Hopeless Future / Parte I: Paz relativa
“Habéis llegado tarde…”
En un mundo sin guerreros Z, donde Trunks fue asesinado por Cell cuando éste le robó la máquina del tiempo, la Tierra disfruta de un aparente periodo de paz.
En la Corporación Cápsula, Bulma trabaja un proyecto de energía renovable para la ciudad. Una fotografía del pequeño Trunks con sus abuelos adorna su escritorio.
– “Seguiré trabajando, hijo” – sonríe Bulma con nostalgia. – “Mantendremos la paz que trajiste a este mundo.”
Mientras tanto, en la Kame House, ahora situada en otra isla del archipiélago Sur, Roshi descansa en el sofá, mientras Oolong y Umigame juegan a cartas en el salón. En el televisor emiten una telenovela.
De repente, el canal de televisión interrumpe su programación para dar una noticia de última hora. Un reportero retransmite desde la calle principal un pequeño pueblo; detrás de él, la policía tiene acordonada la zona y los servicios sanitarios están trabajando.
– “¡Soy Jimmy Firecracker, desde Ginger Town!” – anuncia el veterano reportero. – “Una nueva oleada de asesinatos ha tenido lugar, esta vez en esta tranquila ciudad.”
Umigame y Oolong prestan atención al televisor.
– “Todo parece indicar que ha sido un nuevo ataque organizado. Las víctimas tienen la misma herida punzante que hemos visto ya en tantas ocasiones, pero es la primera vez que esta macabra banda se atreve a atacar una zona urbana.” – explica el reportero. – “¿Quién está haciendo esto? ¿A qué clase de asesinos despiadados se enfrenta la policía? ¿Pueden ser androides?” – pregunta retóricamente.
A su espalda, dos extraños personajes ataviados con ropajes estrafalarios pero elegantes caminan entre los cadáveres. Uno es alto, de tez rosada y cabello blanco, largo y lacio. Su compañero es de estatura baja, tez azulada y luce un peinado en forma de cresta, también de color blanco.
El cámara se da cuenta y llama la atención del reportero.
Jimmy Firecracker se dirige hacia ellos, seguido por el cámara, en busca de respuestas.
– “¡Ustedes!” – exclama el reportero. – “¡Señores!”
El más alto de los dos se da cuenta de la presencia de los dos periodistas y pone su mano sobre su acompañante. Los dos desaparecen en un abrir y cerrar de ojos.
Los periodistas parecen desconcertados.
Oolong y Umigame se miran asustados.
– “¿Quiénes eran esos?” – pregunta el cerdo.
– “Que tipos tan extraños…” – dice la tortuga.
De repente, tres golpes en la puerta sobresaltan a los dos personajes y despiertan al Duende Tortuga.
– “¿Qué pasa?” – pregunta adormilado el anciano. – “¿Qué ha sido eso?”
Los golpes se repiten.
– “¡Ya voy!” – responde Roshi. – “¿Quién puede ser?” – se pregunta.
El anciano camina hasta la puerta y la abre, revelando a los dos personajes que habían aparecido en las noticias.
– “¡¡AAAAHHH!!” – gritan asustados Umigame y Oolong.
Roshi, que desconoce la identidad de los sujetos, saluda amablemente.
– “¿En qué puedo ayudarles, caballeros?” – pregunta el anciano.
– “Hola” – sonríe amablemente el pequeño de los dos forasteros. – “Usted es el Maestro Mutenroshi, ¿verdad?”
– “Así es.” – responde el Duende.
– “Es un placer” – sonríe el pequeño.
– “¿Puedo saber sus nombres?” – pregunta Roshi.
– “Él es Kibito” – responde el individuo, presentando a su compañero. – “Y a mí puede llamarme Shin.”
– “¿Y a qué debo su visita, señor Shin?” – insiste el viejo Tortuga.
– “Soy el Kaioshin del Este.”– revela el personaje. – “Y nos gustaría hablar con usted.”
Roshi se queda helado al escuchar al forastero.
– “¿Un…? ¿Un Kaioshin?” – titubea el anciano.
En una nave enterrada en mitad del desierto, el brujo Babidí inserta la energía recolectada por sus hombres en el huevo que encierra a Majin Bu.
La aguja que indica la energía total del monstruo se sacude ligeramente, pero a duras penas se puede notar el cambio.
– “Maldita sea…” – refunfuña el brujo. – “¡Así no acabaremos nunca!” – protesta.
A su lado, el demonio Dabra lo escolta.
– “Paciencia, señor” – dice el Rey de los Demonios. – “Majin Bu renacerá a su debido tiempo.”
– “¡Llevamos años recogiendo energía y no hemos logrado casi nada!” – exclama el brujo. – “¡Los humanos no sirven!”
– “¿Deberíamos ir a otro planeta?” – pregunta Dabra.
– “No podemos…” – lamenta Babidí. – “Si desenterramos la nave, llamaremos la atención de los Dioses…”
– “Yo puedo encargarme de los Kaioshin.” – dice Dabra.
– “No son ellos quienes me preocupan…” – responde Babidí. – “No quisiera que alertaran al Hakaishin.”
Babidí suspira desanimado.
– “Tendremos que seguir así, al menos por ahora.” – acepta el brujo. – “Que Kirano y Mokekko salgan a por más energía.”
– “Sí, señor” – responde Dabra.
En la Kame House, Shin y Kibito se encuentran sentados en el sofá con Roshi, a quien han explicado la situación. Están buscando guerreros.
– “Habéis llegado tarde…” – murmura Roshi, apenado. – “La Tierra ya no cuenta con los grandes guerreros que la protegieron en su día.”
– “Es una pena oír eso.” – dice Shin. – “Nos habrían sido de ayuda. Puedo verlo en sus recuerdos.”
Kibito se encuentra incómodo en el asiento, como si estuviera sentado sobre algo que le molesta, y no duda en buscar bajo su trasero, encontrando una revista del viejo Roshi.
– “¡Eso no es mío!” – se excusa el Duende Tortuga. – “Es de Oolong… Siempre deja sus cosas por ahí…”
– “Puedo leer la mente…” – murmura Shin, algo avergonzado.
Roshi agarra la revista y la lanza a un lado.
– “Yo os acompañaría encantado, pero creo que no os sería de mucha ayuda.” – dice el Duende. – “Lo lamento.”
– “Nosotros también” – dice Shin. – “Tendremos que encargarnos de este asunto nosotros mismos.”
Mientras tanto, los hombres de Babidí ya se encuentran recorriendo el bosque Fukurou hacia Yahhoi, su próximo objetivo, donde esperan poder reunir una gran cantidad energía para su Amo.
De repente, el medidor de kiris que lleva Kirano alerta de la presencia de un ki importante.
– “¡La aguja se ha movido!” – exclama Kirano.
– “¿Será una aldea?” – pregunta Mokekko.
– “Es posible.” – responde su compañero. – “¡Es por aquí!”
Los dos personajes cambian su rumbo y se adentran en el bosque.
Lejos de allí, Kibito y Shin se han marchado de la Kame House y ahora sobrevuelan el mar.
– “Un fracaso” – murmura Kibito.
– “Es una pena” – dice Shin. – “Lo que he visto en la mente del anciano… era esperanzador.”
En el bosque Fukurou, Kirano y Mokekko se han detenido al encontrar una vieja cabaña rodeada por un pequeño huerto.
– “¿Es aquí?” – pregunta Mokekko, confuso. – “¿Estás seguro?”
– “Eso indica el medidor” – responde Kirano, poco convencido.
De repente la puerta de la cabaña se abre, revelando a un anciano Duende Grulla, vestido con una camiseta interior blanca y un pantalón negro, con calentadores amarillos, zapatillas y luciendo unas gafas de sol.
– “¿Quién anda ahí?” – pregunta el viejo Tsuru.
Los hombres de Babidí se miran entre ellos, confusos. Kirano apunta con su indicador al anciano.
– “Parece que es él…” – le dice a su compañero.
Tsuru se molesta al ver que los dos individuos están chafando sus coles.
– “¿Quiénes sois vosotros?” – pregunta el anciano. – “¿Por qué estáis pisando mi huerto?”
Mokekko blande la urna de recolección de energía que llevaba colgada de su cinturón.
– “¡A por él!” – exclama el grandullón, que se abalanza sobre Tsuru.
– “¡Ya es nuestro!” – celebra Kirano.
Shin y Kibito perciben que algo está ocurriendo más allá del horizonte.
– “¡¿Lo sientes, Kibito?!” – pregunta Shin.
– “Alguien está peleando.” – responde el ayudante del Kaioshin.
– “¡Vamos a echar un vistazo!” – exclama el Dios.
