DBSNL // Capítulo 320: Los últimos participantes

DBSNL // Capítulo 320: Los últimos participantes

“Así que tú serás mi contrincante…”

En el desierto, Cell camina en solitario, rodeado solo de arena fina. Sus pies se hunden ligeramente con cada paso.

– “¿Se supone que tengo que buscar a mi adversario?” – se pregunta el insecto. – “Hace bastante calor… y no me gusta perder el tiempo.” – refunfuña.

Un poco de arena se derrama por una gran duna, llamando la atención de Cell.

– “¿Hmm?” – mira de reojo.

Cell alza su mano y apunta a la ola de arena.

– “¿Acaso te escondes?” – pregunta el insecto.

Sin dudarlo, Cell dispara un blast de energía que impacta contra la duna, generando una explosión que levanta una gran cantidad de arena que luego llueve convertida en cristal.

– “Hmm…” – murmura Cell.

De repente, una tétrica y decrépita mano con uñas largas y puntiagudas de la arena bajo sus pies y lo agarra del tobillo, tirando de él por sorpresa y hundiéndolo en la arena, que pronto cubre su camino.

El desierto queda en calma y absoluto silencio.

Mientras tanto, en la gigantesca fábrica, Gohan observa sorprendido la cadena de montaje de Godgardons.

– “Parece un ejército…” – murmura el mestizo. – “Pero por muy fuertes que sean, saben que detendríamos una amenaza de este tipo… Tiene que ser otra cosa… ¿Un sistema de seguridad… hasta que estén listos?” – se pregunta. – “¿Listos para qué? ¿Por qué están reuniendo tanta energía? ¿Qué quieren despertar?”

En la zona volcánica, Vegeta se ha sentado sobre una roca, con sus brazos apoyados en sus rodillas y la mirada en el suelo. Dos pequeñas rocas tiemblan con la vibración del rugiente volcán, haciendo que choquen entre ellas, separándose para juntarse otra vez.

En la superficie del planeta oscuro, Goku y Gohan han puesto a salvo a Ogilvie y Punch en una pequeña cueva.

– “Buff…” – resopla Gohan, cansado.

– “Aquí no nos verán.” – dice Goku.

– “¿De verdad tenías que traer eso?” – pregunta Gohan.

Goku lleva el cinturón del Campeón Satán en la espalda, colgado como si fuera una bandolera con la hebilla de campeón en la espalda, bajo el bastón mágico.

– “Oye, que es un regalo de mi bisabuelo…” – refunfuña Goku.

– “Ya, pero no sirve para nada…” – responde Gohan, con un poco de cuidado para no ofender a Goku, pero a la vez intentando hacerlo recapacitar.

Punch abre los ojos.

– “¿Qué…? ¿Qué ha pasado?” – pregunta el hijo de Hit.

– “¡Punch!” – se alegra Gohan. – “¡Estás despierto!”

– “¿Dónde… estamos?” – pregunta Punch, aturdido, incorporándose.

– “¡Conseguimos aterrizar!” – explica Goku, emocionado.

– “¡Pero tú y Ogilvie perdisteis el conocimiento!” – continúa Gohan, igualando el tono de su amigo. – “¡Y después Goku…!”

– “¡Lo cuento yo!” – protesta Goku. – “¡Después fui a explorar y…!”

– “¡Encontró un agujero! ¡Y había luz!” – le corta Gohan. – “¡Y…!”

– “¡¡LO IBA A CONTAR YO!!” – protesta Goku de nuevo.

Punch se sujeta la cabeza, aún más mareado.

Mientras tanto, en el pacífico desierto, una gigantesca explosión de arena tiene lugar. Cell se eleva sobre el paisaje rápidamente. El viento arrastra la arena que se le ha pegado al cuerpo. La arena de la explosión llueve sobre el desierto, de nuevo, en forma de cristal.

– “Así que este es el juego…” – protesta Cell.

El insecto apunta con su mano a la infinita alfombra de arena.

– “¡BIG BANG ATTACK!” – exclama al disparar.

Una gran explosión de fuego sacude el terreno.

En la gran zona industrial, Gohan teclea un ordenador conectado a la cadena de montaje.

– “¿Qué idioma es este? ¿Tsufur?” – protesta el mestizo. – “No entiendo nada…”

De repente, el mestizo puede oír un tenue silbido que lo alarma y lo hace reaccionar rápidamente, saltando hacia un lado.

Algo atraviesa pantalla del ordenador y continúa más allá de la cadena de montaje, dejando destrucción tras de sí.

– “Ha estado cerca…” – suspira Gohan.

Pero algo se acerca de nuevo y el mestizo puede oír el zumbido, como si de aspas se tratara.

– “¡¿EH?!” – se alarma Gohan, saltando hacia arriba.


Un objeto cortante pasa girando a toda velocidad, pero el mestizo lo evita por los pelos.

– “Maldición…” – aterriza Gohan.

El mestizo mira a ambos lados, buscando a su adversario.

– “¡Muéstrate!” – exige Gohan.

Los dos objetos regresan a su dueño, oculto entre tanta maquinaria. Gohan puede verlos pasar por su lado.

– “Eso eran… ¿espadas?” – se pregunta, sorprendido por la gran envergadura de sus hojas.

De repente, suenan las ensordecedoras alarmas por el destrozo causado. Las luces se apagan y la fábrica se tiñe de rojo intermitente por las sirenas giratorias.

Gohan se tapa los oídos con ambas manos.

– “¡Qué estruendo!” – protesta el mestizo.

Por los pelos, el mestizo ve una de las espadas acercarse a él a toda velocidad y él salta hacia un lado, evadiéndola y rodando en el suelo, y luego casi es alcanzado por la segunda. Las dos se clavan en el suelo.

– “¡Ay, ay!” – gatea Gohan por detrás de una cinta de ensamblaje cargada con piernas de Godgardons.

En el volcán, Vegeta sigue mirando las piedras, ahora en su mano, cuando su adversario se acerca.

– “Príncipe Vegeta…” – saluda amenazante.

Kamo se presenta frente al saiyajín, cruzado de brazos y con media sonrisa bajo el bigote.

– “Así que tú serás mi contrincante…” – murmura Vegeta, alzando la mirada. – “Esperaba más… pero supongo que es apropiado.”

El saiyajín cierra el puño y convierte las piedras en polvo, que al abrirla es llevado por el viento.

Kamo descruza sus brazos, con los puños apretados a cada lado de su cuerpo. Su media sonrisa se vuelve tensa.

– “Mi momento ha llegado.” – dice el tsufur. – “Al fin puedo vengarme de lo que nos hizo tu estirpe… tu padre…”

– “Eso pasó hace mucho tiempo.” – responde Vegeta.

– “Hace tiempo, ¿eh?” – Kamo frunce el ceño. – “¿Eso es el exterminio de mi raza para ti? ¿Una historia de hace tiempo?”

– “La mía sufrió el mismo destino.” – responde Vegeta. – “Llegas tarde para vengarte de nosotros.”

– “No…” – replica Kamo. – “No mientras uno de vosotros siga respirando… Y mucho menos si ese eres tú, Príncipe.”

Vegeta suspira mientras se pone en pie.

Kamo parece molesto ante la actitud de su contrincante.

– “No ocultes tu naturaleza saiyajín…” – gruñe el tsufur. – “Te obligaré a…”

– “No me malinterpretes.” – le interrumpe el saiyajín. – “Ya no tengo nada en contra de los tsufur y tampoco tenía nada contra ti. Ni te conozco.” – el saiyajín se hace crujir los puños. – “Pero atacaste a mi hija Bra.” – frunce el ceño. – “Y eso no te lo perdonaré.”

ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Part VIII: A sueldo

Red World // Parte VIII: A sueldo

“El negocio es el negocio.” 

En el Cuartel General de la Red Ribbon, en el dojo, Ten Shin Han medita de rodillas y a oscuras sobre el tatami.

– “¡Ten!” – retumba la voz alegre de Chaoz. – “¡JAJA!”

– “Maestro.” – dice Ten. – “Creo que estoy preparado.”

– “¿Eso crees?” – pregunta Tsuru.

– “Si quieres ser un asesino, debes probar tu valía.” – dice Tao Pai Pai.

El sonido de una puerta metálica pesada abriéndose saca a Ten Shin Han del trance.

– “Señor.” – saluda un soldado, dejando entrar la luz exterior por una rendija. – “El Oficial del Estado Mayor Black solicita su presencia.”

En unos minutos, Ten Shin Han entra al despacho del Oficial, que se encuentra reunido con un soldado pasado de peso, vestido con pantalón corto y luciendo un pequeño bigotillo, que lleva un pergamino enrollado en su mano.

– “¿Quería verme, señor?” – pregunta Ten.

– “Así es.” – confirma Black. – “Le presento al Capitán Dark.” – presenta a su acompañante.

– “Un placer.” – asiente Dark.

– “¿En qué puedo ayudarles?” – pregunta Ten.

Dark extiende el pergamino sobre la mesa, revelando un mapa de la zona.

– “Para abastecer el Cuartel General y la nueva fábrica de armamento, la Red Ribbon ha reforzado una vieja presa en esta zona.” – señala con el dedo río al sur de la base. – “Eso ha provocado que esta aldea más al sur haya quedado poco abastecida de agua… Y no parecen demasiado contentos.”

– “Están intentando sabotear la presa cada dos por tres.” – añade Black.

– “¿Y sus hombres no pueden encargarse de una panda de campesinos?” – dice Ten.

– “Podrían.” – responde Dark. – “Pero eso implica varios pelotones, con su transporte, sus raciones…”

– “Yo había sugerido poner a prueba el nuevo escuadrón de Battle Mechs…” – dice Black. – “Pero el señor Tao Pai Pai ha sugerido que vaya usted.” – dice Black.

Ten observa el mapa durante un instante.

– “Si el maestro Tao Pai Pai lo ha sugerido, me encargaré de ello.” – asiente Ten.

– “Tendrá su transporte listo en media hora.” – dice Black, entregándole un pequeño comunicador discoidal.

– “No es necesario.” – dice Ten, guardándose el dispositivo en su gi.

– “Disculpe mi osadía, señor Ten Shin Han.” – dice Black. – “Pero la fachada del Cuartel General nos gusta tal y como está…”

– “No se preocupe.” – responde Ten, dirigiéndose al balcón. – “Me apetece hacer ejercicio.”

Ten sale al balcón y se sube en la barandilla ante la mirada atenta de Black y Dark. El Oficial del Estado Mayor se inclina sobre su mesa para poder ver lo que ocurre.

Ten Shin Han salta al vacío para después salir volando hacia el sur.

Tras unos minutos de vuelo, Ten nota vibrar su comunicador y se detiene en el aire para responder.

– “Adelante.” – dice al activarlo.

Una figura holográfica de Tao Pai Pai de unos 20 centímetros se presenta sobre la plataforma discoidal.

– “Hola, Ten Shin Han.” – saluda Tao.

– “Saludos, maestro.” – responde Ten.

– “Te sorprenderá que te haya propuesto para esta misión.” – dice Tao.

– “No pongo en duda sus motivos.” – responde Ten.

Tao sonríe.

– “Ju, ju…” – ríe Tao. – “Bien… Acaba rápido la misión, porque tenemos un cliente generoso cerca de allí.”

– “¿Un cliente?” – pregunta Ten, un poco confuso. – “Creía que teníamos un contrato de exclusividad con la Red Ribbon…”

– “El negocio es el negocio.” – responde Tao. – “Acaba tu misión y reúnete con él en las coordenadas que te mandaré. Parece un ajuste de cuentas. No creo que tardes mucho y además paga al contado. Un setenta para mí y un treinta para ti.”

– “Como desee, maestro.” – asiente Ten.

En unos minutos, Ten Shin Han aterriza en la entrada de la presa, donde varios soldados armados hacen guardia.

– “Señor Ten Shin Han” – se ponen firmes.

Entre los soldados hay varios gilas con camisas de la Red Ribbon.

Uno de ellos se acerca al asesino.

– “Buenos días, bicampeón.” – saluda el dragón con una reverencia.

– “¿Hmm?” – lo mira Ten, un poco molesto por la actitud cercana del gilas.

– “¡JAJAJA!” – ríe el dragón.

– “Giran…” – murmura Ten.

– “Sí… El Campeón Giran hasta que apareciste tú…” – responde el gilas.

Ten Shin Han mira a su alrededor, fijándose en los gilas.

– “¿Y no podíais solucionar el asunto vosotros?” – pregunta Ten.

– “Creo que es una cuestión de prensa…” – responde Giran. – “Tú puedes ser mucho más persuasivo y elegante.”

– “¿Quién lidera la aldea del sur?” – pregunta Ten.

– “Pues te vas a sorprender…” – sonríe pícaramente Giran.

Al atardecer, Ten Shin Han entra en la aldea, solo. El suelo desértico se resquebraja bajo sus pies.

La gente reconoce el gi del asesino y se escoden en sus casas.

El asesino camina hasta una plaza central, adornada con una fuente seca.

– “¡He venido a hablar con Nam!” – exclama Ten.

Nam, que estaba cargando una gran tinaja sobre su cabeza en un callejón cercano, al oír su nombre acude a la plaza. 

El aldeano camina hasta la fuente y deja la tinaja en el suelo.

– “¿En qué puedo ayudarte?” – pregunta Nam, que no tarda en darse cuenta de con quién está hablando. – “Asesino Ten Shin Han.” – añade con ofensa.

– “¿Me guardas rencor por eliminarte en el torneo?” – sonríe Ten.

– “Ganaste porque eras el mejor.” – responde Nam. – “Pero tu visión de las artes marciales dista mucho de la mía.”


Ten Shin Han se pone serio.

– “No he venido buscando tu aprobación.” – responde el asesino.

– “Ya veo.” – suspira Nam. – “¿Vas a hacerlo aquí?”

– “Que tu gente se rinda.” – responde Ten. – “Dejad la presa en paz.”

– “Eso es una sentencia de muerte para mi pueblo.” – insiste Nam. – “Echa un vistazo a tu alrededor.”

La aldea está desértica. Las pocas plantas que quedan están mustias. La gente tiene los labios cortados.

– “Cumplo órdenes.” – dice Ten.

– “Por supuesto.” – responde Nam. – “No esperaba otra cosa de ti.”

Ten Shin Han levanta su dedo índice, que empieza a brillar.

La noche ha caído cuando Ten Shin Han regresa a la presa, donde lo recibe Giran.

– “¿Cómo ha ido?” – pregunta el gilas.

– “Informa al Oficial de Estado Mayor Black.” – responde Ten, deteniéndose frente a él. – “Cesarán sus intentos de sabotaje.”

– “¡JAJAJA!” – ríe Giran. – “No esperaba menos de ti, asesino.”

Ten Shin Han sigue caminando y Giran se aparta para dejarlo pasar.

– “¿A dónde vas?” – pregunta el gilas.

El asesino no responde y sigue caminando.

– “Tengo un asunto que atender.” – responde Ten.

Al salir el sol, Ten Shin Han ya ha llegado a las coordinadas indicadas por Tao Pai Pai.

– “¿Qué es esto?” – se pregunta al ver una muchedumbre haciendo cola en la entrada de un palacio situado en el centro de un oasis en mitad del desierto.

Un hombre castaño repeinado, con entradas y bigote fino, vestido con un traje amarillo, camisa blanca y corbata marrón se acerca a Ten.

– “Tú debes de ser Ten Shin Han.” – dice el elegante caballero, ofreciendo su mano al asesino. – “Fulov Cash, el hombre más rico de Gingertown.”

Ten no se mueve, haciendo que el hombre baje la mano.

– “Tao Pai Pai te ha recomendado expresamente.” – continúa el hombre.

– “Estamos muy lejos de su casa.” – dice Ten, mirando a la muchedumbre. – “¿Qué hacemos aquí?”

– “Este es el Palacio de Uranai Baba” – responde el hombre. – “Baba, la adivina.”

– “¿Y bien?” – insiste el asesino.

– “Uranai Baba responde a cualquier pregunta…” – dice el hombre. – “Pagando su debido precio.” – añade. – “Pero si no se pueden pagar sus honorarios, hay que derrotar a sus luchadores más fuertes.”

– “Mis servicios no son baratos.” – responde Ten. – “¿No es mejor invertirlo en su pregunta?”

– “Esto ya no es cuestión de dinero…” – dice el millonario, poniéndose serio y apretando el puño.

De repente, un alegre fantasma se acerca flotando.

– “¡Hagan fila! ¡Hagan fila!” – exclama a los presentes. – “¡Ustedes también!” – les dice a Cash y Ten. – “¡Oh!” – se sorprende al ver al millonario. – “¿Usted de nuevo?”

– “¡Por supuesto!” – responde Cash. – “¡Y esta vez he venido acompañado!”

– “Uranai Baba no quiere su dinero.” – dice el pequeño fantasma.

– “Je, je… Esta vez no traigo dinero.” – responde el millonario. – “¡Vengo a retar a sus luchadores!”

El fantasma se queda en silencio.

– “¿Es eso cierto?” – pregunta luego, mirando a Ten Shin Han.

– “¡Eso he dicho!” – exclama el millonario.

– “Está bien.” – responde el fantasma. – “Son dos, ¿verdad?”

– “Sí, pero solo peleará él.” – Cash señala a Ten.

– “Qué sorpresa…” – dice el fantasma, con cierto retintín.

– “¡¿Qué insinúas?!” – se enfada Cash.

– “Esperen su turno.” – responde el fantasma, ignorando la rabieta del millonario y regresando al interior del palacio.

– “¿Esperar turno?” – se sulfura Cash. – “¡EH! ¡VOSOTROS!” – llama a un grupo de personas haciendo cola.


Los fornidos caballeros se dan la vuelta.

– “¡Tomad! ¡Dinero!” – el millonario se saca varios fajos de billetes y los lanza a la gente de la cola. – “¡Cogedlo y volved mañana! ¡Es un regalo!”

– “¿Esto es en serio?” – se pregunta uno.

– “¡Vamos!” – exclama Cash. – “¡Fuera de aquí!” – insiste.

Poco a poco, los presentes recogen el dinero y se marchan.

Cuando el fantasma vuelve, solo Ten Shin Han y el millonario quedan en la cola.

– “Vaya…” – se sorprende el fantasma. – “¿Qué ha pasado?”

– “¡Nos toca!” – sonríe Cash.

– “Sí…” – dice el fantasma. – “Pues acompáñenme, caballeros.”

El fantasma guía a los dos clientes a través de un puente sobre el lago hasta un tatami redondo en el centro del mismo.

La anciana bruja los espera frente al tatami, flotando sobre una bola de cristal. 

– “Otra vez tú…” – refunfuña Baba.

– “¡He vuelto!” – exclama Cash. – “¡Saca a tus hombres! ¡Vamos!”

Uranai Baba se fija en Ten Shin Han.

– “Bienvenido, muchacho.” – dice la bruja.

Cash se pone delante del asesino e increpa de nuevo a la bruja.

– “¡SI NO ACEPTAS MI DINERO, CONSEGUIRÉ MI RESPUESTA DE OTRA FORMA!” – le espeta el millonario. – “¡SACA YA A TUS HOMBRES!”

Baba mira de nuevo a Ten Shin Han y luego de nuevo a Cash.

– “¿Alguna vez has conseguido algo con tus propias manos?” – le pregunta.

– “¡¿Cómo dices, vieja bruja?!” – protesta el millonario.

– “Puedo verlo todo, hombrecito.” – dice Baba, acercándose al tipejo. – “Sé cómo te ganas la vida…”

Ten se impacienta.

– “Agradecería proceder cuanto antes.” – dice Ten.

Baba sonríe.

– “Alguien con buenos modales.” – asiente ella.

– “¿Contra quién debo pelear?” – pregunta Ten.

– “¡Eso! ¡Eso!” – insiste Cash. – “¡Saque a sus luchadores!”

Ten Shin Han se sube al ring.

– “Estoy listo.” – anuncia el asesino.

– “Aprecio demasiado la vida de mis muchachos para hacerlos luchar contigo…” – dice Baba. – “Tu fama te precede, muchacho.”

– “¡JAJAJA!” – ríe Cash.

– “Pero hay alguien que me lo ha pedido expresamente.” – continúa la bruja.

– “¿Eh?” – deja de reír el millonario.

Ten parece sorprendido.

– “¿Alguien quiere pelear conmigo?” – pregunta el asesino.

Ten mira hacia el lado opuesto del ring. Su contrincante hace acto de presencia, acercándose al tatami levitando a pocos centímetros del suelo, deslizándose grácilmente.

La cara de Ten Shin Han se descompone como si hubiera visto un fantasma.

El luchador avanza hasta el centro del ring. Es una persona pequeña, como un niño, de piel blanca, con topos rojos en sus mejillas. Viste pantalón negro con un cinturón rojo, camiseta de tirantes celeste y un gorro negro con una borla roja. Sobre su cabeza flota un halo dorado.

– “Hola, Ten.” – saluda sonriente. – “Ha pasado mucho tiempo.”


Ten Shin Han sigue descompuesto, sin reaccionar.

– “¿Ese es tu luchador?” – se mofa el millonario. – “¡JAJAJA!”

Ten Shin Han se deja caer de rodillas.

– “¿Cómo…?” – se pregunta Ten. – “¿Cómo es posible?”

– “¿Eh?” – se queda confuso Cash.

El pequeño luchador no pierde la sonrisa.

– “Te has hecho muy fuerte.” – dice el luchador.

Las lágrimas se derraman por el rostro del asesino.

– “Chaoz…” – murmura Ten. – “¿Eres tú?”

El luchador asiente.

– “Yo…” – titubea Ten.

El asesino coloca sus manos en el suelo y acerca su rostro al ring.

– “¡Lo siento!” – exclama con la voz rota. – “¡Lo siento, Chaoz! ¡Lo siento!” – repite una y otra vez, entre lágrimas.

– “Ten…” – murmura Chaoz con lágrimas en los ojos.

Poco a poco, el pequeño se acerca a Ten hasta colocarse frente a él.

– “Lo siento…” – sigue sollozando el asesino. – “Lo siento…”

– “No te preocupes, Ten.” – sonríe Chaoz, emocionado.

– “Me he equivocado…” – dice Ten Shin Han. – “Creía que sabía cuál era mi camino… Pero estoy perdido, Chaoz.” – llora. – “No sé qué hacer…”

La mente del asesino recuerda ese fatídico día.

En un dojo en penumbra, Tao Pai Pai y Tsuru se encuentran de pie frente a Ten Shin Han y Chaoz, ambos de rodillas.

– “Estoy preparado, maestro.” – dice Ten.

– “¿Eso crees?” – murmura Tsuru.

– “Si quieres ser un asesino, debes probar tu valía.” – dice Tao. – “Un asesino no debe sentir remordimientos ni cuestionarse sus actos.”

– “Sí, señor.” – asiente Ten.

– “Demuéstrame que puedes hacerlo.” – insiste Tao.

– “¿Cómo, maestro?” – pregunta Ten.

Tao Pai Pai mira a Chaoz mientras esboza una terrible media sonrisa.

Fulov Cash no entiende lo que está ocurriendo. Su asesino implacable está llorando a moco tendido sobre el ring frente a hombrecillo que debería ser insignificante.

– “¡¿Qué significa esto?!” – protesta el millonario.

Baba suspira.

– “Ya he aguantado lo suficiente…” – dice la bruja. – “Obake, ¿puedes acompañar al caballero?”

– “Por supuesto.” – responde el pequeño fantasma. – “Sígame, señor.”

– “Ya era hora…” – refunfuña el millonario.

El fantasma acompaña a Cash hasta la entrada del castillo, cuyo portal da lugar a la completa oscuridad.

– “Espérese aquí.” – sonríe el fantasma, dejando al hombre frente a las sombras y volviendo con Baba.

– “¿Eh?” – se extraña el tipejo. – “¿A dónde vas ahora?”

De repente, unas vendas sucias salen de la oscuridad y envuelven al millonario.

– “¡AH!” – se asusta Cash. – “¡AYUDA! ¡AYUHMMM!” – las vendas le tapan la boca.

El tipejo es arrastrado hacia las sombras, donde se puede oír el batir de alas y el chillido de un murciélago.

– “Qué tipo tan despreciable…” – murmura Baba.

Chaoz pone la mano sobre el hombro de Ten Shin Han.

– “Creo que los dos estábamos equivocados.” – sonríe el pequeño.

Ten mira a su viejo amigo y puede ver el perdón en sus ojos.

Ten Shin Han abraza a Chaoz y éste le corresponde. Los dos se funden en un abrazo.

El sol se pone en el Palacio de Uranai Baba. Ten Shin Han sale vestido solo con su gi interior morado y con una pequeña saca colgada a la espalda. 

Baba y Chaoz lo despiden en la puerta.

– “Mi tiempo aquí se acaba.” – sonríe Chaoz. – “Y tú debes seguir tu camino.”

– “Te echaré de menos, amigo.” – sonríe Ten, con los ojos llorosos.

– “El Más Allá es un lugar fascinante.” – dice Chaoz. – “Cuando llegue tu momento, te estaré esperando.”

– “Gracias, Chaoz.” – sonríe Ten. – “Siempre has sido mi salvación.”

Ten Shin Han hace una reverencia hacia la bruja.

– “Gracias, señora.” – dice Ten. – “Estoy en deuda con usted.”

– “No te preocupes, hijo.” – dice Baba.

– “Aunque temo por su seguridad…” – dice Ten. – “Mi viejo maestro podría venir buscando mi paradero…”

– “Tranquilo, muchacho.” – sonríe Baba con picardía. – “Si viene, lo recibiremos adecuadamente.”

Ten Shin Han se aleja con la puesta de sol. Un nuevo camino le aguarda.

DBSNL // Capítulo 319: System Reboot

DBSNL // Capítulo 319: System Reboot

“¿Cómo sabías que esto iba a funcionar?”

En el laboratorio se encienden las luces rojas de emergencia.

– “¿Qué ha pasado?” – se pregunta Shido. – “¿Cómo ha podido ocurrir esto? ¡Raichi!”

– “Hemos sufrido una sobrecarga.” – responde Ahms. – “Pero recuperaremos los sistemas en unos minutos.”

La luz emitida por el choque de energías extraídas de Zamas y Champa, empieza a atenuarse.

Ambos han recuperado sus formas originales para conservar energía.

– “Ju, ju, ju…” – ríe le tirano. – “Mi plan ha funcionado.”

– “¿Cómo sabías que esto iba a funcionar?” – responde su hermano.

– “Me di cuenta del funcionamiento de ese farsante dorado cuando empezamos a luchar.” – dice Freezer. – “A medida que sus clones aumentaban, limitaban sus ataques de energía y daban prioridad a su superioridad numérica.”

– “Evitaba excesos…” – murmura Cooler.

– “Pero su irritante personalidad ha sido su punto débil.” – sonríe Freezer.

– “Irritante, ¿eh?” – sonríe Cooler.

– “Al igual que todo M2 depende de una única fuente de energía, ellos también.” – continúa el tirano. – “Y ese último ataque ha redireccionado todos los recursos del sistema.”

– “¿Cómo no se me ha ocurrido a mí?” – se avergüenza Cooler.

– “Tú formaste parte de M2.” – responde Freezer. – “Pero para mí fue un enemigo.”

Los dos miran a su alrededor.

– “Pero, ¿qué ha pasado con el planeta?” – pregunta Cooler.

Los dos se dan cuenta de que el terreno de combate donde estaban disputando su enfrentamiento con Golden ha quedado reducido a una pequeña área rodeada de oscuro vacío.

En la superficie del planeta oscuro, Gohan y Goku han aprovechado que los Godgardon han quedado inutilizados para intentar despertar a Punch y Ogilvie, que poco a poco abren los ojos.

– “¿Qué ha pasado?” – pregunta Punch.

– “Nos tenemos que ir.” – dice Gohan.

Punch abre los ojos y se encuentra frente al terrorífico rostro de un Godgardon.

– “¡AH!” – se asusta el hijo de Hit.

– “¡SHHH!” – dice Gohan. – “No vaya a ser que despierten…”

En los terrenos de combate del sistema Raichi, un fenómeno similar al que ha ocurrido con el mundo en el que se encontraban los demonios del frío ha tenido lugar. El terreno se reduce a una decena de metros alrededor de donde se encontraban nuestros amigos.

Goten y Trunks se transforman en Súper Saiyajín para intentar iluminar la zona, pero no hay nada que iluminar más allá de esos pocos metros.

– “¿Qué está pasando?” – pregunta Avo.

– “Es como si estuviéramos en un videojuego antiguo…” – dice Trunks.

En la jungla, Kamakiri, Dabra, Ub, Broly, Turles y Liquir sufren el mismo fenómeno.

Lejos de allí, Reitan y Okure también lo padecen, quedando atrapados en la misma porción de terreno.

Okure parece confusa ante la nada que los rodea.

– “Okure.” – dice Reitan, acercándose.

– “Déjame en paz.” – responde Okure.

Reitan se sienta en el suelo, cruzado de piernas.

– “Parece que no tenemos a donde ir.” – dice el herajín. – “Solo escúchame.”

En otro punto del sistema Raichi, Mirai Trunks y los demás también se sorprenden ante el cambio que ha sufrido el escenario.

– “¿Estamos atrapados?” – pregunta Pan.

– “Parece algún tipo de simulación.” – dice Trunks.

– “No…” – dice Bra. – “Esto es mucho más complejo que una simulación…”

– “¿Magia?” – pregunta Piccolo.

Algo llama la atención de Mirai Trunks en la nada.

– “El vacío…” – murmura Trunks. 

Poco a poco, los sistemas se van recuperando en el laboratorio. La energía de Champa y Zamas choca de nuevo en el interior del planeta oscuro y reaviva el brillo del núcleo.

– “Estamos recuperando potencia.” – anuncia Ahm.

La figura fantasmagórica de Raichi aparece de nuevo en el laboratorio.

– “Te lo había advertido, Shido.” – dice el doctor.

– “Esperaba más de tu laboratorio.” – protesta Shido.

– “Ahm, prioriza la energía en los siguientes sectores…” – dice Raichi.

 Cell se encuentra sobre una pequeña plataforma de arena rodeada de nada.

– “Ese Freezer…” – sonríe el insecto.

De repente, la plataforma se expande, revelando un gran desierto que parece no tener fin.

En otro punto del sistema Raichi, Son Gohan camina por una fábrica gigantesca y ruidosa. Cientos de cadenas de ensamblaje culminan en la generación de Godgardons.

– “¿Qué ha pasado?” – se pregunta Gohan. – “Esta fábrica ha salido de nada…”

Mientras tanto, Vegeta se encuentra en una zona volcánica. El cielo está cubierto de nubes negras de tormenta y ceniza. La lava en ebullición puede oírse desde varios cráteres.

Vegeta, de brazos cruzados, espera.

Dibujado por Ipocrito

ESPECIAL DBSNL /// Red World // Universos 1 y 2 / Parte VII: El nido

Red World / Parte VII: El nido 

“Necesito hablar con usted.”

En la base de la Red Ribbon, Ten Shin Han camina por una pasarela lateral en el dojo de entrenamiento; un gigantesco hangar adaptado para esa función. Docenas de tatamis colocados uno junto al otro en los que los soldados practican artes marciales.

El asesino observa a los soldados, algunos más habilidosos que otros. Pero su atención pronto apunta al tatami central.

El viejo maestro Tsuru está practicando con varios alumnos, entre los que destacan los androides número 17 y 18, ambos vestidos con pantalón beige del ejército y camiseta blanca de tirantes.

Distintos soldados van atacando a los androides y éstos los repelen fácilmente.

– “Muy bien.” – sonríe Tsuru. – “Muy bien.”

Ten Shin Han se acerca a su maestro.

– “Maestro.” – saluda Ten con una reverencia.

– “Hola, Ten Shin Han.” – responde Tsuru. – “¿Qué quieres?”

– “Necesito hablar con usted.” – dice Ten.

Tsuru sigue con la mirada puesta en sus nuevos alumnos.

– “Está bien.” – dice Tsuru. – “Pero ahora estoy un poco ocupado…”

– “Lo siento, señor.” – hace Ten otra reverencia.

Ten se da la vuelta.

– “¡Espera!” – lo detiene Tsuru. – “Tengo una idea.”

El anciano alza su mano.

– “¡YAME!” – exclama Tsuru, ordenando detener la clase.

Los contrincantes, magullados y agotados, se sientan en el suelo para recobrar el aliento. Los androides siguen de pie, sin inmutarse por el esfuerzo.

– “Creo que esto puede ser muy interesante.” – sonríe Tsuru con picardía. – “Número 17, prepárate.”

– “Sí, maestro.” – responde el androide.

Ten Shin Han frunce el ceño, confuso.

– “Adelante, Ten Shin Han.” – dice Tsuru, invitando a su antiguo alumno al tatami.

– “¿Quiere que luche con el androide?” – pregunta Ten.

– “Puede ser un buen ejemplo para la clase.” – asiente el anciano.

Ten Shin Han avanza hasta el centro del tatami, donde ya espera el androide 17.

Al ponerse cara a cara con su contrincante, Ten se fija en el rostro del joven y parece reconocerlo.

– “¿Nos conocemos?” – pregunta Ten.

– “He oído hablar de usted.” – dice el Número 17. – “El asesino Ten Shin Han.” – hace una reverencia. – “Es un honor.”

Ten mira de reojo a su maestro, que ni se inmuta.

– “Es extraño…” – piensa Ten. – “Su rostro me resulta muy familiar…”

El Número 17 se pone en guardia. Ten sigue de pie, con las manos en la espalda.

– “¿De dónde lo conozco?” – se pregunta el asesino. – “¿Acaso nos enfrentamos en un torneo?”

Tsuru levanta la mano y luego la mueve hacia delante.

– “¡HAJIME!” – ordena el inicio del duelo.

Sin dudarlo, el androide se abalanza sobre Ten.

El androide intenta golpear al asesino, pero éste esquiva todos los golpes.

– “No…” – piensa Ten, al no reconocer su forma de luchar. – “No es la misma persona…”

Poco a poco, Ten siente como la velocidad y la fuerza de los golpes de su contrincante aumenta.

– “¿Eh?” – se sorprende el asesino.

De repente, Ten se ve obligado a detener uno de los puñetazos.

Los dos se miran fijamente. El androide sonríe.

El Número 17 retrocede y se pone de nuevo en guardia.

– “El Número 17 aprende rápido.” – advierte Tsuru. – “No te confíes, Ten Shin Han.” – sonríe de forma pícara.

Ten se resigna y se pone en guardia.

Poco a poco, los soldados de los otros tatamis se dan cuenta de lo que está ocurriendo y detienen sus entrenamientos para prestarle atención y acercarse.

El androide ataca de nuevo y Ten sale a recibirlo.

Los dos chocan en el centro del tatami e intercambian golpes. Cada uno detiene los golpes del otro sin conectar ninguno.

Finalmente, Ten frunce el ceño y su cambio de actitud se refleja en su forma de luchar.

El Número 17 golpea a Ten, pero éste resulta ser un espejismo.

Media docena de Ten Shin Han rodea al androide, que no entiende lo que sucede.

– “¡¿EH?!” – parece alarmado el 17.

Durante un instante, el Número 17 se encuentra sobre el tatami del Torneo Mundial de Artes Marciales, rodeado de gente coreando.

Pero un rodillazo en la nuca lo saca de su trance y cae de boca al suelo.

Ten Shin Han se posa en el suelo, aún con la rodilla derecha levantada haciendo la pose de la grulla.

– “Lo siento, maestro.” – dice Ten, bajando su pierna y poniendo las manos en su espalda de nuevo. – “Creo que he roto su juguete.”

Pero sin ninguna mueca de dolor, el androide se levanta.

– “¿Eh?” – se sorprende el asesino.

El Número 17 se pone de nuevo en guardia.

– “Je, je, je…” – ríe Tsuru.

Ten Shin Han mira de reojo a su maestro y de nuevo al androide.

– “Número 18.” – dice Tsuru. – “¿Has estado observando atentamente?”

– “Sí, maestro.” – responde ella.

– “Bien.” – asiente el anciano. – “Únete al combate.”

– “Como ordene, maestro.” – hace una reverencia.

La Número 18 se une al Número 17. Los dos se ponen en guardia.

Ten Shin Han los mira atentamente.

– “Son máquinas…” – piensa el asesino. – “Y aun así se mueven como luchadores experimentados…” – frunce el ceño, ofendido. – “¿En qué está pensando la Red Ribbon? ¿Y el maestro Tsuru está de acuerdo con esto?”

Los androides atacan, colocándose uno tras otro durante un instante antes de saltar hacia los lados para sorprender a Ten por ambos flancos.

Ten se protege y detiene un puñetazo del 17 y una patada de la 18.

– “Tsk…” – se queja el asesino.

Los androides dan un salto hacia atrás y cargan de nuevo.

Los dos desatan una tormenta de puñetazos y patadas que el asesino detiene, pero cada vez se siente más presionado. Su tercer ojo no da abasto, moviéndose de derecha a izquierda sin cesar, cambiando su atención del hombre a la mujer una y otra vez.

Desde un balcón, el Oficial del Estado Mayor Black observa el combate, acompañado por el Doctor Gero.

– “Impresionante…” – murmura Black. – “Esas cosas están plantando cara al terrible asesino Ten Shin Han…”

– “Esto es solo el principio, señor.” – dice Gero. – “Están aprendiendo.”

Ten Shin Han se agacha, haciendo que el 17 y la 18 golpeen sus puños, y el asesino aprovecha la ocasión para cruzar sus brazos, apuntando con cada mano a un enemigo.

– “¡HA!” – exclama Ten, empujando con su ki a sus contrincantes, que retroceden sobre el tatami deslizándose hasta los límites.

Los androides, inexpresivos, alzan su mano derecha y apuntan a Ten.

– “¿Hmm…?” – se prepara Ten.

Una esfera de ki aparecen en las manos de los androides.

Los soldados presentes retroceden aterrados. El mismísimo Tsuru se sorprende ante el intenso brillo que desprenden y la ventisca que generan. Black se agarra a la barandilla de su balcón, preocupado.

– “¡BASTA!” – exclama Black. – “¡YA ES SUFICIENTE!”

Ten Shin Han hace una serie de sellos con sus manos, listo para defenderse del ataque… pero al echar un vistazo a su alrededor y se da cuenta que está rodeado de soldados que corren por sus vidas.

– “Tsk…” – gruñe el asesino, en conflicto.

Pero de repente, las esferas de ki se desvanecen.

– “¿EH?” – se extraña Ten.

Tsuru parece igual de confuso.

Los androides han quedado inmóviles.

En el balcón, el Doctor Gero empuña un control remoto con un gran botón rojo apretado.

– “Creo que necesitaremos un lugar de entrenamiento más aislado.” – dice el Doctor.

– “Sus androides…” – gruñe Black.

El Oficial del Estado Mayor Black agarra del cuello de la bata al científico. 

– “¡¡CASI DESTRUYEN NUESTRO CUARTEL GENERAL!!” – exclama furioso.

– “Eso es solo una prueba de nuestro éxito, señor.” – responde Gero, calmado.

Black recapacita, contrariado, y acaba soltando al doctor.

– “Malditos científicos…” – gruñe Black mientras se retira.

Mientras los androides son retirados por el personal de la Red Ribbon, Tsuru le hace un gesto con la cabeza a Ten Shin Han para que lo siga. Los dos caminan hasta que salen al exterior.

Los dos pasean en silencio por el interior de la muralla de la base, cerca de una hilera de abetos.

– “Has luchado bien.” – habla Tsuru.

– “Gracias, maestro.” – responde Ten.

– “¿Qué querías decirme?” – pregunta el anciano.

– “He estado pensando en la conversación que tuve con Kamisama.” – dice Ten, un poco avergonzando.

– “¿Con ese traidor?” – gruñe Tsuru.

– “Me pregunto…” – dice Ten. – “Si hay otra forma de hacerme más fuerte.”

Tsuru se detiene.

– “Espero que no estés sugiriendo lo que creo…” – dice el viejo entre dientes.

– “He alcanzado mi límite.” – dice Ten. – “Y esos androides, a la velocidad a la que aprenden… Me han demostrado que necesito nuevos retos.”

– “¿Y crees que ese viejo usurpador puede enseñarte algo que yo no?” – pregunta Tsuru, claramente intentando contener su rabia.

– “No lo sé, maestro.” – agacha la cabeza Ten, intentando ser todo lo respetuoso que puede. – “Pero…”

– “Dime, Ten Shin Han…” – interrumpe Tsuru. – “¿Dónde estaba Kamisama cuando los invasores atacaron la Capital del Norte?”

Ten Shin Han no responde.

– “¿Lo viste en el campo de batalla?” – insiste Tsuru.

– “No, maestro.” – responde Ten.

– “Eso debería darte la respuesta.” – responde el anciano, que empieza a caminar de nuevo.

Ten Shin Han se queda quieto, con la cabeza agachada mientras Tsuru se aleja.