maestro?” – pregunta el gotokoneko.

– “Yo me encargaré de eliminar esta abominación.” – dice Ramushi. – “Tú investiga su origen.”

– “Sí, señor.” – responde Kawa.

El monstruo sigue incendiando la ciudad, pero de repente, Ramushi aparece frente a él, flotando a la altura de su rostro.

– “Se acabó, criatura.” – dice el elefante en tono severo, mientras apunta con la palma de su mano al enemigo. – “Hakai.” – sentencia.

Pero nada ocurre.

– “¿Qué?” – se sorprende Ramushi.

En ese instante, el monstruo propina un fuerte manotazo al Dios y lo estampa contra un edificio cercano.

– “¡¡¡GRRRAAAAAAAHHH!!!” – ruge Hildegarn, antes de proyectar una fuerte llamarada contra el Hakaishin.

Ramushi apunta con su mano a la llama, que se aproxima rápidamente.

– “¡Hakai!” – vuelve a probar suerte el Dios, con estéril resultado.

El fuego baña el edificio, que se derrite como una vela.

Lejos de allí, a una distancia segura, el Dai Kaioshin aparece acompañado por Ramushi.

– “Gracias, Dai Kaioshin.” – dice el Hakaishin

– “Un placer.” – sonríe el Dios.

Los cuatro Kaioshin cardinales se encuentran a su lado y observan el desastre.

– “Ese fuego parece extraño.” – dice el Kaioshin del Norte.

– “Si esa criatura es inmune al poder del Dios de la Destrucción, no sé que podemos hacer nosotros para detenerlo…” – murmura el Kaioshin del Sur.

El Dai Kaioshin y el Hakaishin se unen a ellos.

– “No podemos actuar sin un plan.” – dice Ramushi.

– “Debemos ser cautelosos.” – sugiere el Dai Kaioshin.

Los Kaioshin escuchan a sus superiores atentamente, pero de repente, el Kaioshin del Norte interrumpe alarmado.

– “¡Ha desaparecido!” – exclama el Dios.

– “¡¿Qué?!” – se sorprenden todos.

– “¡El monstruo ya no está!” – insiste el Kaioshin.

– “¿Cómo es posible?” – se pregunta el Dai Kaioshin.

Todos los Dioses buscan al monstruo en el horizonte, pero pronto se dan cuenta de que un extraño humo está cobrando forma a sus espaldas.

– “Pero, ¿qué demonios…?” – murmura el Hakaishin.

Hildegarn se materializa a partir del torbellino de humo e intenta golpear a los Dioses, que se ven obligados a dispersarse para esquivarlo. 

Mientras tanto, Kawa sigue el rastro de destrucción que ha dejado el monstruo hasta su posible origen, en las afueras de la ciudad, atravesando un gran bosque incinerado.

El gotokoneko encuentra un gran socavón en el suelo y se adentra en él. Al llegar a lo más profundo del abismo, el aprendiz de Hakaishin encuentra que éste conecta con una red de túneles.

– “¿Qué es todo esto?” – se pregunta Kawa.

Las paredes de la gruta se encuentran repletas de jeroglíficos antiguos que describen un mundo desconocido para el aprendiz de Dios.

En la ciudad, los Dioses se preparan para luchar. Los cuatro Kaioshin se colocan junto a sus superiores.

– “¡¿Qué hacemos, señor?!” – se preguntan los Kaioshin cardinales.

– “Dejádnoslo a nosotros.” – dice el Dai Kaioshin.

– “Buscad a mi aprendiz y ayudadle.” – ordena Ramushi.

Los cuatro Kaioshin asienten y enseguida se marchan, dejando al los dos Dioses supremos frente al monstruo.

– “Debemos ser precavidos, Ramushi.” – sugiere el Dai Kaioshin.

– “Debe tener un punto débil.” – dice el Hakaishin. – “Tenemos que averiguarlo.”

Mientras tanto, Kawa investiga la gruta y avanza por sus túneles hasta llegar a una gran sala con una extraña estructura central que consta de tres pilares. Las dos columnas laterales son más cortas que la columna central, cuya cima termina en un gran círculo, como el ojo de una aguja.

Kawa contempla la gran estructura, cuyo origen y función desconoce.

De repente, una voz le sorprende.

– “Bienvenido, joven Dios.” – dice una voz ronca.

Kawa se da la vuelta alarmado.

– “¿Quién eres?” – pregunta el aprendiz de Hakaishin.

Entre las sombras, Kawa puede ver a un personaje encapuchado, envuelto en una larga túnica negra.

– “Alguien que busca respuestas.” – responde el personaje.

– “Supongo que eres el responsable de todo esto…” – dice Kawa. – “¡Tú has creado ese monstruo!”

– “Solo soy un mortal.” – sonríe el misterioso personaje.

– “¡Estás jugando con fuerzas que no comprendes!” – exclama Kawa.

– “Las comprendo muy bien.” – responde el individuo.

– “¡¿Por qué lo has hecho?!” – insiste el aprendiz de Hakaishin.

– “Quería poner a prueba mis habilidades.” – responde el personaje.

– “Estás loco.” – dice Kawa.

– “¡¿Loco?!” – se ofende el individuo. – “¡Sé que hay un poder por encima de mí y de vosotros! ¡Alguien que ha decidido jugar con mi destino y el de todos los mortales! ¡Para él solo somos un terrario al que observar para entretenerse!”

– “¿Conoces la existencia del señor Zeno?” – se sorprende Kawa. – “¿Cómo es posible?”

– “Zeno…” – sonríe la sombra. – “No sabía su nombre…”

De repente, una luz aparece en el centro del gran ojo de la columna central.

– “¿Qué es eso?” – se pregunta Kawa.

– “Hildegarn está cosechando energía.” – dice la sombra. – “¡Gracias a él podré salir de este plano existencial y tocar la realidad con mis dedos! ¡Podré ver más allá!”

En la ciudad, Hildegarn destruye todo lo que encuentra a su paso, acabando con la vida de cientos de personas. El Dai Kaioshin y el Hakaishin intentan detenerle.

Ramushi se envuelve en ki morado y se agacha, colocando sus manos en el suelo como si fuera a empezar una carrera, y embiste a Hildegarn con todas sus fuerzas, pero el monstruo se convierte en humo y deja que el Dios pase a través de él.

– “Maldito…” – murmura el Hakaishin.

El humo se condensa de nuevo y ahora es el Dia Kaioshin quien intenta interceptarlo lanzándole un centenar de cascotes con su poder mental, pero el monstruo se vuelve intangible de nuevo.

– “Esto es muy frustrante…” – lamenta el Dios.

En la gruta, Kawa y la sombra continúan hablando.

– “No permitiré que lleves a cabo tu plan” – dice el aprendiz de Dios, poniéndose en guardia y envolviéndose en un aura morada.

Kawa se abalanza sobre el enemigo, dispuesto a propinarle un puñetazo, pero la sombra extiende su brazo y detiene el golpe del aprendiz, cuya aura de desvanece al instante.

El rostro de Kawa muestra una mezcla de sorpresa, confusión y miedo al ver que ese mortal ha podido detenerle.

De repente, el aprendiz de Hakaishin sale repelido al otro lado de la sala y se estrella contra la pared.

– “No deberías considerarme un enemigo.” – dice la sombra. – “Estás atrapado en este mundo como el resto de mortales.”

Kawa se pone en pie, magullado y con un corte sobre su ojo derecho.

– “Mi deber como futuro Hakaishin es mantener el orden en el universo.” – dice Kawa. – “Y eliminar a los agentes del caos como tú.”

– “Una voluntad fuerte.” – dice la sombra. – “Pero ya te habrás dado cuenta de que la mía también lo es.”

En la metrópolis, el Hakaishin apunta al enemigo con su trompa y sopla con fuerza, emitiendo un ruido ensordecedor que arrasa con todo a su paso, como si fuera un gran cañón de aire emitido por una trompeta.

El invisible ataque logra sorprender a Hildegarn, que parece quedar aturdido.

Al ver que el ataque ha tenido efecto, Ramushi sigue insistiendo en su ofensiva.

El Dai Kaioshin junta sus manos delante de su rostro y concentra su ki de color verde mientras recita una oración en la lengua de los Dioses.

Finalmente, el Dios separa sus manos, que brillan con intensidad.

– “Espero que esto funcione…” – piensa el Dios.

El Dai Kaioshin apunta al monstruo, emitiendo un rayo de energía que envuelve a Hildegarn tras el impacto. El Dios abre sus brazos hasta colocarlos en cruz, y eso hace que una oscura presencia salga del monstruo y viaje a través del rayo de energía hasta el Dai Kaioshin, introduciéndose en su cuerpo.

De repente, la figura de Hildegarn empieza a convertirse en piedra, transformándose en una inmensa estatua.

El Dai Kaioshin, agotado, desciende hasta el suelo y cae de rodillas. Ramushi enseguida se acerca a él.

– “Lo hemos logrado.” – suspira el Dai Kaioshin.

– “Eso parece.” – sonríe el Hakaishin. – “¿Cómo te encuentras?”

– “No podré retener su presencia eternamente.” – dice el Dios. – “Será mejor que nos demos prisa.”

Mientras tanto, en la gruta, Kawa y la sombra siguen cara a cara. De forma repentina, la luz de la estructura empieza a atenuarse.

– “Parece que has fracasado.” – sonríe Kawa.

En ese instante, los cuatro Kaioshin llegan al lugar y se colocan junto al aprendiz de Hakaishin.

– “¿Quién es ese tipo?” – pregunta uno de ellos.

– “¿Es el causante de todo esto?” – añade otro.

La sombra esboza una terrorífica sonrisa.

– “Justo lo que necesitaba.” – murmura el enemigo.

En ese momento, los cuatro Kaioshin y Kawa sienten que una fuerza poderosa es ejercida sobre ellos, como si la gravedad hubiera aumentado exageradamente, forzándoles a ponerse de rodillas.

– “¡¿Qué ocurre?!” – se pregunta sorprendido uno de los Dioses.

La sombra se acerca a ellos lentamente.

– “Vuestros sacrificios liberarán este mundo.” – dice la sombra.

De repente, un extraño fuego negro envuelve al primer Kaioshin, y con su muerte la luz de la columna brilla con más intensidad. Lo mismo ocurre con el segundo y el tercero, ante la aterrada mirada de sus compañeros. Con la muerte del cuarto Kaioshin, la luz estalla y se genera un portal en el interior del círculo de piedra.

– “Bien…” – sonríe satisfecha la sombra, que mira al aprendiz de Hakaishin. – “Has tenido suerte. Parece que no necesito tu sacrificio.”

Kawa alza su mirada y puede ver por primera vez el rostro del misterioso individuo encapuchado; un ser con aspecto de carnero, con pelaje azul, ojos rojos y cuernos curvados.

El individuo da la espalda al aprendiz de Hakaishin y se acerca al portal.

– “Ha llegado el momento.” – sonríe antes de cruzarlo.

Un instante después, el portal se apaga y Kawa queda libre de la fuerza que lo retenía.

El joven aprendiz de Hakaishin se queda de rodillas, en estado de shock, con su rostro desencajado. Jamás había imaginado la posibilidad de que pudiera existir alguien así; un mortal capaz de doblegar a los Dioses.

DBSNL // Capítulo 175: Sangre

DBSNL // Capítulo 175: Sangre 

“Este es el final de la era de los Dioses.”

Vegeta estudia atentamente a su adversario, intentando prever sin éxito las sorpresas que le guarda. 

Los antebrazos del brujo, ahora libres de vendajes, muestran numerosas cicatrices longitudinales de terrible aspecto.

Moro se cruza de brazos, con el interior de sus antebrazos opuestos el uno del otro, y clava sus uñas en ellos para después desgarrárselos de arriba abajo. Cinco grandes arañazos sangrientos resultan.

Vegeta no sabe como reaccionar ante tal macabra acción.

El brujo relaja sus brazos y la sangre los recorre hasta gotear profusamente sobre las briznas de hierba azul de Namek, que se pudren al instante. El efecto enseguida se extiende por toda la zona.

Vegeta nota que su respiración se torna más pesada, como si el aire se hubiera vuelto más denso. El saiyajín siente que está respirando muerte.

El brujo alza su mano, con la palma apuntando al cielo, y de repente se genera una gigantesca esfera de energía oscura.

El saiyajín se queda boquiabierto ante semejante poder.

– “¿Qué…? ¿Cómo…?” – titubea Vegeta.

Moro sonríe y lanza su ataque, que se mueve a una velocidad de vértigo.

– “¡MALDITA SEA!” – exclama el saiyajín, que casi no tiene tiempo de reaccionar.

Una gran explosión tiene lugar. Un estallido que modifica la silueta de Namek y lo terraforma. Un gran fragmento del planeta se desprende del resto.

Piccolo, Garlick y Shiras se quedan asombrados ante lo ocurrido.

– “Jamás había visto un poder así… Un mortal…” – dice el pequeño demonio.

– “Es superior a cualquier Dios que haya conocido…” – se sorprende Shiras.

Moro se acerca al inmenso cráter, que se inunda de lava proveniente del manto del planeta, y enseguida alza su mirada hacia el fragmento flotante.

En esa nueva luna, Vegeta sale de los escombros, ensangrentado. Su brazo izquierdo ha quedado inutilizado y a duras penas logra ponerse en pie. Ha perdido su transformación. 

– “Maldición…” – lamenta el saiyajín, que casi no puede respirar. – “La he fastidiado…”

De repente, cinco personajes aparecen a su lado. Son los cuatro Kaioshin y Nasjorin.

– “¡Kaioshin! ¿Qué hacéis aquí?” – se sorprende Vegeta.

– “No hemos podido llegar hasta que te has distanciado lo suficiente de su magia.” – responde Shin.

Kibito se acerca a Vegeta y coloca sus manos sobre él.

– “Repondré tus fuerzas” – dice el Kaioshin del Norte.

Moro sigue atento a lo que sucede desde Namek.

– “No puedo permitir eso” – sonríe el brujo.

Moro extiende sus manos hacia el asteroide y tira de él con fuerza mediante su poder mental, atrayendo la masa de roca de nuevo hacia Namek.

– “¡CUIDADO!” – advierte Vegeta.

El asteroide choca contra el planeta, creando una nueva explosión que alza una gran nube de ceniza que cubre Namek. 

Vegeta y los Dioses han logrado abandonar el asteroide a tiempo y ahora flotan en el cielo, sobrevolando el lugar del impacto. Kibito ayuda a Vegeta, con el brazo sano del saiyajín sobre sus hombros.

– “Ha estado cerca…” – suspira Wakari.

– “Deberíamos retirarnos y…” – sugiere Narai.

Pero la Diosa es interrumpida. Shiras, Piccolo y Garlick rodean a los Kaioshin.

– “Vaya, vaya…” – se burla el pequeño demonio. – “¿Qué hacéis vosotros aquí?”

Los Dioses se ponen en guardia.

Vegeta, pese a estar herido, se aparta de Kibito.

– “Retiraos, Kaioshin.” – dice el saiyajín. – “Yo todavía no he dicho mi última palabra.”

Vegeta se envuelve en el aura del Ikigai.

– “Vegeta…” – se preocupa Shin.

Moro se eleva lentamente desde la superficie y se une a sus secuaces, colocándose justo delante de Vegeta.

– “Estás acabado.” – dice el brujo.

Vegeta se abalanza contra Moro, pero el brujo le sorprende con un golpe en el abdomen que lo dobla de dolor, y acto seguido lo remata con un codazo en la espalda que lo lanza contra la superficie de Namek.

– “¡VEGETA!” – exclama Shin.

Los cuatro Dioses y Nasjorin atacan a los hombres de Moro. 

Wakari embiste a Garlick, pero el demonio lo esquiva y le sorprende agarrándole por la espalda, rodeándole el cuello con su musculoso brazo y estrangulándole.

Narai se abalanza sobre Shiras, pero antes de poder propinarle un puñetazo se da cuenta de que ha sido apuñalada con un trozo roto de la de vara del legendario patrullero.

Kibito intenta golpear a Piccolo, pero el namekiano detiene el puñetazo del Kaioshin del Norte y contraataca atravesándole el pecho con su mano en forma de garra.

Shin embiste a Moro, pero el brujo se anticipa y le agarra la cara. Los ojos del brujo y los del Kaioshin se cruzan.

– “Vuestro reinado ha terminado.” – dice Moro.

De repente, Nasjorin interviene e intenta cortarle el brazo al brujo con un espadazo, obligando a Moro a liberar a Shin y a retroceder.

Nasjorin ataca a Moro de nuevo, intentando conectar alguna de sus estocadas, pero el brujo esquiva todos los golpes. 

Shin se queda perplejo al verse rodeado de sus compañeros derrotados en manos de los secuaces de Moro.

En la superficie del planeta, Vegeta se encuentra incrustado en el rocoso suelo rodeado de lava, sin fuerzas, con su mirada puesta en el duelo entre el brujo y el inushi.

– “¿He perdido otra vez?” – se pregunta el saiyajín, cuyos ojos se llenan de lágrimas. – “¿He errado mi propósito?”

Nasjorin se detiene, frustrado por no poder golpear a su adversario.

– “Solo tengo que golpearlo una vez…” – piensa el inushi.

Moro sonríe.

– “¿Eso crees?” – le sorprende el brujo, que ha leído su mente. – “Confías mucho en el poder de esa espada…”

Nasjorin ataca de nuevo con todas sus fuerzas, pero Moro detiene el espadazo con su antebrazo. Una pequeña gota de sangre nace en el corte y recorre su piel.

– “El poder de los Dioses se torna inerte en mi presencia.” – dice el brujo. – “Incluso el del viejo Dai Kaioshin.” – añade. – “Detener a mis discípulos es una cosa, pero yo… soy distinto.” – se mofa.

Moro sorprende al aterrado inushi agarrándole del cuello.

– “Vas a morir como un perro” – sentencia el brujo mientras le aprieta el pescuezo.

Pero una media sonrisa desconcierta al brujo. 

Nasjorin extiende su mano y la coloca en el rostro de Moro.

– “¡LUZ DE INUGAMI!” – exclama el inushi.

La palma del guerrero se ilumina con luz blanca.

Los secuaces del brujo, que estaban apaleando a Shin, se detienen al ver brillar una luz tan intensa.

– “¡NO!” – se asusta Mojito, que reconoce el poder del guerrero.

Pero Moro sonríe, devolviéndole la sorpresa a Nasjorin.

La luz blanca de Inugami oscurece y se torna negra. El cuerpo del guerrero empieza a resquebrajarse. Moro le deja libre. La corrupción se extiende por el brazo del inushi hasta cubrir su cuerpo por completo.

– “Necesitaréis más que la luz tenue de viejos Dioses si queréis libraros de mí.” – se burla el hechicero.

Los ojos de Nasjorin se tornan negros. Finalmente, el inushi estalla en una explosión de oscuridad.

– “¡NASJORIN!” – grita Shin, que ve como desaparece la última oportunidad del universo.

El Kaioshin recibe un golpe por la espalda propinado por Garlick que lo lanza contra el suelo.

Moro y sus hombres descienden a su alrededor.

– “Este es el final de la era de los Dioses.” – sentencia Moro. – “Crearé un mundo nuevo, libre de vuestra tiranía.”

Una voz le interrumpe.

– “¡MORO!” – grita Vegeta.

El saiyajín, en un estado deplorable, se ha puesto en pie. El brujo sonríe.

– “¿Aún sigues con vida?” – se burla el hechicero.

Vegeta se envuelve una vez más en el aura del Ikigai, que arde como una llama hasta retorcerse y tornarse esférica.

– “¡VOY A ACABAR CONTIGO!” – dice el saiyajín, que en su mano derecha prepara una esfera de ki morado.

Moro usa su poder mental para atraer a Shin hasta su mano y agarrarlo por la nuca. El brujo pretende usarlo de escudo.

Shin, pese a estar malherido, intenta hablar.

– “Vegeta…” – dice el Dios. – “No dudes…”

– “Es un buen consejo. ¿Lo has oído, Vegeta?” – se burla el brujo. – “Pero la pregunta es, ¿puedes hacerlo? ¿Puedes matar al Kaioshin? Por matar a un Dios, tu alma podría terminar en el Makai…”

El saiyajín esboza una media sonrisa.

– “Pues nos veremos allí.” – responde Vegeta. – “¡¡FINAL SHINE!!” – grita al proyectar su ataque.

La decisión del saiyajín ha sorprendido a Moro. Sus secuaces saltan a un lado para apartarse de la trayectoria de la técnica de Vegeta. El brujo alza una barrera mágica, pero ésta enseguida se resquebraja y estalla. Shin sonríe. Moro y el Kaioshin del Este son engullidos por el “Final Shine” de Vegeta.

El ataque es tan devastador que provoca que Namek se deforme de nuevo, creando un surco que puede verse desde el espacio. El magma del planeta brota desde las grietas del suelo y se forman columnas de lava a presión. Todo el astro tiembla. El cielo se cubre rápidamente por nubes negras que desatan una tormenta eléctrica terrible.

Vegeta ha perdido su transformación y cae de rodillas. Su respiración es muy pesada. No le quedan fuerzas. Además, la atmosfera de Namek se ha vuelto extremadamente ligera; respirar es cada vez más difícil. 

Shiras sale de entre los escombros y se da cuenta del alcance del ataque.

– “Es increíble…” – murmura el viejo patrullero. – “Incluso usando mis habilidades, apenas he podido escapar…”

Piccolo también ha sobrevivido, pero ha perdido una pierna.

– “Maldito Vegeta…” – gruñe el namekiano, que enseguida regenera su extremidad.

Garlick es el próximo en dar señales de vida.

– “No…” – lamenta el demonio, que ha perdido su brazo derecho y parte de su torso, volviendo a su forma original. El demonio sangra por la boca. – “No puede ser…”

Los tres secuaces buscan a su líder, pero no hay rastro de Moro.

– “Ese miserable…” – gruñe Garlick.

Vegeta, arrodillado, mira fijamente al suelo. Su vista es borrosa.

De repente, el brujo aparece de entre la polvareda, ensangrentado y con marcha errática.

– “Maldito seas, Vegeta…” – gruñe Moro.

Garlick es el primero en ver al brujo.

– “¡Está vivo!” – celebra el moribundo demonio, que se esfuerza para levantarse.

Moro cae de rodillas frente a su súbdito.

– “¡¿SEÑOR?!” – se preocupa el demonio.

El brujo tapa la boca de Garlick con su mano y lo estampa contra el suelo.

– “¡¿MMMMH?!” – intenta gritar el confuso diablillo.

Una gota de sangre del brujo recorre su antebrazo hasta mezclarse con la de Garlick. El pequeño diablo intenta forcejear desesperadamente, mientras siente como su cuerpo se deteriora rápidamente.

– “Tu sacrificio dará lugar a un nuevo mundo.” – dice Moro. – “Regocíjate.”

Shiras, cerca de allí, lo ve todo, pero lejos de ayudar a Garlick, se fija en un pequeño objeto brillante en el suelo.

– “¿Qué es eso?” – piensa el patrullero.

Al acercarse identifica una esquirla cristalina de color verde.

El cuerpo de Garlick se consume, quedando demacrado en unos segundos.

Las heridas de Moro se han cerrado. El brujo se pone en pie con una sonrisa victoriosa en su rostro.

Vegeta oye unas pisadas aproximándose. Es el brujo, que se muestra ante él.

– “Ya no existen Dioses que puedan detenerme.” – dice Moro. – “Pronto me sentaré en el trono del “Dios del Todo” y liberaré el mundo de la tiranía divina a la que lo tenían sometido.”

Una risa desesperada de Vegeta sorprende al brujo.

– “Ja… jaja… jajaja… ¡JAJAJA…! *coff, coff*” – ríe el saiyajín hasta que es interrumpido por una tos violenta. – “No es a los Dioses a quien debes temer…”

Moro frunce el ceño.

– “Podría matarte ahora mismo…” – gruñe el brujo. – “Pero eso te daría una paz que no mereces.”

Moro alza su mano y un gran portal oscuro se abre sobre él.

– “Vagarás por el Makai, un lugar que tu alma jamás podrá abandonar.” – lo sentencia el hechicero.

Vegeta se siente impotente y frustrado… pero una extraña sensación llama su atención. Ha sentido algo a través del portal.

– “Terminemos con esto” – dice el saiyajín.

El portal empieza a aspirar todo lo que tiene a su alrededor, generando una fuerte corriente de aire que absorbe a Vegeta.

El umbral se cierra tras su paso.

Piccolo camina hacia Moro mientras mira a su alrededor con cierto pesar; el fin de Namek.

Finalmente, el namekiano y Shiras se acercan a Moro y se arrodillan frente a él.

Moro sonríe.

– “Ha llegado el momento de crear un universo libre.” – sentencia el brujo.